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Ida, baile y vuelta de una fiesta de disfraces en Areguá

Sábado 20 de octubre de 2012. La casa amarilla, Areguá. Electrofiesta de disfraces. Doppler psicodélico y los suyos vivieron esa aventura.

Chica con un cuchillo incrustado en la cabeza, Enfermera, Mary (la golfa), Pa’i Lugo y Mario Bros.

Chica con un cuchillo incrustado en la cabeza, Enfermera, Mary (la golfa), Pa’i Lugo y Mario Bros.

La fiesta de disfraces lo aguardaba. Le entusiasmaba la idea de salir de Asunción por una juerga de esas características. Sus amigos propusieron ir disfrazados del personaje preferido de cada uno. Entonces él decidió ir como él mismo. De quién más podría ir, se cuestionó frente a los demás, que sólo rieron… acostumbrados a su egolatría.

Llegó la noche aguardada. Todos se pusieron de acuerdo en encontrarse en el lugar de salida del ómnibus que los llevaría hasta la casa de la fiesta. El ególatra, debido a su irremediable puntualidad en una sociedad genéticamente impuntual, es el primero en llegar. Aguarda al resto, sentado, con una cerveza de compañía. Los amigos llegan de a poco: primero una pareja, luego otra y al final una chica. Uno de ellos le cuenta, con cierta cara de desesperación, que olvidó las entradas en su casa y, tras unas consultas y unos consejos, avisa que irá a buscarlas lo más rápido posible, pidiendo a los demás que expliquen la peculiar situación a los responsables del viaje para que, de ser necesario, lo aguarden.

Entre presentaciones de nombres y disfraces (Zorro, Zorra, Viuda, Niño y…), sorbos de cerveza y música de fondo tarareada por algunos, se fijan en quien viste con cierta normalidad y le preguntan de qué supuestamente está disfrazado. De mí mismo, responde, y a nadie satisface. Su remera es como el efecto Doppler, dice Viuda, y continúa: Y tiene algo de Sheldon Cooper. Sí, su remera es rara, es algo así como un código de barras psicodélico, agregan Zorro y Zorra. Niño sólo ríe, al igual que Doppler psicodélico, el nuevo nombre del personaje vestido de sí mismo. El amigo que salió en busca de sus entradas regresa con capa, sombrero y lentes negros. La salida es inminente. El responsable les avisa que sólo los aguardan a ellos. Se apresuran, pagan la cuenta y salen en busca del ómnibus con motor en marcha.

Apenas suben, el chofer pisa el acelerador e inicia la odisea. Los amigos no encuentran asientos libres y se ven obligados a viajar de pie, con la gente del fondo de vehículo. Sentados, en la última línea, se encuentran Mario Bros, Pa’i Lugo, Mary (la golfa), Enfermera y la chica con un cuchillo incrustado en la cabeza. En los asientos independientes están Sombrerero Loco y Tetas; y del otro lado, en los asientos pares, se ve a Caperucita Roja y Lobo, que la tiene abrazada… o agarrada. Más hacia el medio del ómnibus viajan Mia (de Pulp fiction) y Principito, entre otros. Los personajes del fondo se hacen sentir, como si reviviesen tiempos adolescentes, cantando cuantas palabras o versos se les viene a la cabeza y contestando «¡Seeexo!, ¡seeexo!, ¡seeexo!» cuando la gente del frente canta «¡Beeeso!, ¡beeeso!, ¡beeeso!» Doppler psicodélico sabe, al escucharlos y unirse al canto de respuesta, que está con los suyos, así como Zorro, quien también golpea con ganas el techo del vehículo, marcando el ritmo.

El ómnibus recorre las ciudades de Asunción, Luque y, luego de una parada no planificada para la necesaria adquisición de bebidas, llega a Areguá. Al bajar ven que el cielo brilla como si alguien desde arriba tomara unas fotografías con flash y saben que la lluvia caerá en cualquier momento. Caminan rápido, entregan sus entradas, e ingresan en La casa amarilla en el preciso instante del comienzo del fin del mundo. El lugar se ha quedado a ciegas desde hace unos minutos. La gente se resguarda bajo techo. La casa queda chica y el contacto humano es inevitable en cada centímetro cuadrado. Sin luz, sin música, sin espacio, la juerga aguardaba se transforma en algo que a pocos satisface. Unos percusionistas de olores fuertes y torsos desnudos hacen sonar sus bongos y ambientan la sala convertida en pista de baile. El pasillo, a su vez, se convierte en una avenida principal de tráfico incesante.

Doppler psicodélico es el primero del grupo en llegar a la casa, perdiéndose de los demás. Los busca con la mirada, recorriendo los diferentes espacios del lugar. No los encuentra. Va de nuevo a la pista y al rato ve la luz y escucha la música. La fiesta retoma sus colores y sonidos. La gente grita, baila, canta. Zorra pasa frente a la pista. Doppler psicodélico la ve y va hacia ella. En el pasillo se encuentran Zorro y Poetastro —uno de los amigos que había ido por su cuenta—, con latas de cerveza en mano. Beben, conversan, miran. La hermana de Zorra se acerca disfrazada de bruja. La noche está en sus inicios y promete ser un poco descontrolada.

Tras la adquisición de más cervezas y la fumata en el fondo de la casa, una policía se acerca a Bruja y la catea de arriba abajo, mientras los demás observan la escena, deseando también ser palpados lenta y sensualmente por la oficial de turno. Ese deseo se cumple. Doppler psicodélico es el siguiente, ante la mirada curiosa de varias personas. Zorro solicita su turno con los ojos y Zorra se lo niega también con los ojos. La oficial dice que respetará al novio, pero luego la novia le entrega el permiso correspondiente y Zorro, por vez primera desde hace más de dos años, es tocado por otra mujer, dejándolo tieso desde el contacto inicial.

Regresan a la pista. La música monótona llamada electrónica resuena en cada esquina. Doppler psicodélico recuerda las palabras de Noel («Íbamos a La Hacienda y sonaba una música que era una mierda indescriptible; pero luego te tomabas una E (éxtasis) y era como escuchar música clásica») y sabe que sólo debe embriagarse más para dejar su gusto musical a un lado —es decir, soltarse— y disfrutar de la madrugada con sus ingredientes. Bebe, observa y se mueve un poquito. Encuentra a Mago y Viuda. Zorro y Zorra retoman la fumata. El cigarro va de unos labios a otros, igual que el whisky en las rocas. El baile —ese movimiento absurdo que sólo se podría hacer en semejantes circunstancias— es general. Algunos simulan ser electrocutados perpetuamente, mientras otros se esmeran y hacen que sus manos viajen de arriba abajo y de un lado a otro. Mago quiere —primero con palabras, después a empujones— que Doppler psicodélico se acerque a Viuda, luego a una española y al final a Wonder Woman, quien apareció de la nada. No hay avances de ningún tipo. La timidez anacrónica aún no ahogada con alcohol y otras sustancias es declarada —a falta de ganas— culpable. Y el baile, en consecuencia, es grupal.

Las horas pasan. Los movimientos se mantienen. La sangre fluye. La humedad se siente en la piel. La música es igual. Los diferentes personajes cinéfilos, televisivos y literarios recorren la sala y el pasillo. Los Na’vi (de Avatar), los muñecos del triciclo de Saw y los Jocker (de Nolan, por supuesto) atraen la atención del resto. Zorro y Zorra se mandan mudar sin previo aviso. Mago, Viuda, Niño y Doppler psicodélico ven la hora y deciden retirarse, despidiéndose e incluso zafándose de algún que otro español poco contento con la despedida. Poetastro dice que se quedará… en busca de una aventura de cama. El ómnibus de regreso saldrá en unos minutos, comunican en el micrófono de la sala. En el punto de espera se reencuentran con Mario Bros, Pa’i Lugo, Mary (la golfa), Enfermera y la chica con un cuchillo incrustado en la cabeza. La lluvia no ha cesado y cae levemente, con gotas dispersas. Todos están mojados. Las chicas dicen que sienten frío. Los muchachos se hacen los desentendidos, menos Mago, que abraza a Mary y la cubre con su capa.

Están en el lugar indicado, en la calle, en espera del vehículo. Todos aguardan y se quejan del retraso. La lluvia, el viento y la ropa húmeda logran que más de uno desee la ducha tibia y la cama cómoda. Mago, Viuda y Doppler psicodélico van a la vereda del frente, alejándose de los demás, para resguardarse bajo un árbol. Niño se une a otro grupo. Mago dice que irá a buscar algo. Algunos minutos más tarde, mientras Doppler psicodélico cuenta a Viuda que al parecer Walter Ever estaba en la fiesta, ven al susodicho acercándose a paso lento hacia ellos, hasta recostarse en la muralla, a un par de metros de ambos. Conversan sobre la fiesta y la espera innecesaria. Él, vestido de su personaje femenino, se saca los zapatos con tacos más o menos altos y habla con voz suave. Los minutos pasan. La queja persiste. El vehículo aguardado no muestra señales de vida. Algunos regresan a la fiesta; otros peregrinan hacia el centro del pueblo. El amanecer se esconde tras las nubes grises. Y cuando nada parece mejorar, se escucha a lo lejos el motor del ómnibus, acercándose rápido. Al verlo, los pasajeros se disponen a subir apenas el conductor frena y los aguarda el tiempo justo para tener a todos a bordo. Doppler psicodélico llama a Mago, en vano. El celular está apagado. Quizá la desaparición sea su último acto de magia, se dice, mientras ve a Viuda sentarse, húmeda, con frío y sueño, y sabe, al sentir el movimiento del vehículo, que la prolongada noche en Areguá ha terminado y que la realidad de Asunción lo aguarda… con sus rutinas, pesares y bondades de ciudad capitalina.

Nota: esta crónica fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2012 en el periódico digital E’a (www.ea.com.py).

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