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Infancias bajo los lapachos, de Alain Saint-Saëns

por
Infancias bajo los lapachos. Enfances sous les lapachos. Criterio Ediciones. Asunción, Paraguay, marzo de 2014. 108 páginas.

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En el prólogo, escrito por Leni Pane, se lee: «Infancias bajo los lapachos de Alain Saint-Saëns está compuesto de dieciséis poemas —en castellano y francés— que duelen. Duele el niño pequeño que en el día de lluvia mimetizado con el raudal es aplastado como una oruga en el asfalto. ¿Quién lo llora? Nadie. El poeta no lo dice. ¡Solo él lo llora en este poema!

Pequeño insecto dañino,

ha muerto de la calle el niño.

¿Y la niña que mendiga de día y es violada por su padre de noche en un horroroso e ignorante purgatorio, a lo cual espera que la muerte ponga fin? Ella duele también. ¿No le pasará lo mismo, vaticina el poeta, a la inocente niña que bebe una taza de leche desde la ventana, y que sin duda un día, algún borracho concupiscente violará y embarazará truncando así su juventud, convirtiéndola en madre pobre y soltera, con un hijo o una hija que continuará el modelo de pobreza en un círculo sin fin?

¿Qué borracho, a fin de celebrar,

crucificando su juventud,

le vendrá en dos a quebrar (…)?

La esperanza transciende en Nati que podrá ir a la escuela, porque la escuela —para este poeta-educador que es Alain Saint-Saëns— es un camino para salir de tanto oprobio, incluso el tétrico panorama del cura que dejó

Su fe zarandear,

púbera, su vientre redondear.

Duelen aún cuando el poeta centra su atención en su hijo y cuida su sueño. El poema nos lleva a velar con el padre junto a la cama de Zinedín bajo la luna naranja, mirando a la niñera que como en un cuadro renacentista duerme plácidamente con el niño pegado a sus espaldas, mientras éste sueña con los reyes magos.

La inocente fantasía del niño se dibuja en el poema en que el autor describe al niño colocando a un dinosaurio juguete en el pesebre familiar, y el poeta se deslumbra por la ciudad de Vitoria y anhela volver

A Zinedín mirar

en el agua correr.

Inocencia, sueños, agua, juguetes, padre y madre contrastan con la dura realidad de vida del niño y de la niña de la calle, o la de Jesús, el niño tetrapléjico con sida:

Sangre podrida, su lástima

no ve ni escucha

once años de lucha,

con su Dios de duelo.

Y eso es lo que duele. Zinedín el niño-hijo deberá enfrentar, alguna vez, esta realidad de su país que como la anaconda curiosa (su sociedad) digiere un perro perdido (perro-niño callejero) que simbolizaría la eliminación de la fe del niño, de la esperanza de un mundo mejor. El mundo de la calle es para esos niños un mundo cruel con lo cual Zinedín deberán vivir, convivir y mejorar para sobrevivirlo. Por eso el poeta nos cuenta que el niño pinta, pinta el futuro

De color y forma

su mundo se transforma. (…)

¿Al pie de qué día levantino

pasa alguien a ser diamantino?»

 

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