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La espontaneidad condicionada de Sebastian Ocampos

La espontaneidad del título de este libro de cuentos de Ocampos no es la espontaneidad del que se deja llevar por instintivas reacciones emocionales, ésta es la del profesional, es la espontaneidad instruida y formada por el conocimiento, la práctica y la experiencia.

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La lectura de Espontaneidad tiene una infinidad de recompensas: despierta interés, da gusto leer y fascina. Pero esto tiene su precio, porque muchos de los temas que Sebastian Ocampos presenta en este volumen son intensos y hasta chocantes, chocantes porque  perturban, nos hacen sentir incómodos, como frecuentemente lo hacen las cosas de este mundo y chocantes como pueden ser los seres humanos y mucho de su quehacer. Uno de los elementos que más impresiona de este libro de cuentos es la capacidad que tiene el autor de indagar con diligencia en los recovecos más escondidos de las relaciones humanas y así crear en el lector la sensación de estar caminando por el filo de una navaja. Es extraño encontrar esto en historias que no son necesariamente «policiales», o «detectivescas». Hay algo del patólogo-detective en el modo clínico en que Ocampos describe a sus personajes, los cuales no siempre son agradables de conocer. Muchas veces esto exige que el lector acepte la existencia de un personaje sin poder indagar en las razones que lo llevan a comportarse de una cierta manera y las consecuencias de sus acciones, es como vivir la historia en una cápsula, atrapados como en las tragedias griegas, donde todo está predeterminado. Pero esto no sería sino una impresión, considerando que personajes como los que habitan en varios de estos cuentos, son el producto de nuestra sociedad actual, y que después de un simple análisis se puede ver que las razones que los llevan a ser como son y a comportarse como lo hacen, tienen su lógica y, debida a ella, su inevitabilidad.

Varias de las historias en este volumen pertenecen a tradiciones literarias bien establecidas, historias reveladoras, fieles imágenes de una realidad documentada mil veces anteriormente, a través de la literatura y el cine. Estas son historias de grupos de jóvenes sin ningún interés que no sea quizá conseguir una cierta importancia dentro de su círculo, pasarlo bien, vivir como aparentemente lo hacen quienes son el modelo a seguir de turno, y que son en ese momento los favoritos de los media. Sebastian Ocampos consigue presentar estos grotescos personajes distanciado de ellos, algunos dirían que sin intención alguna, como una celebración postmoderna, en la que los diferentes prismas jamás van más allá de la superficie. De allí es que se podría pensar en la «espontaneidad» de Ocampos, pero viendo que los personajes son parte de una sociedad (que se ajusta a la definición de la Thatcher, QEPD) que «no existe», todos se transforman simplemente en «componentes» o «medios» utilizados por el personaje y por cada uno de los otros a su vez, como atrezos de un escenario y espejos de su existir. Unos y otros sirven a sus objetivos personales, para ganar ventaja, para validarse de cualquier modo y si por casualidad sus acciones consiguen tener alguna repercusión en el resto de los que los rodean, esto solamente servirá para confirmar y celebrar su existencia una y otra vez, reafirmando así ese «yo» que no tiene otro objetivo que convertirse en centro de atención o el ícono del momento.

Las historias de este libro son pequeñas obras maestras, como son ciertos cameos, miniaturas que consiguen destilar todo un retrato, todo un paisaje, todo un mundo en pocas pinceladas; revelando en oportunos momentos el elemento caricaturesco o esperpéntico de algunos personajes, mientras el autor, aunque escriba en primera persona, consigue brillar por su ausencia y sin revelar una actitud personal o su opinión sobre la situación creada o vivida por sus personajes. Nos deja así, a nosotros los lectores, encargados de esa responsabilidad.

El destino de varios personajes, como el de Joel en Un año más de Joel o, como tengo yo la tentación de llamar a este relato: un año más de joderse, también cae en nuestras manos. La carencia de tridimensionalidad del personaje es premeditada y así, su superficialidad y su vacuidad nos golpean con todas sus fuerzas. La náusea de Joel, la inefectividad de sus gestos y su paso por diferentes momentos carecen totalmente de importancia. Si este individuo utilizara esa cuerda que permanentemente cuelga de la viga del techo de su casa, sus amigos serían los únicos que quizá lamentarían su defunción, su ausencia, pero más que nada porque es él el que los mantiene en un estado de suspensión, con las constantes vitales reducidas al mínimo, como encandilados frente a un espejo que solamente refleja el pasado y el presente de cada uno de ellos, y en el que únicamente el lector es el que los ve por lo que son: caricaturas de sí mismos e incapaces de nada, solamente de participar una y otra vez en los rituales prescritos por un viejo espejismo visto exclusivamente por ellos.

Los jóvenes sin rumbo de estos cuentos, totalmente en manos de la casualidad, representan algo inquietante, se los puede ver como si fueran fotografías de algunos jóvenes de nuestra sociedad y, en este caso en particular, de la sociedad asuncena. Y digo algunos, porque sé que tanto en Paraguay como en otras partes del mundo también existen jóvenes que no solamente se dedican a pasar el tiempo en futilidades, en confirmar su existencia a través de acciones totalmente egoístas o, tratando de evadir los problemas que los rodean, distrayéndose y autodestruyéndose con la ayuda de drogas, alcohol y otras diversiones parecidas. También Ocampos tiene una vista amplia y sabe ilustrar otros ejemplos más agradables en este volumen.

Para confirmar esto, basta ver el modo en que Ocampos consigue llevarnos a diferentes recovecos, no solamente de la sociedad, pero también del ser humano, aunque leyendo algunos de estos cuentos, he sentido que me encontraba en la antesala de uno de esos círculos dantescos por los que se viaja a riesgo propio y que en los que si se quiere saber la verdad uno debe ignorar el aviso Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

Pero si todos los relatos de Ocampos se limitaran a describir esa sociedad tan now, tan cool, tan superficial, el libro terminaría por ser limitado y hasta tedioso. Pero no lo es. En otros cuentos las propuestas son muy diferentes, en ellos el autor nos lleva a visitar territorios en los que podemos encontrar seres humanos que responden a su entorno con humanidad, con solidaridad y que sobreviven sus vicisitudes de un modo muy diferente. Allí el autor no solamente es capaz de crear personajes que son el producto de otros tiempos,  sino también de radiografiarlos, y descubrir así esas características que  llevan al lector a sentir admiración, lástima o ternura. En otros es difícil no intuir una metáfora, como en el que dos loros eligen su  destino final y que me recordó lo que alguien me había contado algún tiempo después de la caída de la dictadura de Stroessner en Paraguay —en el período en que se intentaba estabilizar la transición— cuando aparentemente había gente que llevaba pegadas en sus coches leyendas pidiendo la vuelta del general. Leída como lo hago yo, esta historia de niños, loros y vecinos tremebundos es una historia de lo más vigente, porque consigue decir algo muy definitivo sobre la condición humana, con todas sus contradicciones y lógicas.

También con mucha originalidad Sebastian Ocampos sabe recordarnos la interminable guerra de los sexos, representando con humor la batalla campal entre una joven, su novio y uno de sus amigotes, un compinche que conspira con el novio para vencerla, para destruirla en ese juego galáctico de los mundos. De nuevo, la historia se puede leer de varios modos, pero para un feminista como yo, Ocampos presenta la situación de la mujer con todo el poder de observación de un científico, consiguiendo su objetivo, con la maestría de un experimentado cuentista, al encapsular con toques originales y en pocas palabras toda una situación universal que está muy lejos de ser resuelta.

En sus relatos también el autor revela mucho de lo que le cautiva, de su pasión por la literatura, su alegría y placer al experimentarla, al producirla, al vivirla. Hay cuentos en los que nos permite ver, sin olvidar el propósito de la historia, cómo ejercita el virtuosismo de su métier y donde —a través de lo que dice un personaje, por ejemplo— podamos discernir el relato por lo que es: un ejercicio expeditivo, en el que demuestra estar en total control de las técnicas a disposición de un escritor. Mientras que en otros nos confirma que es un conocedor de las relaciones humanas y con toda la concisión requerida en un cuento corto, nos invita a compartir la vida de personajes en las distintas etapas de una relación amorosa, consiguiendo con habilidad llevarnos por sus tortuosos caminos, poniendo así en evidencia una vez más su capacidad como escritor.

Considerando lo dicho anteriormente, la «espontaneidad» del título de este libro no es la espontaneidad del inocente, del infante, del que se deja llevar por instintivas reacciones emocionales, ésta es la del profesional, es la espontaneidad instruida y formada por el conocimiento, la práctica y la experiencia. Sebastian Ocampos es un escritor polifacético que prueba su destreza en este volumen de cuentos, y su publicación —considerando la situación universal de la literatura hoy en día— nos anima a tener esperanzas de que ella continuará  existiendo para darnos placer, para revelarnos y, particularmente, para desafiarnos al contemplar lo que somos. No es por nada que la literatura y sus practicantes han sido y continúan siendo considerados peligrosos, perseguidos y castigados por quienes no quieren que la verdad sea conocida.

Bristol, Reino Unido, enero de 2015.

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