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La caperucita roja

Unos policías, en un automóvil rojo al que los vecinos llaman la caperucita roja, secuestran al maestro don Luis periódicamente: lo llevan a la fuerza de su casa para torturarlo durante horas. Un niño vecino registra esas idas y vueltas, al principio sin comprenderlas. Este cuento forma parte del libro Espontaneidad.

 

Hace tiempo me había propuesto el objetivo de hallarla, tanto en memoria del maestro como por su esposa, pero nunca imaginé que la vería abandonada y oxidada en el sucio estacionamiento del mercado. Apenas la vi, llamé entusiasmado a mamá. ¡Encontré el coche! ¿Qué? ¡La caperucita roja!, exclamé como si hubiera hecho el mayor hallazgo de la historia. En los primeros segundos no comprendió mi alegría inusual, pero cuando mencioné a don Luis unió las ideas y fue rápido junto a doña Celestina para darle la aguardada noticia que se había convertido en una de sus causas de vida.

El simple hecho de verla y tocarla por vez primera me devolvió los años compartidos con el maestro que vivía al lado de casa. En esos años difíciles, sin sobreponer jamás su tragedia constante a su vida diaria, don Luis supo cómo acercarse al niño tímido que yo era, explayándose sobre infinitos temas fascinantes. Sabía todo de todo. Hablaba, gesticulaba y sus manos daban forma a las palabras fluidas, cálidas, cristalinas. Su talento era innato y se mostraba con tanto amor a la vida que generaba respeto y admiración en sus oyentes, incluso en mi mamá, quien lo ayudó las veces necesarias, como el resto de los vecinos solidarios. Debido a eso yo también me puse en campaña para retribuirle su generosidad, sin saber cómo exactamente lo haría hasta que, después de mucho pensar, me topé con mi labor humanitaria de manera fortuita.

Sucedió durante una tarde calurosa a punto de escabullirse del sol, a pocas horas del toque de queda, cuando vi el coche rojo pasando frente a nuestras casas, yendo derecho unas cuadras más y retornando al rato por la misma calle empedrada. Eso me llamó la atención y fui a contárselo a mamá. Ella, apenas me escuchó, corrió hacia el patio y pasó a la casa de al lado. Nuestras casas tenían un portoncito para cruzar de una a otra en cualquier momento. Yo la seguí por puro curioso. Mamá habló con doña Celestina, la esposa de don Luis. La señora se sobresaltó y entró en su habitación. Minutos más tarde vi por primera vez al maestro siendo obligado a subir a ese raro vehículo, aunque en varias ocasiones ya había oído —a escondidas— a los mayores  hablar de sus idas y vueltas, pero sin entender lo que decían. Hablaban en voz baja, casi imperceptible, como si cometieran un delito. En esos años pueriles yo no comprendía nada de la realidad adulta.

El día siguiente fue bastante normal a primera vista. Don Luis estaba en el frente de su casa. Fui a saludarlo con el apretón de manos matutino y él sólo hizo una mueca, algo así como una sonrisa sin mostrar los dientes. Miré sus manos y vi los dedos cubiertos con gasa. ¿Qué le pasó? ¿Preguntas por esto?, dijo el maestro y me mostró sus manos, con las palmas abiertas hacia mí. Sí. ¿Por qué lo llevaron ayer? No te preocupes, mi hijo, que esos pobres policías sólo cumplen órdenes. ¿Y adónde lo llevaron? A un lugar feo para preguntarme algo, pero como no tienen pruebas de nada, sólo me acariciaron un poquito en los dedos. Después me trajeron de vuelta. ¿Ves? Sus manos, a pesar del dolor, se movían del mismo modo de siempre, dando formas bonitas a las palabras. ¿Y tú qué hiciste? ¿Leíste? El maestro era un experto en cambiar de tema cada vez que yo empezaba a profundizar en su vida. Respondía más o menos y luego dirigía la conversación hacia mis cosas y la literatura, el arte de la existencia imposible, según él. En esa ocasión me había prestado El Principito y yo no lo leí todo por pereza o distraído. Al final, conocí ese bello cuento gracias a la lectura del propio don Luis, que después de leerlo con voz de actor dijo: Eres un principito trigueño y yo soy un piloto sin avión. ¿Qué? ¿Acaso no lo entiendes? Es simple: tú siempre preguntas y yo soy incapaz de satisfacer toda tu avidez…, me dijo y sonrió con un dejo de tristeza en la mirada.

Luego de unas semanas, ya bien de noche, con las calles en completo silencio, volví a ver el coche rojo. Yo estaba en el patio, frente a casa, cuando lo vi a lo lejos, acercándose lentamente. Fui rápido a contárselo a mamá y ella hizo lo mismo de la vez anterior. Me volvió a llamar la atención el movimiento inusual y la seguí. Conversó con doña Celestina y al rato don Luis era sacado de nuevo de su casa por dos policías y obligado a entrar en el coche. La diferencia entre esa y la otra vez es que me acerqué a mamá para intentar comprender la extraña situación. Ella, bajando la voz a lo mínimo, me contó: La policía lleva al maestro para preguntarle si está haciendo algo malo. Es muy importante que me avises si ves ese coche rojo de nuevo, mi hijo. Cada vez que lo veas, podés venir a decirme: ¡Viene la caperucita roja! Así voy a saber de qué se trata. ¿Entendés? Sí, por supuesto, respondí contento. ¡Por fin había encontrado mi labor para ayudar a don Luis! Me gustó la idea de ser el vigilante de la caperucita roja, aunque, como saben, ese coche en realidad era el lobo feroz colorado.

El maestro regresó a su casa al día siguiente, como si nada hubiera sucedido, claro, si dejamos de lado las caricias sufridas. No te preocupes, que es poca cosa; hay gente aguantando peores dolores, repetía don Luis a quien se lo preguntaba sin mostrar rencor hacia quienes le habían hecho daño. Esa perspectiva de vida se me pegó durante las muchas charlas compartidas, en las que él hablaba entusiasmado por todo o leía algo lindo y yo cebaba el tereré o el mate, generalmente derramando el agua fuera de la guampa por prestarle más atención a las palabras del maestro que a mi trabajo momentáneo.

En los meses siguientes cumplí al pie de la letra mi labor de avisar la llegada inminente de la caperucita roja. Apenas la veía a unas cuadras, corría hasta donde se encontraba mamá y gritaba: ¡Ahí viene la caperucita roja! Ella, a su vez, hacía lo suyo. Y el maestro siempre era llevado por dos policías. Esa rutina no se mencionaba ni analizaba en el barrio. De hecho, ni siquiera doña Celestina y don Luis tocaban el tema, menos frente a los niños. Y si hablaban, generalmente de madrugada, lo hacían en voz baja y con la radio encendida. El tiempo transcurría lento y cada suceso de nuestras vidas se volvía normal.

Durante un par de años continuamos de la misma manera. La caperucita roja venía de vez en cuando, llevaba al maestro y después de algunas horas lo regresaba a su casa, donde doña Celestina aguardaba con unas velas prendidas en la ventana. Los vecinos también lo esperábamos, sobre todo mamá y yo, que apreciábamos mucho a don Luis. En mi caso, si la espera se prolongaba demasiado, como la mayoría de las veces, me quedaba dormido. Por eso, sólo lo veía regresar cuando llegaban de mañana temprano. Pero, sin importar la hora, apenas pisaba la vereda, su esposa y mi mamá salían para ayudarlo a entrar en su casa. Él contaba qué había sucedido en pocas palabras y ellas le preguntaban qué partes del cuerpo le dolía. El maestro sonreía y decía tranquilo: Es poca cosa. Voy a acostarme una horita. Dentro de un rato me sentiré bien. Siempre era así. Dormía de mañana y cuando despertaba ya se dedicaba de lleno a sus trabajos diarios.

La vida se nos vino abajo cuando lo llevaron durante una madrugada festiva y no lo trajeron más. Doña Celestina no sabía qué hacer ni a quién recurrir. Maldecía de impotencia a toda hora. Mamá y los vecinos la acompañaban en su dolor, mientras que un abogado trataba de consolarla diciéndole: No se preocupe, señora. Su esposo se encuentra bien. Seguramente van a soltarlo en cualquier momento. Ese momento no se vislumbraba en el futuro inmediato. Con el correr de los días todo comenzó a decaer hasta llegar al terrible temor de que sucedería lo peor en el instante menos esperado. Incluso yo empecé a comprender la trágica realidad y a sufrir de impotencia como los demás. Pero doña Celestina no se quedó de brazos cruzados, no, ella hizo caso omiso de las sugerencias del abogado y fue a suplicar ver a don Luis. No le permitieron verlo ni escucharlo, a pesar de sus ruegos y sollozos. Sólo le repitieron las palabras vacías del abogado.

Durante las mañanas y las tardes de los siguientes meses ella hizo el esfuerzo de sobrellevar la ausencia de su esposo, pero esa fuerza sobrenatural desaparecía de noche. Las horas nocturnas volvían visible la soledad y el miedo. La incapacidad de siquiera salir a la calle la mantuvo en su habitación, con las velas prendidas y el llanto finísimo, percibido en la distancia a causa del silencio absoluto de esos días oscuros, quietos. Ese llanto finísimo rompió en llanto trágico cuando recibió una llamada anónima y escuchó a don Luis gritando de dolor inmenso. Mamá fue de inmediato a ver qué sucedía, y como yo estaba en camino detrás de ella, me obligó a quedarme. No sabemos qué está pasando, mi hijo. Quedate acá. No quería empeorar más la situación y decidí no mover un pie fuera de casa, pero me mantuve atento a lo que ocurría.

Apenas amaneció, doña Celestina, mi mamá y el abogado fueron a ver al maestro. Ni siquiera se les permitió traspasar la puerta principal, pero insistieron tanto, acompañadas de varias personas, que al final uno de los policías de mayor rango se le acercó a doña Celestina y le dijo: Esta misma mañana van a soltar a su esposo, señora. Le doy mi palabra. Ella, tomándole las manos, le agradeció con la mirada rebosante de esperanza. Regresaron al barrio y los vecinos se alegraron mucho con la respuesta. Habían pasado varios meses desde la última vez que había visto a don Luis subiendo a la caperucita roja. Mamá, cuando me vio, se acercó y me pidió que estuviera atento. Salí con la pelota a la calle. Mientras la pateaba contra la muralla y hacía unas picaditas, observaba a ambos lados. No hubo novedades durante esa mañana. A la hora del almuerzo salí a comer en el frente de mi casa, siempre a la espera de la maldita caperucita roja. En esos momentos me di cuenta de que nunca la había visto a plena luz del sol y pregunté a mamá si en verdad iban a traerlo de día. Ella, con cara de duda, dijo: Sí, es cuestión de esperar, mi hijo. Continué en mi labor de vigilante. Jamás imaginé que llegaría el día en el que estaría ansioso por la llegada de semejante vehículo. Pasaban las horas, la luz del sol se disipaba de a poco y mamá perdía las esperanzas, pero se mantenía de pie para dar fuerzas a doña Celestina, tal como los demás vecinos. Mi trabajo no daba sus frutos y mientras acababa el día e iniciaba el siguiente, con la gente aún a la espera, tuve el extraño pensamiento de que don Luis lo sabía… Sí, él sabía que su último viaje era en realidad un viaje sin retorno. Luego pensé más en eso y comprendí en qué exactamente consistía mi trabajo. ¿Por qué lo hacía si él nunca intentó huir o siquiera esconderse? En ese preciso instante se me iluminó la cabeza: el maestro aprovechaba esos escasos minutos para despedirse de doña Celestina, pues siempre supo que cualquiera de los viajes podría ser el último. Y nada en su vida sería peor que ser llevado a la fuerza sin la debida despedida de su amada esposa, quien durante días y noches continuó firme en su hogar con las velas prendidas en las ventanas para que él supiera, apenas llegase, que ella estaba ahí, aguardándolo, ansiosa por ver frente a su casa, al menos una vez más, la maldita caperucita roja.

Nota: la ilustración de este cuento es de Charles Da Ponte.

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