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José Gaspar de Francia, el Robespierre de la independencia americana

En 1984, durante el seminario Yo el Supremo realizado en París, el intelectual francés Georges Fournial dio una conferencia en la que desestimó la historia oficial que produjo una «intoxicación histórica» sobre José Gaspar Rodríguez de Francia.

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Me parece siempre imprescindible reaccionar contra una historiografía oficial, la que ha llevado durante más de un siglo y medio a un desconocimiento sorprendente de la vida y obra de José Gaspar Rodríguez de Francia. Como ustedes saben, ese personaje nació el 6 de enero de 1766 en la ciudad de Nuestra Señora de la Santísima Asunción del Paraguay, y murió el 20 de septiembre de 1840 en la misma.

En su aplastante mayoría, los muchos libros y escritos diversos publicados al respecto lo han sepultado bajo una pila de mentiras, inexactitudes, calumnias e insultos groseros. Han hecho de él un personaje raro, único, extraño, misterioso en todo, hasta en la muerte, por haber desaparecido sus restos. Un tirano despiadado, sanguinario, carente de toda humanidad, que sometió a su pueblo durante 26 años al terror más espantoso, aislando además al país del mundo exterior, reservándole al Paraguay la suerte más miserable. Una auténtica intoxicación histórica.

Ahora bien, por lo fundamental, todo esto es falso. Unos cuantos libros silenciados, caídos en el olvido, como el de Tomás Carlyle, lo comprueban. E incluso en ciertas obras de los enemigos más despiadados de Francia se encuentran elementos que contradicen a menudo, al menos en ciertos puntos, las calumnias más difundidas. Sus autores involuntariamente confiesan el carácter tendencioso de éstas. ¡Cómo no recordar que Augusto Comte le dedicó a José Gaspar de Francia un día en su famoso calendario y el comunista cubano Carlos Rafael Rodríguez escribió en 1972 en la revista de la Universidad de La Habana: «El mismo José Martí —llevado erróneamente por los juicios ya hechos sobre José Gaspar Rodríguez de Francia— no supo verlo en realidad como lo que era, como una representación jacobina, revolucionaria, en el Sur americano. Por ello nos habló erróneamente (también los grandes tienen sus errores de apreciación inevitables) de “el Paraguay lúgubre de Francia” sin darse cuenta que quienes habían creado la leyenda del Paraguay “lúgubre” de Francia eran los mismos que hablaban de la Francia lúgubre de Robespierre y de los jacobinos».

Para juzgar al Supremo tenemos que situar su obra y su vida en el tiempo y en la región del mundo terriblemente perturbada a la sazón, donde le tocó vivir, lo que nos obligaría a matizar más las opiniones hasta ahora formadas arbitrariamente.

Sobre la juventud de Francia, aunque no carece de interés, pasaremos rápidamente. Sus orígenes, puestos en duda por la aristocracia de Asunción para infligirle una especie de discriminación racial; sus estudios en Asunción, primero con los franciscanos, luego con los dominicos y sobre todo en el Colegio Real de Montserrat de la Universidad de Córdoba del Tucumán.

Período interesante, el último. Francia estudia allí desde julio de 1771 a la primavera de 1785 con los hijos de las familias más ricas de la región. Sus condiscípulos entonces son porteños, salteños, alto peruanos, y serán más tarde argentinos, uruguayos, bolivianos.

Las nuevas ideas de los enciclopedistas franceses los enardecen. Discuten sobre El Espíritu de las Le es, el Contrato Social, el Diccionario Filosófico, los triunfos de los insurgentes norteamericanos y también de Tupac Amarú, cuyo movimiento había dejado huellas en Oruro, en La Paz, Mendoza y Córdoba.

Hay allí jóvenes que tendrán un nombre en la historia, en la historia agitada de La Plata: Juan José Castellí, Mariano Medrano, Francisco Javier de Bogarín, Miguel Ángel Montiel, etc. Ellos todavía no tienen conciencia que después del ganado cimarrón y las vaquerías, la economía de la región se transformaba. Entretanto la ganadería se desarrolla espectacularmente y queda organizada, el capital comercial lo acaparan los mercaderes del interior que monopolizan los granos y comercian con el cuero y las telas, mientras en torno a Buenos Aires los grandes negociantes de origen español fundan dinastías riquísimas: los Anchorena, Alzaga, Mateu, Santa Coloma. Los señores de Salta extienden su red comercial al Alto Perú e incluso a Lima, donde venden sus mulas, y los jesuitas envían sus agentes a todo el Virreinato de la Plata para vender su mate. Es la hora cuando se precisa el choque de los distintos intereses, los intereses de clase: ganaderos, latifundistas, comerciantes de Buenos Aires y las ciudades, negociantes ligados al comercio exterior por la manufactura, artesanos urbanos, pequeña burguesía intelectual que irrumpe democrática o revolucionaria a la sazón, una reducida capa de propietarios agrícolas y chacareros.

Además, mientras esta juventud estudiaba en Córdoba, fue batido en brecha el régimen feudal en Europa y sus posiciones allende el Atlántico. No están lejanos los días en que caerá la Bastilla, la invasión de Napoleón a España, el despertar de un sentimiento patriótico incipiente entre los porteños contra las invasiones británicas.

Es este clima, de una época crucial, con movimientos de ideas venidas de la Revolución Francesa inminente y de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que impregnará a Francia sus condiscípulos, marcará su futuro, especialmente a José Gaspar de Francia, quien permanecerá fiel a las ideas de su juventud hasta el fin.

Para empezar, el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, clérigo de órdenes menores, abandona su cargo de profesor de teología en el Seminario del Real Colegio de San Carlos de la Asunción. Eso por sus inclinaciones anticlericales en la enseñanza.

Se hizo abogado, y en esa profesión hasta los autores más hostiles al Supremo reconocen su valor a toda prueba. Ninguna injusticia mancilla jamás su ministerio, no vacila nunca en la defensa del débil contra el fuerte, del pobre contra el rico. Sólo pagan los que pueden. Se hace pronto de una fama de gran honestidad, de virtud, y sobre todo después del célebre asunto Machaín. Una fama de incorruptibilidad. No resisto la tentación de citarles cómo, años antes de este proceso, un abogado francés se había ganado la misma reputación de incorruptible con el caso del pararrayos de Saint Oner contra un alcalde oscurantista. Y también en el «proceso Deteuf» contra la abadía feudal de los Benedictinos de Anchy. Su nombre: Maximilian Robespierre. Su busto ocupó siempre el lugar de honor en el despacho de José Gaspar de Francia, y guardaba en la cabeza sus ideas.

De 1790 a principios de 1800 litiga algunas veces, pero sobre todo lleva una vida disipada. La corre en bailes populares, con muchachas fáciles, en las algaradas de noches crepitosas, en el juego también. Con la salud resentida por los excesos, se retirará a una finca del Ybyray, comprada con sus honorarios, donde se dedica al estudio y la meditación. Sin embargo, no es ajeno a la vida política de Asunción que se hace cada vez más agitada. Puede incluso decirse que desde ese momento se inicia en la vida política del país, terreno en el cual también gozará de una gran fama de sensato y virtuoso. A eso se debe que sea electo a principios de 1808 Alcalde de primer voto de Asunción, Representante del Paraguay a la Junta Central del Gobierno Virreinal en mayo de 1809, a la cual, por otra parte, nunca se integrará. El 24 de julio de 1810 anuncia públicamente:

«El Paraguay no es ni un patrimonio de España ni una provincia de Buenos Aires. El Paraguay es independiente. La única cuestión es cómo defender y salvaguardar nuestra independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires y contra el Brasil.»

Sin lo dicho entonces con toda la intransigencia que lo caracteriza, en presencia de los representantes del poder colonial español, no se comprenderá al Supremo ni su obra en el Paraguay ni su política exterior. A partir de aquí son cinco las fechas que jalonan la ascensión al poder de José Gaspar de Francia:

—El Congreso del 17 de junio de 1811, antes del cual obtiene el encarcelamiento del Gobernador Bernardo Velazco, de los españolistas y los porteñistas del Cabildo, cuando es electo Gobernador de la Junta, de la que se apartará voluntariamente por titubear ella frente a las reformas económicas y sociales a realizar.

—Su vuelta al Gobierno se dio el 16 de noviembre de 1812, con más poder, apoyado sobre todo por el movimiento popular masivo.

—El Congreso del 30 de septiembre hasta el 12 de octubre de 1813, que lo elige —así como a Fulgencio Yegros— Cónsul de la primera República del Sur en el Paraguay, una e indivisible.

—El Congreso de septiembre-octubre de 1814 que, constituido en su aplastante mayoría de 80% de campesinos, le hace Dictador Supremo de la República.

—Y finalmente el Congreso del 1 de junio de 1816, que recogiendo las ideas venidas del campo, lo elige Dictador Perpetuo de la República.

«Dictador de los Romanos para salvar el país», escribió Julio César Chávez. Y Arturo Bray, que nunca fue admirador del Supremo, dice: «No va a embozar nuestro Dictador el verdadero carácter de su investidura bajo denominaciones sofisticadas, de estudiada hipocresía. No se hará llamar Protector o Restaurador sino llana y desnudamente Dictador, sin asomo de eufemismo, y con el agregado de Perpetuo además, para que nadie se llame a engaño.» Y es justamente esto lo que Augusto Roa Bastos le hace decir al Supremo: «Yo soy el dictador de la revolución; las emboscadas de los termidorianos nos acechan a cada paso; hace falta una mano de hierro para conjurarlas.»

Es verdad que José Gaspar de Francia durante toda su vida marcó no sólo la diferencia que había a la época —y más tarde aun entre el dictador y el tirano—, sino que esa misma vida es el producto de una lucha constante e intransigente contra los termidorianos del interior y sus aliados de afuera, los girondinos o los “jacobinos a medias” de la Plata, la amenaza portuguesa del Brasil, los agentes encubiertos de la Corona británica, la Francia de los Borbones y ya los Estados Unidos, que merodean por la región desde principios del siglo.

Francia ejerce el poder supremo de 1814 a 1840. Durante estos 26 años su vida es austera, estudiosa, pero de una intensa actividad. Un santo laico, dice Julio César Chávez. Descansa fundamentalmente sobre su subalterno Policarpo Patiño, secretario siempre atento a todo y atareado, con el cual Augusto Roa Bastos escenifica el fabuloso diálogo póstumo de Yo el Supremo. Austero consigo mismo, y sin ningún acto de nepotismo, ningún amiguismo. Nada de prebendas para los primos, los pillos y los amigotes. Nada para sus hermanos o sus doce sobrinos y sobrinas.

Muere a los 74 años, el domingo 20 de septiembre de 1840, a la una y media de la tarde aproximadamente, en medio de «un clamoroso lamento de dolor como si hubiese ocurrido una calamidad nacional», escribía, no obstante aborrecerlo, la Gaceta Mercantil, de Buenos Aires.

Este dictador absoluto dejó a su país un tesoro público enorme, a la inversa del gobierno colonial que sólo dejó deudas y una carroza dorada. Y dejó Francia modestos bienes personales: 2146 onzas de oro acuñado, 97 pesos fuertes, 181 pesos de plata, que en su testamento legaba, incluyendo las dietas que había rehusado percibir, a los soldados, al Colegio del Seminario San Carlos, a su hermana Petrona Regalada, etc. Pero sobre todo son decenas de ricas Estancias de la Patria, con miles de cabezas de ganado, una armada considerable, el parque de guerra, la biblioteca pública, los talleres, las manufacturas y los almacenes del Estado, lo que lega al pueblo paraguayo, junto a una enorme cantidad de edificios nuevos y otros bienes nacionales.

«No se ha quedado con un solo cuartillo y murió pobre aunque pasaba por sus manos toda la renta de la República», escribe Jorge Federico Masterman en su libro Siete años de aventuras en el Paraguay, no obstante ser la obra de más mala fe, soez y calumniosa, que se haya escrito sobre el Supremo.

Ciertos historiadores, señalados por cuatro investigadores soviéticos en la revista Problemas de la Historia, en 1956, consideran al gobierno de Francia como revolucionario democrático, sostenido por el campesinado y la pequeña burguesía urbana. Y el norteamericano Box adelanta incluso que se trata de un socialismo de estado.

Y es que José Gaspar de Francia reglamentó el comercio y los precios de los productos alimenticios, confiscó la mitad de las tierras a los latifundistas, las cuales arrendó a pequeños productores, creando además las famosas Estancias de la Patria, haciendas estatales donde comenzaron a trabajar como peones asalariados los campesinos que no tenían tierras.

Desde ese instante se produce más y mejor, siguiendo normas de un plan estatal. El país, por primera vez, se abastece a sí mismo en cereales y algodón, en ganado, y surgen nuevos cultivos: maíz, arroz, y viandas. Es una reforma agraria radical, la primera del continente. La segunda será mucho más tarde, la de Cuba en 1959.

En tanto que, como afirma Albert Mathiez, el gran historiador de la Revolución Francesa: «la caída de la Gironda es para los campesinos la liberación definitiva de la tierra», los terratenientes, por el contrario, se convertirán en los opositores más encarnizados del Supremo, coludiendo contra él en conspiraciones que Francia aplastará como termidorianas, los comerciantes, los militares, el alto clero y los grandes funcionarios.

¿Y la dictadura del Supremo? Un fenómeno histórico progresista, concluyen los cuatro investigadores soviéticos. En el Paraguay de Francia —todos los autores coinciden— el hambre ha desaparecido. Incluso Charles Washburn, embajador de Estados Unidos en Asunción por 1860 y uno de los detractores más feroces del Supremo, lo reconoce. El dice: «Su preocupación mayor fue que las masas no sufrieran más las angustias del hambre.» Hace el Supremo que se distribuya regularmente el ganado entre las familias más pobres. Cuando acontece que una región sufre un cierto rezago económico como cuando la golpea un siniestro natural, los intendentes gubernamentales se movilizan de urgencia para hacer llegar a la población la ayuda del Estado: carne en pie, vacas lecheras, caballos, utensilios, coberturas, ponchos, etc. La administración entonces tiene fama de franciscana y el Supremo ha revisado todo, al centavo casi: la distribución de esos auxilios de emergencia, la lista de los beneficiarios, incluidos los indios Cainguás, Guanás, Mambayas, Payaguás, el ingreso de impuesto la administración de los monopolios del Estado, los precios del comercio exterior y las tarifas aduaneras, pues, a propósito, es falso que el aislamiento político haya cerrado el país a las importaciones e impedido todas sus exportaciones; y también el puerto por donde transitaba hacia el Brasil bullía como una colmena al igual que el de Pilar de Ñeembucú hacia el Plata.

Los funcionarios que Francia quiere «más leales que cultos y también capaces», como lo hace hablar Augusto Roa Bastos, son los modestos y fieles inspectores de su política económica. Él les da el ejemplo de la integridad y del civismo.

Habiendo comprado un esclavo en 1816 por 300 pesos fuertes, paga escrupulosamente el 4% de la alcabala —impuesto sobre el valor añadido, como se dice ahora en Francia—. Y a partir de 1821 se niega a percibir los subsidios de su cargo para vivir exclusivamente de su modesto pecunio personal.

Parece sobre todo que a José Gaspar de Francia lo poseyó siempre una fiebre de construcción. Ha creado, erigido apenas Dictador Supremo, la institución de las Obras Públicas, con más de 2000 asalariados de todos los oficios. Pone en marcha planes audaces para modernizar y embellecer Asunción y otras ciudades del país. Construye el primer astillero del continente, las primeras carreteras pavimentadas, el primer telégrafo, y proyecta un ferrocarril que, llevado a cabo por su sucesor, será después del de Cuba en 1837, el primer ferrocarril del continente. Para reconstruir la capital promueve la primera calera del país, y también las «construcciones-cajas» para alojar de inmediato en cuartos baratos a los pobres de los edificios que había que demoler. Un trabajo enorme porque en unos cuantos años emerge Asunción de esas obras, acabada, aplanada, dividida en cuadras, con calles pavimentadas por primera vez, plazas, monumentos, con reconstrucciones como la del Cabildo que será más tarde la sede del Parlamento; la de la catedral, cuyo maderaje amenazaba con hundirse; se moderniza incluso el sistema de iluminación en la capital, del cual se ocupa el Estado, manteniendo un maestro lamparero, un farolero público y proporcionando 1500 candelas por noche, más de medio millón al año, que vendía al Estado una manera de manufactura a domicilio de las mujeres del pueblo. Al mismo tiempo se inspeccionan y reparan después de las lluvias los caminos provinciales, ensanchándolos y descombrándolos; se abren al uso público también los de los terratenientes. Se reconstruyen y renuevan las ciudades de Pilar de Ñeembucú, Villarrica, Belén, San Isidro, Concepción. En suma, mientras la colonia estaba hecha de adobe y lodo seco, la República con Francia se construye en mampostería. Aparecen también los primeros puentes de su historia sobre los ríos Las Hermanas, Mburicá caré y Montuoso. Se construyó para la defensa nacional, jamás descuidada por José Gaspar de Francia, la fortaleza de Olimpo, la de San Carlos de Apá, de Loreto, de San Miguel y otras. Todo esto sucedía en un país donde no se conocían mendigos ni ladrones.

«Qué hombre más cabal y resuelto», apunta Tomás Carlyle.

Desaparecieron de la administración pública la prevaricación, la holgazanería, la incapacidad. Y Arturo Bray dice: «Odia a los pícaros, a los golfos, a los haraganes.» En el Paraguay de Francia las casas, sin peligro, mantienen las puertas abiertas.

¿Y qué del aislamiento del Paraguay, entonces? Procede de la xenofobia de Francia, según la muy respetable Enciclopedia Larousse. Es verdad que fuera de Itapúa y Pilar de Ñeembucú —las dos vías del comercio al exterior—, el resto de las fronteras están cerradas, guarnecidas por patrullas, fortines y avanzadas que hacen imposible entrar y salir del país excepto por el Chaco, el tórrido y terrible Chaco, a riesgo de morir de hambre y de sed. Es cierto también que el correo proveniente del exterior es casi nulo, que se bloquea en el Paraguay a los extranjeros, algunas veces por muchos años, como le ocurrió al francés Aimé Bonpland, del cual hablaremos más adelante. Y hubo también suizos, ingleses, franceses y monjes españoles. El aislamiento del país entonces es antes que nada político, económico y después total, por último, dentro de los límites ya evocados. ¿Entonces se trata de un patrioterismo barato o de xenofobia? ¿No cabría preguntarse si quien aísla en realidad al Paraguay es el Supremo o sus revueltos e inquietantes vecinos?

Al país en esa época lo circundan las acciones y las luchas violentas de las facciones y de los caudillos del Plata, de la Banda Oriental, de Bolivia, hasta de Chile. Pero es frente al capitalismo británico que Francia extrema su vigilancia.

Inglaterra agita y saca partido de las contradicciones que oponen Buenos Aires a Montevideo y Buenos Aires al interior del país.

Hace del Portugal y su Brasil, así como de los latifundistas y saladeros del Plata, la rampa de lanzamiento de sus intereses.

Y también extrema su vigilancia ante los agentes franceses de los Borbones, que después de Jacques de Liniers (originario de Poitiers, llegado a Virrey de la Plata por haber reprimido en 1806 el ataque inglés contra Buenos Aires, y fusilado en 1811 por la Junta Patriótica al rebelarse contra la independencia, operando en ambos casos por cuenta de la política hispanoamericana de Napoleón), viajan mucho en torno al Paraguay, explorando los recursos explotables, esos enviados de los Borbones franceses.

Mantener al país a salvo de la agitación y de la anarquía de sus vecinos y de las ambiciones extranjeras, erigiendo incluso una especie de cordón sanitario y aplicando una obstinada política de no intervención, esa fue la preocupación dominante de José Gaspar de Francia.

Pero no tolera que a la Provincia del Paraguay la domine el unitarismo de la Plata; no se debe olvidar que el Supremo le propuso a Buenos Aires, antes que nadie, una Confederación.

Una Confederación de pueblos libres y soberanos,  se entiende.

No se debe olvidar tampoco que la doctrina de río libre fue la bandera de toda su vida; que quiso siempre comerciar con todos, Europa incluida. Precisamente esa política de apertura del Supremo no era favorecida por la estúpida política del Duque francés Armand Emanuel de Richelieu, la del Conde de Villéle y la del Vizconde Francois René de Chateaubriand. Estos dos últimos propusieron en 1823 la creación en América Latina de tres monarquías, en Lima, Buenos Aires y México. Ni tampoco se debe olvidar la doctrina de James Monroe, que contrariamente a lo que pensaron los liberales franceses de entonces, definía ya el patio trasero del imperialismo de los Estados Unidos.

«Estados extranjeros, gobiernos rapaces, ladrones insaciables de lo ajeno», denuncia el héroe de Augusto Roa Bastos. Y Hugo Campos, otro paraguayo de nuestros días, recuerda en 1970, pensando en su país entregado, que «en los tiempos de Francia y de los López nunca, jamás, las misiones militares extranjeras, los representantes de los monopolios capitalistas yanquis, le impusieron su voluntad a nuestros gobiernos». Aun cuando para el Supremo los Estados Unidos no eran todavía el peligro principal, se puede comprender la alusión.

Guardar las fronteras, enseñar al pueblo a defenderlas, mantener la seguridad de las carreteras y el respeto de las leyes, es la tarea que asume el dictador, excepción indudable a la época, que «no viene del ejército ni es el caudillo clásico de las montoneras gauchas del Plata, ni un bárbaro como Rosas, sino un hombre culto e instruido«, escribe Sarmiento. Tiene necesidad del ejército pero separa y hasta suprime de los estrados del poder a la casta militar. Nada de mariscales del imperio, pero tampoco generales y coroneles. Unos cuantos capitanes con soldadas muy bajas. En 1822 por ejemplo, 27 pesos fuertes el teniente, 20 el subteniente, 10 el sargento, 7 el cabo. En 1832, unos cuantos pesos más.

Nada de Escuela Militar. Los oficiales tienen que salir de las filas. En suma, un ejército del pueblo donde el reclutamiento no es obligatorio y permanece «unido al pueblo por la justa y santa causa jurada a la República», dice el Supremo. Otra tradición robespierista más. Un ejército de 3000 soldados de infantería, caballería, artillería, y un escuadrón de lanceros a partir de 1833. En los parques y arsenales, 15.000 fusiles y carabinas, 12.000 sables y lanzas, 1000 pistolas, 90 cañones de hierro o bronce.

Provisto de libros especializados que pertenecieron a su padre, un oficial de artillería, ilustrándose además con los relatos de Napoleón, José Gaspar de Francia se ocupa de todo.

Así del bienestar de sus soldados como de los partes de los Comandantes de las unidades y de la compra de armamentos. Y eso a precio de oro. Las más de las veces a traficantes aventureros, pues si Europa abastecía con armas a otros países de América Latina, no lo hacía con el Paraguay, porque el Paraguay concebía su defensa «por la guerra del pueblo y no por la de la Corte», como se lo pidiera Robespierre a la Convención.

El estudiante de teología leía a Voltaire. Lo sabemos con precisión por Manuel Belgrano, a quien sorprendió mucho con sus bromas a propósito del filósofo armador y del criado Cacambo del Tucumán, de la novela de Voltaire Cándido.

Y una vez que abandonó el Seminario de San Carlos, Francia no practica más el culto religioso. No se descubre tampoco ni ante la presencia de un sacerdote que lleva la comunión a un moribundo. Y cuando un jefe de un puesto fronterizo le pidió una imagen milagrosa, le respondió: «Para guardar las fronteras los mejores santos son las balas.»

A diferencia de Simón Bolívar, de Miranda, de San Martín, de Sucre y de los otros libertadores, Francia no fue masón. Las logias españolas primero y las portuguesas después (estas últimas creadas en general por el Mariscal Anthelme Junot, quien mandaba las tropas francesas en el Portugal), y las de Montpellier también, fueron creadas para contrarrestar, en franca obediencia al Gran Oriente de Francia, a las logias que seguían a las británicas.

El Supremo estaba al tanto de la orientación política y del origen social de estos masones: señores de la tierra y comerciantes ligados al extranjero por sus negocios, le sobraban razones para desconfiar de los masones monarquistas del Brasil o de los latifundistas y saladeros de Buenos Aires.

Su actitud frente a la Iglesia no procede de ningún modo de la influencia de éstos. La suya es la actitud de un hombre de Estado responsable.

¿Qué hacer —se preguntaba ya Albert Mathiez a propósito de Robespierre—, qué hacer para que una política a favor de los Sans Culotte no ofenda a sus creencias? Éste era el problema del Supremo. Conjugó con el respeto por las creencias religiosas y la libertad de cultos, un esfuerzo sostenido contra la influencia de la Iglesia. Bajo su régimen, es verdad, el Estado no dejó de darle fasto a las festividades religiosas. Multaba todas las ofensas a la religión, les pagaba el viático a los curas y hasta el vino de la misa, pero no admitía el clericalismo. Regulares o seculares, toda la gente de la Iglesia tenía que jurar fidelidad a la independencia de la República, la cual borra y abole la sumisión a Roma y a sus Visitadores. Las procesiones no se hacen sin autorización, excepto en las fiestas sonadas y, por otra parte, se reduce el número de feriados religiosos.

Se cierra el Seminario del Colegio San Carlos, los monasterios también, cuyos bienes fueron adjudicados al Estado.

Secularizados los religiosos, si lo deseaban, a condición de que no fueran ni españoles ni porteños. Y eso en un tiempo, recuérdese, cuando el hermano masón Simón Bolívar prohibía la masonería en Colombia y le escribía al Papa León XII una carta sumamente filial, asegurándole su determinación de mantener el catolicismo en esta República.

El publicista francés César Famil, emitiendo un juicio singularmente elogioso para la época sobre la obra económica, social y cultural del Supremo, escribe en 1834: «Sólo le falta a este hombre excepcional la superstición religiosa para que sea el Luis XI de la América.»

Pero la línea política de Francia es otra cosa. Es la que decía Robespierre a la Convención el 18 de Floreal de 1794:

«Fanáticos, no esperéis nada de nosotros; no contéis con nuestro trabajo para restaurar vuestro Imperio.»

¿Cuál es, luego, la obra cultural, puesto que la leyenda afirma que Francia descuidó e ignoró completamente la instrucción pública? Por el contrario, a él se debe que el Paraguay recién liberado impulse la escuela primaria, garantice un sueldo a los maestros (6 pesos fuertes y una vaca al mes para cada uno), otorgue gratuitamente las provisiones escolares, el material de enseñanza e incluso los trajes de los maestros. Hubo entonces 140 escuelas rurales para 5000 alumnos, en un país con menos, entonces, de 200.000 habitantes, con un promedio de 36 alumnos por clase. Oficialmente se enseña en español pero en realidad en guaraní, pues Francia, contrariamente al abate francés Gregoire en la Convención, no quiso «jamás desarraigar el dialecto», que así llamaba Gregoire a la lengua de Obregón y otros lenguajes regionales de hoy. Y Francia dejó que conservara su lengua materna el pueblo paraguayo.

La devoción que el Supremo experimentó siempre por los libros la deseaba para los otros. Y para comenzar, creó con 5000 volúmenes, en 1836, la primera biblioteca pública de la historia del Paraguay.

Tocaba guitarra, porque él mismo era músico. Al encargar a los mercaderes brasileños de Itapua una cantidad considerable de varios instrumentos llegados de Europa para las bandas y fanfarrias del Ejército, no olvidó agregar 5000 flautitas, una para cada alumno de las escuelas públicas, que tenían que aprender el solfeo y la teoría. Desde 1821 la escuela de jóvenes aprendices de música contaba con 80 alumnos, todos becados.

Por último, es ese «desalmado» del que hablan la mayoría de los historiadores, quien ordena personalmente a los comerciantes brasileños enormes cargamentos de juguetes para el día de Reyes, confeccionando una lista minuciosa: soldaditos de madera, muñecas de todas clases, animales de cartón, etc.

Y es también leyenda la represión así como el terror que la historia apunta en el pasivo del Supremo. ¿Cuál es la verdad de este personaje que casi todos los autores, sobre todo los paraguayos, llaman cruel, vindicativo, excesivamente despótico, torturado por rencores personales? Quizá sea necesario comprender, por ejemplo, que en 1820, mientras la masa del pueblo sostuvo el régimen del Supremo con una especie de veneración sagrada, la oposición que él tuvo que destruir para cumplir su obra era realmente termidoriana. Debe evitar el daño de quienes, con un lenguaje de auténticos emigrados franceses de Coblenza, lo llaman «el usurpador»: federalistas fieles a Buenos Aires, jefes militares excluidos en provecho de oscuros capitanes y modestos tenientes, curas y monjes despojados de su influencia económica y política seculares.

La conspiración de 1820 contra Francia, la de la juventud dorada de las 100 familias, había decidido asesinarlo un viernes santo. Esto coincidió con el momento en que Ramírez, el caudillo de Entre Ríos, después de haber traicionado a su jefe José Gervasio Artigas, decidió perseguido con 4000 hombres hasta en el territorio paraguayo. El complot fue descubierto, desbaratado, aplastado, 16 cabecillas fusilados, cerca de 300 personas presas. Se le confiscaron los bienes a los conjurados y se redobló la vigilancia.

Rubén Bareiro Saguier estima al respecto que el Supremo, y yo lo cito: «admirador de Rousseau y sobre todo de Robespierre, cimentó la autoridad de su régimen sobre la doctrina del interés público, lo que significaba sacrificar las libertades individuales por el bien y la defensa de la independencia nacional, amenazada por las ambiciones anexionistas de la Confederación argentina, la política equívoca del Brasil, el peligro español siempre latente y la penetración del imperialismo inglés, que se había establecido en los países vecinos.»

«Sacrificar las libertades individuales», es cierto. ¿Pero de quiénes? Cuando los enemigos de Francia lo acusan de «expoliar a los ricos para favorecer a los pobres», es decir, a la mayoría del pueblo, y «atacar las libertades», hablaban de las contribuciones impuestas a los españoles separados del servicio militar para defender el país, la demolición de los viejos edificios de los ricos para modernizar la capital, la carencia de una prensa privada ligada al extranjero.

En el Paraguay de Francia, descrito como una horrible prisión, se evoca siempre la represión brutal. Los autores, sin embargo, para 1821, dan unos 350 detenidos, el doble para 1839, y sus estimaciones no van más allá de 800, de los cuales menos de la mitad eran prisioneros políticos. Esto en un país con fronteras amenazadas constantemente y en donde, en consecuencia, era necesario asegurar con mayor vigilancia la seguridad interna. Los fusilamientos: no hay más casi a partir de 1821. En los 26 años de esta «dictadura insoportable», son 68 los fusilados, contando los asesinos y salteadores. Traigamos a cuenta lo dicho en 1920 por Albert Mathiez, refiriéndose al terror de Robespierre, a título de comparación. Él dice: «Hasta el 9 de Termidor, sólo el Tribunal Revolucionario de París pronunció 2500 sentencias, probablemente el doble los otros Tribunales Revolucionario.» Y Albert Mathiez, en el momento de su conferencia, agrega que las Cortes francesas de Casación ( la Corte Suprema) han rehabilitado en 1920 a 2700 soldados de la Primera Guerra Mundial fusilados por dar ejemplo únicamente, es decir, soldados inocentes.

En cuanto a Simón Bolívar, de quien nadie dice que fue sanguinario, mandó fusilar en La Guaira 870 prisioneros de guerra españoles, so pretexto de que en esa plaza no había más que una pequeña guarnición y un número muy grande de prisioneros. Y el mismo Bolívar en 1819 felicita a su teniente Santander por haber ejecutado igualmente a 39 oficiales españoles, «a fin de salvar la República».

A partir de 1830, una vez consolidada su autoridad y desalentado todo complot eventual, José Gaspar de Francia soltaba cada año un número considerable de presos políticos.

«Severidad pero no terror», dice de este régimen el historiador brasileño Ruy Barboza. Severidad para la salvación pública y la Patria en peligro.

Para ser más completo sobre el personaje y las ideas del Supremo, a fin de ubicarle mejor, haría falta compararlo con los otros grandes latinoamericanos de su tiempo. Hay aquí, sin duda, una investigación a realizar. Me limitaré a señalar, modestamente, los vínculos o la falta de vínculos de José Gaspar de Francia con tres personalidades de la independencia: Manual Belgrano, José Gervasio Artigas y Simón Bolívar.

¿Por qué esta selección aparentemente arbitraria? ¿Por qué la estimación de Francia por los dos primeros varía y no puede sino aborrecer al tercero?

A Manuel Belgrano lo conoció en 1811. El General porteño residió en Asunción varias semanas como Plenipotenciario de Buenos Aires, después de haber dirigido la desastrosa expedición auxiliadora derrotada por los paraguayos en Paraguari y en Tacuary. Francia no le quitó el ojo de encima durante toda su estancia y así nació una amistad que no dejó de crecer hasta la muerte de Belgrano en 1820. Ambos no dejan de escribirse largas y sinceras cartas durante toda la vida del último.

El Supremo sabe todo de su patriótico y progresista amigo.

Fundador de la enseñanza nacional, autor —corno jurista eminente— del proyecto de una Constitución democrática, promotor de la agricultura argentina, de la Marina, creador de escuelas, defensor de los derechos de los indios. Es un General que da ciudadanos buenos y virtuosos a la patria, mientras el General San Martín forma excelentes militares. No se trata de uno de esos «jacobinos a medias», que traicionarán el espíritu de la Revolución de Mayo. Se comprende el afecto casi fraternal que le profesa José Gaspar de Francia al saberlo tan identificado con su propio ideal.

Con José Gervasio Artigas la cosa es diferente. No quiso recibirlo nunca personalmente. No lo vio jamás. Cuando Artigas, el Protector de los Pueblos Libres, vencido, se refugia el 5 de septiembre de 1820 en el Paraguay, es un mal momento: seis meses después de la conspiración reaccionaria del viernes santo, de la que se cree tenga nexos con el extranjero. Francia recela de Artigas. Sin embargo, lo acoge con generosa hospitalidad. Le ofrece una residencia honorable y el sueldo de Capitán, antes de conferirle una finca donde este viejo campesino vivirá 30 años. Artigas muere a los 86 años, el 23 de septiembre de 1850, después de haber llorado la desaparición del Supremo. Pero en este caso también, peso a las reservas que guardó frente al exiliado político Artigas, Francia honró al viejo caudillo que incitó a su pueblo a la lucha, a su temple, sus éxitos y, sobre todo, al mérito de una reforma agraria antifeudal, a la construcción de escuelas públicas, a la manera de financiar jacobinamente la revolución popular, a su legislación democrática, a su integridad. No hay duda que la vida y el combate de José Gervasio Artigas a Francia le son próximos. Por ello, de un lado, reserva personal a causa de las amenazas del pasado, pero respeto y generosidad para el héroe vencido, el jacobino de la Banda Oriental.

Simón Bolívar, él es muy diferente. Para el Supremo no es más que el militar aristocrático y el glorioso estratega de las guerras de la independencia. Nada los acerca. Todo los distancia. Bolívar pertenece a una clase diferente. Su oportunismo de tipo girondino, su vida y la manera de gobernar, el haber hecho, por ejemplo, de sus generales ricos latifundistas, el haber entregado Colombia a la jerarquía romana de León XII, no podía inspirarle a Francia ninguna simpatía. Pero hay algo más grave. Bolívar sueña no sólo con la Federación de los Andes que se una al norte con México y la América Central dominada por Guatemala, con Cuba también, y Puerto Rico al este, al Río de la Plata al sur, sino que está dispuesto a desencadenar la guerra contra el Brasil, contra España misma «para liberar a sus pueblos», más exactamente para liberar al Paraguay de Francia, esa bestia, esa fiera, como le llama el Deán Funes, agente de Bolívar en Buenos Aires.

La liberación del francés Aimé Bonpland era el pretexto de Bolívar para invadir el Paraguay. Naturalista viajero, amigo de Alejandro de Humboldt, enviado a la Plata en 1817 utilizando la misma careta que los otros agentes de los Borbones, quienes solían establecerse también como comerciantes, gracias a Pedro Saguier que era el hombre de la red de los Borbones en Buenos Aires, Bonpland llegó fraudulentamente al Paraguay, fue bloqueado en el país y se convirtió durante años en un gran ganadero, agricultor e industrial rico, pero para el resto del mundo estaba encerrado en las húmedas lozas de una mazmorra, de modo que Bolívar, Humboldt y otros desencadenaron en su favor una clamorosa compaña mundial, extraordinaria para la época.

La verdad es que, como lo comprueban documentos dados al pie de nota por Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo (y existen otros documentos), Simón Bolívar realmente proyectó invadir el Paraguay por la ruta del Pilcomayo. Pero no para solicitar del Supremo únicamente la liberación de Bonpland, que no dejaba de escribir a sus amigos sobre su salud floreciente, sus facilidades en el país, sus logros financieros, su prosperidad. No, sino para derrocar a quien Bolívar consideraba un tirano odioso, porque era un revolucionario que él no comprendía, con concepciones diametralmente opuestas a las suyas.

Saben ustedes que el texto de la carta de Simón Bolívar a Francia existe; ha sido dado al pie de página por Roa Bastos y contiene cosas muy reveladoras. Por ejemplo, se dirige al Señor Dictador Supremo del Paraguay, pero en el texto de la carta dice que de ningún modo es posible causar perjuicios a «la Provincia» del Paraguay, y el Supremo no podía, evidentemente, aceptar que se trate de provincia al Paraguay, pues ya hacía años que era una República independiente.

Pero hubo una querella a propósito, entre periodistas o entre historiadores. En su carta al Supremo, Bolívar le dice que para conseguir la libertad de su queridísimo amigo Bonpland «yo sería capaz de marchar hasta el Paraguay y sólo por libertar al mejor de los hombres y al más célebre de los viajeros». Dice «y sólo por libertar…» La disputa entre los historiadores es «solo» con tilde o sin tilde. Porque es muy diferente, como ustedes lo entienden. En realidad, fue con tilde, pero no solito, y la prueba reside en la carta de Bolívar a Santander, que se encontraba entonces en Lima, y en la cual Bolívar le indicaba: «La mejor ruta para ir al Paraguay es la ruta del Pilcomayo». Así pues, las cosas son claras.

Amistad, entonces, con Manuel Belgrano; respeto y generosidad para José Gervasio Artigas; pero recelos patrióticos contra Simón Bolívar, lo que corresponde muy bien con las ideas y el carácter íntegro e intransigente del Supremo: director de la Revolución, como él lo pidió, para un país amenazado por los termidorianos.

Lo dicho por el historiador francés Jean Massin de Robespierre, conviene también a José Gaspar. Él dice: «Los termidorianos lograron imponer a una larga posteridad la pintura de la víctima que les convenía difundir. Una pintura, ¡no! Una máscara, hecha sólo con colores muertos. La obra maestra del asesinato póstumo.»

No me ha guiado aquí, en esta charla que acabo, ni la neutralidad ni un gran comedimiento. He querido propiciar la investigación, tratando de ser objetivo. Durante más de siglo y medio se han reiterado, haciendo caso omiso de sus orígenes dudosos y de las razones de clase, todas las calumnias, murmuraciones, falsedades insidiosas. Todo el cinismo de los infundíos de salón de Asunción, de los latifundistas, de los girondinos de la Plata y de más allá. Me parece que ahora nos conviene saber cuál es la verdad, mostrar cuáles son las raíces profundas de la impostura. Por esto no me halaga ser imparcial. Al contrario, tomo partido, para tratar de contrarrestar, aun cuando mi voz sea débil y no tan autorizada, el cúmulo de adulteraciones históricas que desfiguraron al Supremo, y con él a su pueblo.

Tengo que añadir que ese dictador, a diferencia de los tiranos de su época y de la nuestra, redacta un semanario que leen y comentan entre sí jueces y administradores, con una repercusión que llega a todos los rincones del país, para que el pueblo conozca y apoye su política y sus ideas.

Recibe en audiencia y escucha a los humildes en el Palacio presidencial. Sostiene, como Robespierre una vez más, que los únicos ciudadanos de la República son los republicanos, y que, como reza el catecismo patriótico, «quien no es patriota es la moneda falsa mezclada a la buena.»

El francés Dumersay (no un amigo del Supremo) escribía en 1862 que Francia «le había demostrado al pueblo cómo podía conquistar su independencia y, enseñándole el difícil arte de la disciplina, le había otorgado los medios para conservarla.»

Estos méritos no son bagatelas, pero como se trata de un personaje mal conocido o desconocido, quizás se juzguen aventuradas o poco convincentes mis referencias a Robespierre.

Saben que vamos a celebrar en Francia, dentro de cinco años, el bicentenario de la Revolución Francesa. Les hago notar al respecto que en la ciudad de París nunca hubo una calle o una avenida o una plaza Robespierre, ni Marat, ni Saint Just, lo que significa que la burguesía francesa siempre escoge a sus revolucionarios y no a los otros. Ocurrió igual en el caso del Supremo, supongo, con la historia oficial en el Paraguay y en otros países.

¿Por qué, entonces, insistirá tanto Augusto Roa Bastos sobre los enemigos termidorianos de su personaje, sino para que nadie se equivoque? Y aun cuando esta concepción del Supremo no como un «robespierista» sino de «el Robespierre de América», no cuenta con la adhesión de los historiadores, dado el estado actual de sus conocimientos, están obligados a mejorar la avalancha de ideas hechas y de juicios temerarios en que han sumergido a José Gaspar de Francia, porque han actuado en ese sentido todos los cómplices ideológicos de quienes en otros tiempos no titubearon en hacer desaparecer sus restos mortales.

La terminología heredada de la Revolución Francesa en los textos latinoamericanos no traduce siempre exactamente los fenómenos políticos semejantes. No obstante, cuando el Supremo vitupera a los «termidorianos», no combate únicamente a los enemigos de Robespierre, sino a todos los que —en el Paraguay así corno en Buenos Aires— traicionan los ideales revolucionarios y patrióticos. Y cuando él considera que su amigo platense Manuel Belgrano no es un «jacobino a medias» como algunos otros bonaerenses de la época, es para rendir homenaje a un revolucionario sincero y fiel a las ideas de su juventud.

Respuestas a algunas preguntas del público

—Yo pienso, efectivamente, que todas las calumnias y los infundíos extendidos por escritores, periodistas, diplomáticos que se encontraban en el Paraguay durante la dictadura de Francia, y en los años posteriores (como Washburn y Masterman) han contribuido a dar esas imágenes falsas del Dictador Supremo.

Eso llegó a todos los países de América Latina. Supongo, por ejemplo, que en la enseñanza de historia en la Argentina, en el Brasil, en el Uruguay de ahora, y sobre todo después de la guerra de la Triple Alianza, no se habla mucho del papel de unos y otros países. Y en el caso de Francia, lo trataron como se trata aquí a Robespierre, a Marat, a Saint Just, es decir, a los revolucionarios verdaderos, como lo he recordado. El compañero Carlos Rafael Rodríguez, de Cuba, comunista eminente y muy conocedor de las cosas de América Latina, puede constatar que el propio José Martí se equivocó, no sabiendo las cosas, sin información.

Incluso voy a ir más lejos. El desconocimiento va desapareciendo muy lentamente. Hace apenas 15 años, quizás 10 años, los cuatro investigadores soviéticos que he citado ya, se equivocaron también, diciendo en una revista soviética que la dictadura de Francia fue apoyada por el clero y los hacendados, por los latifundistas. Ellos han corregido después. Ellos han estudiado más profundamente y han rectificado su juicio, como lo he citado. Por eso no hay que extrañarse que un poeta chileno como Neruda no sepa más que la generalidad de la gente.

—El caso de Bonpland. He citado a dos franceses que tuvieron un papel en América Latina en esa época. El de Jacques de Liniers. Jacques de Liniers era un ex oficial de Napoleón I, que en Buenos Aires estaba encargado de dirigir a los espías de Napoleón —que tenía muchos en América Latina— porque Napoleón I tuvo una gran política latinoamericana. La cosa es un poco rara y quiero explicar. Napoleón había invadido España, destruido la potencia de la monarquía y su poderío colonial, su influencia en América Latina. Su sueño fue conquistar o recibir las colonias españolas para Francia. Y por eso encargó a sus espías y al Mariscal Junot de formar logias masónicas, de obediencia francesa, para combatir a las de obediencia inglesa o escocesa. Eso fue hecho. Y, por ejemplo, en Coimbra, en la Universidad de Coimbra, en Portugal, como en la Universidad francesa de Montpellier, hubo logias constituidas por el Mariscal Junot; en Montpellier por su esposa, la Duquesa de Abrantes. Y los hijos de estancieros portugueses que estudiaban en esas dos Universidades, de regreso a su país, difundieron las ideas de las logias francesas, constituyeron logias, y de ese modo poco a poco se extendió la masonería portuguesa allí, La masonería brasileña, de modo que el Regente Joao II fue Gran Maestro de la masonería en el Brasil.

Yo el Supremo también habla del otro personaje, Bonpland. Era un verdadero sabio, un naturalista, tenía muchas capacidad científica, había sido el amante de La Emperatriz Josefina, «la gran puta Josefina», como dice Roa Bastos, y después se le envió a América Latina y viajó mucho con Humboldt y otros y conoció a Simón Bolívar en París, en los salones de la aristocracia del Imperio parisino, entre los años 1803-1804. Después hizo grandes recorridos por América Latina, pero durante la dictadura del Supremo fue a Buenos Aires, donde permaneció bastante tiempo, y salió hacia el Paraguay ilegalmente. No fue detenido en una cárcel, sólo fue internado en una gran finca que se le regaló, en realidad, y donde quedó 8 años y vivió muy bien. Fue industrial, fue boticario. Tuvo una gran fama en el país, pero en Europa, incluso en las monarquías, la Academia de Ciencias Francesa, la Academia del Reino Unido, el Emperador de Hungría, todos se movilizaron. De Bonpland hicieron algo como otros hicieron hace unos cuantos anos por Soljenitzin, por ejemplo, o por Abouchar hace poco. Un ruido enorme. Y finalmente eso desembocó en la carta de Bolívar. Nada más.

—José Gaspar de Francia cerró el Colegio de Asunción. No fue más un colegio dirigido por los Dominicos. Había cambiado; se puede decir que fue un colegio libre, pero laico, lo que corresponde a las escuelas privadas de hoy por ejemplo, con programas conformes con el Ministerio de Educación, pero además, y para os alumnos que lo quisieran, con educación religiosa. Nada más.

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