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Las musas de Bartolomé

El viejo Bartolomé, cuidado por dos primas solteronas, confiaba en poder domesticar la demencia para culminar la obra que lo perpetuaría. Pero la inspiración no lo acompañaba y tuvo que resignarse al silencio… hasta que sus dos musas reaparecieron.

 

A pesar de agoreros pronósticos médicos, Bartolomé se sintió confiado en poder domesticar la demencia, con el solo propósito de lograr algunos momentos lúcidos que le permitiesen culminar la obra que lo perpetuaría.

Hacía tiempo que vivía de las glorias pasadas intentando recuperar su espacio. Estaba en la cuenta regresiva del deambular terrenal, escoltado por dos primas solteronas, a las que supo rescatar del abandono campesino. Sesentonas que crecieron como consumadas modistas de santos de parroquias, fieles servidoras cuya recompensa fue el disfrute de los olores impregnados en sus calzoncillos. A ellas guardó un cariño despojado de obligaciones afectivas, para evitar tentar a esas mujeres de fealdad descomunal. Cual ranas de ancas flacas y torso cuadrado, prestaban el buen servicio de comer los insectos llegados con el estío.

Ante esos batracios de corazón noble, se vanaglorió de haber conquistado jovencitas gracias a mi herramienta ―mostrándoles su desnudez erecta― para luego acabar deleitándose consigo mismo a la sombra del limonero. Las viejas ―mis vírgenes vestales― se limitaban a callar, conscientes de sus votos de perpetua sumisión, debiendo soportar sus poses de presumido conquistador: Esas jóvenes aprendices expuestas a la voracidad de mi experiencia… Se empavonaba ante ellas, que le servían a cambio de casi nada… salvo techo y comida.

Bartolomé escribía consciente de estar iniciando un camino sinuoso, que por extraño sortilegio le llevaba al punto del cual partía. Verdadera exaltación de sus limitaciones, el pretender inspiración cuando solo lograba transpirar. A esta altura del partido no sé si es por esfuerzo intelectual o por la perenne infección con que cargo. No debería descartar la influencia de los ácaros, ni la humedad de esa vetusta casa del novecientos que en su apogeo fue residencia de su próspera familia y que hoy no es más que un enjambre de habitaciones conventilleras, destinada a morada suya y de sus primas. ¡Cómo sufrirá la infeliz! ¡Claro que debe sufrir su abandono! Él sentía el sufrimiento de esa vieja casa, como si se solidarizase con sus pisos gastados, sus herrajes oxidados y sus maderas podridas. Tal vez debería morir con ella, darle a sus paredes mohosas el señorío de la tumba de un ilustre dramaturgo.

¡Tontos pensamientos!, reflexionó con una mínima dosis de pragmatismo, y volvió a intentar retomar las líneas de su relato:

Mi escritorio es tan frío como la piel de la jovencita que me visita en horario escolar… La misma señorita que me ayuda a germinar las ideas que elaboro para la concreción de mi enorme obra.

―¡Nooo! ―gimió angustiado ante la imposibilidad de desanudar sus entreveradas ideas. Se sentía decrépito y hambriento, sin más que unas frías empanadas y una botella de caña dosificada como exótico elixir. Entonces decidió tumbarse en la cama y se cobijó entre las mantas empapadas de sudor, dándose maña para disfrutar de su pesebre, cueva textil, donde sus ojos como satélites errantes giraron en busca del equilibrio celestial. Desde allí, parapetado tras su incipiente ceguera, se entregó a la desesperanza con el íntimo deseo de no volver a despertar… Pero como nadie se muere la víspera, se resignó a escuchar el chirrido monocorde del silencio que, para su sorpresa, fue interrumpido por un llamado inesperado.

―¡Bartolomé!… ¡Bartolomé! ―dijo una voz de hembra juvenil.

―Convencido de estar montado sobre un sueño, mantuvo los ojos cerrados.

―¡Bartolomé! ―sonó más fuerte, más cercana, al punto de impregnar jazmines con su aliento.

Regresaron, razonó Bartolomé entusiasmado, y abrió los ojos con euforia para recibir a las visitas. Ante sí, se erguía la sombra de una mujer espléndida. Con cautela palpó su vestuario sedoso, y adivinó las formas juveniles de su linaje vikingo, esbelta y orgullosa, coronada por gruesas trenzas doradas como la aureola de una santa medieval.

―¡Soy Diana!… ¡Tu musa!… Y ella es Gabrielle… ¡Tu otra musa! ―acotó con gracia.

―¡Perdón! ―exclamó el viejo ante el prodigio.

―Te tuvimos abandonado, postrado y desesperanzado en esta larga jornada, pero estamos acá para inspirarte.

La escuchó enmudecido, mientras calculaba sus dimensiones. Luego giró el cuello para ver a Gabrielle: sus ojos envueltos en bruma le permitieron distinguir una dama distinguida. ¡Jamás habrá limpiado un plato!, se le ocurrió.

―Sabemos de tus angustias, pero relájate, cierra los ojos.

―¿Quién las envía? ―preguntó, temiendo importunar.

―¡No hables Bartolomé!

Siguió sus instrucciones y decidió entregarse al juego. Todavía incrédulo la observó sentándose en la cama… En su desvencijada cama, Juana de Arco compartía el catre con pulgas. Perfecta y humilde, con una mano se masajeaba los senos, con la otra acariciaba la cabeza del artista, entrelazando sus suaves dedos en su revuelta cabellera. ¡Nada de esto será gratuito!, se dijo, atribuyendo su suerte al diablo. ¡Jamás caería en eso!, recapacitó, y decidió obedecer a sus musas, sin importarle si se trataba de pactos ni de delirios febriles. Abrió los ojos con la desesperación de un recién nacido que busca a su madre.

Diana cuidaba de él, mientras Gabrielle, de pie, se había aproximado a la cama apoyando ambas manos sobre los hombros de su compañera. Se movían con la elegancia de quienes tienen la costumbre de pasearse en salones palaciegos. Féminas cuya candidez se revelaba a través de sus delicadas voces de soprano, murmurando palabras de aliento y consuelo, como si fuesen expertas cortesanas.

La presencia de estas mujeres esfumó el olor a humedad, así como todo vestigio de pobreza. Bastaron dos minutos de caricias y el hombre notó que sus pulmones respiraban a pleno dentro de un jardín primaveral. Y entre tanta bondad y bienestar, se atrevió a mirar a Diana, y adivinó en sus ojos el azul zafiro de su mirada inocente.

―¿Cuántos años tienes?

―Nosotras no tenemos años.

¡Qué me importaba que tuviese o no años! Calculó que tendrían menos de veinte.

―¡No importa, Diana, era solo una curiosidad! ―respondió con la voz firme, dando muestras de lo bien que le hacían sentir, de lo agradecido que estaba, al punto de sufrir una revelación: Las musas son servidoras fieles y desinteresadas… Eso bastó para que se obrara el milagro del endurecimiento. Bartolomé asumió su recuperada condición de joven semental y, como tal, exploró el amplio escote de Diana de donde rebosaban los voluminosos senos con olor a melones maduros.

Diana dejó escapar una sonrisa que se volvió carnosa en la cara de Bartolomé. Él reaccionó temblando como un púber que se enfrenta al sexo por primera vez y así, súbitamente, el viejo sintió que lo suyo era amor y que se estaba adueñando del mundo. ―¡Te quiero, Diana! ―se animó, a diferencia de su cobardía con Marcela, la esposa de su mejor amigo.

La musa le sonrió abriendo levemente los labios, dejándole ver su lengua húmeda y clitoriana.

―¡Te quiero! ―le volvió a repetir, mientras le exprimía los senos con hambre de lactante.

―¿Te sientes mejor Bartolomé?

―¡Sí! ―se limitó a responder mientras con sus manazas la despojaba del ropaje, que cayó a los costados de sus caderas, como si fuese el sublime envoltorio de un regalo de bodas―. ¡Párate! –le ordenó emocionado, con la convicción de quien tiene derechos de pernada. Diana se paró, y el resto del vestido se desplomó como las torres gemelas. Bartolomé entendió la desnudez como la expresión genuina de la existencia de Dios… ¡Alabado seas, Señor! La musa abrió las piernas y se dejó oler la vagina velluda; el viejo la buscó a tientas, como a la «boca de la fortuna», para hundir sus dedos entre los labios que benéficamente le humedecieron las yemas tembleques. Le hizo suaves masajes exploratorios, y le cogió una mano para posarla sobre el glande que asomaba desde la bragueta apolillada. Ella apretó la verga con suavidad, dejando expuesta la cabeza bordó que latía desesperada.

―¡Súbete! ―gritó.

―¡Dime cómo, Bartolomé!

―¡Excelente, Diana!… ¡Excelente!… ¡Eres la más puta de las musas! ―le dijo en el momento que su verga era succionada y resurrecta. La musa parecía gozar como una mujer cualquiera, como actrices de cuarta en busca de favores. Y se volvió a sentir hombre cuando masajeó las blancas nalgas, separándolas, hasta introducirle un dedo por detrás. Se había transformado en un ser bicéfalo, en cuya cabeza peneana estaban el disfrute y el sentido de la existencia.

Mientras Diana le observaba humectándose los labios, Gabrielle la había reemplazado, y se entretenía haciéndole rulos en la maraña canosa de su raleada cabellera.

―¡Tú también! ―le gritó sin consideración―. ¡Ven para acá!

Gabrielle se ubicó al costado de la cama y el viejo le metió una mano por debajo de la falda, hasta alcanzarle las nalgas, que al contacto con sus dedos se contrajeron pudorosas.

―¡Tú no eres Gabrielle, eres Aida… la princesa!

―¡Como quieras, Bartolomé!

―¡Desnúdate!

La musa sumisa se deshizo de sus pudores y, sin más, arrimó las nalgas a la cara del macho cabrío. Entonces la tanteó con los labios y, con la obsesión de quien necesita mamar, le chupó el ano convencido del gusto lechoso a pezón.

***

Cuando Bartolomé despertó de su viril reposo, aún guardaba en el escroto el calor ardiente de la batalla y en la garganta seca, el dejo dulzón de la tibia orina bebida de la uretra femenina.

El mediodía lo agarró con la resaca del mosto celestial, y solo con gran esfuerzo pudo abandonar el pesebre, arropándose con una sábana a modo de blanca toga romana, para dirigirse tambaleante a la cocina. Suprema voluntad, justificada en la costumbre de vanagloriarse ante las pobrecitas primas. Envalentonado, fue bajando los escalones gastados, tomado fuertemente de la baranda del pasillo que arrima al patio del aljibe, el mismo sitio, donde en atardeceres lejanos escuchaba hablar a sus padres. El viejo siguió caminando, haciendo caso omiso a los recuerdos, empeñándose en traspasar el velo celeste de su mirada. Jadeando su nostalgia, entró en la cocina ahumada, revuelta en aromas de leña y cebolla, ambiente laborioso donde las viejas se empeñaban en repulgar las empanadas.

Entre tanto olor a empleada, Bartolomé percibió la fragancia floral de sus musas, como si éstas hubiesen estado allí. Miró incrédulo a sus lados, y atribuyó el sentimiento tenebroso a un déjà vu artero y engañoso.

―¡Quietas! ―gritó poseído, para sobresalto de las parientes que notaron al primo con la espada desenvainada.

―¡Escuchen, viejas feas!… ¡Escuchen con atención!

―¿En qué le podemos servir, Bartolomé?

―Ayer me visitaron dos mujeres hermosas… ¡Hermosísimas! Dos musas que gozaron con esto ―gritó eufórico sosteniéndose el miembro dormido.

―¿Las mismas musas de la semana anterior? ―preguntó Serapia, manteniendo el temple.

―¡Parecidas!… ¡Pero no las mismas! Éstas son la suprema belleza, engalanadas como…

―¿Como diosa vikinga? ―interrumpió la vieja.

―¡Sí!… ¿Ya se los conté? ―preguntó sorprendido, apuntando la mirada ciega al vacío.

―¡No!… Ocurre que las vimos entrar en su habitación ―explicó Margót, guiñando un ojo cómplice a su hermana.

Bartolomé asintió, sin lograr comprender el comentario de «la tonta», y se retiró alborozado, sorbiendo un cocido caliente mientras disfrutaba el recuerdo de su lengua rugosa adentrándose profundamente en los esfínteres flatulentos de Gabrielle.

Finalmente, el viejo artista se había entregado al pecado, aunque como resultado lo acechase la creencia de haber sodomizado a un ángel guardián. ¿Y si me hubiese cogido a un ángel?… ¡Quién hará el reclamo! ―reflexionó desafiante, como en sus tiempos de revoltoso colegial.

Bartolomé arrastraba el paso entre pensamientos triunfales, llevando con garbo su ilusión, escoltado por la mirada de las primas obesas, quienes entre risitas venenosas cuchicheaban su alegría.

―¡Y no se demoren con las empanadas! ―gritó impaciente, desde la puerta de su dormitorio.

―¡Sí, Bartolomé, Gabrielle te las está calentando! ―respondió Serapia a todo pulmón, sin poder contener la carcajada.

Las musas de Bartolomé, según el artista Gil Alegre Núñez.

Las musas de Bartolomé, según el artista Gil Alegre Núñez.

 

Nota: publicado en Lascivia textual, cuentos eróticos (Editorial Y, 2014).

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