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Noches sin lunas ni soles, de Rubén Tizziani

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Noches sin lunas ni soles. Editorial Punto de Encuentro. Colección Código Negro 3. Buenos Aires, Argentina, 2013. 184 páginas.

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Se lee en la contratapa: «Cairo deambula por la ciudad con un revólver en la cintura y vigila los cuatro costados, mientras busca la oportunidad para huir del país. Sus excómplices lo persiguen y el comisario Maidana rastrilla Buenos Aires. A todos los une el mismo motivo: 60 millones de pesos ocultos en algún lugar.»

«Los malandras lo habían rescatado del juzgado con la idea de traicionarlo, pero el hombre se les escapó sin decirles dónde escondió el botín. Y Maidana tiene un viejo entripado: empezó en un tiroteo, del que Cairo zafó y lo dejó pagando a él y otros milicos. Y cuando el policía tuvo su segunda oportunidad, se lo sacaron de las manos sin que consiguiera hacerle escupir dónde tenía escondida la guita.»

«Mientras tanto, un antiguo compañero de andanzas del prófugo —que es su mejor amigo— agoniza en Paraguay y lo está esperando. No es buen momento para enamorarse de esa expostituta que lo acompaña en la fuga, una rubia de caderas anchas dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo.»

Y Sergio Kisielewsky escribió en Página 12: «Es imposible leer la novela sin recordar la película de José Martínez Suárez (el mismo director de Los muchachos de antes no usaban arsénico) que en 1984 protagonizaron el gran Lautaro Murúa haciendo de Maidana, el policía a cargo del operativo para dar con Cairo, y Luisina Brando y Alberto de Mendoza como los amantes que huyen de todas las encerronas. Si la película era memorable, lo es en gran parte por la solidez del texto, que en ningún momento apela a la furia constante de los personajes por encender cigarrillos, las trilladas e interminables persecuciones en auto o los grandes tiroteos de rigor. Nada de eso se encuentra en sus páginas. El peligro que ya de por sí se encierra en las palabras que los amantes se dicen en plena clandestinidad y la construcción de las claves principales de un thriller (suspenso, agilidad narrativa y maestría en la elaboración de los diálogos) dan una idea cabal de cómo un relato puede conmover sin apelar a los lugares comunes y a los golpes bajos tan usuales en el género policial. Posee la mejor resolución (no se revelará en estas líneas) que aconseja la tradición novelística asociada con un contexto de intrigas y traiciones insoslayable entre ladrones y fuerzas de seguridad. Toda la acción transcurre en dos días y están presentes las imágenes cautivantes de las enredaderas que se elevan en los barrios del suburbio, así como se registra la presencia de los viejos estabilizadores para que el color se torne nítido en la TV, mientras los padres de Cairo no terminan de convencer al lector de que el preso que están viendo es su propio hijo.»

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