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La mentira como una de las bellas artes

Por el cumpleaños 65 de Joaquín Sabina, que se celebra hoy, 12 de febrero, compartimos uno de los primeros capítulos de la biografía Sabina en carne viva: Yo también sé jugarme la boca, en el que el periodista y escritor Javier Menéndez Flores conversa con Joaquín sobre la mentira, en medio de anécdotas sobre el genio de Úbeda.

Joaquín Sabina, con Serrat a sus espaldas, en el concierto de abril de 2012 en Asunción, Paraguay. Fotografía: paraguay.com.

Joaquín Sabina, con Serrat a sus espaldas, en el concierto de abril de 2012 en Asunción, Paraguay. Fotografía: paraguay.com.

La pregunta, la impertinente pregunta, llevaba varios días lacerándome con la dolorosa tenacidad de un carnívoro punzón: ¿por dónde empezar?  Pero ahora, inopinadamente, con Joaquín delante de mí, expectante y listo ya para la contienda dialéctica, la tan ansiada respuesta acude a mi cabeza sin más. Como si ésta no pudiese ser premeditada y necesitara de la alquimia de la cercanía y la mirada para materializarse y marcar el camino a seguir.

Y esa respuesta redentora me dice que he de empezar por donde se debe empezar siempre en estos casos: dando por sentado que lo más seguro es que aquel que se tiene enfrente y que jura y perjura que dirá la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, tan sólo llegue a relatarnos su verdad; esa realidad deformada que los años, tan partidistas y mendaces, tan mitómanos, se empeñan en perpetuar. Y eso con un poco de (buena) suerte.

JAVIER MENÉNDEZ FLORES: Joaquín, ¿vas a mentirme mucho?

JOAQUÍN SABINA: Sólo te mentiré, Javier, en el caso de que la mentira pertenezca a las bellas artes, como decía De Quincey del asesinato. La mentira como una de las bellas artes, sí. Es decir, los italianos lo dicen mejor que nadie: si non é yero, é ben trovato. Hay un montón de anécdotas de gente que deberían ser verdad y no lo son, pero creo que por eso son más verdad que la verdad, porque son la verdad literaria, que funda y construye palacios sobre los escombros de la realidad. Uf. ¡Cómo empezamos!

Los dos reímos entonces con ganas, en lo que será la primera de las carcajadas de una larga conversación plagada de ellas. Mas, por razones estilísticas, las onomatopeyas de risa y aun la mera mención de ésta serán omitidas, con alguna que otra excepción, durante todo el libro. Que sea el lector quien interprete, por el propio pulso del diálogo, los momentos de guasa o de tensión o de melancolía. Si lo consigue, las aspiraciones del texto habrán sido de sobra colmadas.

J. M. F: Ya que me das pie, me gustaría que habláramos, antes de nada, de la mentira. De la importancia de la mentira en las vidas de los hombres y las mujeres. No se me ocurre mejor manera de comenzar esta charla.

J. S.: Es que es la mejor. Entre otras cosas, porque la mentira engloba a todas las artes. Y también engloba los sueños. Y también a la imaginación y al deseo.

J. M. F.: Supongo que, cuando hablas de sueños, te refieres tanto a los inconscientes como a los conscientes.

J. S.: Sí, a los dos. Del mismo modo que antes de empezar esta primera entrevista de muchas he dicho que la palabra jool, de Chiquito de la Calzada, era una genialidad absoluta porque servía para expresar tanto la tristeza como el júbilo —«y tú ¿qué dijiste?», «pues jool»—, ahora me ha parecido, sobre la charla, que la palabra mentira engloba casi todo aquello que amo. Esto es, engloba la novela, engloba la poesía, engloba la pintura, engloba el cine, engloba la escultura, engloba la imaginación, engloba el deseo y engloba el sueño. Te juro por que se le hinche la cabeza a la Jime (Jimena, su novia) si miento, que esto que te estoy diciendo de la mentira me parece un hallazgo. Mañana, cuando no esté borracho, quizá me parecerá una mierda, pero es que la mentira lo engloba todo. ¿Qué es el arte? Una hermosa mentira. ¿Qué es el sueño? Una hermosa mentira. Y a veces una pesadilla. Pero siempre mentirosa, porque uno sueña cosas que no suceden. El arte se inventó para corregir la realidad. Como dice Vargas Llosa en ese magnífico libro que ya no reconoce como suyo, Historia de un deicidio —sobre su hermano y, sin embargo, enemigo García Márquez—: se escribe para corregir la creación de Dios. Se escribe de lo que no se tiene, de lo que se pierde. Hermosa mentira. Bendita sea.

J. M. F: De todos modos, si bien la mentira forma parte de la esencia del ser humano, es uno de sus más acusados rasgos de identidad, en los personajes públicos en general y en los artistas y políticos en particular parece o, mejor dicho, es un recurso casi obligado.

J. S.: Y ¿por qué en ese orden? En los artistas son hermosas mentiras y en los políticos, asquerosas mentiras. Si los votamos y si pagamos nuestros impuestos para que nos representen, para que sean la señora de la limpieza que tiene que ir al Congreso porque nosotros no tenemos tiempo de ir, porque estamos ocupados con otras cosas más interesantes, ¿por qué tienen que mentirnos?

J. M. F: María Zambrano no albergaba dudas al respecto cuando afirmó que decir la verdad es imposible, pues o es nefanda o es inefable.

J. S.: Es hermoso. Pero, bueno, ya desde Sócrates viene aquello que se saben hasta los que no saben quién era Sócrates: sólo sé que no sé nada. A mí me sorprendían un poco los surrealistas, los Dalís y compañía, con aquellas tonterías que decían del sistema paranoico—crítico. Es mucho más fácil la duda como método. La duda es metódica, no soy yo el que lo ha inventado, y no sólo en literatura o en arte sino en lo que más nos importa, en las relaciones con nuestra novia, con nuestra madre o con nuestros amigos. El maniqueísmo es un pecado de Dios. Eso de no poder hablar de determinada gente porque no son de nuestro bando, o llegar a la televisión o a los periódicos y echar a los de antes porque no son de nuestro bando —sin considerar que algunos del otro bando tienen algunas cosas interesantes y que los dos bandos no son tales, sino que son grises y no rojos ni azules—, me parece terrible. Porque hay muchas mezclas y hay gente muy interesante en tierra de nadie. En mi experiencia diaria es muy difícil que la gente que ha tomado partido, te hablo de los periódicos, de los escritores, de los cantantes, de los votantes, reconozca alguna vez que hay una tierra de nadie donde se funden los colores. Y completando lo que decíamos antes, la mentira de los políticos es profunda, absoluta, jurídica, moral y éticamente inadmisible. Porque son nuestros representantes y lo que tienen que decir es lo que nosotros les decimos que digan, ninguna otra cosa. Y a veces tienen que decir cosas que no queremos que digan. Por ejemplo: si uno hace un referéndum sobre no pagar impuestos o sobre la mili, desde luego que sale que no queremos pagar impuestos. En el caso de la mili no sé muy bien lo que opino, pero en el caso de los impuestos opino que hay que pagarlos.

J. M. F: Vayamos ahora a lo particular y hablemos de la mentira en la vida de Joaquín Sabina.

J. S.: Lo confieso: no la tengo tan larga.

J. M. F: Pues si empezamos reconociendo eso, no vamos a vender un solo libro.

J. S.: Lo que no vamos a vender es una sola polla. Primero: no la tengo muy larga. Segundo: cuando se publicó aquella foto en El País dominical[1], descubrí que los demás la tenían muy corta, porque empezaron a acusarme de montaje y de trucaje. ¡Pues no! Además, estaba en estado de reposo. ¡Os jodéis! A mí me pareció ridícula, pero a mis enemigos les pareció inmensa. Una última cosa. Me consta, aunque yo no se la he visto, que Ussía[2] la tiene más larga. Me refiero a la nariz, claro.

J. M. F: Tamaños de nariz o de entrepierna aparte, y volviendo al tema que nos ocupa, la mentira, en la primera entrevista que te hice, allá por 1997, al preguntarte acerca de tu servicio militar en Palma de Mallorca, me contestaste que lo más reseñable de aquello fue que te casaste en esa isla por la Iglesia, en febrero de 1977, por una causa noble: dormir fuera del cuartel, y que a los diez días ella se marchó. Así dicho, queda muy literario. Pero la realidad es otra: esa mujer era Lucía y conviviste con ella muchos años en Madrid, creo que hasta 1985, esto es, casi una década, y os separasteis legalmente en 1989. Puedes defenderte o bien reconocerlo sin más.

J. S.: O sea, que has estado haciendo periodismo de campo. Lo que dices es verdad, pero eso no quiere decir que en la mili, y una vez casados, ella no se volviera a Madrid. Además, te voy a contar una cosa. Algo que debería guardarme para Salsa Rosa pero que, no obstante, voy a contar ahora. A los cuatro o cinco días ella tuvo que irse a Madrid, y a la semana volvió a Palma. No sé si contarlo porque voy a parecer el conde Lequio, pero, bueno, ya que me he lanzado lo contaré. Ya veremos luego si cortarlo o no cortarlo o contarlo o no contarlo. Te decía que a la semana volvió de improviso y ¿sabes lo que pasó? Pues que me encontró en la cama con una amiga íntima de ambos —porque la nuestra no había sido una boda por amor, sí había amor, pero las bodas nada tienen que ver con eso—, del mismo squatter[3] de Londres en el que nos habíamos conocido todos. Era una amiga tan íntima que había compartido casa conmigo durante dos años y jamás habíamos echado un polvo, pero ese día, ya ves, nos pilló en la cama. Tengo que decir en honor de Lucía —a quien le deseo lo mejor, porque hace años que nadie sabe dónde está— que entró en la habitación, que era su habitación, nos miró, salió, debió de pegar unos puñetazos contra la pared, debió de pensarlo bien, porque nos quería mucho a los dos, y volvió, lo cuento con muchísimo orgullo, con una bandeja con el  desayuno.

J. M. F: Disculpa la duda, pues sé que ofende, pero es que cuesta mucho creer lo que cuentas, Joaquín.

J. S.: Puedes cotejar las fuentes. Bueno, te puedo decir la de la chica con la que me sorprendió en la cama, que era una fuente torrencial (risas), pero la de Lucía no va a ser tan fácil que la encuentres. Yo llevo años intentándolo sin éxito. De todos modos, me parece que todo el mundo queda muy bien en esa historia, cosa que no suele pasar en la vida. Luego sí, quizá tengas razón y sea mentira.

J. M. F.: Aprovecho tu cinismo para llamarte la atención por algo que tiene bastante que ver con lo que acabas de decir. Como bien sabes, lo he leído todo, o casi todo, sobre ti, y una constante en tu vida ha sido donde dije digo, digo Diego. Que has jugado mucho al despiste, vaya. Desconozco si la razón era que a veces hablar de lo mismo te aburría sobremanera, si se trataba de desafiar al periodista de turno o de llevar la contraria por simple rebeldía o por principios, no lo sé, pero lo cierto es que pocas veces has dado idéntica respuesta sobre una misma cuestión. Un ejercicio de contradicción que, por otra parte, no es ni mucho menos infrecuente en las biografías de los artistas de éxito.

J. S.: Verá. Muchas veces me han pedido que me definiera con una sola palabra, y en algunos casos he dicho «duda» y en otros «contradicción». Aunque también he recurrido a la Constitución y al Código del Derecho Civil —Civil, no Penal— para recabar para mí, reivindicar para mí, el derecho a contradecirme todo lo que me dé la gana. Una de las cosas que más me gustan de mí, y te hablo en años en los que no me gusta casi nada, es que si, por ejemplo, todo el mundo dice que Carlos Ruiz Zafón[4] es una mierda y yo lo leo y me gusta mucho, empiezo a proclamarlo a los cuatro vientos. Del mismo modo, me gusta muchísimo comprobar que soy capaz de rectificar un juicio previo si entiendo, al conocer a una persona o descubrir alguna obra, que estaba por completo equivocado. Me está viniendo a la cabeza el caso de la poeta Blanca Varela, que confirmó el libro Las ínsulas extrañas[5] y que yo he rebautizado «las ínfulas extrañas» porque me molesta mucho que en él no estén ni Ángel González ni Gil de Biedma ni Luisito García Montero. El caso es que me compré dos libros suyos para poder odiarla con fundamento y, después de leerlos, ya ves, sólo pude amarla.

Nota: esta entrevista forma parte del libro biográfico Sabina en carne viva: Yo también sé jugarme la boca, publicada originalmente en septiembre de 2006.



[1] El suplemento dominical del diario El País publicó un reportaje sobre la música española («A todo volumen», 22-9-2002) en el que se incluían fotografías y perfiles de algunos de los más célebres intérpretes y grupos pertenecientes a tres generaciones. En él aparecía un retrato de cuerpo entero de Sabina sonriendo al pajarito y en el que por todo atuendo llevaba un bombín y un calcetín roto, enseñando de ese modo no sólo el escroto en su prístina totalidad, sino unas uñas desmesuradas. Aquello provocó la indignación de varios lectores, que mostraron por carta su enfado e incomprensión por el hecho de que un diario del prestigio y la seriedad de El País hubiera elegido una foto semejante. No faltaron también, claro, quienes se manifestaron a favor del minimalista estilismo. La escritora Elvira Lindo le dedicó a aquel inguinal episodio su columna dominical de El País bajo el título «Por los cerros de Úbeda», y en ella contaba, con su ironía habitual, que el cantante les había invitado a cenar a ella y a su marido, el escritor y académico, paisano de Joaquín, Antonio Muñoz Molina, y que en el transcurso de la velada bromearon respecto al tamaño del miembro de Joaquín (nada desdeñable, por cierto) y la posibilidad de que se tratase de una foto trucada, a lo que el interpelado contestó que de montaje naranjas de la China, que era muy normal que en Jaén se dieran esas «pollas de corral». En una entrevista que le hice a Joaquín para Interviú, hablamos de aquel lance y me dijo que aquello había sido una broma que no se entendió. Y añadió: «Pensé que iban a sacar una foto pequeñita en una esquina, pero lo que no esperaba —y no lo digo en contra del fotógrafo, que lo consultó— era esa cosa a toda página. Realmente lo que sí que me sorprendió es que lo hicieran en El País. Mi hija Carmela me contó una cosa muy divertida, que llegó a la escuela y se la habían puesto en la pizarra. Le pregunté que qué le había parecido y me contestó: ‘No pienso traumatizarme.’ Y yo, alarmado, le dije: ‘¿Te refieres a que la tengo pequeña?’»

[2] Alfonso Ussía, escritor. Viejo enemigo de Joaquín a quien éste le dedicó un soneto cargado de bilis, Alfonsina y el mal (genial paráfrasis de la clásica pieza Alfonsina y el mar, de los argentinos Ariel Ramírez y Félix Luna), que ya recogí en la biografía Perdonen la tristeza (Plaza & Janés, 2000) y que Sabina incluyó un año después en su libro de sonetos Ciento volando de catorce (Visor). Posteriormente le ha venido propinando, siempre que ha tenido ocasión, alguna que otra coz tanto en intervenciones televisivas como en colaboraciones en prensa (a lo largo de este libro le arrea de lo lindo). Ussía, por su parte, tampoco se ha quedado manco y le ha disparado a matar desde sus tribunas de los diarios ABC y La Razón y del semanario Tiempo. Finalmente, y a pesar de los pesares, parece que han terminado haciendo las paces. (Véase Coda, pág. 401.)

[3] Casa de okupas en la que Joaquín residió durante un tiempo cuando se exilió a Londres.

[4] Escritor nacido en Barcelona que ha conseguido uno de los mayores éxitos literarios, si no el mayor, de la historia reciente de España con la novela La sombra del viento (Planeta 2001).

[5] Las ínsulas extrañas (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2002) es una antología que pretende recoger las principales voces de la poesía escrita en español durante la segunda mitad del siglo XX, y de cuya selección se encargaron cuatro insignes poetas: la peruana Blanca Varela, el uruguayo Eduardo Milán y los españoles José Ángel Valente, ya fallecido, y Andrés Sánchez Robayna. Dicha antología incluye los poemas de noventa y nueve vates —no pudieron llegar a la centena porque Carlos Sahagún (Onil Alicante, 1938) declinó ser incluido en ésa y en cualquier otra antología— y, como era de esperar, levantó una gran controversia en el ruedo literario por las sonadas exclusiones, entre las que destacan José Hierro, Ángel González o Carlos Bousoño por el lado español, y Mario Benedetti, Alejandra Pizarnik o Álvaro Mutis entre los hispanoamericanos.

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