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La masacre de Curuguaty

A dos años de los acontecimientos luctuosos de Marina Kue, en los que perdieron la vida 11 campesinos y 6 policías, compartimos las primeras páginas del libro La masacre de Curuguaty: golpe sicario en Paraguay, crónica del periodista Julio Benegas Vidallet.

Campamento en la entrada de Marina Kue. Fotografía: Rufo Diana.

Campamento en la entrada de Marina Kue. Fotografía: Rufo Diana.

Una bala en la cabeza de la primera línea del comando policial lo derrumbó. Antes escuchó o creyó escuchar ho’a Fermín, ho’a Castro[1]. En el centro de la estampida, en la desorientación de los combatientes, cayó sin amparo. No se hubiera imaginado jamás ese desenlace, aun habiéndose preparado para vencer o morir. Habían llegado a la decisión de no abandonar la ocupación de esas tierras en caso de que las autoridades no trajeran los papeles que acreditaran la presunta propiedad de Blas N. Riquelme. Aun con esa decisión, los ocupantes de Marina Kue esperaban un diálogo con las autoridades, como era habitual. No esperaban que un comando de 324 efectivos policiales, encabezado por el Grupo Especial de Operaciones, ingresara por dos accesos a ese barranco donde se extendían las precarias carpas de la ocupación con la orden inequívoca de sacarlos a como dé lugar. Sobre el puente del arroyo habían extendido una barrera ante la anunciada incursión armada. Ahí esperarían y de ahí, según decidieron, no se moverían. Unos días antes, el comisario Arnaldo Sanabria les había advertido que un enorme grupo armado ingresaría a sacarlos, acompañado de varias ambulancias. «Ikuentave pegueru cajón la orenohẽ haguã ko’águi»[2], le habría dicho Rubén Villalba. Una semana antes, un emisario del Ministerio de Interior intentó persuadirlos de salir por las buenas de ese sitio, de donde ya habían desalojado en cinco ocasiones a los sintierras. «Yvy’ỹre mba’éicha roikóta, mba’e rojapóta»[3], le respondieron los ocupantes. Muchos recuerdan que ese emisario les dijo que era mejor que fueran a Asunción a vender galletitas y caramelos antes que aferrarse a esa tierra.

Antes de Marina Kue, Rubén Villalba había participado de 16 desalojos. Su convicción de que no hay salida en este país más que recuperar el territorio agrícola familiar es inapelable, aun a costa de poner en riesgo la vida. «Hetáma ojejuka la campesino. Matón, policía, capanga, tembiguái enterovéva de los terratenientes, ojuka la ore irũpe»[4], sostiene. Aún envuelto en ese aire épico, debe hacer un gran esfuerzo para no quebrarse al recordar la masacre de Curuguaty. Sus ojos están a punto de explotar en lágrimas. Al lado de un horno de producir carbón, su guarida nocturna, se toma su tiempo, frota las manos y mira el horizonte que se pierde hacia el inmenso Mbarakaju. Y del arrebato interior de esas imágenes, revisa sus palabras, una a una, las recoge y las dispara sin vaguedades: «Roje—prepará políticamente ro resistí haguã… ore noroimo’ãi la outa hague péicha hikuái. Ndoikuaaséi mba’eve hikuái. Oitypa la ore bandera, ha oike oremosẽ haguãicha a toda costa…»[5]

En el servicio militar obligatorio, donde miles de paraguayos se hicieron hombres, aprendió a manejar con destreza el fusil. En su época de soldado lo obligaron a formar parte de comandos de incursión de las campiñas para arrestar a dirigentes de las Ligas Agrarias, el movimiento de familias campesinas que el régimen de Alfredo Stroessener persiguió sañosamente. Joven él, no más de 15 años, ya era utilizado como tropa de secuestro de familias campesinas que exigían tierras o estaban empeñadas en modelos de producción y consumo comunitarios. Mas un día, el diálogo con una mujer arrestada en su unidad, Artillería de Paraguarí, lo sacó, según él, de su completa ignorancia, de la profunda oscuridad. «Ore romba’apo peẽpeguerekohaguã yvy, óga, ha peikoporãve haguã»[6], escuchó Rubén en la boca de una de las presas. Yvy, óga… eran conceptos que interpelaban muy en los adentros de un hombre que, según le relataran, fue abandonado a los dos años por su madre y se crió con la abuela. Desertó del cuartel y, tras una escala transitoria en su pueblito de Qyquyo, vino a vender tortillas y menudeos frente al Palacio de Justicia, Sajonia, Asunción, integrando la gran oleada migratoria de los años 80.

Rubén Villalba no pensó enfrentarse a una intervención policial de las características de Marina Kue. Dos líneas armadas, encabezadas por el jefe de Operaciones Especiales, Erven Lovera, atenazaron a los ocupantes, rompiendo la barrera impuesta con la bandera paraguaya y una inscripción vencer o morir. Detrás de la primera línea armada, jinetes de la montada, cascos azules, efectivos de la Fope y arriba un helicóptero que planeaba encima de los ocupantes desde las seis de la mañana.

Rubén Villalba se jugaba la vida. Con un chico de tres meses y una mujer joven al lado, más que nunca necesitaba un lugar para recrearse, redimirse, reconstruir su historia. Marina Kue era una oportunidad maravillosa para el emprendimiento. Una colina para asentar las casas, un lago donde imaginarse que el mundo es todavía un buen lugar para contemplar, un arroyo que rompe en su recorrido un largo tramo de territorios mecanizados y de fondo un bosque de aproximadamente 900 hectáreas. A sus 47 años, y luego de liderar varias disputas territoriales, había quedado definitivamente desamparado. De su última morada, la comunidad Pindo, Yasy Cañy, fue invitado a salir por el comité de mujeres por haberse, teniendo él familia, emparejado con una mujer joven. Sin embargo, la gente de Pindo lo recuerda con admiración y reconocimiento por haber él encabezado la defensa de la comunidad ante el avance de la soja transgénica. Aquella vez juntó a los jóvenes y los instruyó en la imposibilidad de convivir con las semillas transgénicas, esas que usan un veneno que contamina la célula placentaria, causa deformaciones en las criaturas y un sin número de trastornos cutáneos, respiratorios y cánceres a largo plazo, como lo definiera el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia[7]. La fiscala Ninfa Aguilar, la que dirigió el operativo contra los ocupantes de Marina Kue, conocía bien el carácter resolutivo de Rubén Villalba ya que en uno de los intentos de desalojos, la comunidad de Pindo, liderada entonces por Rubén, había desarmado y tomado de rehenes a los policías y a los agentes fiscales. Luego resistieron a un contrataque de más cincuenta cascos azules y un grupo de agentes policiales armados. Aquella vez les dijo que piensen muy bien qué hacer porque para ellos la recuperación de esos territorios completamente talados ya para la plantación de soja era de vida o muerte. Los agentes fiscales se miraron, los policías se miraron y, finalmente, no se animaron a reprimir a toda una comunidad que se levantaba para defenderse. La decisión de no reprimir a ese pueblito rebeló a los brasileros que compraron unas 170 hectáreas para extender el mundo sojero, incluido el sitio del tanque de agua comunitaria. Al ser invitado a abandonar Pindo, Rubén Villalba tuvo asilo en otra ocupación, frente mismo a Marina Kue, al cruzar la ruta principal, en una parcelita de esas 98 hectáreas también usurpadas por mucho tiempo por Campos Morombi. En el lugar, ya de una antigua ocupación, Yvypytã,  se encontró con otra persona que se había jugado todas las fichas por conseguir un terreno más grande para cultivar desde que con su mujer decidieron no ser más capataces de estancia: Avelino Espínola, otra pieza clave de la ocupación masacrada el viernes 15 de junio de 2012.

Avelino, apodado Pindu, estuvo en las seis ocupaciones de Marina Kue. Robusto, de frases cortas y contundentes, ingresó por primera vez a Marina Kue en 2004, unos días después de que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos decretara la transferencia al Indert para fines de la Reforma Agraria, la tierra donada por la Industrial Paraguaya en 1967 a la Armada Nacional. Avelino sabía que esas tierras eran públicas y también el intento fallido de Campos Morombi, de Blas N. Riquelme, de hacerse legalmente de esas tierras a través de un juicio de usucapión. Al decretarse tierra del Indert para Reforma Agraria, los abogados de Campos Morombi echaron manos a un recurso judicial histórico de los pobres, el derecho de usucapión, antiguo derecho de ocupantes en un pueblo que carecía de papeles y que se recreara sin Estado luego del exterminio del Estado—nación en la Guerra Grande (1864—1870). Los abogados no fueron contra el Estado, propietario, aunque sin haberlo registrado, ya entonces de ese terreno, sino contra La Industrial Paraguaya S.A. (Lipsa), que ya nada tenía que ver con ese pedacito de las miles y miles de hectáreas conseguidas tras la Guerra Grande. A la Procuraduría General del Estado se le sacó del pleito. En un proceso sumarísimo, sin intervención de la Procuraduría General del Estado ni del Indert, lograron la resolución judicial favorable, pero, tamaño error, con fallo a nombre de otra finca y lejos del terreno reivindicado por los campesinos. La fiscalía, los jueces y la policía actuaron intermitentemente expulsando de ese territorio a las familias campesinas en razón de no se sabe qué herramienta legal. Descubierto el error en el fallo judicial, la fiscala ya no se animó a utilizarlo como recurso legal y, para cuidarse las espaldas y lavarse las manos, el juez José Benítez emitió una orden de allanamiento, no de desalojo, cosa que se apuró en  difundir al conocer los resultados de la ilegal incursión del aparato policial y judicial.

Sobre esa situación claramente demostrable, los últimos ocupantes habían declarado su categórica decisión de no abandonar otra vez esas tierras. Y, a la sazón, se prepararon, con unas 18 escopetas de un tiro, un rifle de 18 tiros y un revolver calibre 38, a resistir la anunciada medida de desalojo.

Dos meses y quince días estuvo Rubén Villalba en la ocupación. Se ubicaron primero en una planicie más cerca del territorio mecanizado. En ese lugar, recuerda, eran objetos de permanentes disparos al aire de los matones. A principios de mayo, con capuchas y escopetas, decidieron enfrentar a los guardias armados que vivían en una casa sobre el barranco. Al encontrarse en minoría, los guardias abandonaron el lugar: un mirador natural desde donde se observan el lago, el cauce del arroyo y el extenso sojal que llega a las narices de la ruta principal sin franjas boscosas, uno de los delitos humanitarios y medioambientales más profusos en la extendida producción de las semillas transgénicas.

En la ocupación eran amedrentados por los guardias civiles armados y, desde la ruta, los policías enviaban mensajes amenazantes. Fue así que la presencia del nexo del Ministerio del Interior, Elvio Cousirat, el 7 de junio de 2012, lejos de relajar la tensión y de abrir un diálogo con los ocupantes, exacerbó al ánimo. Cousirat, director de Relaciones Institucionales del Ministerio del Interior, cartera entonces a cargo del senador Carlos Filizzola, reunió a los ocupantes y les dijo que ya estaba la orden de allanamiento y que era mucho mejor que salieran pacíficamente del lugar.

Avelino se levantó del suelo y le dijo a Cousirat: «Peguerúrõ la kuatia he’ihápe ke la Marina Kue Riquelme mba’eha, ore rosẽta ko’águi»[8].

—Peguerúna la kuatia[9] —desafió.

No había papeles que acreditaran que esa propiedad fuera de Riquelme. Cousirat insistió, señalando que toda la intervención armada ya estaba preparada y que incluso la Caballería (seguramente hacía referencia a la Montada de la Policía) participaría del operativo.

—Mba’éicha piko ejército oñemõita paraguayo contrape[10] —reaccionó Avelino. Kóa ko yvy Estado mba’e, mba’éicha Estado oñemõita Estado contrape.

—Ore roikotevẽ la yvýre. Ko yvy ndaha’éi Riquelme mba’e[11] —intervino Néstor Castro.

—Moõ rohóta, mba’e rojapóta yvy’ỹre[12] —reforzó Luciano.

No había caso. Era un diálogo en que la sinrazón determinó su final cuando Cousirat, ya sin elementos de persuasión, les dijo: «Ikuentaiteve peho pe vendé galletita ha caramelo calle última—pe»[13].

Rubén, Avelino y su gente, que no se hallaban en sí, apenas pudieron contener el py’aro[14]. Avelino reiteró que vana era una intermediación sin los papeles que acreditaran la presunta propiedad de Blas N. Riquelme. Cousirat, el funcionario Néstor Ortellado y el suboficial Mauro Gauto se retiraron sin resultados. El operativo policial se volvía inminente.

Unos días antes, otro diálogo, esta vez con el comisario Arnaldo Sanabria, ascendido a jefe de la Policía Nacional en la semana posterior de la masacre, estribó en una escala menos alentadora. Sanabria llamó al celular de Rubén Villalba para decir a los ocupantes que estaban poniendo a punto un operativo con muchas ambulancias y que de Ciudad del Este iría gente sin piedad de sus abuelas. Más que ambulancia tendrían que traer cajones, habría respondido Villalba, una respuesta secundada por varios de los ocupantes armados. «Ore rohóta, peikuaa peẽ pejapótava»[15], les dijo Sanabria y cortó la comunicación. La gente escuchó por el altavoz del celular. Rubén preguntó a los compañeros mba’e jajapóta[16]. Muchos de los que allí murieron respondieron, según Villalba: «Ndajaguevimo’ãi ni un paso, ko’ape ñaha’arõta chupekuéra. Entonces, rojagarra coraje ha rojeprepara políticamente»[17].

El 15 de junio, el grupo que se preparaba para la defensa del territorio ocupado se levantó a las tres de la mañana. Rubén recuerda, algo que no pudimos corroborar con otras entrevistas, que, como forma de tomar py’aguasu[18], salieron en caravana de motos hasta la comunidad donde se asientan los sojeros brasileros, alrededor del portón de ingreso a las tierras de Marina Kue, y que en la recorrida, con banderas paraguayas, bocinas, él gritó «viva el Partido Comunista, viva Ananías Maidana». Extendieron la cimbra de tres hilos de alambre sobre el puente como barrera de ocupación, envuelta con bandera paraguaya y una insignia en carbón de vencer o morir. Prepararon los pañuelos—tapaboca con sal para soportar los gases lacrimógenos y aguardaron en un clima de alta incertidumbre la presencia policial. El helicóptero de la Policía Nacional sobrevolaba encima de los ocupantes desde las seis de la mañana. Los ocupantes esperaban una sola línea de incursión a través del portón de acceso de Ybyrapyta, una comunidad mixta, de brasileros y paraguayos. Otra línea policial desde la Hacienda Paraguaya avanzaba a través de los recodos barrancosos.

Para Erven Lovera, el comandante del Grupo Especial de Operaciones, era un operativo más de los tantos a los que se había acostumbrado. Altamente especializado en operativos de asalto, muchas veces se lo usó para desalojar campesinos de los latifundios. La esposa, una maestra de primer grado en el Colegio Nacional de Ñemby, no advirtió nada particular en la última llamada de su marido. Hablaron de los niños y se despidieron sin más. Era poco o nada lo que su marido le contaba de su trabajo. Siempre en otras partes, ella se había acostumbrado a las visitas cada 15 días y a criar a los hijos en esa casa cuya primera habitación la construyeron con sus propias manos. Novios desde el colegio en Ybycu’i, novios cuando ella se vino a San Lorenzo a estudiar magisterio y él la Academia Militar, se casaron y avanzaron en el proyecto histórico de criar y recrear la especie en una familia contenida. El padre de Erven vivía satisfecho de haber forjado un hijo de jerarquía en la policía y un hijo militar, jefe de seguridad del presidente Fernando Lugo, con ese esfuerzo de cultivar la tierra y cuidar las vacas. En fin, hijo de campesino, como casi todos los policías, Erven se dedicó en buena parte de su carrera a la función de desalojar a campesinos de los latifundios, parecida función de la que Rubén Villalba, en sus años adolescentes, desertó. Antes de ingresar, Erven, inquieto, masticaba chicle y respondía las indicaciones de Sanabria con sí, no hay problema, así lo haremos. Aun con algunas escopetas en manos de los ocupantes que él vislumbró desde el helicóptero, el desalojo de unas 60 personas de Marina Kue no tenía por qué representar peligro mayor. Lovera recibió dos días antes la orden de poner a punto a la gente que de Ciudad del Este se trasladaría a Curuguaty. Llegaron la noche del 14 junio. Una primera línea de metrallas detrás de él, apuntando directamente a los ocupantes, y otra, encabezada por antimotines, los atenazaría. Simple operación. La fiscala Ninfa Aguilar quedaría lejos de la ocupación. El comisario Sanabria y otros agentes policiales optaron por la retaguardia. Esta gente, que sabía de la decisión de los ocupantes, no encabezó el operativo. Enviaron directo al grupo de acción, con lo cual no habría diálogo como esperaban los ocupantes y tampoco se desarrollaría el famoso protocolo del Ministerio de Interior que implicaba básicamente asegurarse la protección de niños, mujeres y ancianos. Imaginaban los ocupantes que la policía quedaría en la barrera improvisada, que respetaría la bandera paraguaya y que ese resquicio podrían aprovechar para convencerles de la sin razón del desalojo. Pero no. Erven y su gente echaron la barrera y avanzaron resueltamente para desalojar sin diálogo a los sintierras. Los campesinos no esperaban tamaña incursión.

—Hetaiteréi hikuái[19] —magulló Avelino.

—Mba’e jajapóta?[20] —preguntó Fermín Paredes.

—Japytáta ko’ápe, ñaha’arõta chupekuéra —respondió Avelino—. Oñemongetavaerã ñanendive[21].

Avelino

Avelino se había jurado que de ahí ya no lo moverían. Esa media hectárea donde se afincó, a unos tres kilómetros de Marina Kue, con su esposa y uno de sus hijos, no abastecía para el cultivo de consumo y mucho menos de renta. Aun en ese estrecho terreno, su buen manejo con el ganado, experiencia adquirida en las estancias, le ayudó a mantener una docena de novillos como principal capital y la pericia de su mujer en el rancho, con la cría de gallinas, patos, guineas, cerdos y el mantenimiento de una nutrida huerta familiar aseguraba la manutención. Marina Kue se le había metido en la piel y en la sangre hasta convertirlo en devoto irredento de la causa. Se le había metido en la cabeza como una historia personal, algo que tal vez lo redimiera y nos recordara la antigua base principal del hombre y la mujer libres del Paraguay: la tierra propia. Su apuesta a ese, para él inminente futuro, era tal que se había comprometido, dos semanas antes de la masacre, a conseguir diez millones de guaraníes para forjar la mensura de las tierras ocupadas. Impetuoso, depositó su palabra sin pensar cómo conseguir esos millones.

—Ha ñavenderõ ñande róga[22] —sondeó a Isabel, su esposa, sin mirarla, dos semanas antes de la tragedia.

Ella lo escuchó en silencio y pensó que su marido hablaba sin pensar. A sus cerca de 60 años, a Isabel Iglesias ya no le parecía buena opción quedarse sin nada para comenzar de nuevo. No respondió sí ni no; respondió con el silencio. El tema quedó flotando en ese camino laxo del mundo campesino. Avelino sabía que el silencio era una respuesta, un no, un adversativo contundente que en el mundo guaraní se expresa generalmente con el silencio y raramente con la confrontación. No insistió en el tema esa alborada. Terminado el mate, él se encargó de los novillos y ella de preparar rora kyra[23]. Fue el último mate con su marido.

—Mba’éiko oiko mo’ã orehegui la rovendeguive la ore róga?[24] —se pregunta ahora Isabel. Ella sabía que la decisión estaba en las manos del karai[25]. En eso andaba Avelino, en conseguir los 10 millones comprometidos para la mensura judicial, un paso más en esa tarea onerosa de legalizar la ocupación, ubicar los límites, parcelarla por diez hectáreas, ubicar la reserva boscosa, los senderos, el campo comunal…

En palabras de Isabel Iglesias, pareja de Avelino, roipota peteĩ yvy tuichavéva porque ko’ápe hasy la reñemitỹ haguã, ndaikatúi roguereko animal. Roguerekórõ la animal roguereko pe rutakotare ha roproduciseve mo’ã yvy tuichavéape ikatuhaguãicha la roñemantene romanopeve ha ore familia kuérape[26]. En una parcela de media hectárea ore rojoguajey avati, mandi’o, jety, kumanda, manduvi ha la orerymbakuérape avei rojogua la hembi’urã[27]. María Isabel solo un hijo tuvo con Avelino, que quedara viudo con once hijos, ya mayores.

Padre e hijo

Esas semanas anteriores, la humedad había penetrado la piel de los ocupantes y en muchos casos afectado los pulmones. Fríos, lluvias y calores vaporosos e intempestivos impedían a los colchones sacudirse completamente la humedad. Ese enrarecido junio y la precariedad de la ocupación se encargaron de recluir a don Barrios en su casa, en el asentamiento Mandu’arã, Yasy Cañy, en los días previos de la masacre, y probablemente lo salvaron, a su edad y sus achaques, de una segura muerte mas no de la tremenda culpa por haber enviado dos días antes a su hijo Richard Barrios, de 15 años entonces, con el vívere para el hermano, Luciano. El hermano mayor tampoco puede ocultar su sentimiento de culpa por no haber podido salvar a Richard de la embestida de la montada y las palizas que luego le siguieron azotando. O lo dejaba ahí entre la montada, las balas o él sucumbía en la vorágine, se dice, en tono grave y quebrado. Luciano vio cómo su hermano menor quedaba atrapado entre la montada, vio cuando lo atropellaron con caballo, cómo cayó, pero «ndaikatúi arescatá, che agarrata hikuái, entonces ahejántema chupe»[28].

Una zapatilla de goma raída, una camisa deshilada, un rostro moreno embutido en un quepis que a cada rato se toca, pide un cigarrillo, alguien extiende un Kentucky que él lo lleva a la boca y lo chupa con voracidad. Temeroso, parece advertir sombra carcelaria y tortura en cada silueta ubicada al otro lado del río. Es flaco, bajito, moreno. En la improvisada balsa estirada con gruesas piolas de nylon se lo ve diminuto al lado del baqueano que en moto fue a recogerlo de la selva. Esa mañana de sol limpio, reparador, bueno para sacar los trapos húmedos al sol, lamer las heridas y tapiar los huecos del alma, habían agarrado a Rubén Villalba. Una foto de él despojado de todo, con ese rostro de espanto mal curado, detrás un policía enmascarado, haciendo con los dedos la V de la victoria, recorrería las portadas de los diarios al otro día. A medida que la balsa avanza lentamente, su padre, don Barrios, apenas se contiene en ese cuerpo macetón, las manos callosas y los gruesos pies metidos en una zapatilla de suela antigua, curtida por buen tanino, el rocío y la tierra roja de su capuera. Sus ojos llorosos miran abajo y se inventan círculos en la tierra removida con los pies. Cómo abordar, qué decir, cómo reparar el sentimiento de culpa por la tragedia del hijo menor ensangrentado, amoratado, encarcelado a sus quince años, que fuera a sustituirlo en la ocupación por haber él enfermado.Y al que Luciano, el hermano mayor, impotente, vio cómo era pisoteado por los caballos. Don Barrios siente necesidad de un abrazo, más todavía Luciano con ese aire de desamparo, pero solo logra juntar las manos para pedir la bendición y estrecharlas luego con las de su padre. Es el primer encuentro con el padre luego de refugiarse en los confines de Canindeyu, donde malvive de changas en estancias hasta que los capataces le piden cédula de identidad. Con el padre y el baqueano buscamos una sombrita escondida para charlar. Luciano mira atrás, a los costados, desconfía hasta del rumor de esa mansa agua del Curuguaty y, de las hojas y virutas removidas por el teju[29] a su paso. El mundo sabe a pasto húmedo, a tierra morena, a mba’ysyvo y guavira[30], a pies macerados por el polvo, el calor y el frío húmedo de la intensa noche y a banda sonora de ñakyrã y jeruti[31].

Luciano, de 31 años, no se imagina el mundo sin tierra y ocupar un latifundio no es cosa extraña para él y para la absoluta mayoría de los jóvenes y adultos que ese día de la masacre se encontraban en Marina Kue. De hecho, la existencia de poblaciones humanas en Canindeyu se debe esencialmente a las ocupaciones establecidas por los sintierras luego de la caída de Alfredo Stroessner (1954—1989). Así podemos citar un rosario de exlatifundios ocupados por los campesinos en Curuguaty y Yasy Kañy, los dos distritos más poblados del departamento, desde Maracana, Santa Catalina, Acepar, Britez Cue, Araujo Cue, Carro Cue, Ka’i Cue, Yvypytã, Tava Yopoi…

Tampoco es extraño a los sintierras que algún sicario se haga cargo de la venganza de los latifundistas, como ocurriera con el líder de la comunidad de Santa Catalina, Mariano Jara, acribillado en su casa por un sicario brasileño que luego de ser atrapado por los vecinos fue liberado rápidamente por orden, según diversos testimonios, del exdiputado Julio Colmán y el dirigente colorado Pío Ramírez, padre del Tigre Ramírez, el popular exjugador de Cerro Porteño. Pero el 15 de junio, Luciano tampoco se imaginaba enfrentarse con semejante ejército de desocupación; él, que ya estuviera en el penúltimo desalojo de más de seiscientas personas; él, hijo de antiguos ocupantes, no se imaginaba una incursión de esas características para sacar del lugar a sesenta personas, con mujeres y criaturas de por medio.

—Tuicha mba’e la oikova’ekue upépe[32] —asume, frotando las manos.

A sus 31 años, Luciano no se imaginaba el futuro sin tierra. Así como estuvo en Marina Kue, también se sumó al campamento frente a la fiscalía de Curuguaty, en reclamación de justicia, hasta quedar imputado por perturbación a la paz pública, invasión de propiedad privada y un sin número de cosas que en su cabeza solo suenan a problema. «Añe aproblema kuri upépe»[33], recuerda.

Al enterarse de que Rubén Villalba y Avelino Espínola encabezaban una nueva ocupación, él se sumó sin pensarlo. «Moõiko aháta, mba’éiko ajapóta»[34], se pregunta y pregunta, en una sombrita del bosquecillo de un recodo del río Curuguaty y. «Aipota la yvy, entonces ahajey, pero ndaha’evéima la misma situación, ocambiapa, otro hendápe oñe arma la equipo. Upépe apytántema»[35]. Casi dos meses estuvo en Marina Kue durante la última ocupación. Luciano mira a su padre como esperando una aprobación, tal vez un perdón por no haber salvado a su hermano menor de esa brutal enajenación. Su padre se siente peor por haber enviado a R.B. a la ocupación.

—Embe’upaitekatu la reikuaamíva che hijo, ndaikatúi péicha jaikove, ikatúko ko’ã gente ñande ayudamba’e[36] —le dice don Barrios.

Luciano ya no se imaginaba un lugar fuera de Marina Kue. Dónde podía parar, qué más podía hacer. En los últimos días de la ocupación verlo al padre ahí con sus achaques bronquiales lo conmovía sobremanera. Él insistió en que fuera a la casa a reposar. «Imbeguémako ha’e. Cherakate’ỹ hese porque ha’e imbeguéma, ikatu ojeapeligra»[37], nos dice, se dice, sin poder recuperar mínima calma.       

A Luciano le cupo estar en el frente esa vez. Se abrió de los cuatro macheteros con los que se había integrado para avanzar hacia Pindu, adelantado para enfrentar el avance policial.

—Epyta upépe, ñañemongeta —le dijo Avelino al policía—. Pepyta upépe[38] —repitió, desenfundando el machete.

Cómo dormir

La madrugada del 15 de junio Rubén se despertó a las tres sin haber dormido a profundidad debido a la tensión del anunciado desalojo y también por los lloriqueos del bebé de tres meses, acunado entre las mamas de RV. Exhausta por las exigencias del bebé, RV, de 17 años, no se percató de que el padre de su hijo ya estaba preparando la resistencia. Despertó a las cuatro a algunos que aún se encontraban en la cama. Que cada cual vista lo que pueda, zapato, bota, evitar las zapatillas. A los que poseían escopetas, escopetas, y los que no, machetes y foisas. Se organizaron líneas de cuatro a cinco hombres. Los macheteros en el medio y los escopeteros en los laterales.  Pindu, de por sí madrugador, extendió la ancha bandera paraguaya sobre el puente como trinchera. Ahí debían quedar los policías según el pensamiento de los sintierras. Creían en la razón, en algún sentido lógico de la historia en ese extenso territorio ocupado principalmente por la producción transgénica. «Pindu omõi peteĩ bandera paraguaya tuicha, oipyso en el medio ropyta haguã rojapo la conversación, pero umi otro ndojapói la conversación, ndoikuaaséi mba’eve, maque omongu’e la tambo,  omombo la bandera ha ojámavoí voi upépe[39] —recuerda Luciano.

La embestida policial estuvo coordinada desde el helicóptero Robinson de la Policía Nacional. Cuando los dos grandes cordones arrinconaron a los ocupantes entre el arroyo, el lago, la zanja y de fondo el bosque, desde arriba se escuchó: «Dale atraco», «dale atraco». El comando de metralleros del GEO avanzaba oñesũhápe[40], en disposición de tiro, con el caño apuntando de un lado a otro del horizonte de la ocupación. «Campesinos, ríndanse», se escuchó también desde el helicóptero atronador que en ese momento volaba bajo sobre el campamento campesino. Al sentir que el espiral de violencia podría arribar a escenarios de delirio, Rubén Villalba y Avelino Espínola ordenaron que las mujeres y los niños se retiraran hacia el campamento.

El Grupo Especial de Operaciones atravesó la barrera campesina sin ganas de conversar y habilitó el desplazamiento de todas las fuerzas represivas sobre el movimiento campesino. Rubén Villalba enfrentó a Lovera diciéndole: «Mba’ére peju péicha. Oĩ orendive kuña ha mitã. Pepytána ñañemongeta»[41].

—Pesẽ campesino ko’águi, pesẽ[42] —se lo escuchó decir a Erven, empujando a Rubén, a Rubén que al recuperarse lo agarró del tirante del uniforme, a Rubén que escuchó un primer disparo, un segundo, a Rubén que le quemaban los dedos la 38, 9 milímetros. El oficial Sánchez abordó a Avelino, intentando arrebatarle su machetillo. A Avelino que lo desenfundaba para altearlo. «Epyta upépe, oficial», le dijo. «Epyta upépe»[43], reiteró, con el machete levantado en la mano derecha y una hondita en la izquierda. Detrás de sus comandantes, los primeros fusileros del GEO no le perdían de vista a Avelino que, jugado al todo o nada por esas tierras, pensaba incluso vender su rancho para la mensura judicial. Los fusileros del GEO no le quitaban los ojos a Avelino que se había jurado no ser más, en ninguna circunstancia, peón ni capataz de estancia. Detrás, con el machete en la mano, Luciano no cabía en sí. Miró a su hermano menor en medio de los macheteros y se observó completamente acorralado e indefenso. Nadie contemplaba el hermoso lago ni se detenía a soñar ese futuro inminente que se les escapaba de las manos, en esa lomada donde pudieron haber instalado las casitas, esos territorios mecanizados que podrían ser muy buenos para la mandioca, el poroto, el maíz, y esos bosques, buenos para las lluvias, el piro’y[44] de la tardecita, el carbón y el jepe’a[45]. Avelino, el más antiguo líder de la ocupación de Marina Kue, con el machete levantado, forcejeaba con el oficial Sánchez. Rubén Villalba hacía lo propio con Erven Lovera, con Erven Lovera que, aun nervioso, había imaginado un desalojo más, tal vez un campesino muerto, tal vez dos, por qué no si la historia de la lucha por la tierra está regada de sangre y balas sicarias. Lejos, la fiscala Ninfa Aguilar aprovechaba el tiempo para desayunar. En la radio, en su programa diario Contactos, el exdiputado Julio Colmán incitaba a sacar inambígui[46] a «los terroristas». El sol espléndido secaba el rocío de los campos mecanizados y revelaba esa roja tierra que a la altura de la ocupación, por una de las entradas, viboreaba en barrancos. Tarde se dieron cuenta los campesinos de que estaban encerrados. Habían esperado una sola línea policial a la que enfrentarían, con intención de diálogo y mediación, en el puente sobre el arroyito donde habían improvisado una trinchera tricolor y una pancarta con insignia en carbón de vencer o morir. En el barranco, desde donde se ve el lago y se desviste el inmenso valle curuguateño, flameaba tímidamente otra bandera paraguaya, colgada de una delgada y corva madera.



[1] Cayó Castro, cayó Fermín.

[2] Es mejor que traigan cajones si quieren sacarnos de acá.

[3] Sin tierra cómo viviremos, qué haremos.

[4] Demasiados campesinos ya murieron. Matón, policía, capanga, todos servidores de los terratenientes, matan a nuestros compañeros.

[5] Nos preparamos para resistir. No creíamos que vendrían así. No querían saber nada. Echaron nuestra bandera y entraron para sacarnos a toda costa.

[6] Nosotros trabajamos para que ustedes tengan tierra, casa y puedan vivir mejor.

[7] El mundo según Monsanto, Marie-Monique Robin, editorial Península, página 128.

[8] Si traen los papeles que acreditan que esta tierra es de Riquelme, saldremos

[9] Traigan el documento.

[10] Cómo el Ejército se podría utilizar contra paraguayos. Esta tierra es del Estado. Cómo el Estado se puede utilizar contra el Estado.

[11]Nosotros necesitamos la tierra. Esta tierra no es de Riquelme.

[12] Dónde iremos, qué haremos sin tierra.

[13] Es mejor que vayan a vender caramelos en Calle Ultima (Asunción).

[14] Literalmente estómago amargo señalando rencor o resentimiento.

[15] Nosotros iremos, sepan ustedes qué hacer.

[16] Qué haremos.

[17] No retrocederemos ni un paso. Acá los esperaremos. Entonces, tomamos coraje y nos preparamos políticamente.

[18] Valentía.

[19] Son demasiados.

[20] Qué haremos.

[21] Los esperaremos acá. Deben conversar con nosotros.

[22] ¿Y si vendemos nuestro rancho?

[23] Mazamorra

[24] ¿Qué hubiera pasado de nosotros de haber vendido nuestro rancho?

[25] Señor

[26] Queremos una tierra más grande porque acá es difícil sembrar y tampoco podemos tener animales. Si tenemos animal, lo tenemos a los costados de la ruta. Queríamos producir en una tierra más grande para mantenernos y mantener nuetra familia.

[27] Compramos otra vez maíz, maní, mandioca, batata y también debemos comprar comida para los animales.

[28] No podía rescatarlo porque me apresarían. Entonces, lo abandoné.

[29] Lagarto.

[30] Plantas silvestres.

[31] Cigarra y yeruti (ave muy parecida a la paloma).

[32] Es una cosa muy grande lo que allí ocurrió.

[33] Tuve problemas allí.

[34]Dónde ir, qué hacer.

[35] Quería la tierra. Entonces, me fui otra vez. Pero no era como la anterior ocupación. El equipo se armó en otra parte. Entonces, yo ya me quedé ahí.

[36] Contá todo lo que sabés. No podemos vivir así. Es probable que esta gente pueda ayudarnos.

[37] El es lento ya. Lo quiero demasiado y tenía miedo de que le suceda algo peligroso.

[38] Quedate ahí, vamos a conversar. Quédense.

[39] Pindu extendió la barrera para que los policías quedasen a conversar. Pero ellos de la conversación nada querían saber. Removieron la barrera, echaron la bandera y se acercaron a nosotros.

[40] De rodillas.

[41] Por qué vienen así. Hay entre nosotros mujeres y niños. Quédense a conversar.

[42] Salgan campesinos, salgan campesinos.

[43] Quedate ahí.

[44] Frescura

[45] Leña

[46] De la oreja.

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