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La huelga

A sus artículos La huelga y El derecho a la huelga, Rafael Barrett les sumó una conferencia —la segunda a los obreros paraguayos— sobre «la naturaleza y el alcance de este instrumento de emancipación», afirmando que todos los hombres tienen el derecho de declararse en huelga, pues «lo contrario sería la esclavitud».

Rafael Barrett por Camilo Cantero.

Rafael Barrett por Camilo Cantero.

Quiero deciros algunas palabras sobre la huelga, sobre la naturaleza y el alcance de este instrumento de emancipación.

He oído decir mil veces, como habéis oído vosotros, que tal huelga es justa y tal injusta. Yo nunca he entendido semejante frase: «huelga injusta». Todas las huelgas son justas, porque todos los hombres y todas las colecciones de hombres tienen el derecho de declararse en huelga. Lo contrario de esto sería la esclavitud. Sería monstruoso que los que trabajan tuvieran la obligación de trabajar siempre. Sería monstruoso que la infernal labor de los pobres tuviera que ser perpetua, para hacer perpetua la huelga de los ricos. Yo sé que ha sido negado mucho tiempo este derecho de huelga colectiva, que supone el derecho de asociación. La revolución francesa, que como un corcel impaciente despidió de su lomo los privilegios monárquicos y eclesiásticos que nos oprimían tan sólo con el peso de las cosas muertas, se quedó a mitad de camino. Sacudió el yugo aristocrático y político, pero no el yugo económico, el más despiadado de todos los yugos. Volcó el peso de las coronas y de las mitras, pero no pudo volcar el peso del oro, metal pesado que baja al fondo de las conciencias, y una losa de oro nos aplasta todavía. La constituyente prohibió a los obreros asociarse, y bajo ella la fiesta de hoy sería disuelta a tiros y a sablazos. Lentamente hemos conquistado, en los países que se llaman civilizados y no son en realidad sino menos bárbaros que los otros, los derechos de asociación y de huelga; no los perdamos, porque son preciosos; si no los tuviéramos, sería nuestro deber el tomarlo. No hay pues huelgas injustas. Solamente hay huelgas torpes.

La huelga torpe es la que hace retroceder al obrero en vez de hacerle avanzar. La que se resuelve en derrota en vez de resolverse en victoria. La que hace que los siervos devuelvan a la horca el flaco cuello para poder seguir arrastrando su existencia miserable. Ninguna huelga debe declarase mientras no esté organizada en vista de una larga resistencia. A vosotros os ayudan la suavidad del clima y los recursos del suelo, pero no excuséis una fuerte organización. Sería locura negar lo que han conseguido las huelgas bien organizadas. Cada progreso de la clase trabajadora tiene su origen en una huelga. Sin las huelgas formidables que pusieron en peligro a las grandes compañías, jamás, por ejemplo, hubieran arrancado al gobierno los mineros franceses las jornadas de ocho horas. La energía esencial de un gremio que declara la huelga reside en la solidaridad con los otros gremios que declaran también la huelga si no se hace pronta justicia a las reclamaciones del primero. Una confederación con reservas suficientes a sostener un paro general de una semana se lo lleva todo por delante. Es que no tenéis más que retiraros un momento para que la sociedad se desplome. ¿Qué puede lograr el capital si no lo oxigena continuamente el trabajo? Todo el oro del universo no bastaría para comprar una migaja de pan el día en que ningún panadero quiera hacer pan, mientras que para hacer pan no hace falta oro, porque aquí está la sagrada tierra que no se cansara nunca de ofrecer el oro de sus trigos maduros a la actividad de nuestros brazos. Y este es el premio de tantos miles de años de servidumbre bañada en lágrimas y en sangre; vosotros, y solo vosotros sois los árbitros del destino. ¡Vuestra presencia, oh manos humildes que todo lo ejecutan, es la condición indispensable de la vida!

Extraordinario es que se discuta aún la legitimidad de la huelga. La huelga es un procedimiento omnipotente pero pacífico; su carácter es provisorio. La huelga concluye cuando el capitalista —y entiendo también aquí por capitalista al propietario de tierras— cede a la equidad y alivia la suerte de los asalariados. Aunque la riqueza no cambie de distribución y de forma, empresa venidera, es preciso que el capitalista se persuada de que el operario no en su esclavo, si no un socio, y un socio más respetable que él. Es preciso que renuncie a la cómoda teoría del salario mínimo, y a figurarse que con matar malamente el hambre y la sed puede un ser humano darse por satisfecho. Hoy los hombres aspiran a que se les trate un poco mejor que a los perros. ¡Y esto es una subversión, un delito! ¡Ah! no son los principios de orden lo que los poderosos defienden, sino sus apetitos y sus pasiones. No defienden las ideas, sino el vientre. El obrero tiene derecho a fiscalizar el negocio en que trabaja, y a exigir su parte en las ganancias del capitalista.

—Pero yo me puedo arruinar —dice el capitalista, y tú no—. Mi parte ha de ser mayor.

—¡Qué ventaja la mía! —contestará el obrero, obrero manual o inventor—, ¡qué ventaja la de no poderme arruinar! No me puedo arruinar porque ya estoy arruinado. Me has arruinado tú. Cuanto posees es mío. Yo he levantado tus edificios, he fabricado tus máquinas, he arado tus tierras, y rascado tu oro con mis uñas a las entrañas de la roca.

¿Será censurable en los trabajadores el emplear la simple abstinencia, la huelga, para mejorar su triste situación, cuando los diplomáticos y los banqueros emplean para dirimir sus cuestiones la práctica del asesinato? Porque la guerra es la práctica del asesinato. Se pretende con ella labrar la prosperidad de una patria, a expensas de la de otra. ¿Pero en qué patria de ambos hemisferios no habrá una innumerable multitud de infelices, desheredados y explotados? Estos explotados forman por toda la superficie del planeta una inmensa patria dolorosa. Lo que urge es la prosperidad de esta gran patria, y no la de las patrias chicas. Vuestros verdaderos compatriotas y hermanos no son vuestros patronos ni vuestros jefes, sino los obreros de Londres, San Petersburgo y Nueva York.

La huelga es la peor amenaza para el capital. La huelga desvaloriza inmediatamente el capital, y revela la vaciedad de la farsa que lo creó. El capital que no es sino trabajo acumulado para utilizar en mejores condiciones el trabajo subsiguiente, se aniquila en cuanto el trabajo cesa. El capital sin el trabajo se convierte en un despojo, en una ruina, en una sombra. Se ha pretendido que un paro universal destruiría a las masas obreras antes que el núcleo capitalista. Se ha dicho que los ricos resistirían más tiempo que los pobres a los efectos de la huelga mundial. ¡Error! Las riquezas de los ricos no les servirán para resistir. Cuando no haya quien saque a la tierra el sustento cotidiano, los ricos no tendrán que comer, por ricos que sean. El mundo vive al día. La humanidad cuece su pan todas las noches. De nada servirán, cuando se declare el paro, los depósitos existentes. ¿Quién preparará esos escasos víveres para la alimentación, quien los transportará a donde hagan falta? ¿Los soldados? ¿Creéis que les será posible protegerlos y a la vez reanudar el trabajo? ¿Creéis que los que no saben sino matar sabrán criar y producir? ¿Pero creéis siquiera que no dejarán sus fusiles en cuanto vosotros dejéis vuestras herramientas? ¡No! La desolación será instantánea, y la especie humana reducida a sí misma, desnuda y despojada de todas las armas y las insignias de su falsa civilización, será devuelta de repente a la augusta naturaleza de donde ha salido.

¡Juicio final de donde surgirá la sociedad futura! Al fin todos los hombres serán iguales, todos conocerán el dolor, el abandono, el supremo cansancio, la inclemencia del cielo y la inclemencia más dura aún de los corazones. Como en un naufragio en que de pronto, ante el abismo abierto, se muestran las virtudes y los vicios fundamentales de cada uno, el paro manifestará el valor real de lo que cada uno es y de lo que cada uno tiene. Se restablecerá la justicia, porque lo justo es que nos repartamos todos el sufrimiento y la debilidad de nuestra especie frente a lo desconocido. Se remediará la estúpida injusticia de haber hecho caer todos los sufrimientos sobre una sola clase de hombres. Y en la nueva vida los ricos verán de que poco les ha valido su riqueza. Los niños de los ricos tendrán por fin hambre ¡hambre! como la han tenido desde tiempo inmemorial los niños de los pobres, y ¿qué les darán de comer? Billetes, joyas, el mármol de sus estatuas y el trapo de sus tapices. Morderán el oro, y descubrirán llorando que del oro no se vive, que el oro asesina. Los ricos se extraviarán en sus latifundios. Las selvas y los campos ocultarán las osamentas de sus propios dueños y a los pobres los redimirá su número infinito, y el hábito de sostenerse con poco y de soportar todos los males. Ellos, los que penaron siempre bajo el riesgo de sucumbir y bajo la tenaza de la desesperación, resistirán más que los ricos. Pero no se prolongará mucho la experiencia. El capital anulado pasará al proletario: los ex—capitalistas no vacilarán en suplicar a los obreros que resuciten la riqueza, restablezcan el trabajo y pongan otra vez en marcha al mundo. Habremos dominado toda una región del porvenir.

He aquí el papel probable de la huelga en los destinos humanos. Su acción es todavía de corto radio. Usáis de la huelga en pequeños conflictos, en problemas locales, pero no olvidéis que su trascendental misión es llegar al paro terrestre. Todo lo que se haya mantenido en pié hasta entonces se derrumbará. Y la sociedad se transformará de una manera definitiva.

¡Cuántos méritos necesitáis para cumplir tan arduo programa! ¡Cuánto valor, viviendo como vivís bajo la opresión de la fuerza de esa fuerza encargada de velar por las arcas de los avarientos! ¡Cuánta fraternidad, cuanto tesón, para uniros robustamente y caminar juntos hacía la aurora! No se vence a los fuertes sin ser fuerte, y sin serlo de otro modo. Tenéis que ser fuertes a fuerza de ser buenos y justos. No venceréis del hierro por el hierro, porque ese triunfo sería efímero: hay que vencer por la razón. Vuestra fuerza está en la invisible ola de opinión que hace enmudecer a los reyes y paraliza los ejércitos. Deberéis la victoria a la fatalidad de las cosas y no al azar de las armas. Ante vosotros se disolverán las viejas leyes y se desvanecerán como fantasmas los despotismos, cuando en la conciencia universal esté que ellos son la mentira, y la verdad vosotros.

Luchad, pero que no os impulse la codicia. Todos nos damos cuenta que una sociedad en que por cada miembro con la existencia asegurada hay miles y miles condenados a la enfermedad, a la degeneración, a la angustia y a la muerte prematura, y donde son precisamente estos centenares de millones de siervos macilentos los que trabajan y producen, todos comprendemos que esta sociedad está absurdamente constituida, y que si no se regenera de abajo arriba, la alcanzará sin remedio la bancarrota y el desastre. Pero la raíz de todo no es otra que la crueldad y la codicia. La codicia y la crueldad han hecho que en todos los siglos una exigua minoría invente y usurpe el poder, sacrificando a la mayoría indefensa, y que la historia sea una repugnante serie de crímenes. La codicia y la crueldad hacen que cada adelanto de la industria, lejos de favorecer a las clases desvalidas, aumente su tormento. Si sois también codiciosos y crueles, no traeréis nada nuevo al mundo. Si queréis hacer desaparecer el oro, no imitéis a los ricos; no ambicionéis ser rico. No améis el oro. Amar el oro es odiar a los hombres, y no es el odio lo que ha de inspiraros, no es el odio el fecundo, el que engendrará las generaciones nuevas, sino la compasión y la justicia.

Me contestarás que es difícil ser paciente cuando aquí mismo, en un país casi virgen y de benignos rasgos como el Paraguay, se os hace a veces la vida insoportable. Fuera de la capital, donde ahora no obstante, la crisis sume en la miseria a los trabajadores mientras los que no trabajan gastan tranquilamente sus economías, se le explota al obrero sin piedad. Los obrajes son dignos de negreros, y los yerbales son la vergüenza del Paraguay y una de las mayores vergüenzas de América. Sin duda cuando recordáis que un millón de compañeros vuestros, padres de familia, vagan sin trabajo en Inglaterra, y que de los Estados Unidos decenas de miles de inmigrantes, desalojados por las máquinas, regresan al báratro europeo; cuando recordáis que vuestros niños nacen sentenciados y que su débil aliento está colgado del vuestro, mientras que un paso más allá nacen niños con un capital a su nombre en el Banco, la ira os ciega. Ira justa, porque si es terrible que haya hombres ricos y hombres pobres, que haya niños ricos y niños pobres es infame. Pero sed héroes en la emancipación, ya que lo fuisteis en la esclavitud. Grande es amar a nuestros hijos, pero es más grande amar a los hijos de nuestros hijos, a los que no conocemos, a los del radiante mañana. Elevad hasta el firmamento nuestros ideales. No combatamos por codicia, ni por venganza, sino por la fe irresistible en una humanidad más útil y más bella. No desalentéis; empleemos noblemente nuestras vidas pasajeras. Si es cierto que no veremos los más hermosos frutos de nuestra obra, ya florecen bajo nuestros ojos flores de promesa. Los más ilustres pensadores del globo, desde Tolstoi a France, están de vuestro lado. A pesar de las bayonetas, habéis arrebatado ya muchas posiciones al enemigo; posiciones materiales en la contratación del trabajo, y posiciones morales. Se siente universal inquietud. Los menos perspicaces aguardan graves sucesos. Se teme, se espera. Algo salvador desciende por segunda vez a este valle de llanto. Y entre las próximas recompensas de vuestro disciplinado esfuerzo, contad con la paz internacional. No son los cuatro burócratas miopes que sesionan en La Haya los que fundarán la paz, sino la huelga. Los soldados os seguirán y se declararán en huelga. Vosotros les libertaréis del peso de sus armas y trocaréis sus herramientas de matanza por las herramientas de unión y de trabajo.

Nota: esta conferencia está publicada en el libro Rafael Barrett: obras completas II, editada por RP ediciones e Instituto de Cooperación Iberoamericana.

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