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Historia de Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos

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La Historia, que no es tal, sino una breve novela picaresca urdida sobre ciertos acontecimientos históricos, fue uno de los libros más utilizados en la polémica antijesuítica del siglo XVIII y constituye una curiosidad de la literatura extranjera sobre el Paraguay.

En la breve novela se  habla de las monedas acuñadas por Nicolás I. «Éstas debieron haber sido acuñadas por orden de Fray Jaime Mañalich», dicen los traductores al castellano y editores Arturo Nagy y Francisco Pérez—Maricévich.

En la breve novela se habla de las monedas acuñadas por Nicolás I. «Éstas debieron haber sido acuñadas por orden de Fray Jaime Mañalich», dicen los traductores y editores Arturo Nagy y Francisco Pérez—Maricévich.

Capítulo 1: Nacimiento de Nicolás Roubiouni

Nicolás Roubiouni nació en 1710 en una aldehuela de Andalucía llamada Taratos. Su padre, un viejo militar que hablaba frecuente­mente de las batallas y de los sitios en los que se había encontrado, se molestaba muy poco de la educación de sus hijos, de modo que se volvieron casi todos flagelo y tormento de su vejez. Nicolás trajo consigo al nacer, por añadi­dura, las inclinaciones más perversas y más corrompidas. Sin embargo, como los aconteci­mientos de su infancia no tienen nada que sea digno de la atención del lector, observaremos sólo que a la edad de dieciocho años, por haber querido asesinar a un ciudadano, fue obligado a abandonar su pueblo natal, llevándose de la casa paterna dos pistolas y un anillo de notable valor que había pertenecido a su madre.

Capítulo 2: Pillerías de Roubiouni

Roubiouni se refugió en Sevilla. Apenas llegado vendió el anillo y las pistolas que la necesidad había vuelto inútiles, ya que tenía que vivir y no tenía en esa ciudad conocido alguno. La poca plata que ese hurto doméstico le había procurado, no tardó en consumirse. Cuando se vio completamente sin recursos, comenzó a frecuentar los juegos públicos y las iglesias. ¿Quién creería que eso le dio para vivir casi cuatro años? Una cosa resultóle magnífica­mente: mientras en los cafés y en los juegos de pelota se comportaba desfachatadamente, en las iglesias era taimadamente hábil.

Mientras tanto, habiendo alcanzado la edad de veintidós años, Roubiouni, que tenía esbelto porte y un comportamiento modesto cuando se lo proponía, pensó que debía hacer algo. Se sintió nacido para la aristocracia porque él, notémoslo, siempre había tratado de vivir a su gusto y sin hacer nada. Entró pues, en casa de una beata como servidor. Esta beata, ya desde tiempo atrás, se había encariñado con él. Lo había visto a menudo en las iglesias y había sido conmovida por tanta piedad acompañada de tan espléndida y vigorosa juventud. Se supo después que una alcahueta se había mezclado en esta intriga y que ella había hecho nacer en Roubiouni el deseo de entrar al servicio de doña María della Cupiditá.

Capítulo 3: Roubiouni servidor

No habían pasado ocho días desde que Roubiouni era servidor, cuando ya se notaba que le iba muy bien en su nueva condición. No obedecía casi para nada las órdenes de doña María. Al contrario, tomaba un tono autoritario cuya causa no tardó en revelarse. La casa de la beata se transformó pronto en el lugar de cita de todos los amigos de Roubiouni. Él los convi­daba insolentemente a comer en casa de su patrona y, lo que es más, la señora della Cupiditá, lejos de encontrar malo este proceder, ordenaba a su cocinero que preparara lo que Medelino (ya que éste era su nuevo nombre) juzgara conve­niente pedir; que ella tenía sus razones; que ese joven no era lo que parecía; en una palabra, que ésta era su voluntad y que no toleraba contradicciones. Mientras tanto, la reputación de la buena señora sufrió un poco. La gente encontraba raro que una viuda de cuarenta años tuviese tanta caridad, y un servidor de veintidós o veintitrés años ejerciera tanto imperio sobre el ánimo de una beata. Por fin las cosas llegaron a tal extremo que en 1733 un hermano de doña María, coronel de un regimiento de caballería, fue obligado a ir a Sevilla para echar a este desgraciado y poner fin al escándalo.

Capítulo 4: Roubiouni arriero

Roubiouni, obligado a abandonar Sevilla, se refugió en un pueblo distante cuatro o cinco leguas. Esperaba día tras día que los granaderos volvieran a su regimiento, para que pudiese él retornar a casa de doña María, pero ésta murió dos o tres meses después del alejamiento de Nicolás, sea de despecho, sea de vergüenza por el ruido que había levantado su historia. Nuestro aventurero, no sabiendo qué partido tomar, unió­se a un campesino que tenía una tropa de veinte o treinta mulas y transportaba de una ciudad a la otra a veces grano, a veces género. Se hizo, pues, arriero, y no tardó en volverse el más inso­lente y descarado de cuantos se dedican a este oficio. Su mayor talento consistía en declamar ardorosamente contra todas las costumbres esta­blecidas y, como era por naturaleza despierto y vivo, persuadía muy fácilmente a los crédulos campesinos, que lo escuchaban como a un oráculo y aplaudían cuanto decía.

Un día dijo a sus compañeros que, en vez de pagar las gabelas, debían guardarse ese dinero para beber. La proposición fue recibida con ávido entusiasmo y, en pleno campo, decidieron armarse de palos, y que éstos serían la moneda con la cual pagarían a los aduaneros. Roubiouni fue elegido portavoz y designado para dar los primeros golpes si fuere necesario.

Cuando los arrieros llegaron a la puerta de Medina Sidonia, los aduaneros, según su costum­bre, pidieron los derechos debidos al rey. Uno de ellos se presentó para registrar las cargas. «Estás muerto», gritó Roubiouni, descargándole con su látigo un golpe en la cabeza. Y, en efecto, hizo saltar los sesos del infeliz empleado tendién­dolo muerto a sus pies. Otros dos aduaneros, testigos del asesinato, gritaron socorro y desenvainaron sus espadas. Inmediatamente los arrieros hicieron llover sobre ellos un diluvio de piedras. Los vidrios de la oficina fueron rotos; los registros desgarrados; la caja robada y los guardianes de la puerta obligados a huir.

Roubiouni y sus compañeros entraron triunfantes en la ciudad y se jactaban de haber abolido los impuestos. Su primera preocupación fue la de ir a gastar en la fonda la plata de la caja de impuestos. Apenas habían entrado, cuando escucharon que cinco o seis soldados a caballo habían sido mandados para arrestarlos a una legua de la ciudad, cuando retomaran el camino. Esta información desconcertó totalmente a nues­tros intrépidos arrieros que el jefe de la empresa, leyendo en sus rostros el terror que los dominaba, pensó que gente semejante podría muy bien abandonarlo en el peligro y que la cosa más segura era quitarse hábilmente de esa mala situación.

No dijo nada de esta secreta resolución a sus compañeros. Al contrario, diciéndoles que quince hombres podían vencer a seis, los tranquilizó y fingió que iba a comprar pistolas de bolsillo para que pudiesen, como decía él, afrontar al enemigo.

Salió, en efecto, mas para irse a casa de una vieja, conocida suya, que a menudo le había prestado disfraces bajo los cuales de vez en cuando había hecho excelentes golpes en los caminos reales: porque, cuando se encontraba sin trabajo con las mulas, sacaba pretextos para ir a Medina Sidonia y saquear a los viejeros. Escogió, pues, en casa de esta encubridora los hábitos de un monje franciscano, y bajo este nuevo ropaje tomó audazmente el camino donde sabía que estaban apostados los seis soldados a caballo. El brigadier, creyendo ver a un religioso, le preguntó si no había visto arrieros en la ruta. «Señor», respondió Roubiouni, «se dice que os han engañado y que esos malhechores tratan de llegar a Córdoba».

El brigadier, despistado por esta falsa noticia salió con su tropa a todo galope y se dice que galopó hasta esa ciudad. Roubiouni, viendo que este golpe de astucia le había salido tan bien, volvió prontamente a Medina Sidonia, informó a los arrieros de todo lo que había pasado, les aconsejó volver a sus casas, y, por su parte, recondujo las mulas a su patrón, de quien se despidió después de cobrar su sueldo. Antes que nada, tuvo mucho cuidado de recibir mil piastras de un mercader y se guardó bien de entregarlas a su dueño. Salió, pues, llevando consigo la estima y el dinero de Jaime Hurpinos, quien supo demasiado tarde que Nicolás Roubiouni, después de haber asesinado a un comisario, se había llevado lo más granado de su patrimonio.

Capítulo 4 (bis): Roubiouni en Málaga

Roubiouni hizo tantas diligencias que llegó a Málaga. Pese a que se creía seguro en esta ciudad, juzgó conveniente suprimir el famoso nombre de Roubiouni y hacerse llamar sólo Nicolás. Confundido en Málaga entre los extran­jeros que frecuentan esta ciudad y comercian en su puerto, vivió casi diez años no teniendo otros bienes que las mil piastras de Hurpinos y mucha industria. Sentía que sus finanzas bajaban de día en día; y fue, incluso, un prodigio que, habiéndose dedicado al juego, hubiese podido subsistir largo tiempo. Pero era hábil como hemos ya observado.

Sin embargo, encontrándose sin blancas, en 1743, resolvió frecuentar las iglesias nuevamente. Pero como era demasiado conocido en Málaga para hacerse pasar por hombre piadoso, le pare­ció bien cambiar de lugar. Corría de ciudad en ciudad y por fin se estableció en Zaragoza, donde los jesuitas tienen una bellísima casa.

Mas de nada le sirvió hacerse el santón en esta región, pues no encontró devotas, ni, menos aún, bolsas que cortar. Los aragoneses, como se dice, montan continuamente la guardia alrededor de su peculio y se cuenta también que los que tienen plata son tan espantadizos  que no puede uno acercarse a ellos a menos de cien pasos.

Roubiouni, viendo que el cielo  de Aragón era para él de hierro y de bronce y que le podía pasar muy bien que se muriese de hambre, determinó por fin, luego de dos años pasados en la más extrema indigencia, abrazar un estado sólido que le asegurara por lo menos el pan y el vestido. Estaba fatigado de la vida errante y vagabunda que llevaba desde hacía mucho tiempo. Y por añadidura, el asunto de Medina Sidonia le pesaba en el corazón y temía ser arrestado en cualquier momento. La vida de los salteadores de ese país, que él había leído en sus momentos de esparci­miento, le había conmovido Y como era hombre inteligente, juzgaba que viviendo como ellos podía terminar muy bien de la misma manera.

Estas reflexiones, fortificadas por la cruel necesidad que lo apremiaba, moviéronle a soli­citar su ingreso en alguna casa religiosa.

Capítulo 5: Nicolás se hace jesuita

Nicolás se presentó al rector de los jesuitas para entrar en la Compañía en calidad de hermano. Dijo que sabía cocinar y que además era fuerte y vigoroso y que lo podrían emplear en aquellos menesteres que juzgaran más apropiados. El rector, habiendo puesto al principio alguna dificultad con respecto a su edad, porque a la sazón Nicolás tenía treinta y nueve años, juzgó oportuno ponerlo a prueba por lo menos por tres meses. Concluido este lapso, el Padre rector, creyendo notar en él dulzura y modestia y, especialmente, mucha vocación para la orden, acabó por recibirlo y lo mandó al noviciado. Allí él se portó tan bien que juzgaron conveniente asegurarse para siempre a un sujeto tan bueno. Y como él solicitara pronunciar sus votos, nadie se opuso. Se lo mandó inmediata­mente a un colegio de la Compañía, donde se lo encargó de la despensa. Como tenía dinero en abundancia y como casi no se le pedía cuenta del uso que del mismo hacía, ya que tenía el semblante de un perfecto religioso, todas sus pasiones se reavivaron y él trató de satisfacerlas sin escrúpulos. Se cuidó sólo de salvar las apariencias. Como estaba obligado a comprar provisiones, se alejaba muy a menudo a doce o quince leguas de la ciudad, con el pretexto de buscar mercadería barata. Pasaba por muy ahorrativo y, a pesar de que gastara quizás más de mil escudos por año en sus placeres, todos estaban convencidos de que las finanzas de la Casa nunca habían sido tan bien administradas; tan cierto es que hombres por lo demás muy esclarecidos puedan ser engañados por un malhechor.

Capítulo 6: El hermano Nicolás se enamora perdidamente de una joven española

En sus varios viajes el hermano Nicolás tuvo la oportunidad de ver muchas veces a una joven de quince a diez y seis años, hija única de un rico comerciante establecido en Huesca. Ella se llamaba doña Victoria Fortieri. Una gran modes­tia se añadía a su rara belleza y como ella poseía, además, una dote muy considerable, era solicitada por los jóvenes de las mejores familias de la ciudad.

¿Quién creería que Roubiouni, el hermano Nicolás, habría osado alinearse con los pretendientes? De todos modos lo hizo y, lamentable­mente para la hermosa Victoria, con mucho éxito.

Hay que entrar en los detalles de esta intriga para hacer conocer a este personaje. El hermano Nicolás tomó en alquiler un departamento en la vecindad de doña Victoria. Antes que nada, empezó con mandarse hacer trajes hermosísimos y como no era conocido en esa ciudad, se mostró con el aspecto de un lego y trató de ser presentado al señor Fortieri. No tardó mucho en hacerse uno de los mejores amigos de este comerciante, engañado por la apariencia de probidad, dado que él mismo era un hombre perfectamente honrado.

El hermano Nicolás se hizo pasar por un noble de Andalucía que había vendido su brevet de coronel y alguna parte de su patrimonio, para vivir en paz y comodidad; él mismo insinuó que si hubiese encontrado en Huesca una persona que le convenía, se habría establecido de buena gana en Aragón, donde se sentía mucho mejor que en su país nativo.

De todas maneras como no podía ausentarse más de tres o cuatro días seguidos de su convento, se revestía en el tiempo fijado con los hábitos de San Ignacio y partía durante la noche de la ciudad donde vivía la fascinante Victoria. Conti­nuó este teje—maneje durante cerca de seis meses, y por fin produjo tantas cartas y tantos papeles de toda clase, que el señor Fortieri, que no profundizaba mucho las cosas, lo juzgó un excelente partido para su hija.

Capítulo 7: El hermano Nicolás se casa a la vista de toda una ciudad

Este infame seductor osó, pues, a pesar de sus votos, ordenar las publicaciones con el nombre de Conde de la Emmadés y casarse a la vista de toda una ciudad donde podía ser reconocido en cualquier momento.

Vivió con doña Victoria casi un año, es decir, hasta 1752, cuando sus superiores, habiendo sospechado algo equívoco en su conducta, juzga­ron oportuno enviarlo a cuarenta leguas de Zaragoza, como portero de un noviciado.

Este desplazamiento cayó como un rayo sobre el hermano Nicolás, que veía todos sus proyectos alterados. Porque a pesar de que inventaba eternamente asuntos apremiantes para disfrazar sus frecuentes y largas ausencias del lado de Victoria Fortieri, la veía de todos modos dos o tres veces por mes, y pasaba algunos días segui­dos con ella. Además se preocupaba de ofrecerle a costa de la Compañía, todo lo que ella precisaba. Se veía, pues, obligado a abandonarla para siem­pre, dejándola encinta de un varón, que ella dio a luz cinco meses y medio después de su partida.

El hermano Nicolás tenía sus temores de que este misterio se revelara, y que él no estaría seguro en España. En esta rara situación hubiera querido dejar para siempre su hábito y su patria, pero como sus manejos empezaron a trascender y él se encontraba sin dinero, porque no pudo llevar consigo la dote de la damisela Fortieri, solicitó poder acompañar a los misioneros que partían para las Américas. Se lo permitieron sin mayores dificultades, porque ya se había atraído la sospecha y porque se opinaba que esta era la medida adecuada para librarse de un mal sujeto. En la espera de la salida de los Reveren­dos Padres, se lo colocó por algunos meses en una Casa, donde no se le dio ningún empleo.

Capítulo 8: La revuelta del hermano Nicolás y otros hermanos jesuitas

Aconteció por este tiempo, es decir, al inicio del 1753, que los sacerdotes de la Compa­ñía pensaron que debían distinguirse de los hermanos legos dentro de sus mismas Casas. Les pareció muy simple practicar lo que se estaba acostumbrando en Francia y en otros numerosos países entre los jesuitas, es decir, hacer un reglamento que obligara a los hermanos legos a llevar sombrero constantemente.

Los hermanos, que eran numerosos en la casa en la cual se encontraba entonces el herma­no Nicolás, supieron algo de esta innovación. Inmediatamente hicieron una reunión tumultuosa y deliberaron para decidir lo conveniente en circunstancias tan delicadas y tan críticas. Los consejos sobre el partido a tomarse estaban divididos; finalmente el hermano Nicolás declaró que si se quería forzarlos a llevar el fatal som­brero, entonces era necesario probar a los superiores que los hermanos, a pesar de ser tales, no tenían menos autoridad en la Compañía que los sacerdotes y si se persistía en exigir una cosa tan poco razonable era necesario abandonar la Compañía e incendiar el convento.

Los hermanos, a pesar de su gran irritación, rechazaron esta proposición como demasiado violenta, buscaron convencer a los Padres de que las cosas debían quedar en su lugar y para llegar a eso, he aquí el expediente que imaginaron.

Todas las puertas de la casa fueron cerradas. El servicio usual fue interrumpido. Los hermanos no hacían pan ni cocinaban, de manera que los sacerdotes, viéndose reducidos al hambre, habrían corrido gran riesgo de pagar caro el privilegio exclusivo del birrete, si el Padre Rector, que era un hombre prudente y viendo que los espíritus se caldeaban, no hubiese prometido no cambiar nada hasta que el Reverendísimo Padre General se pronunciara sobre una materia tan grave y tan importante.

Capítulo 9: El hermano Nicolás se embarca para América

Mientras tanto, el señor Fortieri, que no había visto a su yerno desde hacía casi un año, se informaba por todas partes y escribía a todos sus amigos en todas las ciudades de España en procura de noticias.

Doña Fortieri, sobre todo, se encontraba en una inquietud mortal. No sabía a qué atribuir la ausencia de aquel que ella creía ser su esposo. Porque hay que observar que ese desalmado, aunque sumido en vicios groseros y en fallas sin nombre, supo fingir tan bien ante Victoria que ella creía encontrar en él sólo un esposo atento, fiel y complaciente.

El hermano Nicolás oyó hablar de su propia historia en Cádiz, donde los misioneros habían ido para embarcarse, y con todo que no era fácil descubrir que la cosa lo tocaba tan de cerca, sin embargo, concibió cierta inquietud y se sintió realmente a sus anchas cuando se vio en alta mar. La travesía fue agradable y los misioneros llega­ron a su destino luego de una navegación de tres meses y medio.

Capítulo 10: El hermano Nicolás llega a Buenos Aires

Desembarcaron en Buenos Aires, capi­tal del Río de la Plata. Hubo a la sazón en aquella ciudad ciertos movimientos que se calmaron difi­cultosamente. Habían sido ocasionados por un tratado firmado entre Madrid y Lisboa. El Rey Fidelísimo cedía al Rey Católico la isla de San Gabriel y la Corte de España entregaba en cambio algunas provincias cercanas al Brasil.

Estas circunstancias parecieron muy propicias al hermano Nicolás para realizar los horribles pro­yectos en que meditaba desde mucho tiempo atrás. Pero, como temía el poder de los jesuitas y con­siderara que podía ser arrestado lo mismo en Bue­nos Aires que en Madrid, ya que esta ciudad está muy bien gobernada, se disfrazó y con mucha presteza pasó a la nueva colonia llamada, con otro nombre, la isla de San Gabriel. Apenas lle­gado, poseído por sus maquinaciones, se preocupó únicamente de aprender el idioma indio.

Este es una jerigonza bárbara que, no estando sujeta a ningún principio, resulta, por consecuen­cia, muy difícil de captar. Pese a ello, al cabo de algunos meses, Nicolás sabía bastante de él como para hacerse entender por aquellos a quienes que­ría ganarse como partidarios. Se industrió, sobre todo, en conquistarlos distribuyendo a los prin­cipales de entre los indios aguardiente, del cual se había hecho gran provisión en Cádiz a nombre de los misioneros y que había introducido en se­creto a la isla de San Gabriel.

Capítulo 11: Revuelta de los indios

Nicolás empezó a insinuarse astutamente en sus ánimos y, como los naturales del país eran mucho más numerosos en la colonia que los por­tugueses, trató de despertar en el fondo de sus corazones esos sentimientos de odio que los euro­peos, por su inhumanidad, hacen nacer en ellos. Hizoles creer que se los inculparía del canje terri­torial y que, una vez bajo el dominio español, debían esperar la esclavitud y la muerte, porque, persuadidos los españoles de que los indios ha­bían ayudado a los portugueses, se proponían rea­lizar en ellos la venganza más atroz y capaz de mantenerlos, de ahora en adelante, en la obedien­cia y el deber.

Este tejido de imposturas presentado con apa­riencias de realidad a gente por naturaleza cré­dula y suspicaz, encendió en los corazones de los indios el más extraño furor. No podrían imagi­narse los horrores que éstos cometieron entonces en la desgraciada isla. Casi todos los portugueses fueron muertos. Nicolás juzgó necesario hacer caer sobre éstos los primeros golpes de los indios para volverlos irreconciliables con el resto de la nación. Se sabe suficientemente, sin que yo lo diga aquí, que nada puede compararse a la anti­patía que los indios sienten naturalmente hacia los españoles y portugueses. Pero hay que con­fesar que ella tiene su razón. ¿Quién ignora, en efecto, que los europeos, en la conquista del nue­vo mundo, establecieron su dominación inmo­lando a su furor millones de desgraciados salva­jes, cuyo único crimen fue haber combatido por la religión de sus padres y por la patria? Aque­llos a quienes se les perdonó la vida, fueron reducidos a esclavitud y confinados en las minas, donde la avaricia insaciable de sus nuevos amos les aplastaba a trabajos y maltratos. Es por eso que en el corazón de los indios escapados de los grillos de los vencedores nació ese odio implacable contra los europeos. Horrorizados por el espantoso espectáculo de los crímenes, desconoci­dos en el seno de la barbarie, no podían ser con­movidos por las proposiciones que, de vez en cuando, se les hacía para enseñarles las santas verdades de la religión. Ni siquiera pudo impre­sionarlos el ejemplo de las florecientes reducciones que los jesuitas establecieron en medio de las selvas y en los lugares más salvajes. Creían muy poco a sus congéneres cuando éstos les pin­taban la felicidad de que gozaban en estos nuevos establecimientos. Suspicaces hasta el exceso, desconfían de todo cuanto proviene de los extran­jeros. Siempre creen que se amenaza a su liber­tad y que se está estudiando la manera de armar­les trampas para reducirlos a servidumbre.

La desgracia de los indios cesaría, sin duda, pronto, si se ejecutaran las sabias ordenanzas de los reyes de España y Portugal. Pero el incon­veniente, casi inevitable en un país tan alejado de la Corte y de los ojos de los ministros, es que existe siempre gran número de autoridades subalternas que, para enriquecerse, no temen en cometer las más violentas injusticias.

No es que las intenciones de los jefes sean impuras, sino, como están compelidos a confiar, en muchos detalles menores, en gentes desposeí­das de buenas costumbres, probidad y humanidad, no pueden reprimir todos los desórdenes, de ma­nera que esos tiranuelos, con el pretexto de hacer observar la ley, mandan trabajar a los indios sin descanso ni medida. Es imposible describir los excesos a que llegan con respecto a esos desgra­ciados esclavos. Los encomenderos sueñan sólo con enriquecerse y, siendo poco delicados en cuanto a los medios de lograrlo, estiman a un hombre sólo en la medida en que contribuye, con su trabajo, a acrecentar sus fortunas. En conse­cuencia, no se cuidan de conservar a los indios porque, si éstos mueren, la pérdida es del rey. Es por eso por lo que la mayoría de los indios, abandonándose a la desesperación, buscan todos los medios imaginables para escaparse de los sub­terráneos en los cuales se los trata tan cruelmen­te. Si logran su propósito, se vuelven enemigos irreconciliables de los españoles y portugueses.

Frecuentemente se reúnen en grupos, y se arman de todo lo que el furor les pone al alcance de la mano, llevando la desolación, la violencia y la muerte hasta los propios establecimientos de sus antiguos amos.

Nicolás, viendo que sus crueles proyectos le iban saliendo mejor de lo que él mismo habría osado esperar, se adueñó del fuerte del Santo Sacramento y se fortificó en él con todo, el cui­dado imaginable. Confió el mando a un indio que le pareció apto para servirse de él. Debido a los delitos que éste había cometido en su presencia. Los individuos más audaces eran sus más pre­ciados confidentes. Eran los que él llamaba en idioma indio «los hijos del sol y de la libertad».

Capítulo 12: Los misionemos son expulsados de la isla de San Gabriel

Los misioneros, testigos de la espantosa masacre que hicieron los indios, se habían reti­rado a la iglesia principal de la isla y se desvela­ban en calmar con los argumentos más poderosos de la religión el terror y el espanto de aquellos que habían buscado la salvación al pie de los altares. Ellos estaban esperando la muerte, pero exhortaban a sus miserables compañeros de des­gracias.

Nicolás, conduciendo una tropa enfurecida, llega cerca de este templo augusto con el furor pintado en su rostro y la blasfemia en la boca y estando por entrar y al punto de mancharse, sin duda, con los más horribles sacrilegios, el Padre Mascarés, no escuchando otra cosa que el impulso de su celo y su caridad, salió a la puerta de la iglesia con el crucifijo en la mano y habló en éstos términos a esa horda de bárbaros y a su impío capitán: «Reconoced a vuestro Dios, a vuestros sacerdotes y temed sus venganzas».

Estas pocas palabras pronunciadas con aque­lla patética energía que sólo la religión puede inspirar, pararon de golpe a los bárbaros y pa­reció que los helaran de espanto.

Nicolás dióse cuenta y contestando altanera­mente al celoso misionero que nadie osara salir sin su orden, se retiró a un lugar vecino donde, habiendo puesto a sus soldados en orden de batalla, mandó decir a los jesuitas que comparecieran ante él para dar cuenta de su conducta.

Los padres fueron en procesión a la plaza. Pensaron que este acto religioso impresionaría a la mayor parte de esos indios, que eran casi todos cristianos, y que salvaría la vida de los que se presentasen en alguna forma bajo la salvaguardia de la religión.

Lo que habían previsto sucedió. Todos los que los seguían fueron salvados. Nicolás sola­mente amenazó a los misioneros con hacerles soportar los más grandes suplicios si se mezcla­ran directa o indirectamente en los acontecimien­tos. Habiendo juzgado que los sacerdotes eran muy numerosos, mandó la mayor parte a Buenos Aires. Estaba seguro que la revolución que había sido causada por él era conocida, de manera que, a su parecer, no arriesgaba nada mandándolos allá. En cuanto a los sacerdotes, que la astucia le hizo retener, encargó a unos indios de confianza para que velaran sobre la conducta de éstos y para que lo informaran exactamente de todo lo que estos religiosos hicieran o dijeran. Fue ser­vido más que bien, porque en diez y nueve días, con diversos pretextos, hizo morir veinticinco sacerdotes.

Capítulo 13: Nicolás se hace proclamar Rey del Paraguay

Nicolás, orgulloso de un éxito tan deslum­brante, osó arrogarse el nombre de Rey del Paraguay. Los indios, que se creían liberados para siempre de la dominación de los europeos, le die­ron el título con gran griterío y vivas demostra­ciones de alegría. En la misma ocasión se acu­ñaron varias medallas que han sido vistas con indignación en Europa.

La primera de esas medallas representa, de un lado, a Júpiter fulminando a los gigantes, y en el reverso se ve el busto de Nicolás Primero con estas palabras: «Nicolás I Rey del Paraguay».

La segunda medalla representa un combate sangriento con los atributos que caracterizan al furor y la venganza. En la orla se leen estas palabras: «La venganza pertenece a Dios y a sus en­viados».

Capítulo 14: Conquistas de Nicolás I

Animado por esta primera victoria y, más aún, por la atracción del botín, Nicolás soñaba con nuevas conquistas. Habría deseado mucho apoderarse de Buenos Aires, pero juzgándose demasiado débil para tal empresa, volvió sus armas contra las reducciones. Así se llaman los esta­blecimientos que los padres jesuitas han formado en medio de aquellos países bárbaros. Los padres, para realizar la magna obra que habían meditado, pusieron sus ojos primeramente en la provincia del Uruguay. Su proyecto era conquistar para Jesucristo tantos vastos territorios donde el ver­dadero Dios no tenía ningún adorador. Nada más grandioso ni más heroico que este proyecto digno del celo más apostólico, de ese celo, en una palabra, que sólo la religión puede inspirar y sos­tener en medio de los más grandes peligros.

La provincia del Uruguay, situada al oriente del Paraguay, está circundada de una cadena de montañas al pie de las cuales se ve una campiña fértil y riente, que un río, el cual ha dado su nombre a este país, baña en una extensión de unas doscientas cincuenta leguas. Los misioneros han establecido las primeras reducciones en las ori­llas encantadoras de este río.

Hoy en día hay más de treinta de estas reducciones, estando cada una de ellas compuesta de más de setecientos u ochocientos habitantes. Sólo a costa de penali­dades increíbles lograron los misioneros civilizar a esos miserables indios y enseñarles el cultivo de la tierra. Alcanzaron éxito, por fin, con tiempo, celo y paciencia; y hay reducciones que son me­jores que muchas ciudades europeas por el admi­rable orden que se observa, por la laboriosidad de sus habitantes, por la abundancia de las cosas necesarias para la vida y hasta por sus riquezas. Es cierto que no hay ahí personas que tengan tantas cosas superfluas, mientras que a otras faltan las cosas más necesarias para la vida. Las riquezas son reunidas para todos los indios en el mismo lugar: se trata de una clase de tesoro pú­blico del cual se sacan socorros para aquellos que se encuentran en la indigencia.

Nicolás dirigió su marcha hacía esa región. Cuando salió de la isla de San Gabriel tenía a sus órdenes unos cinco mil hombres, toda gente decidida y lista a cometer cualquier crimen. Pero apenas hizo unas cincuenta leguas de camino cuando una muchedumbre increíble de maleantes de todas las naciones, europeos e indios, vino a ofrecer sus servicios a tan digno jefe. Nicolás los recibió con distinción proporcionada a su au­dacia e intrepidez. Sin embargo, como se veía a la cabeza de casi diez y ocho mil hombres, pensó que tenía que dividir este ejército en dos cuerpos y costear en dos columnas el río Uruguay.

Un hombre, llamado Mario; a quien había conocido en España, parecióle capaz de comandar cinco mil hombres que separó del grueso del ejér­cito. Este había servido algún tiempo en su país como sargento y salió de España a causa de que, habiendo desertado más de una vez, estaba con­victo de muerte según la ley militar.

Hay que convenir en que fue una suerte para Nicolás el haber encontrado tal individuo en medio de los desiertos del Paraguay, porque, como él ignoraba en absoluto el arte de la guerra, sus indios, que no conocían las evoluciones militares, marchaban y combatían en desorden. Por eso Nicolás paró cerca de Santo Domingo, una reduc­ción muy considerable, que él arruinó entera­mente a fin de que Mario pudiese disciplinar a sus bárbaros y distribuirlos en compañías, ense­ñarles a ponerse en orden de batalla, a avanzar, a distinguir a sus oficiales y a estar atentos a las varias órdenes que se les daba y a ejecutarlas fielmente.

Mientras tanto, Nicolás, que aún no había sido hasta entonces más que un rey confundido en la muchedumbre, resolvió ornarse de acuerdo a su nueva dignidad. Se cubrió los hombros con un manto escarlata cuyos botones eran de cobre dorado. Tenía un ancho cinturón de seda verde ornado con numerosos pedacitos de vidrio, lo que es un gran ornamento en ese país A su costado pendía un ancho machete —que nunca fue man­chado sino con la sangre de su propia gente; porque cuando se lo ofende, él sabe hacerse jus­ticia de la manera más terrible—. Se cuentan ciento sesenta indios que él matara con su propia mano por no haber ejecutado correctamente sus órdenes, por falta de inteligencia. Escogió también guardias que lo escoltaban con un fausto ridículo en medio de los desiertos del Nuevo Mundo. Por añadidura se hacía llevar por esclavos y había gente que se disputaba el honor de ser elegida para un empleo tan noble. Un europeo precedía este cortejo pomposo con la espada en alto y amenazando de muerte a quienquiera que no obe­deciera al rey, su señor.

Se dice, no obstante, que en los días de batalla él se contenta con comandar, combatiendo por intermedio de sus generales. Sea razón polí­tica, sea cobardía, él ya no expone una cabeza tan preciosa como la suya a los peligros que son inse­parables de las expediciones militares. Es un monarca oriental que hace la guerra desde el fondo de su serrallo.

Capítulo 15: Combate entre Nicolás I y cuatro reducciones reunidas por el peligro

La marcha de este fabuloso rey provocó consternación en las reducciones. Los misioneros sabían lo que debían temer de una tropa de furiosos que anhelaban sólo sangre y matanzas. Estando la tempestad a punto de abatirse sobre ellos, los padres se reunieron y deliberaron sobre lo que tenían que hacer para conjurarla. Resolvieron presentarse ante Nicolás para tratar de obtener que no atacara a unos pobres indios que nunca lo habían ofendido, y que no se opondrían por nada a su paso.

Se delegaron a este efecto a ocho misioneros que se hicieron acompañar por cien robustos indios cargados de refrescos y con todo lo que había de gran valor en las reducciones. Cuando llegaron a la vista del campamento de Nicolás, dos de los misioneros avanzaron confiadamente y solicitaron hablar con el jefe.

Fueron conducidos a la tienda del Capitán de las guardias. Era éste un inglés que había cruzado los mares para poner distancia entre él y el cadalso. Después de haber hecho esperar por largo tiempo a los delegados, apareció por fin y recibió a los padres con insultante desdén. «Esta­ríais listos —les dijo en español— si osáseis resistir al más grande rey del mundo. Si él me hace caso os exterminará a todos». Uno de los padres quiso contestarle, diciendo que ellos jamás habían pre­tendido oponerse a Nicolás y que venían para suplicarle no los tratara como a esclavos, pero el capitán lo interrumpió brutalmente y ordenó que le siguieran.

Había una triple trinchera alrededor de la tienda de Nicolás: anchos fosos de una profun­didad asombrosa. Trescientos indios estaban apostados en el fondo de cada uno de esos fosos. En el centro de esta circunvalación había una tienda o edificio móvil. No se podía llegar a él sino por tres pasajes opuestos entre sí. Este bribón pensaba que debía tomar esas precaucio­nes por la seguridad de su persona y para inspirar respeto a los que lo hicieron rey. Los misioneros, finalmente, fueron introducidos en el aposento donde Nicolás concedía sus audiencias. Los reci­bió con aquel ridículo aparato de grandeza que un vil jefe de ladrones creyó oportuno apropiarse imitando mal el ceremonial de la Corte de España, donde nunca había conocido a nadie fuera de algunos sirvientes.

Los jesuitas quisieron conformarse con las costumbres del lugar en que se encontraban y, queriendo ganarse la voluntad de un bárbaro, que al orgullo español añadía la ferocidad de un salvaje, se acercaron a él respetuosamente, diciendo:

«Ilustre jefe de un pueblo libre: unos indios que son nuestros hermanos y que temen vuestra ira, nos han enviado para deciros que el Dios que nosotros adoramos protege a los que no cometen injusticias. ¿Quisiérais reducir a esclavitud a unos infelices que no poseen más riquezas que las que arrancaron a la tierra avara? Nosotros os traemos frutas que nuestras manos laboriosas han recogido en lugares donde antes no había sino cardos y serpientes. Ojalá os agradaran estos obsequios campestres y alejarais de nuestras cabezas las flechas de vuestros terribles guerreros. Las otras sotanas negras nos aseguran que vos sois nuestro hermano en Jesucristo y que no queréis nuestra ruina».

Nicolás respondió en pocas palabras: «Que las reducciones no se opongan a mi paso: vosotros seréis responsables de ello. Dios dará este país a los que saben combatir y vencer».

Nicolás afectaba este tono oriental siguiendo algunos malos libros que había leído mientras era portero en el Colegio Jesuita. Él creía que eso favorecía la dignidad del personaje que representaba. Sus contestaciones eran siempre misteriosas. Sin embargo, había cierta política en esta conducta y más arte de lo que uno podría suponer en semejante hombre.

Los misioneros volvieron a los suyos muy contentos porque les pareció que sus regalos habían sido bien recibidos. Los grandes de la corte de Nicolás parecían encantados con los centenares de cuchillos, tijeras y otras cosas semejantes que los jesuitas distribuyeron antes de retirarse. Pero los padres esperaban, más que nada, en la protección de una especie de primer ministro de Nicolás. Lo habían interesado regalándole un prendedor de plata, un par de hebillas del mismo metal y un magnífico cuchillo cuyo mango estaba trabajado con gusto.

Este visir de reciente hechura nunca había visto algo tan hermoso en el palacio ambulante de su señor. Prometió la paz a los jesuitas y se dice que habló mucho en su favor a Nicolás mostrándole los regalos que le habían hecho. Pero Nicolás, que sabía que este indio tenía mucho ascendiente sobre el ánimo de los salvajes, y temiendo que su ardor se enfriara, le dijo estas pocas palabras: «Cacique, te engañan. Las sotanas negras tienen piezas repletas de semejantes curiosidades. Vamos adonde viven y allí elegiremos.»

Non hos servatum munus in usus.

Apenas los jesuitas habían consolado a sus queridos indios cuando la alegría que difun­dieran entre ellos se convirtió prestamente en tristeza y luto. Llegaron de todas partes a las reducciones aquellos neófitos que, temiendo sorpresas, estaban corriendo constantemente la campaña. Ellos informaron que un ejército formi­dable avanzaba hacia las reducciones y que las crueldades ejecutadas por esos malvados eran increíbles. Dijeron que más de uno había sido devorado por esos antropófagos. En una palabra, contaron cosas harto capaces de atemorizar a un pueblo pusilánime, siempre susceptible de impresiones causadas por cuentos extraordinarios.

Los corregidores y los jesuitas tuvieron con­sejo de guerra y se resolvió reunir a todos los indios capaces de combatir, distribuirles armas y avanzar ordenadamente en el campo para cubrir las reducciones.

Pero, apenas se había hecho una legua, cuando se vio el ejército de Nicolás que marchaba al trote y en orden de batalla.

Los corregidores dispusieron sus tropas de la manera más ventajosa posible y mandaron un heraldo a Nicolás para preguntarle si traía paz o guerra. Pero apenas el enviado llegó al alcance de la vanguardia enemiga, un portugués lo mató de un tiro de fusil.

Como este acto salvaje fue cometido a la vista de los corregidores y de los jesuitas, ya no hubo duda de que debía lucharse con este enemigo tan feroz y sanguinario. Y así, apenas los dos ejércitos se encontraron y estuvieron al alcance de los mosquetes, un grupo de aventureros al mando del capitán de la guardia (del cual ya hemos hablado) se lanzó con furia contra las tropas de las reducciones. El choque fue rudo y pocos bárbaros escaparon a la espada de los neófitos. Es verdad, por otra parte, que los vencedores pagaron cara esta ventaja, porque perdieron casi seiscientos hombres de sus mejores tropas. Pero lo que para ellos fue más funesta que una derrota completa fue la muerte del cacique don Luis Marica. Este hombre valiente se había expuesto demasiado dando órdenes durante los primeros fuegos que recibió una flecha en la sien derecha y murió enseguida. Los soldados indios, a pesar de ser corajudos por naturaleza, viéndose sin general, se acobardaron completamente. Fue en este momento crítico cuando el grueso del ejército de Nicolás cargó sobre las tropas de las reducciones. Estas no ofrecieron casi resistencia y se desbandaron con gran gritería y lamentos, recomendándose a los rezos de los misioneros. Se hizo de ellos una matanza espantosa. Pero lo que pasó después en las reducciones, es digno de lágrimas eternas. ¡Sepultemos en el olvido más profundo las profa­naciones, los sacrilegios y los horrores de los cuales estos tristes lugares fueron testigos! Sólo queriendo avergonzar a la humanidad podríamos describirlos. Esos hechos fueron de tal manera abominables que los hurones o los caníbales de sangre fría se habrían estremecido de horror. Después de haber masacrado inhumanamente a todos los misioneros y a los habitantes de las cuatro reducciones que se habían reunido para repeler la desgracia común, Nicolás se lanzó como un torrente impetuoso sobre todas las poblaciones entre el Paraná y el Uruguay. Por todos lados realizó las mismas devastaciones y, desgraciadamente para esos pueblos desafortu­nados, Mario estaba secundando demasiado bien al infame maleante, a cuya suerte se había ligado.

El ruido de las victorias de Nicolás llegó hasta los mamelucos y estos pueblos despacharon una famosa embajada, invitándole a ir a San Pablo para establecer ahí la capital de su imperio.

No será un despropósito ofrecer una descrip­ción sumaria de esta ciudad y de las costumbres de sus habitantes.

La ciudad de San Pablo, que se llama también Paratininga, está situada más allá de Río de Janeiro y hacia el Cabo S. Vicente, en la extre­midad del Brasil. Fueron los portugueses quienes fundaron esta ciudad, pero, apenas establecidos, les pasó lo que ya había pasado a los antiguos romanos: no tenían mujeres. Se vieron, pues, obligados a tomarlas de entre los indios. De estos matrimonios curiosamente arreglados nacieron chicos con todos los defectos de sus madres y quizás también con los de sus padres sin tener ninguna de sus virtudes. La segunda generación tenía tanta mala fama que las ciudades vecinas se habrían creído deshonradas si hubiesen conti­nuado teniendo contactos con gente tan corrupta. Para dar más relieve al desprecio absoluto en que los tenían, les dieron el nombre de «mamelucos», bajo el cual éstos fueron conocidos.

Desde hace mucho tiempo, éstos se liberaron del yugo de Portugal y no obedecen más a los gobernadores enviados por el Rey Fidelísimo. Se había, pues, formado en esa ciudad una especie de república que tiene sus leyes y gobierno particulares.

Es oportuno señalar también que esta ciudad se formó como la antigua Roma con los deshechos de todas las naciones. Es el asilo de todos los que se han escapado de los suplicios debidos a sus crímenes o de los que buscan llevar impune­mente una vida licenciosa. Los negros fugitivos, los ladrones y los asesinos están seguros de ser bien recibidos.

La situación ventajosa de San Pablo y las fortificaciones que los habitantes erigieron han hecho perder a los reyes de Portugal la esperanza de doblegar a esta ciudad y hasta hoy si los mamelucos pagan al Rey Fidelísimo la quinta parte del oro que sacan de sus minas, se cuidan mucho de hacer saber que son independientes y que lo que dan es sólo un regalo que hacen al rey de Portugal para testimoniar el respeto que tienen por su sagrada persona.

Capítulo 16: Nicolás I reconocido Rey del Paraguay y Emperador de los mamelucos

No hay que sorprenderse de que los mame­lucos, asombrados por las brillantes conquistas de Nicolás, le ofrecieran la ciudad de San Pablo y la corona imperial. Estos pueblos, viviendo ellos mismos del pillaje, estuvieron asaz contentos de tomarse un jefe de gran crédito. Los enviados de San Pablo lo encontraron en Ciudad Real y le hicieron las ofertas más brillantes y más halagadoras. Nicolás se apresuró en ir a esa ciudad. Encargó a uno de sus grandes oficiales la construcción de carruajes en las orillas del Paraná y cargarlos con el inmenso botín que había embarcado en balsas o embarcaciones de transporte que se usan en ese país. En cuanto a él, salió a la cabeza de seis mil hombres elegidos e hizo su entrada en San Pablo el 16 de junio de 1754 con toda la pompa de un gran rey triunfante, después de haber terminado una guerra justa y legítima. Se dice que el 27 de julio siguiente fue coronado emperador de los mame­lucos en la principal iglesia de San Pablo (porque hay muchos religiosos en esa ciudad así como hay muy poca religión) y que todos los habitantes le prestaron juramento de fidelidad. Se sabe también que hace preparar un código de leyes apropiadas sin duda a las costumbres y al carácter del soberano y de los súbditos. Por lo demás, como no se saben más detalles sobre Nicolás I, y como se están esperando incesantemente nuevas informaciones, se publicará la continuación de esta historia cuando éstas sean recibidas.

FIN

Nota final de Arturo Nagy y Francisco Pérez—Maricévich

Por el año de 1767 las fuerzas antijesuí­ticas lograron arrancar del Rey de España, Carlos III, el decreto de expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios españoles. For­mando parte de estos dominios se encontraban las famosas y discutidas Misiones del Paraguay con sus florecientes reducciones a las cuales se atribuían grandes riquezas, no sólo en ganado y yerba mate, sino también en metales preciosos que los jesuitas, suponíase, extraían de sus minas ocultas. Sin embargo, no era la avidez de esas riquezas el motivo de la drástica medida, sino toda una constelación política europea adversa a los jesuitas. Esta constelación adversa tenía su correlato en la animadversión que los españoles y criollos del Paraguay sentían por los jesuitas de las Misiones, principalmente por razones de competencia económica, en la que, por su organi­zación, los jesuitas llevaban grande ventaja.

El decreto de expulsión no fue una provi­dencia aislada. Ya anteriormente los reyes de Portugal (1759) y de Francia (1762) habían ordenado el extrañamiento de la Compañía de sus respectivos países. El decreto de Carlos III fue preparado por una larga y vehemente polé­mica que derivó también en libelos y panfletos, en su mayoría apasionadamente tendenciosos. Entre estos libelos ocupa un lugar extremada­mente curioso el breve libro que lleva el título de Nicolás I, Rey del Paraguay y Emperador de los mamelucos.

El libro vio la luz en 1756, es decir, «en los tiempos álgidos de la polémica en torno de las Misiones del Paraguay», y fue publicado en francés en algún lugar de Europa (probablemen­te Holanda; según otros, Alemania o Suiza), a pesar de la falsa indicación de San Pablo del Brasil, como lugar de edición[1]. El libelo ha merecido algunas reediciones y traducciones que, a veces, presentan adiciones o variantes con respecto al contenido original, sin que éstas alteren mayormente el carácter de aquél.

Esta fábula, fruto de una torcida imaginación pre—romántica, es, por su forma, una suerte de novela picaresca y, por su contenido, una sarcás­tica burla a los jesuitas e, incluso, a los propios españoles, con algunas mordaces alusiones a la nobleza, lo que indica en el anónimo autor una actitud enciclopedista. Su desaforado argumento se vincula con la guerra guaranítica de los Siete Pueblos originada por el Tratado de Límites entre España y Portugal de 1750. La llamada guerra guaranítica fue un triste episodio de la historia sudamericana. Para desalojar a los portugueses establecidos en la Colonia del Sacramento, el rey de España cedió en trueque los siete pueblos de la región adyacente al río Uruguay, con casi treinta mil indios y una superficie dos veces superior al del propio Portugal. Los bienes de los siete pueblos fueron avaluados por el Provin­cial del Paraguay en unos cuatro millones de pesos, mientras otros cálculos cuadruplican esta suma. El importe que los treinta mil indios recibi­rían en cambio, en concepto de resarcimiento y de gastos de traslado, fue fijado en la irrisoria cantidad de veintiocho mil pesos, es decir, menos de un peso per cápita[2].

Los caciques de los siete pueblos afectados por el tratado escribieron conmovedoras cartas al Gobernador de Buenos Aires, don José de Andonáegui, con la esperanza de que éste influ­yera en el ánimo del monarca para revocar el tratado. Entre las cartas se encuentra la enviada el 20 de julio de 1753 por el corregidor del pueblo de La Concepción, llamado Nicolás Ñeenguirú, el cual en su carta, decía al Gober­nador, entre otras cosas: «Nosotros nunca hemos errado contra nuestro Rey, ni contra tí, Señor; sábelo ya. Con todo nuestro corazón hemos reconocido sus mandatos, siempre los hemos cumplido muy bien; por su amor hemos dado nuestros bienes, nuestros animales, aún nuestra vida. Por esto no podemos creer que nuestro Rey nos pague ahora nuestro buen corazón con mandarnos que dejemos nuestras tierras»[3].

Pero dado que ninguna de las cartas tuvo el deseado efecto, los indios ofrecieron resistencia. Estaban comandados por los respectivos caciques o corregidores de cada pueblo, sin que existiera un mando superior que unificara las fuerzas, a pesar de que, según algunos, había sido elegido Nicolás Ñeenguirú capitán general[4]. Sea como fuere, la guerra acabó con una masacre de más de mil quinientos indios realizada por las tropas conjuntas de España y Portugal.

Sobre este cañamazo histórico, primero las gacetas y después el libelo tejieron, con diseños distintos, la leyenda de Nicolás. Para las gacetas, el rey Nicolás era un jesuita (acaso el propio Provincial del Paraguay), elevado al trono por sus compañeros, mientras el Nicolás del libelo es simplemente hermano lego y no es el rey sino el destructor de las reducciones.

Ya en el número del 25 de noviembre de 1755 de la Gazette d’Amsterdam se lee un des­pacho de Madrid de fecha 4 de noviembre que dice: «Algunas personas de la Corte tienen en sus manos numerosas monedas venidas del Para­guay y mandadas acuñar por Nicolás I Rey del Paraguay. Este nuevo monarca es un jesuita que sus cofrades han puesto en el trono y quien seguidamente los echó del país. Nadie ignora que el Paraguay es una rica zona de la América del Sur, y que pertenece a España. El audaz proceder del rey jesuita y de los que han puesto la corona en su cabeza ha llenado nuestra Corte de asombro e indignación». Estas noticias acerca de las monedas y de las acciones bélicas de Nicolás I, se mencionan también en otras gacetas de la época, como, por ejemplo, entre otros, el Mercure Historique et Politique del mes de diciembre de 1755, publicado en La Haya. El Mercure especifica que se trata de monedas de oro y de plata en las cuales «este jesuita está representado con todos los atributos de la realeza con el título de Nicolás I rey del Paraguay, del Uruguay, etc.»

Esta primera noticia, sin duda sorprendente, se sostuvo escasamente dos meses y, para algunas inteligencias tan lúcidas como la de Voltaire, ni siquiera un momento. Voltaire, en cuatro de sus cartas escritas en el lapso de seis meses (15 de octubre de 1755 — 12 de abril de 1756), se refirió brevemente a la cuestión de Nicolás. En la última de ellas, dirigida a la Condesa de Lutzel­bourg  (Luxemburgo), niega la existencia del rey Nicolás, pero no pierde la oportunidad de hacer deslizar al mismo tiempo la afirmación de que los jesuitas son los verdaderos reyes en el Paraguay[5]. La misma Gazette d’Amsterdam el 20 de enero de 1756, con toda honestidad des­miente su afirmación anterior, diciendo que la historia del rey jesuita «corre ya sólo en boca del populacho», admitiendo, en la existencia de las monedas, sin embargo, un posible asidero a la superchería[6].

También el libelo habla de las monedas. Estas debieron haber sido acuñadas por orden de Fray Jaime Mañalich, «religioso dominico, procurador general de la Provincia de San Hipólito mártir de Oaxaca, Orden de Predicadores», como resulta de un memorial dirigido al Rey, en fecha 24 de marzo de 1760, por José Ignacio Fernández de Córdoba, «natural de Nueva España, vecino de Madrid», quien fuera factor comercial de dicho fraile dominico y quien delató al religioso «de diferentes calumnias y papeles sediciosos hechos por él y sus secuaces contra la sagrada religión de la Compañía de Jesús con el motivo de haberle detenido y puesto preso en Toledo, denuncián­dole sobre la paga de cierta porción de dinero, que decía Fray Jaime deberle, procedido de su comercio y factoría»[7].

En el memorial se afirma que Fray Jaime trajo las monedas de Italia y que hizo acuñar otra cantidad, posiblemente en Barcelona o en algún otro lugar de Cataluña, habiendo sido presentadas algunas de esas monedas a la Secre­taría de Gracia y Justicia el 14 de abril de 1760. El citado Fray Jaime Mañalich, por cuestiones de celo apostólico, habría difundido también la noticia de que los jesuitas estaban preparando en México la misma rebelión que en el Paraguay, hacía publicar libelos contra los jesuitas y en una carta afirmó «que un jesuita había dado un fusillazo a Don Pedro Cevallos». Como las prime­ras noticias del Rey Nicolás están íntimamente vinculadas a la existencia de las monedas, no es temerario suponer que el autor de la superchería fuese asimismo el infatigable Fray Jaime, cuya fantasía debió haber sido, sin duda, más que exuberante.

Disipada la figura del jesuita rey por las mismas gacetas que la difundieron, el personaje debió continuar su vida en la imaginación popular. Fue en ese momento cuando un hábil mistificador presentó su versión de la figura y andanzas del fabuloso rey. Esta versión despoja a Nicolás de su condición de jesuita profeso y, haciéndolo simple hermano lego, da un tinte filosófico a su cuento. Cuento filosófico es el término que usa Maxime Haubert, joven espe­cialista belga en asuntos jesuíticos del Paraguay, para calificar el carácter del libelo, que, en su opinión, quiso demostrar «que la alianza de la ambición como móvil y del fanatismo como medio puede dar tanto lo mejor como lo peor». Según el mismo especialista, el libelo quiso presentar a los jesuitas castigados por un mal­hechor, educado por ellos mismos, tan ambicioso y fanático como ellos y que ni siquiera tenía el freno de los escrúpulos religiosos[8].

Esta interpretación, tan correcta, es posible­mente sólo un aspecto, importantísimo por supuesto, de la cuestión. Quizás no sea arries­gado suponer que el anónimo autor del libelo tuviera también otras intenciones de carácter puramente pre—revolucionario. En último análisis, su Nicolás tiene de jesuita solamente un tenue barniz superficial y, en fin de cuentas, no es otra cosa que un plebeyo —delincuente y asesino, si se quiere, pero un plebeyo— que llega por sus propios medios a destruir la más fuerte rama de la más poderosa y más perfecta organización de la época.

Como es natural, los jesuitas enfrentaron desde el primer momento todas las afirmaciones acerca de Nicolás[9].

Sin embargo, es suma­mente curioso observar la coincidencia de los jesuitas en la argumentación, la cual, inevitablemente, se centra en la figura del corregidor Nicolás Ñeenguirú, indio violinista de La Concepción, a quien tratan con cierta irrisión y mofa. De este modo surge el tercer Nicolás, el único con realidad histórica concreta, pero que no tiene absolutamente nada que ver con el Nicolás de las gacetas ni con el del libelo. Por otra parte, no deja de ser curiosa la exagerada importancia que los padres concedieron a la fábula y el afanoso empeño que pusieron en desbaratarla.

Uno de los opositores más ahincados fue el Padre Dobrizhoffer quien, en su Historia de tos Abipones[10] dedicó un amplio espacio a destruir la leyenda y afirmó que ella no fue otra cosa que un invento portugués, ya que con la expulsión de los jesuitas —firmes apoyos del poderío español en los territorios de las Misiones— se abrirían grandes posibilidades para la expansión, no sólo territorial, sino de riquezas, de los portugueses. El Padre Dobrizhoffer, que conocía personalmente a Nicolás Ñeenguirú, cuenta que los padres, al conocer las leyendas que se levan­taban sobre Nicolás, reían de muy buena gana, viendo al héroe de tan fantásticas historias. Al mismo tiempo que en Europa circulaban las noticias más estrafalarias, el Padre Dobrizhoffer encontraba cotidianamente a Nicolás Ñeenguirú en la reducción, conduciendo bueyes al matadero o cortando leña, si no platicaba con él sobre cuestiones de música en la que Nicolás se interesaba sobremanera, siendo como era excelente músico y andaba, por esos tiempos, requiriendo al padre algunas partituras que pudiera interpre­tar en su violín. El Padre Dobrizhoffer, para rebatir la figura caudillesca de Nicolás, aduce que, luego de la entrega de los siete pueblos a los portugueses, Andonáegui recibió cortésmente a Nicolás y no sólo lo trató con benevolencia sino lo confirmó en su cargo de corregidor. Si Nicolás, dice el Padre, hubiera sido el personaje que presentan, hubiera recibido la pena capital luego de pasar por crueles torturas, pues no se le hubiese tolerado el delito de haber combatido la autoridad del Rey en esas tierras.

Sobre el origen de la fábula, el Padre Dobriz­hoffer adelantó la suposición de que bien pudo basarse en un malentendido lingüístico. Como los indios llamaban a sus caciques y corregidores «Ñanderubichá» y Nicolás Ñeenguirú era sin duda uno de ellos, una mala comprensión del término guaraní por parte de los españoles había dado nacimiento a la creencia del Rey Nicolás. A este respecto es curioso notar que, según el Padre Dobrizhoffer, los criollos de Asunción y Corrientes hablaban un idioma caprichosamente compuesto de español y guaraní, sin que conocie­ran ninguno de los dos a fondo[11]. Insinúa también el Padre Dobrizhoffer que la fábula del hermano Nicolás pudo originarse en una inocente tertulia de españoles quienes, en medio de la charla, habrían lanzado, sin ninguna base real —y con la fantasía que caracteriza a los estrategas de café—, la idea de que los jesuitas debían armar un ejército de indios bajo el mando del hermano José Fernández, antiguo lugarteniente de los dragones del Rey. Esta ocurrencia de tertulia, en conexión con las remotas y deformadas noticias de los acontecimientos que se desarrollaban en los siete pueblos, debió expandirse hinchándose monstruosamente hasta dar pie al libelo[12].

El Padre José Cardiel, por su parte, dice no saber «que de otra causa haya nacido» la fábula de Nicolás que la insistencia de los soldados españoles en preguntar a los indios, después de la derrota de éstos, «por el que se había levan­tado por Rey: y el indio comúnmente dice aquello que quiere el español que le digan; porque como son de genio aniñado, se les da muy poco el mentir: y como el dicho Nicolás tenía fama y algún séquito, les dirían que éste era el Rey. Esta gente baja lo diría a los capitanes y otros oficia­les, que decían los prisioneros que había un Rey llamado Nicolás Ñeenguirú, y éstos lo escribirían a España»[13].

En sus memorias, comenzadas en la misión de los Mbocovíes y terminadas luego, en su destierro, en Austria, el Padre Florián Paucke se encara con la fábula de Nicolás expuesta en el libelo y se divierte reduciendo al ridículo algunos hechos presentados en él[14]. Así, por ejemplo, dice que la isla de San Gabriel —en donde el rey Nicolás del panfleto había reclutado a cinco mil indios— era apenas un peñón de doscientos pasos de circunferencia con un puesto de guardia ocupado por seis soldados portugue­ses. Declara también que, en base a todos los reglamentos vigentes, habría sido completamente imposible introducir de contrabando aguardiente en grandes cantidades y llevárselo a los indios. Sin embargo, el argumento capital del Padre Paucke consiste en pulverizar la afirmación del libelo de que Nicolás habría llegado con un grupo de misioneros al Río de la Plata en 1753, contraponiéndole el hecho de que entre los años que van del 1749 a 1759 no llegó al Paraguay ningún jesuita.

Pero no sólo para los jesuitas el libelo anóni­mo era una mera fábula tendenciosa, sino también para la mayor parte de los intelectuales europeos. El escritor inglés Southey, autor del poema A tale of Paraguay, en su historia del Brasil, dice que el panfleto fue obra de un ignorante estafador, que esperaba hacer dinero con el libro que no contiene una sílaba de verdad[15]. Eberhard Gothein, autor de un conocido tratado sobre el Estado social—cristiano en el Paraguay, opinaba que el libelo sobre el rey Nicolás «no era otra cosa sino una estúpida historia de bandidos, al gusto del siglo anterior (XVIII)»[16].

Poco tiempo después de esta afirmación apa­reció en la Revista del Paraguay una traducción anónima y, lamentablemente, no muy correcta en algunos puntos, del famoso libelo[17]. La traduc­ción estaba precedida de una introducción clara­mente antijesuítica y que, al intentar ser irónica, desbordaba en lo decididamente vulgar e indeco­roso, como en el caso del cambio del lema de la Compañía Ad majorem gloriam Dei[18] en el ignominioso Ad majorem gloriam bolsiqui nostri, etc. De la manera más ingenua, el traductor aceptaba al parecer a pie juntillas la existencia real de Nicolás I, quien, según él, «tuvo la suerte de pelear contra sus mismos colegas, pues sabido es que los jesuitas personalmente se pusieron como capitanes y coroneles al frente de los indios de las misiones, hasta rechazar a los mamelucos después de dar batallas sangrientas como las de Mbore»[19].

Las afirmaciones despectivas tanto como los, por desgracia, torpísimos argumentos de la intro­ducción merecieron la repulsa de Juan A. Pradére en estos términos: «Jamás hemos visto en traba­jos de esa índole nada que revele menos fidelidad, ni mayor ofuscamiento»[20]. Juan A. Pradére, también traductor del libelo, manifestó en su introducción un noble pathos indigenista y en cuanto a la génesis de la obra, expresó que «las hazañas del cacique Nanguirú llegarían a Europa enormemente abultadas y algún necesitado apro­vechando el rico filón que se le presentaba de corresponder a la curiosidad del público escribió ese libro cuya venta tenía asegurada por el solo hecho de anunciarlo con el título que llevaba»[21].

No cabe ninguna duda de que el Rey Nicolás y su historia constituyen una de las más curiosas y desconcertantes adulteraciones de la realidad histórica. A la distancia de dos siglos contemplar la sorprendente trayectoria que describió en los espíritus —como objeto de ingenua credulidad en las gentes; y como argumento político sutilmente esgrimido al amparo de la densa atmósfera polí­tica antijesuítica de la época— divierte al mismo tiempo que mueve a la reflexión. Mientras, por una parte, asombra el ahincado tesón de los jesuitas en combatir a la fantasmal figura —y que ellos sabían que era tal—; por otra, divierte comprobar hasta qué punto pudieron noticias no suficientemente comprobadas posesionarse tan vivamente del espíritu de vastos sectores del público europeo. A este respecto, con penetrante lucidez, observó ya el Padre Dobrizhoffer: «Mu­chas veces me maravillo y casi no puedo convencerme, de que en nuestra época, que pretende ser tan iluminada, haya habido tanta gente, aún de categoría, que al modo de chiquillos que se nutren con los cuentos de hadas de sus ayas y extienden alegremente las manos para tomar cualquier sonaja o juguete, ha devorado tan ávi­damente como una historia digna de fe esta fábula tan torpemente inventada del hermano lego rey Nicolás»[22].

La figura de Nicolás se ha despojado ya hoy de toda pasión política, quedándose sólo en su contextura novelesca. Salida de la ficción ha vuelto a ella, y el devastador personaje del 1756 ha revivido lleno de siniestros fulgores épicos en la moderna novela del expresionista alemán Alfred Doeblin, titulada Der blaue Tiger (El tigre azul)[23].


[1] En las décadas anteriores a la Revolución Francesa, la mayor parte de los libelos filosófico—políticos, fueron impresos en Holanda, con o sin falso pie de imprenta, razón por la cual no debe extrañarnos la infantil superchería que se advierte en la edición de nuestro libro.

[2] GUILLERMO  FURLONG, S. J.: Misiones y sus pueblos de guaraníes. Buenos Aires, 1962. pp. 646-674.

[3] Missionalia Hispánica. Año VI. Número 16. Madrid, 1949. p. 569.

[4] Probablemente no lo fue durante toda la campaña, sino sólo en unas escaramuzas anteriores a la masacre de Caibaté. Ver: Furlong: Op. cit. p. 668.

[5] VOLTAIRE: Oeuvres complétes. Farís, 1818. Tomo 33. p. 225. Es curioso enterarse por esas mismas cartas de una expedición de cuatro navíos enviada por el rey Fernando VI con tropas a Buenos Aires. Uno de los cuatro barcos, el Pascal, estaba arrendado por una sociedad de la que Voltaire formaba parte. Como es de suponer, el patriarca de Ferney no perdió la ocasión de tejer algunas ingeniosidades sobre el hecho de que Pascal fuese a combatir «la morale relachée» de los jesuitas en el Paraguay.

[6] En relación con estas monedas debió existir cierta gente lista que especuló con la credulidad del prójimo, según se desprende de una anécdota referida por CHRISTOPH GOTTLIEB VON MURR, en 1774. Este, quien, entre otras cosas, fue miembro del Real Instituto Histórico de Goettingen, en la vigésima de sus Veintiocho cartas sobre la extinción de la Compañía de Jesús, dice lo siguiente: «Me acuerdo haber leído hace dieciséis años un miserable panfleto que está lleno de mentiras estúpidas (Historia de Nicolás I) y en esta ocasión tengo que contar una chistosa anécdota. Hace algunos años un caballero hoy finado me mostró un ducado que había hecho acuñar el fantástico Rey Nicolás I, y que un pillo le cediera por dos ducados como una gran rareza. Apenas me lo dio, observé que se trataba de un cequí de Venecia, en el cual el Dux arrodillado delante de San Marco pretendía representar la coronación del Rey Nicolás del Paraguay, ya que el pillesco vende­dor había alisado la inscripción de la moneda». C. G. VON MURR: Eines Protestantes… acht and swanzig Briefe über die Aufhebung des Jesuiten. ordens. 1774. pp. 110-111.

[7] Manuscrito Nº 17973 de la Real Biblioteca de Bru­selas. (Información del Dr. Máxime Haubert).

[8] La opinión del Dr. MAXIME HAUBERT ha sido for­mulada en dos cartas privadas, de fecha 24 de enero y 22 de febrero de 1967.

[9] Según el renegado jesuita BERNARDO IBAÑEZ DE ECHAVARRI, expulsado de la Compañía y acérrimo enemigo de la misma, fueron los jesuitas mismos quienes «crearon la fábula del Rey Nicolás I para evitar se supiera que eran ellos los únicos autores de la resistencia de los pobres indios». Histoire du Paraguay sous les Jésuites. I—III. Amsterdam et Leipzig, 1780. Tomo III. p. 285.

[10] MARTIN DOBRIZHOFFER, S. J.: Geschichte der Abiponer. I—III, Viena, 1783. Tomo I. pp. 31-40.

[11] He aquí un testimonio del Padre José Cardiel: «Yo he estado tres años en el Paraguay… y me fue necesario aprender esta tan adulterada lengua para darme a entender, porque la propia guaraní no la entendían, y menos el castellano; y así les pre­dicaba en su desconcertado lenguaje. Y para que se vea lo que voy diciendo, pondré un ejemplo: esta oración: ‘Ea, pues, cumplid los Mandamientos de la Ley de Dios, porque si no los cumplís, os condenaréis al infierno’, se dice en la lengua propia guaraní: ‘Eneique pemboaie Tupañande quaitá: pemboaie ey ramo, nia añaretame iguaipiramo pei­comburune, etc.’ Y ¿cómo dicen los españoles del Paraguay y Corrientes? ‘Neipe cumplí que los man­damientos de la ley de Dios, porque pecumplí eí ramo, peñe condenane a los infiernos’». En: JOSE CARDIEL, S. J.: Declaración de la verdad. Buenos Aires, 1900. p. 393.

[12] Contra el personaje presentado por el libelo, el Padre Dobrizhoffer argumentó también que, en esa época, se encontraban sólo cinco hermanos legos esparcidos por todo el Paraguay. Dos de ellos eran médicos; el tercero, sastre; el cuarto, pintor de igle­sias; y el quinto, viejo y consumido por los achaques, «se ejercitaba a sí mismo y a nosotros en la pacien­cia», como dice, no sin malicia, el jesuita austríaco. Todos estos hermanos eran europeos debido, a que la Compañía no admitía a indios en su seno. Ver: DOBRIZHOFFER: Op. cit. Tomo I. p. 38.

[13] JOSE CARDIEL, S. J.: Breve relación de las Misio­nes del Paraguay. Ver en: PABLO HERNANDE’Z, S. J.: Misiones del Paraguay. Organización social de las doctrinas guaraníes de la Compañía de Jesús. I—II. Barcelona, 1913. Tomo II. p.612.

[14] FLORIAN PAUCKE, S. J.: Zwettler Codex 420. Vie­na, 1959. Tomo I. pp. 167—178.

[15] ROBERT SOUTHEY: History of Brazil. Londres, 1819. Tomo III. p. 474. El original de A tale of Paraguay (Un cuento del Paraguay) con su traducción se encuentra en: Guarania, Revista Americana de Cultura. Año I. Nº2. Asunción, 1948. pp. 40-163.

[16] EBERHARD GOTHEIN: Der cristlich—soziale Staat der Jesuiten in Paraguay. Leipzig, 1883. p. 57. El Padre BERNHARD DUHR, S. J., en su libro: Jesuiten-Fabeln, Freiburg im Breisgau, 1892, dedica, un capítulo a Nicolás I, pp. 313—318. Una curiosa interpretación de Nicolás nos la da FERNAND DRUJON en su Les livres á clef—Etude de bibliographie critique et analytique pour servir á 1’histoire littéraire, Paris, E. Rouveyre, 1888, 2 to­mos. Dice: «Este librito, sobre el cual las bibliogra­fías nada dicen, no es otra cosa que una violenta sátira dirigida contra Luis XV, designado con el nombre de Nicolás I», (T. I, p. 444). Es innecesario destacar lo arbitrario e inconsistente de esta interpretación.

[17] Revista del Paraguay. (De Enrique D. Parodi) Nú­mero extraordinario, 1891, pp. 584—613.

[18] La forma correcta es: Ad majorem Dei gloriam.

[19] Revista del Paraguay, cit. p. 584.

[20] JUAN A. PRADERE: Historia de Nicolás I, etc. Extracto de Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1911. p. 3.

[21] Idem: Op. cit. p. 21.

[22] MARTIN DOBRIZHOFFER, S. J.: Op. cit. Tomo I. p. 40.

[23] ALFRED DOEBLIN: Der blaue Tiger. Segunda parte del cielo Amazonas. Olten y Freiburg im Breisgau, 1963.

Nota: la tradución y la redacción de la nota final son de Arturo Nagy y Francisco Pérez—Maricévich, responsables de la edición del libro Historia de Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, en 1967. Ambos aclaran en la nota preliminar que la versión original apareció en francés en el año 1756. «Para la traducción hemos utilizado el texto existente en la Biblioteca Nacional, de París, sirviéndonos también de la edición facsimilar publicada en Río de Janeiro en 1944.» La presente publicación se debe a la transcripción realizada por Portal Guaraní.

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