En 1909, Mark Twain publicó el ensayo Is Shakespeare dead?, en el cual objeta que el inmenso talento tras las obras de Shakespeare fuera del propio Shakespeare, postulando la teoría de que el verdadero autor de las mismas era Francis Bacon. Compartimos unas páginas del ensayo.
Desperdigadas entre las pilas de manuscritos inéditos que constituyen la masa de mi formidable Diario y Autobiografía, hay algunas cuartillas, que en un remoto futuro alguien habrá de encontrar, dedicadas a los «Pretendientes», a destacados pretendientes: desde Satán hasta Mary Baker G. Eddy, pasando por el Becerro de Oro, el Profeta velado de Korasán, Luis XVII, William Shakespeare, Arthur Orton y muchos más: pretendientes eminentes, pretendientes con éxito y pretendientes derrotados, pretendientes regios y pretendientes plebeyos, pretendientes vistosos y pretendientes desarrapados, pretendientes reverenciados y pretendientes despreciados, que centellean como estrellas dispersas allende las nieblas de la historia, de la leyenda, de la tradición, como una intrigante tribu rodeada de misterio y fascinación y sobre la que leemos con hondo interés y discutimos con cariño o rencor según el partido que hayamos tomado en la contienda.
Siempre ha sido así. Jamás ha habido pretendiente sin audiencia y séquito de fanáticos, por endebles que fueran los fundamentos de su pretensión, por falsos que resultaran los títulos de la misma. La pretensión de Arthur Orton de ser nada menos que el mismísimo barón Tichborne redivivo era tan endeble como la de la señora Eddy asegurando que su famoso libro Ciencia y Salud le había sido dictado por la divinidad en persona. Orton pudo, no obstante, reunir un poderoso ejército de rendidos e incorregibles secuaces, para muchos de los cuales la luz de la evidencia no se impuso ni aun después de ver en la cárcel, convicta de perjurio, a la deidad barriguda en quien habían depositado su fe. Esto pasó hace cuarenta años, y hoy mismo vemos a la señora Eddy con un inmenso séquito de partidarios que aumentan día a día.
No pocos seguidores de Orton eran gentes letradas, mentes educadas y lo mismo cabe decir de los seguidores de la señora Eddy: su iglesia, como toda iglesia, atrae a toda clase de personas. Los pretendientes siempre logran contar con seguidores, y poco importa quienes son, lo que pretenden o si disponen de títulos o no para ello. Siempre ha sido así.
Aun en un pasado ya desvanecido, haciendo exploraciones a través de los abismos del tiempo, si aplicamos el oído atentamente, percibiremos el rumor de la crédula muchedumbre aclamando a sus Perkin Warbeck y a sus Lambert Simnel.
Llega a mis manos un libro que un amigo me envía desde Inglaterra. Se titula The Shakespeare Problem Restated, a vueltas con el problema de Shakespeare. Hace medio siglo que esta cuestión me interesa, si bien durante los últimos tres años se había adormecido un tanto mi curiosidad; pero este nuevo libro la excita de nuevo, pues veo que el problema se plantea con claridad y se discute de un modo razonado.
Mi afición a los estudios de biografía shakespeareana data de 1857, quizá 1856, época, ya muy distante, en que se publicó el libro de Denia Bacon. Un año después, mi maestro de pilotaje, Bixby, me trasladó a de su buque al Pennsylvania y me puso bajo las órdenes e instrucciones de George Ealer, muerto hace ya muchos, muchos años. Navegué con él durante algunos meses, desempeñando las humildes tareas de aprendiz, que consistían en servir de vigilante desde la salida hasta la puesta del sol y en dar vuelta al timón bajo la severa dirección y crítica del amo y maestro.
Ealer era un gran jugador de ajedrez y un idólatra de Shakespeare. Jugaba ajedrez con todo el mundo, incluso conmigo, para lo que no vacilaba en deponer momentáneamente su dignidad oficial. De igual modo, me leía las obras de Shakespeare, y esto no porque yo se lo pidiera, sino con espontaneidad y durante largas horas, cuando estaba de cuarto y yo lo acompañaba en el timón.
Su elocución era correcta, pero yo no aprovechaba la lectura a causa de las órdenes inyectadas en el texto. Lo que oía era un Shakespeare interrumpido, mezclado, confundido y enredado de tal modo, que en los recodos difíciles y peligrosos del río, una persona ignorante no habría acertado a decir cuándo hablaba Ealer por cuenta de Shakespeare y cuándo lo hacía como piloto. Ejemplo:
Yo me atrevo a lo que se atreva el más osado. Acércate. ¿Para qué echas la sonda? ¡Haces unas tonterías!… Bajo la forma que afecta… ¡Déjala correr! El oso velludo de Rusia, el armado rinoceronte o el… ¡Se va! ¡Detente, detente! ¿No ves que se arroja sobre los arrecifes?…, del tigre hircano. Toma cualquier forma, pero deja esa, y mis firmes nervios… Se va hasta encallar en medio del bosque si no te percatas. Retén a estribor, da con fuerza a babor, y adelante. Mantén a estribor… Ahora, sí. Todo va bien. Sigue de frente… No temblarán jamás. O vuelve a la vida y rétame al desierto… ¡Maldito muchacho! ¿No puedes alejarte de esas aguas estancadas como el aceite? ¡Da hacia abajo! ¡Firme! ¡Más fuerte!…, con tu espada, y si temblando me retiro, entonces… ¡Echa la sonda! Pero no así. Sólo la de estribor. Deja la otra…, llámame criatura recién nacida. ¡Apártate, horrible espectro! El reloj da las dos, y el vigilante estará dormido, seguramente. Baja y llama tú mismo a Brown. ¡Burla irreal, apártate.
No sólo era un buen lector, sino un lector espléndido, conmovedor, tempestuoso y trágico. Pero para mí fue causa de un mal irreparable, pues jamás he podido leer a Shakespeare de un modo razonable, tranquilo. Y resultan inútiles cuantos esfuerzos hago para librarme del recuerdo de aquellas explosivas intercalaciones: «¡Qué diablos estás haciendo! ¡Abajo! ¡Abajo! ¡Más! Ahora mantén el rumbo». Abro el libro, y al instante suenan en mis oídos las desquiciadoras interrupciones que brotaban continuamente de la boca de Ealer. Las oigo con toda claridad, como en aquella época lejana, como hace medio siglo, como hace cincuenta y un años.
No; las lecturas de Ealer estuvieron muy lejos de contribuir a mi educación. Más bien, debo considerarlas perjudiciales para mí.
Cuantas veces hizo intercalaciones en el texto del poeta, el resultado fue deslucirlo antes que darle mayor encanto, pero, por lo demás, Ealer era un gran recitador. Debo decirlo en justicia. Casi no ponía los ojos en el libro, pues no necesitaba ver el texto. Conocía a Shakespeare como Euclides su tabla de multiplicar.
El piloto del Misisipi, adorador de Shakespeare, ¿tuvo algún comentario que hacer al libro de Delia Bacon? Sí. Los hizo abundantemente. No habló de otra cosa durante algún tiempo. En la primera, en la segunda y en la tercera guardia se discutía el tema. Probablemente durante el sueño, Ealer seguía debatiendo. No bien se publicaba un libro sobre la cuestión, lo compraba, y ese libro nos daba tema de discusión a lo largo de las mil trescientas millas de río, que recorríamos cuatro veces en treinta y cinco días, tiempo empleado por aquel rápido vapor para hacer dos viajes de ida y vuelta.
Discutíamos, discutíamos, discutíamos; disputábamos, disputábamos, disputábamos. Por lo menos, él lo hacía, y yo, de vez en cuando, intercalaba una palabra, si me lo permitían las breves interrupciones del conferencista.
Ealer argumentaba con calor, con energía, con violencia. Yo lo hacía con la moderación y la reserva de un subordinado, temeroso de que se me arrojara desde los cuarenta pies de altura que levantaba la caseta del timonel sobre la superficie del agua.
Ealer era un bravo y leal partidario de Shakespeare. Despreciaba cordialmente a Bacon y se reía de todas las pretensiones de los baconianos.
Mi actitud era idéntica…, en un principio. Y en un principio, él se felicitaba de que así fuese mi actitud. Podía notar señales de que admiraba mi manera de juzgar. Esas señales eran muy leves, tan leves como debían ser, dada la enorme distancia que existe entre la sublime cumbre de un piloto y mi rebajada posición. Con todo, yo percibía esas señales y las recibía como cumplidos, como unos cumplidos procedentes de más allá de la zona de las nieves perpetuas, que ni se derretían ni encenderían llama alguna, ni siquiera en la vanidad de un piloto incipiente; pero detectables y delectables cumplidos eran. Me halagaba sentir que yo era siempre más leal a Shakespeare, si podía caber mayor lealtad en mí de la que había tenido hasta entonces. Me halagaba sentir que mis prejuicios contra Bacon se agigantaban, si es que aún podían aumentar. Y, así, discutíamos y discutíamos, ambos en el mismo bando, y éramos felices; pero sólo duró un tiempo, un tiempo breve, un tiempo, muy, muy breve. Luego los ánimos empezaron a cambiar, se fueron enfriando.
Una persona más avispada que yo, habría anticipado los acontecimientos; pero yo pude verlos, sin embargo, con la necesaria antelación, a efectos prácticos. Ocurre que Ealer era de temperamento argumentativo, de modo que no tardó en cansarse de discutir con una persona que no le llevaba la contraria y, por tanto, no le daba elementos de provocación para lucir el claro diamante de su lógica, aquella joya riquísima, tallada en roca, de cien caras, que lanzaba ofuscadores destellos. Razonar era su lema, o así llamaba él a sus alegaciones. Lo mismo ocurre en la controversia Bacon—Shakespeare: mil veces hemos oído decir que razonan todos los que alegan…, a favor de Shakespeare.
Sucedió entonces lo que suele suceder siempre que pugna un principio con un interés: hay que elegir. Yo hice mi elección: abandoné el principio, y me pasé al otro bando. No completamente, pero sí lo suficiente, es decir, tan sólo pasé a creer que Bacon escribió las obras de Shakespeare, mientras sabía que no las había escrito Shakespeare. Esto satisfizo a Ealer, y la guerra pudo estallar.
***
Para instruir a los ignorantes listaré a continuación todos los detalles de la vida de Shakespeare que son hechos: verificados, establecidos, e indiscutibles.
Hechos
Nació el 23 de abril de 1564. De buenos padres de clase agrícola que no podían leer, escribir, ni firmar su nombre. En Stratford, en aquel momento una población pequeña, rural, desordenada, sucia, y analfabeta. De los diecinueve hombres importantes encomendados con el gobierno de la aldea, trece tenían que «hacer una marca» en importantes documentos para dar fe porque no podían escribir sus nombres.
De los primeros dieciocho años de su vida no sabemos nada. Son una incógnita.
El 27 de noviembre (1582) William Shakespeare solicitó una licencia para casarse con Anne Whateley. Al día siguiente William Shakespeare solicitó una licencia para casarse con Anne Hathaway, quien le llevaba ocho años. William Shakespeare se casó con Anne Hathaway. De prisa y corriendo. Por gracia de una disposición concedida a regañadientes hubo una única mención en la notificación pública.
Seis meses después nació su primer hijo. Aproximadamente dos años (desconocidos) acontecieron, en los que no le pasó nada en absoluto a Shakespeare, que tengamos constancia.
Después llegaron los gemelos (1585). Febrero.
Dos años en blanco.
Después, en 1587, visita Londres por diez años, dejando atrás a su familia.
Cinco años en blanco. En este periodo no le pasó nada de lo cual tengamos constancia.
Entonces (1592) se le menciona como actor.
Al año siguiente (1593) su nombre aparece en la lista oficial de actores.
Al año siguiente (1594) actúa frente a la reina. Un detalle sin importancia: otros desconocidos lo hicieron anualmente durante los cuarenta y cinco años de su reinado. Y siguieron siendo desconocidos.
Los tres años siguientes fueron bastante ocupados. Llenos de interpretaciones teatrales. Y entonces, en 1597, compró New Place, Stratford.
Los trece o catorce años siguientes fueron ajetreados; años en los que acumuló dinero y también se dio a conocer como actor y representante.
Entre tanto su nombre, escrito en muchas ocasiones y de formas muy variadas, se había relacionado con un gran número de grandes obras y poemas como (presumiblemente) el autor de las mismas.
Algunas de ellas fueron pirateadas pero él no protestó. Entonces, en 1610—11, volvió a Stratford de una vez y por todas y se ocupó en el préstamo de dinero, el intercambio de diezmos, el intercambio de tierra y casas; eludiendo una deuda de cuarenta y un chelines que pidió prestada su mujer durante su larga ausencia de la familia; demandando a deudores por chelines y peniques; siendo demandado él mismo por chelines y peniques; y actuando de cómplice de un vecino que intentó robar al pueblo de sus derechos en cierta comuna, y no tuvo éxito.
Vivió cinco o seis años, hasta 1616, en la dicha de estas elevadas actividades. Después escribió un testamento y firmó cada uno de sus tres folios con su nombre.
El testamento de un acucioso hombre de negocios. Mencionaba en minucioso detalle cada artículo que poseyó en el mundo: casas, tierra, espada, cuenco bañado en plata, etcétera, hasta llegar a su «segunda mejor cama» y sus muebles.
Con cuidado y precisión, el testamento distribuyó toda su riqueza entre todos sus familiares, sin olvidar a ningún miembro. Ni siquiera a su mujer: la mujer con la que se pudo casar apresuradamente gracias a una dispensación especial antes de cumplir los diecinueve años; la mujer a la que había dejado sin marido durante tantísimos años; la mujer que en su necesidad tuvo que pedir prestados cuarenta y un chelines y el prestamista fue incapaz de recuperarlos de su próspero marido, sino que murió sin haber recibido el dinero. No, ni siquiera la esposa quedó fuera. Aún ella fue incluida en el testamento de Shakespeare.
Le dejó aquella «segunda mejor cama». Y ni una cosa más; ni siquiera un centavo con el que bendecir su afortunada viudedad.
Eminente y evidentemente era el testamento de un hombre de negocios y no el de un poeta.
No menciona un solo libro.
En aquellos días los libros eran mucho más preciosos que las espadas y los cuencos bañados en plata y las segundas mejores camas, y cuando uno partía le daba a estos artículos un lugar importante en su testamento.
El testamento no menciona ni una obra, ni un poema, ni ninguna obra literaria inacabada, ni manuscrito de ninguna clase.
Muchos poetas han muerto pobres, pero éste es el único en la historia que ha muerto así de pobre; los demás dejaron sus obras literarias. Y un libro. Tal vez dos.
Si Shakespeare hubiera tenido un perro, aunque no es necesario entrar en ello, sabemos que lo hubiera mencionado en su testamento. Si hubiera sido un buen perro, se lo hubiera quedado Susanna; si se tratase de un perro inferior se lo hubiera dejado a su mujer. Ojalá hubiera tenido perro para poder comprobar con cuanto cuidado lo hubiera repartido entre sus familiares, a su cuidada manera empresarial.
Firmó el testamento tres veces. En años anteriores había firmado dos documentos oficiales más. Estas cinco firmas existen actualmente. No existe ninguna otra muestra de su puño y letra. Ni una línea.
¿Acaso estaba predispuesto en contra del arte? Amaba su nieta y ella tenía ocho años cuando él murió y sin embargo no recibió ninguna enseñanza; él no dejó provisión alguna para su educación a pesar de que era rico, y cuando ella llegó a ser una mujer madura no sabía escribir y no podía diferenciar la letra de su marido de ninguna otra letra, pensaba que era de Shakespeare.
La muerte de Shakespeare en Stratford no fue un suceso. No causó más revuelo en Inglaterra que hubiera ocasionado la muerte de cualquier otro olvidado actor de teatro. No vino nadie de Londres; no se escribieron poemas lamentando su muerte; no hubo elogios, ni lamentación nacional, únicamente silencio, y nada más. Un marcado contraste comparado con lo que ocurrió cuando murieron Ben Jonson, y Francis Bacon, y Spenser, y Raleigh y las demás personalidades distinguidas del entorno literario de la época de Shakespeare. No se alzó ninguna voz a alabar al desaparecido Bardo de Avon; aún Ben Jonson esperó siete años antes de alzar la suya.
Hasta donde sabemos y podemos demostrar Shakespeare de Stratford—on—Avon no escribió una obra teatral en su vida. Hasta donde sabemos y podemos demostrar jamás le escribió una carta a nadie. Hasta donde sabemos, tan solo recibió una carta en su vida. Hasta donde sabemos y podemos demostrar, Shakespeare de Stratford escribió un solo poema en su vida. Este es auténtico. Este sí lo escribió, este hecho es indiscutible. Lo escribió en su totalidad; lo sacó de su cabeza. Dio la orden de que esta obra de arte fuera inscrita en su tumba, y lo obedecieron. Ahí está hasta el día de hoy. He aquí:
Buen amigo en nombre de Iesus absténgase
de desenterrar el polvo que yace aquí:
Bendito el hombre que de estas piedras se compadezca
y maldito el que mis huesos mueva.
En la lista anteriormente mencionada se encontrará cada hecho indiscutido de la vida de Shakespeare, si bien es escasa. Más allá de estos detalles no sabemos nada acerca de él. Todo lo demás, según cuentan los cronistas, ha sido construido, curso a curso, a partir de suposiciones, deducciones, teorías y conjeturas, una artificiosa Torre Eiffel que alcanza el cielo basada un fundamente muy plano y delgado de hechos sin consecuencia.
No es extraño pensar que puedes listar todos los célebres ingleses, irlandeses y escoceses de la actualidad, retrocediendo hasta los primeros Tudores, unos quinientos nombres digamos, y puedes acceder a historias, biografías, y enciclopedias y descubrir los pormenores de las vidas de cada uno de ellos. Todos salvo uno, el más famoso, el más célebre, el más ilustre de todos ellos con diferencia, ¡Shakespeare! Puedes saber los detalles de las vidas de todos los célebres eclesiásticos de la lista, los célebres actores trágicos y cómicos, cantantes, bailarines, oradores, jueces, abogados, poetas, dramaturgos, historiadores, biógrafos, editores, inventores, reformadores, estadistas, generales, almirantes, descubridores, boxeadores, asesinos, piratas, conspiradores, jinetes, estafadores, avaros, embaucadores, exploradores, aventureros de tierra y mar, banqueros, financieros, astrónomos, naturalistas, demandantes, impostores, químicos, biólogos, geólogos, filólogos, decanos y profesores de universidades, arquitectos, ingenieros, pintores, escultores, políticos, agitadores, rebeldes, revolucionarios, patriotas, demagogos, payasos, cocineros, locos, filósofos, ladrones, bandidos, periodistas, médicos, cirujanos, puedes acceder a las vidas de todos ellos salvo de uno. Sólo uno, el más extraordinario y célebre de todos ellos: ¡Shakespeare!
A esta lista puedes añadir el millar de personas célebres del resto de la cristiandad en los últimos cuatro siglos y podrás encontrar la historia de cada una de ellas. Para entonces habrás listado 1500 celebridades y podrás trazar la auténtica biografía de cada una de ellas. Salvo una, con diferencia el prodigio más colosal entre todos ellos: ¡Shakespeare! Acerca de él no encontrarás nada. Nada de importancia. Nada digno de almacenar en tu memoria. Nada que remotamente indique que efectivamente fue algo más que una persona corriente, un representante, un actor de grado inferior, un pequeño comerciante en una pequeña aldea que ni siquiera lo consideró una persona de importancia, y que lo había olvidado antes de que su cuerpo se enfriara en la tumba. Podemos buscar en los registros y encontrar la historia de cada famoso caballo de carreras de la actualidad, ¡pero no la de Shakespeare! Muchas razones explican este porqué y han estado envueltas en toneladas (de suposiciones y conjeturas) por aquellos trogloditas; pero hay una que vale más que todas las razones juntas, y es ampliamente suficiente por sí misma: no tuvo ninguna historia que relatar. No hay forma de eludir este letal hecho. Y aún no se ha descubierta la forma cuerda de comprender su formidable trascendencia.
Es evidente a todos salvo a aquellos brutos (no lo digo con mala intención) que Shakespeare no gozó de prominencia durante su vida y no tuvo ninguna hasta que estuvo muerto dos o tres generaciones. Las obras de teatro gozaron de muchísima fama desde el principio; y si él las escribió es una pena que el mundo no lo supiera. Debió explicar que él fue el autor, y no simplemente un pseudónimo para otro hombre que se ocultaba detrás. Si se hubiera preocupado menos por sus huesos y más por sus obras, le hubiera ido mejor a él y nos hubiera hecho un favor a nosotros. Los huesos no importaban. Se desintegrarán, se volverán polvo, pero las obras permanecerán hasta que el último sol se ponga.









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