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Las quimeras en los jardines de El Bosco

Para reconocer la relevancia que las obras de El Bosco siguen teniendo en nuestros tiempos basta observar que sus pinturas no simplemente consiguen sorprendernos sino que logran atraparnos, forzándonos a vivir momentos inquietantes.

La anhelada exposición de las visiones del genial Jheronimus Bosch (conocido en castellano como El Bosco), en el Museo de Noordbrabants de su pueblo natal Hertogenbosch (la foresta del duque), en el V centenario de su muerte, es casi un milagro, ya que se trata de un homenaje de magnitud inigualable, nunca llevado a cabo hasta hoy para celebrar a este gran pintor medieval de los Países Bajos.

Como es bien sabido, ese país es célebre por sus pintores admirables, los cuales han influenciado enormemente, a través del tiempo y hasta el día de hoy, el trabajo y las obras de cientos de notorios artistas de otros países y otras culturas. Además, el caso de El Bosco tiene un lugar muy especial en la historia del arte, no solamente por la artesanía magistral de sus dibujos y pinturas, sino por lo original y extraordinario de sus imágenes. Sobre ellas, los expertos continúan debatiendo y analizando el cómo y el porqué de su origen, y especialmente cómo sus cuadros fueron aceptados y exhibidos por las clases dirigentes de su época, particularmente la iglesia, cuando y donde la iconografía de sus vírgenes y santos, la representación visual de sus parábolas y dramas sagrados obedecían convenciones rígidamente definidas y preestablecidas.

Los engendros, esperpentos y adefesios de El Bosco no tienen igual en su contexto, ni anteriormente a él, ni en su tiempo, y ni siquiera hoy. Evidentemente se los puede relacionar con las gárgolas que adornaban como espantajos los edificios de las iglesias medievales, pero basta la más superficial mirada o el más leve conocimiento para ver que esa relación se limita quizá solamente a la intención o al objetivo que tenían también estas últimas: advertir y enseñar a los creyentes (la enorme mayoría de los cuales eran feligreses analfabetos), que las tentaciones del Maligno los podían exponer a peligros y horrores indescriptibles, mostrando sin ambigüedad la atrocidad o la monstruosidad, no solamente de los pecados y las maldades en sí, declarados como tales por la iglesia y la moral de esos tiempos, sino quizás más importante todavía, los interminables y execrables castigos que les esperaban si sucumbían a la tentación de cometerlos. Pero se puede argumentar que las esculturas de piedra, aunque poderosas y elocuentes, no tienen el mismo poder de la narrativa que se encuentra en los cuadros de El Bosco, ni tampoco poseen su refinada seducción. Y aquí soy yo el que no puede resistir la tentación de preguntar, con una cierta picardía, si por otro lado las pintorescas y crueles imágenes de El Bosco también consiguieron inspirar, tanto a los fieles como a los prelados y clérigos de la iglesia, cómo llevar a cabo la ejecución de ciertas tentaciones, pecados y castigos, ya que sé muy bien ―como todo el mundo debería saberlo―, que es en los detalles donde se esconde no solamente Dios sino también Lucifer.

Tampoco puedo dejar de recordar algo que dijo Shakespeare, ese otro genial creador cuyo IV centenario de su muerte se recuerda también este año, parafraseando que en este caso son los personajes de El Bosco los que están hechos con el mismo material con el que se tejen los sueños, aunque hay que aclarar que aquí se trata más bien del material con el que se urden las pesadillas. Demás está añadir que en el caso del pintor holandés esto es más que evidente. Y me atrevo a afirmar que ningún artista ha logrado crear imágenes tan sugestivas, inquietantes y al mismo tiempo tan maravillosas como El Bosco: ni Munch, ni Grosz, ni Kollwitz, ni Bacon, y hasta me atrevo a incluir a Goya y a Dalí.

Esta exposición puede parecer un milagro, por su magnitud, su importancia, sus aspectos logísticos y financieros. Hay que tener en cuenta que las obras de Jheronimus Bosch se encuentran esparcidas en una cantidad de museos, los más importantes del mundo por la riqueza de sus colecciones, guardadas allí y donde se las cuida como uno cuida y protege los ojos, no solamente por su incalculable precio, sino por su inconmensurable valor cultural, bastando esto para entender que esas instituciones no están fácilmente dispuestas a que esos cuadros y dibujos viajen a otras latitudes. Uno debe recordar la responsabilidad y el esmero que estas obras requieren para su manejo, transporte y custodia, y que cada museo exige una supervisión profesional y minuciosa de cada una de ellas antes y después de ser transportadas a otros lugares y en su devolución.

Pero hay que reconocer que este milagro se llevó a cabo gracias a la pasión, la tenacidad y el coraje de muchos, y que los trabajos de preparación para la exposición en el Museo Noordbrabants comenzaron quizás ya antes de 2007 con inversiones excepcionales para llevar a cabo una ambiciosa investigación sobre las obras de El Bosco, junto con un proyecto extraordinario de conservación a cargo de expertos internacionales, los cuales han pasado los últimos seis años intensiva y sistemáticamente examinando, documentando y preservando prácticamente toda la obra de este gran maestro allí donde sus obras se encontraran. Esto es algo que nunca se había hecho antes.

La exposición ha sido un gran éxito, atrayendo a gente de los cuatro puntos cardinales, ofreciendo a muchos la oportunidad de conocer, admirar y estudiar estas extrañas, originales y maravillosas imágenes. La crítica negativa se centra, como en otros casos similares, en la casi imposibilidad de organizar satisfactoriamente un acontecimiento de esta magnitud en cuanto al control del público que  visita muestras como ésta. Y como en otras de similar importancia, en esta ocasión de nuevo ha habido demasiado público, siendo muchas veces difícil acercarse a trabajos que idealmente requieren una inspección más cercana y detenida. Como dicen algunos: solamente se podía ver el plateado canoso de las cabezas que estaban delante de los cuadros, pero también se debe añadir que había muchas otras pelambreras más jóvenes que con comprensible irritación trataban de conseguir suficiente espacio para poder acercarse a las obras de El Bosco. Lo verdaderamente enojoso eran los que parecían estar más entretenidos oyendo las largas explicaciones que les relataban sus guías auriculares, y que con la mirada perdida en el espacio parecían haber echado raíces en sus lugares ignorando el paso del tiempo y la ansiedad del resto de los asistentes.

Hablar de cada obra expuesta en esta exposición sería imposible, pues no solamente se exponen allí sus más ambiciosos y conocidos trípticos, sino también se incluyen un impresionante número de otras igualmente importantes pinturas, dibujos, grabados a buril, miniaturas y entalladuras, en las que se pueden observar en detalle los temas abordados por él, especialmente aquellos donde el infierno y los pecados son representados con tanta singularidad, y que definitivamente ayudan a llegar a comprender mejor el trasfondo en el que fueron creadas las pinturas de El Bosco.

A todo esto hay que añadir el número de interesantes trabajos ejecutados por sus seguidores, aquellas obras en las que se evidencia la enorme influencia que el pintor ejerció a lo largo del siglo XVI tras su muerte, y la creación de ese gusto por «lo bosquiano» que se extendió en ese tiempo. Por eso recomendaría a los interesados en ver algo de todo esto que recurrieran a las facilidades que nos ofrece hoy Internet, y recordar a los que cuentan con los medios necesarios que esta excepcional oportunidad será repetida en Madrid del 31 de este mes al 11 de setiembre del corriente año.

Evidentemente, Madrid (www.museodelprado.es) no podrá dar la oportunidad de visitar los encantos de Hertogenbosch, que aunque no tan augusta y marchosa como la capital española, tiene muchos interesantes y originales encantos en sus calles, edificios, espacios abiertos y tiendas. Y para este caso en particular, no puede dejar de mencionarse el Centro de Arte dedicado exclusivamente a la vida y la obra del ilustre hijo de esa ciudad.

En cuanto a la relevancia que las obras de El Bosco siguen teniendo en nuestros tiempos basta observar que sus pinturas no simplemente consiguen sorprendernos sino que logran atraparnos, forzándonos a vivir momentos inquietantes, en medio de esas amenazadoras calamidades en las que al encontrarnos sumergidos no tenemos ningún control, y donde las fuerzas más viles y siniestras, sean las engendradas por nuestra profunda crueldad humana o por las que creyendo estar en posesión de mandatos celestiales para hacerlo, tienen no solamente todo el control, sino en las que también se las puede ver regodeándose del poder brutal que tienen sobre nosotros. No es necesario ser un genio para ver el paralelo entre esas aberraciones ilustradas por El Bosco y las que presenciamos al observar el mundo en que vivimos hoy, la constante amenaza de lo horripilante e inimaginable está presente en ambas, en las imágenes de este visionario y en nuestra propia realidad.

Visitar: www.bosch500.nl

El carro del heno, de Hieronymus Bosch, El Bosco.

El carro del heno (De Hooiwagen), de Hieronymus Bosch, El Bosco.

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