Visión de dos décadas de literatura paraguaya en el siglo XXI (2021) de la escritora y docente Maribel Barreto es un ambicioso ensayo crítico que ofrece un somero panorama de la creación narrativa y lírica en castellano del país.
El libro se inscribe en la continuación del estudio de la literatura paraguaya emprendido por la autora (en 2014 había publicado El mundo de la novela en el Paraguay del siglo XXI y en 2017 Análisis de seis cuentos de Augusto Roa Bastos). Esta vez, intenta ofrecer un corpus mucho más amplio, incluyendo el género lírico, pero su propósito se desdibuja tanto por las ausencias como por algunas desprolijidades en la estructura.
Lejos ya del autoritarismo opresor ⸺punto debatible⸺, la autora resalta la libertad de la que gozan los escritores de este tiempo en comparación con los años de la dictadura de Stroessner (1954-1989). Así, en un intento de categorización académica, sostiene que la literatura paraguaya actual «se desliza en dos vertientes: la de temas histórico-políticos y la nueva que transita por universos fantásticos, artificiales o devela el mundo femenino en su intimidad y sus sueños» (p. 21). Asimismo, afirma que en el siglo XXI, los escritores «irrumpen con profundidad en la vida del pueblo, sin afán folclorista ni chauvinista desde una perspectiva individual y tomando las características de la postmodernidad, como ser la fragmentariedad y la alternancia de planos y saltos temporales y espaciales o figuras históricas y políticas con fuerte dosis de denuncia hacia los regímenes de fuerza de dictadores (…)».
Ambas afirmaciones no revisten de novedad, pues críticos como Roque Vallejos, Peiró Barco, Suárez y Méndez-Faith ya habían señalado lo mismo al referirse a los autores de la década del 80 del siglo pasado, verdadero punto de inflexión al menos en la historia narrativa paraguaya. ¿No se ha hecho nada nuevo desde entonces?
El corpus «representativo del siglo XXI» incluye obras de Renée Ferrer, Alcibiades González, Guido Rodríguez Alcalá, Neri Farina, Victorio Suárez, Irma Betzel, Esteban Bedoya, Lourdes Talavera, Boccia Paz, Susana Gertopán, María Eugenia Garay, Carlos Mateo Balmelli, Nelson Aguilera, Javier Viveros, Víctor Casartelli, Milia Gayoso Manzur, Lita Pérez Cáceres, Melissa Ballasch, Alejandro Hernández, Gladyz Dávalos, Ella Duarte, Carmen Cáceres, Gustavo Laterza, Ana Miranda, Pérez Reyes, Irina Ráfols, Luz Saldívar, Augusto Casola, Estela Franco, Ana Martini, Leni Pane, Nidia Sanabria, Raquel Chaves, Delfina Acosta, Fernando Pistilli, Luis María Martínez, Susy Delgado, María Eugenia Ayala, Maricruz Méndez Vall, Lucio Marecos, Gladys Carmagnola, Jacobo Rauskin, Gladys Luna, Gloria Marecos y Alain Saint Saëns.
Con respecto al criterio de selección, la autora explica que se debió a «la excelencia [de las obras], ya por su novedosa configuración, por los temas abordados, ya como testimonio de vida en nuestro país, su historia pasada, o reciente y el manejo adecuado y correcto de los diferentes registros lingüísticos empleados» (P. 17). Si bien ofrece un interesante corpus, su justificación es cuanto menos discutible. Además, se siente la ausencia de escritores como Mónica Bustos (de las pocas autoras de proyección internacional), Chester Swann, Julio Benegas, Jeu Azarru, Patricia Camp, Damián Cabrera, por citar algunos. Estas ausencias son aún más notorias si mencionamos el amplio destaque a la obra literaria de la propia autora cuyo estudio ⸺o la llamativa inclusión de comentarios de contratapas de algunas de sus novelas⸺ ocupa casi un centenar de páginas. Esto, inútilmente laudatorio, desdibuja la empresa de Barreto.
El trabajo analítico puntal del corpus responde a un fin de vulgarización; es atento, sencillo, por momentos parafrástico, pero respeta los principales elementos de estudio como la voz narrativa, los tiempos y el registro. El estilo de Barreto es uno de los puntos fuertes, pues no reviste de complejidades que dificulten la comprensión para un lector no académico. Esa es una de las virtudes de la pluma de la autora en la que se percibe su impronta docente. No obstante, debemos señalar otro punto debatible: el recurrente abordaje de identidad paraguaya como magdalena de Proust. Es decir, como si la búsqueda de la paraguayidad fuera el punto de partida de toda obra literaria. Esta reducción limita el estudio de los textos y les priva de un horizonte de expectativas muchos más amplio que este viejo tópico novecentista paraguayo, ignorando otros elementos incluso socioliterarios, como la literatura marginal, periférica o digital.
Con respecto a los problemas de estructura, se pueden observar ciertas desprolijidades como la inclusión de dos presentaciones sucesivas y casi idénticas en las páginas preliminares que deja en entredicho la economía del texto. Además, el cuento es reducido a un apéndice del mundo de la novela, sin el matiz de sus diferencias genéricas. Y, en la fina continuidad de las ausencias, el libro no ofrece una conclusión general que pueda retomar los principales puntos desarrollados en el análisis de las diferentes obras y ofrecer así una verdadera visión de la literatura de las dos últimas décadas.
En conclusión, Visión de dos décadas… es un aporte interesante al estudio de la literatura paraguaya en castellano, pero con ciertos bemoles que desdibujan este ambicioso ⸺y necesario⸺ proyecto emprendido por Maribel Barreto. Las ausencias, en tanto, ofrecen una reducida visión de nuestra literatura que aún sigue percibiéndose en el exterior como «un grito en voz baja».









Liz C
noviembre 14, 2022La voz baja también rompe el silencio.
Me gustó
George Steiner
octubre 29, 2022Aguda y pertinente crítica. Las ausencias dejan muy presente lo desolado de un texto, muchas veces. Me gustó. ¡Saludos!