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Necesito mi intimidad

En los meses de confinamiento por la pandemia de coronavirus, una joven se ve obligada a trabajar en la casa familiar y a convivir con su hermano, sin poder hallar un espacio para sí misma. Este cuento de la narradora Alexandra Pose ganó el Premio Voces Latinas En Cuarentena 2020. Lo publicamos acompañado de una ilustración de Mary Esther Lemus

 

Un olor a carne quemada se cuela en mi habitación cerrada. Me desconcentra. Me saco los auriculares, abro la ventana y aprovecho para estirar las piernas. Camino descalza. Afuera está Carlos, cocinando. El olor me provoca náusea. Debo esperar que se disipe antes de aventurarme a la cocina. Mi espacio quedó reducido a cuatro por cinco metros, resto de intimidad.

¿Cómo era vivir con mi hermano antes de la pandemia? Nunca nos cruzábamos. Yo llegaba tarde del trabajo y él estaba en la casa de su nueva novia. La existencia de nuestros padres en la casa hacía que solo nos viéramos algunos domingos, en los que el menú no fuese asado.

Voy a la cocina. Retiro de la heladera un par de huevos —no es que sepa cocinar, pero al menos sé preparar un omelette—. Busco una sartén en el armario, pero ya no queda ninguno. En el lavadero hay una torre de cacerolas engrasadas, junto con los platos del día anterior. Incluso la tabla de cortar, ahora con un rastro de sangre.

Se nota la ausencia de mamá. Ella no los dejaba así. Yo solo limpio lo que uso, pero no pienso hacerme cargo del desastre de Carlos. Aunque tenga que comer de un cartón. Desisto y pido un delivery de pizza. Como en mi cuarto mientras veo una película. Trato de tener en mente que las familias en un monoambiente han de estar pasándola peor que yo. La gente logra entretenerse, como ese escritor francés que hizo una expedición dentro de su propio cuarto. Lo único interesante del mío es la guitarra.

Desgraciadamente el almuerzo no dura tanto. Mi padre lo interrumpe con una llamada. Salimos solo para ir al supermercado, acá en Coronel Oviedo; les extrañamos, Sole. Nosotros también, papá. Qué bárbaro lo que pasa; leí que es un virus para que mueran los adultos mayores. ¡Basta!, esas son noticias falsas. No son falsas, yo sé lo que son las fakenews también, hija. No salgan más, compren de internet. Qué miedo, mirá si nos roba la tarjeta algún hacker. Papá… no va pasar eso. Bueno, te llamo más tarde para que me enseñes cómo usarla entonces.

Paso frente al cuarto de Carlos. Le recuerdo que limpie lo que ha dejado en la cocina. Me responde el silencio. Le doy de comer a las perras y les sirvo agua fresca. Voy al baño. Carlos no secó el piso luego de bañarse y ahora lo debo hacer yo, si pretendo darme una ducha. La cocina también sigue igual, pero no tengo tiempo de quejarme. Debo estar en una reunión a las tres. Visto una camisa, un jean y hasta perfume, quizás eso me ponga de mejor humor.

Me saludan mi jefe, los otros programadores y la analista. Carlos golpea la puerta de mi cuarto. No le hago caso. ¿No se da cuenta de que estoy trabajando? Sole: papá quiere que le enseñes cómo comprar de internet. Disculpen un momento, ya regreso. Ahora estoy en una videollamada, ¿no ves pio?, enseñale vos. Pero vos sos la experta. No es astrofísica, Carlos, seguro hiciste alguna vez un pedido, no puedo hablar ahora.

Regreso y me disculpo. La analista se ríe y me consuela diciendo que su hijo la molesta todo el tiempo, ahora que se queda en la casa. Tal parece que todas las empresas —al mismo tiempo— quieren entrar al mundo de las compras on line. Pero ya es tarde para eso, de hecho, también es tarde para estos encargos. No voy a terminarlos para las seis de la tarde. Mi jefe se enoja, los otros programadores también protestan conmigo y la llamada termina así.

Necesito una cerveza. Voy a la bodega más cercana. Al regresar encuentro a la novia de mi hermano. Nos saludamos de lejos, me sonríe y se vuelve a colocar el tapabocas con vergüenza. Se encierran en su habitación y yo en la mía. Me gustaría que Elena también me visitase. Le escribo. ¿Qué haces, Ele? Hola, Sole, tomo una cerveza, ¿y vos? También, te extraño, quiero estar con vos, no con el imbécil de mi hermano. ¿Tan mal la pasás? Sí, prefiero hacer esas cosas que la gente sube al Instagram, pintar su casa o hasta hornear pan. Más tarde podemos sextear si querés. Pero yo quiero verte. No podemos, ¿tus viejos no son población de riesgo? Ellos se quedaron atrapados en lo de mi abuela de Oviedo, no hay peligro. Igual, la policía controla cada esquina.

Exploro las opciones de películas en Netflix. Aburrido. Me gustaría ver por lo menos una con… Empecé a leer Decamerón. Quisiera retirarme a un bosque, dedicarme a ser entretenida por narraciones ingeniosas, sin tener que trabajar. Me cuesta concentrarme en la lectura. Escribo a un amigo programador. Entre los varones de la oficina se encuentran on line para jugar Call of Duty. Elijo volver a Decamerón hasta que Elena me escribe. Perdón, baby, me fui a comprar más birra. ¿Pensé que tenías miedo de salir? Pero fui acá cerquita nomás, al que está a la vuela de tu casa. Estuvimos cerca entonces, le respondo, y apago el teléfono.

Tomo la guitarra. Rasgueo un par de notas. Aunque no me agrade mi voz, me animo a cantar Dancing Barefoot. Escucho la tele de la sala. «Seis nuevos casos sin nexo solamente en la capital». ¿Es que no puede ver la tele en su habitación? Si él puede hacer ruido, yo también puedo. Conecto la guitarra al amplificador y me paso la correa al hombro. El volumen del televisor sube. No escucho mi propia voz. Carlos: andá a tu pieza, estoy tratando de tocar algo. Y tocá, boluda, ¿quién pio te dice algo? Está muy fuerte la tele, no me concentro. ¡Ja!, en mi época podía ensayar en el piano con metrónomo mientras los albañiles trabajaban, intentá un poco usar metrónomo una vez en tu vida, Soledad. ¡Dejame en paz!, yo toco para entretenerme, no para tener un título. No vas a poder luego si seguís tocando así. Por lo menos le miro a mi guitarra, ¿sabés?, no como tu piano que se usa de posavasos.

Me despierto cansada, me quedé mirando una serie para conciliar el sueño. Ni siquiera me tomo la molestia de cambiarme la piyama. Preparo café y me acomodo frente a la computadora nuevamente. Mamá me llama al mediodía. ¿Ya comieron Jennifer y Angelina? Ahora les voy a dar de comer; están tristes porque no pueden salir de paseo todavía. ¿Y vos y Carlos comen algo? Él dejó un asesinato en la cocina que todavía no limpia. Por lo menos se alimenta, mi hija, no como vos que vivís comiendo pizza. Mamá: Carlos es un inconsciente, anoche vino su novia. Y dejale mi hija, encima que no puede trabajar.

Alimento a las perras. Les acaricio la cabeza y ellas mueven la cola. Prometo sacarlas de paseo tan pronto se pueda. Se tiran en la tierra, como si también se aburrieran y me miran. Entro en la casa; la cocina está peor que antes. Pido un delivery de comida china y me encierro en mi pieza hasta la hora de la terapia.

Carlos se pasea por el pasillo. Cierro la puerta y me llaveo, falsa sensación de privacidad. Necesito que haya silencio en esta casa, por lo menos un poco, pero es imposible. Él enciende el televisor de la sala: «La mayor parte de los casos sin nexo resultaron tener un nexo extramatrimonial». Se ríe a carcajadas. Estoy harta de las noticias de este virus. Tomo la computadora bajo el brazo y voy al patio. Las perras se levantan para recibirme con ladridos. Regreso a la sala. Carlos, ¿justo ahora tenés que ver tele? ¿Y a qué hora querés que vea? ¡Y no sé! Voy a la pieza de mis padres, cierro la puerta, pero sigo escuchando la tele. Me encierro en el baño y abro la ducha. Me siento en el inodoro, me acomodo auriculares y marco la llamada. Respiro.

—Disculpame que te llame desde acá. No tengo intimidad en esta casa.

—¿Disculparte? No tengo nada que disculparte. ¿No te gusta el lugar?

—No, es el baño de mis padres. Todavía no encuentro mi lugar.

Extraño el diván, el sonido del aire acondicionado y los libros ordenados por seminario de Lacan; contarlos mentalmente para tranquilizarme, recordar que es un lugar de distención, lejos de todos, donde descansa mi intimidad, tranquila. Le confieso que planeo robar las pastillas de dormir de mi madre. Me cuenta que hay un aumento de insomnio en la población. Eso me tranquiliza un poco. Me pasa el teléfono de una colega, por si quiera consultar con una psiquiatra.

Ver tantas imágenes en las redes sociales de gente aprendiendo a cocinar me contagia esas ganas, así que compro un polvo para preparar tortas cuando voy al supermercado. A la noche regreso a Decamerón. Al pasar por la cocina veo que la novia de Carlos ha regresado. Ven una película acurrucados en la sala. Esta vez al menos mantienen el volumen bajo.

Cierro la puerta de mi cuarto y llamo a Elena. ¡Hola, Sole!, no me avisaste lo del sexting ayer. Es que tuve un mal día. Qué mierda esta situación, si sobrevivimos al coronavirus vamos a morirnos del rebrote de dengue… ¿Podemos hablar de otra cosa? Ok, ¿qué tal por tu casa? Mal. Acá también, me peleé con mi roommate; difícil es la convivencia. Sería mejor si pasabas la cuarentena conmigo en lugar de tu roommate. Ja ja, Sole: sabés que necesito mi intimidad también. Pero igual terminás compartiendo espacio con otra persona y a mí ni siquiera me visitás. No es eso, pero te puedo hacer una videollamada. No, estoy harta de eso. Hagamos otra cosa entonces, tomemos un curso on line juntas. Eso suena divertido. ¿Te parece uno de alemán? Ok, me gusta la idea. Ja, ja, vamos a ser compañeras, aunque… preferiría que sea presencial, así puedo sentarme a tu lado y preguntarte cómo te llamás, y que me respondas con voz tímida: Soledad. Qué nombre más lindo, voy a decirte. ¿En serio te parece lindo mi nombre?, porque siempre me decís que es dramático. ¿Por qué susurrás? Porque mi hermano está en la sala. Bueno, como te iba diciendo, en la próxima clase te digo, disculpame, Sole: ¿me prestás un bolígrafo? Claro, me vas a responder sonrojándote, y cuando el aula esté vacía me voy a sentar sobre una mesa para decirte: Me salvaste hoy, ¿cómo puedo agradecerte? No es nada, me vas a responder, vas a tratar de llegar al bolígrafo que tengo en la mano, pero yo voy a abrir las piernas para que tengas que acercarte más a mí y te pueda poner los brazos en la cintura y desprenderte un botón de la camisa al decirte: ¿Segura? No te gustaría un masaje por lo menos, tan cansada que se te ve, te voy a acariciar los hombros, bajar hacia tus pechos… Elena, no estoy de humor, quiero conversar. Y eso hacemos, ¿o no? ¡Basta!, ves mucho porno, ¿quién coge en una sala de clases? ¡Ay, Soledad, qué intensa que sos!

Voy a la cocina, saco de la heladera los restos del almuerzo y los caliento en el microondas. En el sofá, Carlos y su novia se ríen juntos. Ella le acaricia el cabello. El microondas emite el pitido. Busco un plato, pero esta vez no encuentro ninguno limpio. Carlos, ¿cuándo pensás limpiar este quilombo? No pude nomás, Sole; hay visitas ahora, no seas dramática. ¿Dramática, yo? Estás haciendo un escándalo, lavá nomás un plato, y mañana yo voy a limpiar el resto. Yo voy a ayudarte a limpiar, Sole, a vos y a Carlos, no te preocupes. Claro que me preocupo, y vos no tenés porque hacer nada en esta casa, es más, no deberías luego estar acá, en plena cuarentena. ¡Qué te pasa hoy, Sole!; me quería visitar nomás un ratito. Nada no me pasa; quiero que se respeten nomás las medidas higiénicas y de distanciamiento social.

Carlos se levanta del sillón confundido, lo empujo al pasar y me retiro a mi cuarto. Me dan ganas de llorar, pero no lo haré. Deslizo la pantalla del teléfono con historias de Facebook. Todos están deprimidos. Busco alguna película. Todas son sobre algún virus esparcido en Italia o algún laboratorio de Tokio que convierte a la gente en zombie. Abro el Decamerón, tomo una pastilla de mamá, reviso el teléfono. No me concentro en la lectura. Creo que debería disculparme con la novia de Carlos. No recuerdo ni su nombre. Igual, no tenía por qué venir. Todo el mundo está respetando la cuarentena, menos esa. Reviso el teléfono: mi jefe pregunta cuánto tiempo nos llevaría desarrollar un sitio de citas. ¿A esta hora? Comparte un artículo sobre Tinder: «Aumentaron la cantidad de mensajes que los usuarios se mandan, la gente quiere hablar».

Eso no lo esperaba. Exploro la aplicación. ¿Por qué siento que hablo menos con Elena, entonces? No somos novias, pero llevamos saliendo medio año. Le envío una imagen graciosa de un gato y me responde con tan solo una risa, sin ánimo de conversar. Leo una entrevista que dieron los programadores de Tinder sobre sus actualizaciones por distanciamiento social: La base de datos para búsqueda ahora escupe usuarios de todo el mundo. Las interacciones entre estos se basan en más tiempo con mensajes de texto y respuestas inmediatas, mientras que las interacciones de Elena parecen encriptadas para mantener la distancia conmigo, hasta en lo virtual. Y ya que nuestros sistemas operativos son tan incompatibles, yo también decido cifrar mi código fuente para que no sepa lo decepcionada que estoy y solo le respondo: Buenas noches.

Descargo la aplicación. Contacto con una argentina que vive en la Costa. También sufre de insomnio. Me recomienda películas. Me cuenta que vivía del turismo, que extraña ir a la playa y que está casada. Le digo que acá no tenemos mar, que no soporto vivir en esta casa y que tengo una relación con Elena.

—Sos muy potra para estar llorando por una wacha.

—¿Qué es potra?

—Significa linda en argentino.

—Gracias, pero me siento sola.

—No hay remedio para eso, nena, yo también me siento sola.

—Pero si estás casada.

—¡Peor!

—¡Oh! Qué tragedia; tu esposa olvidó lavar los cubiertos.

—Ja, ja, le subestimás a la convivencia; peleamos por plata, bueno, por todo a estas alturas.

Es sábado y no tengo trabajo. He despertado tarde. Estoy cansada de Elena. Hoy voy a dedicarme a mí y a hacer la torta que había dejado pendiente. La cocina está sorprendentemente limpia. Huevos, leche y polvo en un bol. Mi jefe me pide una respuesta sobre el sitio de citas. Lo ignoro. Meto la mezcla al horno; mientras, me recuesto en la cama. Al rato irrumpe Carlos para decirme que la torta se ha quemado. Corro a la cocina, noto el humo en el pasillo y encuentro la torta sobre la mesada. Doy un suspiro. Carlos se ríe a carcajadas y saca su teléfono. ¿Qué vas a hacer? Le voy a mandar una foto a mamá. ¡Pará, Carlos, no es simpático! Claro que sí; meter en el horno nomás era la instrucción.

Me confino en mi cuarto, intento tocar la guitarra, no me sale la voz. Conecto los auriculares al amplificador de la guitarra. El sonido es sucio. Me tiro en la cama, reviso el teléfono, no hay mensajes de Elena, pero mi nueva amiga argentina me pregunta qué tal mi día. Le respondo con la foto de la torta que mandó Carlos al grupo familiar. Observo su forma detenidamente: parece terreno volcánico; tiene una erupción justo en el medio; se endureció así. Me da risa. Hablamos hasta que me quedo dormida. Carlos golpea mi puerta a la tarde. Me pregunta si estoy. Claro que estoy, ¿adónde iría? Quiere invitarme algo. Abro la puerta y me espera con un pedazo de torta. Suspiro. Él trata de ocultar una sonrisa. Llevo el pedazo a la sala y él me sigue con otro. Me acomodo en el sofá, él en el sillón, levantando las zapatillas sucias sobre la mesa del centro.

—Salió rica.

—Gracias, Sole, es la primera vez que hago.

Lo miro con el ceño fruncido. Él se disculpa entre risas y yo sonrío.

—¿Y tu novia no va venir hoy?

—No.

—¿Es por lo que dije el otro día?

—En realidad le dije que necesitaba mi espacio.

—¿Qué espacio?

—Cualquiera. Tener mi intimidad, mantener la magia y todo eso.

Dejo el plato sobre la mesa y estiro los brazos en el sofá. Carlos enciende el televisor. Le pido que no ponga las noticias. Deja la final de un mundial de futbol. Aunque el partido es viejo me entretiene. Carlos me cuenta que también tiene un teclado en su habitación. Casi no lo toca, por eso no sé de su existencia. Recojo el teléfono y le pregunto a la argentina si le gusta el fútbol. Responde que no es un requisito para ser argentina disfrutar el futbol.

Por la noche voy al supermercado en busca de comida para las mascotas y algo para la cena. Mamá me llama al regresar. No me cree que las perras estén bien. Necesita escuchar sus ladridos. ¿Por qué no una foto? Se niega, eso trae mala suerte. No sé cómo lograr que ladren. Encuentro un palo de escoba y se los lanzo. Angelina se esquiva, pero a Jennifer —más traviesa— le da en una pata. Se acerca a mí, extrañada. Me lame las manos. Le digo a mamá que se niegan a ladrar. Una sola cosa no podés hacer, Sole. Me alejo del jardín y las perras ladran al advertir mi ausencia. Mi madre las oye. Gracias, me dice.

Al entrar en la casa escucho unas tímidas notas de piano. Guardo las compras y me lavo las manos. La cocina sigue limpia y la música proviene del cuarto de Carlos. Me acerco a su puerta y le observo tocar. Él advierte mi presencia y se detiene.

—Hola, Carlos, ¿qué es eso?

—Macanadas nomás, estoy oxidado. ¿No vas a «bailar descalza» hoy?

—Ja, ja, ja. No creo, no tengo buena voz.

—Yo tampoco, pero te acompaño en el piano si sé las notas, aunque… podemos tocar otro tema. ¿O estás ocupada?

—Un clásico, entonces. Supongo que conoces Dreams de Fleetwood Mac.

—Obvio.

Busco la guitarra de mi cuarto, me cuelgo la correa al hombro y vuelvo. Carlos toca la introducción en el piano. Rasgueo las notas: Now here you go again you say you want your freedom. Mi voz sale temblorosa, pero me recompongo para el segundo verso. Al llegar al coro Carlos se anima a cantar la segunda voz. Se equivoca en la letra y tararea el resto. Nos reímos, pero seguimos tocando.

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