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¿Las trompetas de Jericó?

Rogelio Vallejo, desde Bristol, nos envía una postal sobre el derrumbe de la estatua del traficante de esclavos inglés Edward Colston, efecto internacional de las protestas y las manifestaciones del movimiento Black Lives Matter, cuya génesis fue el asesinato de George Floyd en los EE. UU.

 

Più i tempi sono difficili,

più il pubblico vuole programmi facili ed estremi,

chiari e perciò stupidi.

Leo Longanesi, Parliamo dell’elefante, 1947

 

Estábamos tan concentrados y obsesionados en lo que nos estaba pasando que el clarín de una nueva muerte brutal en el país de las maravillas nos sorprendió. A mí me dejó pasmado la reacción de tantos millones de gente que se encuentran ―y tienen casi asegurada su continuidad― en la peor de las situaciones. Olvidado fue el yo, mi familia, nuestra salud, nuestros empleos. En suma, la propia supervivencia. En una explosión parecida al derrumbe del famoso muro, la gente se desparramó en las calles en apacibles demostraciones. Y a veces el furor por ese repetido y trágico abuso del poder policial en el país de la equidad, mostró y continúa poniendo de manifiesto la verdadera furia sentida por ese último ultraje a la dignidad y la vida humana.

Quienes critican el excesivo ruido y el violento desorden causados, deberían recordar cuántas han sido en el siglo XX, y en el que vivimos, las protestas y las manifestaciones motivadas por los abusos y los crímenes cometidos por culpa del maldito sentimiento de superioridad de muchos. El terrible y endémico problema de la indemnidad que protege hoy en día los abusos de las instituciones estatales, y la magnífica capacidad de los políticos de turno de prometer y conceder algunos cambios que engañan a la gente, dándoles la sensación de que todo ha sido resuelto, de que todo ahora está solucionado. Todo esto fue puesto una vez más brutalmente al descubierto.

Lo más evidente aquí es que quienes salieron y salen a protestar por el asesinato de George Floyd ―también reavivando el fantasma de tantos muertos en manos de la policía inglesa―, no fueron solamente BLAME (black, asian and minority etcnic), sino miles y miles de raza blanca. Inmediatamente pude ver en las fotos y los vídeos que circulaban en los medios, que muchos y toda clase de blancos participaban en el derrumbe de la estatua del prominente benefactor de Bristol, Edward Colston, el importante y poderoso traficante de esclavos. Se estima que en doce años (entre 1680 y 1690), desempeñó un papel esencial en la esclavización de más de ochenta y cuatro mil africanos (incluyendo doce mil niños), de los cuales más de diecinueve mil murieron en travesía al Caribe y América.

Esa estatua había sido causa de muchas controversias, como ocurre en otros países cuando se trata del homenaje público de figuras históricas que no ilustran el verdadero carácter e invariablemente las condenables acciones cometidas por esos definidos y reconocidos como héroes. Tuve virulentas discusiones en muchas cenas y almuerzos sobre el tema.

Pero el efecto que tuvo este gesto de protesta en Bristol ―demostrando el cansancio de tantos de tener que ver y revivir siempre la historia desde el punto de vista de los vencedores, representada por héroes como Colston, escondiendo bajo el bronce o el mármol las injusticias y los abusos cometidos por ellos― fue internacional. En otros países también se cuestionan una vez más: ¿cómo debemos enseñar nuestras historias?, ¿dónde debemos poner y a quién deberíamos levantar estatuas? Estos debates tienen larga historia, ya que en todos los países se debería cuestionar constantemente lo que es historia.

¿Pero de qué valen todas estas polémicas, cuestionamientos, protestas, publicaciones, expresiones artísticas, y tantas evidencias acumuladas? Claramente, los objetivos son intentar progresar, crear un mejor mundo, más igualitario, pero una y otra vez los clarines nos despiertan para ver lo poco que hemos conseguido. Los seres humanos que se hacen con el poder a través de injusticias, abusos y maniobras deshonrosas todavía crean la sensación de que todo ha cambiado, todo ha mejorado. Y nosotros conspiramos con ellos, al no querer confrontar la realidad que vivimos.

Me pregunto si lo ocurrido en Mineápolis tendrá el efecto de aquellas trompetas que consiguieron derrumbar la muralla de Jericó, y así transformar con cambios auténticos y radicales nuestros caducos sistemas que aún permiten la perpetuación de injusticias e iniquidades.

Mientras tanto, aquí en Bristol las autoridades ya han sacado la estatua de Colston del río donde los manifestantes la habían arrojado. Le han limpiado el lodo y los residuos que traía consigo, pero no le han limpiado la pintura roja con la que le habían embadurnado el rostro antes de empujarla desde el muelle. Tienen el propósito de instalarla así en el museo, con inscripciones más reveladoras sobre quién había sido ese gran hombre.

¿Un paso adelante? ¿U otro gesto para que al final todo continúe igual?

Nota: la fotografía es de Caitlin Hobbs. «El pedestal vacío de la estatua de Edward Colston en Bristol, el día después de que los manifestantes derribaran la estatua y la arrojaran al puerto. El suelo está cubierto con pancartas de Black Lives Matter.»

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