Un extranjero arriba a un pueblo ribereño en busca de instalar una fábrica, pero lo primero que solicita es la cesión gratuita de un terreno. Publicado en 1945, este cuento de Arnaldo Valdovinos, ahora ilustrado por David Bueno, trata de un tema que ha caracterizado al Paraguay pos guerra guasú: el entreguismo.
⸺¡Patrón, patrón, le llevo la valija!
⸺¡Yo, patrón! ¡Oiga!
⸺Ese es muy débil, señor, se la llevo yo…
Y un racimo de manos sucias y flacas de una docena de famélicas criaturas se extiende, suplicante, hacia los pasajeros.
Como de costumbre, la lancha Zelmira acaba de atracar en el extremo de esta rústica planchada de seis metros de largo. Viene procedente del puerto de la capital. Son las cinco de la tarde.
Con excepción de los domingos, la minúscula embarcación cumple todos los días el mismo itinerario. En total, su recorrido es de catorce leguas. Lo realiza en ocho horas. Sale de este embarcadero con los últimos cantos de gallo. Vuelve, como ahora, cuando los patos silvestres, sobre un trazo teórico de anguila, cruzan en bandadas sobre el río, a mil metros de altura, retornando hacia sus dormideros del oeste.
Unos cuantos tablones apoyados sobre cuatro caballetes de palmeras constituyen todo el muelle. Desde su extremo anterior se desciende a tierra mediante una sola pieza de tabla de dos pulgadas de grosor.
El marinero de servicio está apostado allí arriba con un látigo trenzado en la mano. Es joven y lampiño, pero tiene toda la grave prestancia de un representante de la ley. No ríe ni conversa con nadie. Antes de que llegue la lancha, siempre se le ve jovial y chancero con los demás. Pero, en cuanto la embarcación atraca al muelle, su humanidad se transfigura en una catapulta que arroja por la boca interjecciones groseras y agresivas. Para eso se siente investido de suficiente autoridad. De otra manera no podría cumplir su misión. Él está allí para impedir que los pequeños changadores suban al muelle. Si estos insisten, no hay más remedio que el de castigarlos. Así, de cuando en cuando, se escucha el silbido tajante de su látigo cuyo extremo de cuero sobado estalla, como una espoleta, sobre las espaldas desnudas y sucias de los pequeñuelos.
Algunas de esas víctimas se retiran entonces unos metros a llorar apenas breves instantes. Luego vuelven a la carga, a insistir de nuevo:
⸺¡Patrón!, ¡patrón!, voy a llevarle la valija…
Y en el agua de sus pupilas se diseña el esquema de su angustioso ruego.
Otros, en el afán de asegurarse la changa, se alzan el pantalón hasta las ingles y, bordeando el muelle, se adelantan hacia la lancha.
⸺¡Oiga, patrón! …
Los pequeños mozos de cordel arrojan su ansiedad, de preferencia, sobre uno de los pasajeros. Tiene éste pinta de hombre adinerado. Es un gringo. Un forastero. Personas como ésta ⸺piensan ellos⸺ suelen ser más generosas e ingenuas que las demás. ¡A lo mejor da diez pesos de propina por la changa! ¡Si lo tendrán experimentado! ¿Cuántas veces se han reído a solas de la inocencia de algunos turistas extranjeros? Siempre. Todas las veces que el barco de la carrera Asunción-Buenos Aires hace su breve escala en este puerto. Una jaula con una yunta de loros, un casal de albinos, un par de cardenales o un mazo de hojas de ambay suelen venderles por cincuenta centavos argentinos. ¡Qué tontos son esos gringos! ¡No saben que por ese dinero don Elías, el turco que vive cerca del mercado, les dará después cuarenta pesos paraguayos!…
El desconocido pasajero no se inmuta ante la clamorosa demanda de los chicos. Contempla, desde la cabecera del muelle, uno y otro lado de la costa. Los demás, mientras tanto, sin apresuramiento, pero en obligada fila, van ganando tierra. Cuando estos terminan de descender, el hombre alto, rubio y grueso, conversa unas palabras con el lanchero y en seguida se dispone a bajar. El marinero de guardia lo observa como si quisiera adivinar sus deseos y servirle si fuere menester. Y, en efecto, a una señal del patrón de la nave, llama, en tono autoritario, a uno de los changadores ⸺al más grande⸺ y le ordena que pida al karai llevarle sus equipajes.
Repentinamente cesan todas las voces de demanda. Los niños se retiran del extremo de la planchada y abren paso en silencio. Miran con ojos de bestias cansadas al gringo que, por fin, baja a tierra. Este, de paso, deja unas monedas en manos del marinero que sonríe agradecido. El muchacho elegido para la changa alza trabajosamente al hombro la valija. Ya en marcha hacia el hotel vuelve la vista hacia sus camaradas que, con envidia, le siguen mirando desde la costa. Les hace un guiño entre burlón y picaresco. Y toma camino adelante.
Nada importa que en el pueblo no haya diarios. Esta gente de mercado es el mejor vehículo de divulgación de todas las novedades. Su radio de acción abarca más de cinco leguas a la redonda. Porque aquí, bajo este galpón con techo de cinc, pomposamente llamado Mercado de Abasto, se opera, sin intromisión de agencias, un intercambio permanente de noticias traídas y llevadas por los carreteros, las burreras, las achureras, los carniceros.
La comidilla de ayer versó, principalmente, sobre la fuga de Pastora, la hija de don Serapio, que es agente de la barraca de Staud y miembro de la Junta Municipal del pueblo. Taní, que tiene la ingrata tarea de cobrar el impuesto de peaje, siempre busca alguna noticia fresca con que entretener a sus víctimas antes de pasarle la boletita del talonario de recibos. De lo contrario ⸺probado lo tiene⸺ él, que nada tiene que ver con los manejos de la Junta, se ve forzado a escuchar, por cada impuesto que cobra, una retahíla de insultos. Sí, porque los campesinos saben que ese dinero es para el arreglo y la conservación de los caminos. Y estos cada vez se van volviendo más intransitables.
Y fue Taní quien refirió a ña Estéfana, que se vino con una carreta llena de sandías, el caso de Pastora. La muchacha se había mandado mudar con el sinvergüenza de Celestino, un hombre que se pasa la vida de serenata en serenata. ¡Sólo Dios sabe de dónde podrá sacar dinero para mantenerla! A lo mejor la abandonará antes de una semana, como lo acostumbra. Porque ya es la cuarta o la quinta mujer a quien logró de nuevo engañar en esa forma.
⸺No hay deuda que no se pague ⸺sentenció don Leandro, el carnicero, cuando a su vez ña Estéfana le repitió lo de la fuga. Y agregó:
⸺Ya ve usted; por cada cuero que nos compra roba uno o dos kilos en el peso. ¡Como si la plata fuera para él!
En general, los comentarios de ayer versaron sobre lo mismo. Ahora se habla de una noticia alentadora. En rueda de comadres, la mamá de Juanchí, que es vendedora de achuras, ha contado, ya hace rato, que un gringo venido ayer con la lancha le había dado a su hijo veinte pesos por llevarle la valija hasta el hotel.
⸺Dice que ese señor piensa instalar aquí una desmotadora de algodón y una fábrica de aceite. Juanchí lo ha escuchado hablar de esto con el intendente municipal, el juez de paz, el pa’i González y otras personas.
⸺¡Con razón que don Benito (el hotelero, un italiano con cerca de diez años de residencia en el país) vino tempranito a comprar una yunta de pollos, lechugas, tomates y…!
⸺Ya ve usted, señora mía, cómo Dios no se olvida de nosotros.
⸺Así es, ña Ramona. Feliz de usted que tiene un marido tan trabajador. ¿Cuántas hectáreas de algodón sembró este año?
⸺¡Jesús, apenas tres!
⸺¡Cómo!
⸺Por falta de tierra. Todos los pobladores fuimos desalojados de los lotes en que veníamos trabajando desde tiempo inmemorial. Nosotros creíamos que esas tierras eran fiscales. Pero, hace poco, un señor de Asunción nos armó un pleito…
⸺¿Y no tuvieron algún abogado que les defendiera?
⸺Sí, pero él nos dijo que el juez se vendió a la otra parte. La verdad es que ahora no tenemos más que una yunta de bueyes. La otra tuvimos que venderla para poder pagar al abogado. Porque el dinero de la venta del algodón no alcanzó para lo que pedía.
⸺¿Y ahora, a dónde fueron a sembrar?
⸺A Potrerito, en la tierra de don Jacinto. Él nos cobra el treinta por ciento de la producción por el arrendamiento. ¡Qué le vamos a hacer! En algún sitio tenemos que arrojar la semilla si es que no queremos morir de hambre.
⸺Tiene razón, ña Ramona. Menos mal que si ahora se instala aquí una fábrica el algodón subirá de precio.
⸺¡Dios lo quiera!… Porque el año pasado hemos salido quemados. Y todo por querer ganar unos centavos de más. Durante dos meses íbamos entregando al acopiador todo cuanto cosechábamos. De esa manera llegamos a acumular, en depósito, quinientas arrobas. Pero cuando a fines de mayo nos presentamos para la liquidación, se nos dijo que hacía veinticuatro horas que el algodón había bajado de precio, a razón de treinta pesos por arroba.
⸺¡Mala suerte!
Tal es el tema placero de hoy. Las mujeres conversan con animación. Están sentadas en cuclillas cerca de sus mercancías. Los clientes se les aproximan, observan los productos, discuten precios. Hay amontonados, en el suelo, mandiocas, maíz en espigas, zapallos, guayabas y otras frutas silvestres y del agro. Las vendedoras están poseídas de una inquietud de optimismo. El anuncio de la fábrica les hace entrever halagüeñas perspectivas de futuros. ¡Oh, cómo están impacientes por llevar la noticia a sus respectivos hogares distantes tres, cuatro y cinco leguas de aquí! De allí vinieron por la madrugada, y no podrán volver sino cerca del mediodía. Ese trayecto diariamente recorrido es toda una historia. Una historia de dolor y amor. Una historia de esperanzas y derrotas, de sueños y fatigas.
Andando por esos caminos viven, crecen y envejecen todas las generaciones campesinas. La vida les señaló un rumbo común, un itinerario sin paisajes. Allá, bajo el rancho de madera y paja, clavado en la orilla de los maizales, está la abuela, ya centenaria, rugosa y enclenque, diciendo sus últimas oraciones frente al nicho poblado de imágenes de santos deformes y pintarrajeados. Más de medio siglo tocóle a ella acarrear por estos senderos los productos de la cementera. Por allí concibió una hija cuyo nacimiento interrumpióle apenas ocho días de viajes. Esta, que creció en sus faldas, sobre el borrico que le sirve de montado, hoy, a su vez, es madre de esa otra que allí, con la cabeza cubierta de granos, roñas y caspa, con medio cuerpo desnudo, juega, entre el montón de mandiocas, con el pucho que abandonó la madre sobre el piso.
Ya todo el pueblo está enterado de que aquí se piensa instalar una fábrica para desmotar algodón. También de que, más tarde, la misma compañía interesada pondría otra para producir aceite y una tercera para hacer tejidos.
La población no oculta su júbilo ante el anuncio de tales noticias. A su juicio, se aproximan los días de bonanza. Habrá trabajo para todos. El comercio adquirirá un desarrollo insospechable. Los agricultores tendrán asegurada la buena venta de sus cosechas. Correrá el dinero a raudales. Todo esto provocará un empuje, una aceleración de progreso. Caminos, escuelas, chimeneas, máquinas. ¡Ahora sí que el país entrará de lleno en las rutas de su grandeza! ¡Fábricas! ¡Fábricas!…
El señor Taylor se manifiesta encantado del recibimiento cordial de que es objeto. Ayer asistió a una sesión de la Junta Municipal del pueblo. La reunión fue convocada, expresamente, para recibirlo. La presentación del caso estuvo a cargo del intendente. Con voz temblorosa y entonada, leyó su discurso escrito en el dorso de unos viejos formularios de permiso para faenamiento. Y explicó a la asamblea cuáles eran los propósitos que traían al señor Taylor.
A continuación habló el agasajado. Resuelto y seguro de sí mismo, sus primeras palabras vibraron con firmeza en el silencio que sucedió al eco de los aplausos con que se le saludó cuando se dispuso a hablar.
El señor Taylor agradeció previamente los conceptos honrosos que el intendente dedicó a su persona. Manifestó su satisfacción por la hospitalidad que, desde su llegada al país, le habían acordado todas las autoridades. Habló de la tradicional amistad que une a su país con el Paraguay. Y recalcó la vieja admiración y simpatía que le ligaban a esta tierra.
⸺El Paraguay ⸺dijo⸺ es inmensamente rico en historias y hazañas guerreras maravillosas. Pero le falta dinero, le falta capital para poder movilizar todas sus fuentes de riqueza. El capital le traerá el progreso, el bienestar, la civilización. El capital hará que esta tierra de belleza incomparable sea surcada de ferrocarriles, sembrada de caminos modernos, de escuelas, colegios, universidades, fábricas, usinas y, en fin, de todo cuanto signifique progreso y poderío. Sólo así se pondrá a tono con su historia y con su destino.
Mientras el señor Taylor hablaba, cada uno de los miembros de la junta iba asociando ideas. Uno de ellos, panadero, reflexionaba: Si se instala aquí una fábrica, yo podré mejorar mis negocios. El mantenimiento de mi familia, una esposa y siete hijos, requiere muchos gastos. Hasta hoy vivimos al día. Elaboro pan y galletas apenas de tres a cuatro bolsas de harina por semana. El pueblo consume poco. El dinero escasea. Doy créditos y abundan los clavos. Tengo dos repartidores a mula que diariamente salen a cazar clientes por las poblaciones dispersas de la campaña. La gente prefiere comer mandioca. Las bolsas de harina hago traer de Asunción en carretas. En cada uno de estos viajes se emplean dos días. Los caminos son malos. Cuando llueve, el tránsito se hace casi imposible. Muchas veces, cuando necesito harina no la tengo. Me falta capital para tener en reserva una provisión de ella. Y, además, su transporte me resulta muy caro. Por otra parte, el malacate de mi establecimiento está casi inservible. El horno amenaza venirse abajo. Y para reparar estas cosas necesito dinero. Pero, si se instala aquí esta fábrica de que habla el señor Taylor, habrá ocupación para quinientos, ochocientos o mil obreros. Los agricultores, a su vez, redoblarán su trabajo. La cosecha será abundante y podrá ser vendida a buen precio. Todos tendrán dinero. De esta manera, yo podré fabricar y vender mucho pan y galleta. Y, al fin, también podré hacerme de fortuna… ¡Sí, tengo que ayudar en todo cuanto pueda al señor Taylor para que se levante esa fábrica!
El otro miembro de la junta, agente de la barraca de Staud, también hizo sus reflexiones. Tiene asignada una comisión sobre el porcentaje de cueros que recibe. Es lógico ⸺pensó⸺ que habiendo aquí una fábrica se consumirá más carne. Al fin podré salir de esta miserable situación.
El tercer miembro no fue menos calculador que los demás. Es un ciudadano árabe. No ha explicado a nadie las razones del caso, pero él no quiere que se le llame turco, sino árabe. Hace más de diez años que está radicado en el país. Llegó pobre y solo. Durante mucho tiempo vivió comiendo maní tostado y cebolla. Entonces anduvo por otras poblaciones del interior y no tenía amigos. Ahora es dueño de la casa de comercio más grande de este pueblo. Aunque es un admirador del encanto de las muchachas pueblerinas, acaba de concertar por correspondencia su compromiso matrimonial con una compatriota suya. La conoce por fotografía. ¡Quién sabe lo que él habría dicho a su prometida sobre su carácter de autoridad comunal de un país extraño! Porque verdad es que él mismo no ha logrado entender hasta hoy las razones del caso.
Y mientras el señor Taylor seguía perorando, el árabe iba calculando mentalmente la cantidad de géneros que podría consumir anualmente un término medio de quinientos obreros. Él ya tiene su fortuna hecha. Pero… ¿a qué entonces se vino a América?
Las reflexiones de otro, almacenero, no anduvo por caminos distintos. Y así la mayoría. Sólo uno de ellos, Juan Robledo, iba midiendo y pensando las palabras del señor Taylor. Lo miraba fijamente, como si quisiera hurgar en el fondo secreto de sus pensamientos, más allá de la cortina tornasolada de su retórica.
Juan Robledo no es oriundo de este pueblo. Hace poco más de un año que se ha avecindado en este lugar. Vive hacia las orillas, por allí por donde el caserío está formado por pequeñas covachas de madera, barro y paja, con remiendos de cinc o latas de querosén. Contaba con algunos ahorros con los cuales adquirió en ese sitio unas hectáreas de terreno que permanecía inculto desde la formación de nuestro globo. Pero él, en poco tiempo, trabajando conjuntamente con su mujer y ayudado de otro muchacho que había venido a ofrecerle sus servicios, hizo que ese terreno se desperezara de su largo tedio para florecer en una exuberante y lozana promesa de frutos y granos.
Juan Robledo tiene dos hijos, uno de doce años y otro de ocho. El mayor es varón y se llama Eugenio. La otra es Susana. Su prematuro matrimonio y otras circunstancias adversas le impidieron continuar la carrera universitaria que había llegado a iniciar con muy buenas posibilidades de éxito. En la Escuela Normal de la capital adquirió el título de profesor normal, pero nunca ejerció oficialmente cátedra alguna. Consideraba como un verdadero atentado a la independencia del espíritu y como una traición a la niñez someterse, en pago de unos pocos pesos, a los programas oficiales de enseñanza. A su juicio no se enseñaba al niño lo que se debía sino lo que convenía al mantenimiento de un régimen social basado en la injusticia. Por eso nunca solicitó que le dieran una cátedra. Nadie tampoco se la ofreció. Y esto, porque para el punto de vista de las personas que podrían habérselo hecho, Robledo era un individuo peligroso para la mansedumbre de las aulas.
Después de mucho rodar y emprender diversas actividades, siempre con el solo propósito de tener lo indispensable como para ir sorteando las necesidades de la vida, Juan Robledo vino a radicarse en esta población. Piensa ahora vivir aquí el resto de su vida. Comienza a preocuparle el porvenir de sus hijos. Por ellos y para ellos es que ha adquirido la pequeña finca, trabajándola con renovados bríos.
Para saciar la sed de su espíritu ha fundado en su propia casa una escuela para los niños pobres de la vecindad. Gratuitamente les enseña a leer y a escribir, aparte de algunos otros conocimientos primarios. Su esposa, que también le secunda en esta tarea, ha tomado especialmente a su cargo el cuidado de la higiene de los niños. En menos de tres meses, las criaturas aprendieron a lavarse la cara y la boca y a tener más cuidado por el aseo de su ropa. Lo que todavía no ha conseguido es sacarles el hábito de sentarse durante horas enteras, antes y después de los crepúsculos, ante el rescoldo de las cocinas.
Las madres de esos alrededores no ocultan su alegría al comprobar el paulatino despertar de sus hijos. Sienten hacia Robledo una verdadera devoción. Así se explica que él vaya haciéndose compadre de ellas por cada chico que nace.
Juan Robledo nunca se niega a estos pedidos. Para ellas, la adquisición de semejante compadre es una honra inmensa. Para él, es una satisfacción infinita. Porque con ello se sabe asistido por el afecto sencillo y hondo de esa gente humilde. Robledo, por otra parte, llegó a hacerse amigo de los hombres expectables del pueblo. Para todos los asuntos que demanden conocimientos legales, él es el hombre de consulta. Siempre tiene una explicación o indicación a labios para los que llegan hasta él. Pero esa amistad le llevó a un extremo inesperado aun para él mismo. Casi obligado le llevaron, como miembro, a la Junta Municipal. Los votos para él fueron fáciles de conseguir. Ni una vaquillona de más le costó esa adquisición que prestigiaría la labor de los hombres de su partido, a don Cancio Flores, el caudillo del pueblo y cinco leguas a la redonda.
Mientras Robledo seguía rastreando las intenciones del señor Taylor, éste seguía hablando en forma cada vez más concreta. Por su ofensiva oratoria se notaba que venía bien pertrechado como para imponer su voluntad en esa primera batalla. Cuando el señor Taylor lo creyó oportuno, dijo a la asamblea:
⸺Tenemos la mejor voluntad de ayudar al progreso de este país. No hemos decidido aún dónde instalaremos nuestras fábricas. Ustedes comprenden que previamente hay muchos factores que considerar. Quizás nos decidamos por este pueblo. Ya con el señor intendente hemos estado mirando algunos sitios para posibles instalaciones. Frente al puerto hay una plaza de dos manzanas que acaso nos convenga, aunque parece ser menos apropiada que otra que he visto en el puerto de Humaitá. Tendré que volver a ver la de este punto. En fin, hay que hacer cálculos… Todo depende, por otra parte, del grado de colaboración que ustedes nos presten para nuestros propósitos.
⸺¿No cree usted, señor Taylor, que nuestra plazoleta del puerto sea mejor que la de Humaitá? ⸺interrumpió uno de los munícipes que ya estaba impaciente por hablar.
⸺¡Mucho mejor! ⸺aseveraron otros, a coro.
Juan Robledo lanzó una mirada como de reproche sobre sus compañeros. Pero continuó callado.
⸺No tengo hecha una opinión definitiva sobre el particular ⸺dijo el señor Taylor⸺. He observado, sin embargo, que la plaza de ustedes tiene un gran desnivel hacia el río. Para corregir esto hay que trabajar mucho y gastar otro tanto. Y, hoy por hoy, los mercados internacionales están muy mal. Tenemos que reducir en lo posible nuestros gastos de instalación. La competencia industrial es desastrosa. Los productos están desvalorizados. La crisis económica y financiera presenta caracteres cada vez más graves…
De esta manera, el señor Taylor resumió brevemente el panorama de la situación mundial. Nada entendió esa pobre gente, que apenas lee y escribe, a excepción de Juan Robledo, que entendió todo y más de lo que dijo. Posiblemente, el señor Taylor tampoco deseaba ser entendido. La cuestión para él consistía en aplastar, anonadar, sitiar toda posible resistencia al propósito que allí lo tenía. Cuanta más oscuridad echaba sobre el asunto, mejor. Porque él es un hábil cazador de presas en la sombra. Al final de cuentas, los negocios, para él, no son más que una especie de deporte. Un deporte moderno que produce mucho dinero y muchos contusos.
⸺En resumen, y perdóneme, señor Taylor ⸺interrumpióle Robledo⸺, lo que usted quiere es que la Municipalidad regale el terreno de la plaza a la compañía que usted representa, ¿verdad?
⸺Desde luego, señor ⸺contestó, sin inmutarse, el interrogado⸺, si es que resolvemos instalar aquí nuestras fábricas.
⸺¡No puede ser! ⸺replicó casi áspero Robledo⸺. Es necesario que usted nos haga una propuesta razonable. Tenemos que entrar a discutir sobre precios.
⸺No podemos, señor ⸺afirmó con serena energía el señor Taylor.
Los demás miembros de la Junta no ocultaron su disgusto ante la insólita actitud de Robledo. El panadero dijo:
⸺Me extraña que, siendo tan inteligente, el señor Robledo no entienda las razones expuestas por el señor Taylor. ¿Por qué no hemos de regalarle esa tierra que a nosotros para nada nos sirve? No veo en la oposición más que un afán de entorpecer. Yo le ruego, señor Taylor, que le disculpe…
⸺¿Disculparme de qué?
⸺¡De su falta de paraguayismo! ⸺afirmó rotundo otro de los presentes⸺. Ya sabemos que usted es medio… ⸺dijo, y se contuvo apenas, antes de terminar la frase, sin disimular, no obstante, su repentina nerviosidad.
⸺Señores ⸺dijo Robledo, sin abandonar su tranquila actitud⸺, no veo qué relación puede existir entre una y otra cosa. No pretendo más que defender los intereses de la comuna, vale decir, del pueblo. Estamos tratando de negocios y…
⸺¡No es cierto! ⸺interrumpió el barraquero⸺. Aquí nos reunimos para tratar sobre la instalación de una fábrica que traerá el progreso a esta población; más aún, al país.
⸺Y bien, negocio o fábrica, lo que se busca con ello es dinero. El señor Taylor, o la compañía que él representa, viene a buscar dinero para sumar al que ya tiene. Las palabras de este señor están respaldadas por millones de dólares. Nosotros, que nos estamos ahogando en la miseria, no podemos hacer regalos.
⸺¿Y para qué nos sirve esa tierra si es que no tenemos capital que invertir en su aprovechamiento? ⸺interrumpió de nuevo el barraquero.
⸺La misma pregunta hago yo, pero a la inversa ⸺respondió Robledo⸺. ¿Para qué sirve el capital sin la tierra en donde los poseedores de él puedan invertirlo, como en este caso, no sólo para su conservación, sino también para su constante acrecentamiento?
⸺Pero el caso es que el país, el pueblo, nosotros todos, necesitamos dinero.
⸺Así pienso yo. Y es por eso que comienzo por pedir algo por ese terreno.
El señor Taylor dejaba que la discusión siguiera su curso. Y el barraquero agregó:
⸺¡Pero el dinero que obtengamos de la venta de esa plaza no va a engordar a la nación!
⸺Ni va a enflaquecer a esa compañía sobre cuyo poderío financiero ella misma hace mención.
⸺Lo que usted pretende ⸺replicó nervioso el contradictor de Robledo⸺ es ahuyentar a esa compañía y obligarla a que se mande mudar con su dinero a otra parte.
⸺No es fácil que así ocurra ⸺afirmó tranquilo Robledo. Y muy a pesar suyo, dada la terquedad irremediable de sus compañeros, agregó⸺: Dentro de la economía mundial, el capital también tiene su ley de gravedad. Hay zonas que le atraen con mayor intensidad que otras. No es posible eludir arbitrariamente el sentido en que esa atracción se ejerce…
Sólo el señor Taylor entendió cabalmente lo que Robledo acababa de decir. Y aunque le disgustaba profundamente su actitud, sintió por él una íntima admiración, la que, por otra parte, no modificaría sus planes. Quizá no haya sido más que por la extrañeza que le causaba encontrar en una aldea a un hombre que le discutiera, le entorpeciera y hasta le hablara sobre leyes de economía. ¡Caso único en sus andanzas por Suramérica!
Pero el barraquero se dispuso a cortar de cuajo el hilo de la lucubración de su colega, y dijo:
⸺¡Eso es librería!… ¡Nosotros somos hombres de trabajo y no andamos con esas macanas!
La lengua de Robledo ardió como al contacto de una astilla de fuego. Pero logró dominarse para continuar diciendo:
⸺Ustedes no deben pensar que yo pretendo oponerme a que se instale una fábrica en este pueblo. ¡Bienvenida sea ella! Y con ella, todo el progreso que signifique su instalación. Lo único que deseo es que el país comparta con los capitalistas extranjeros los beneficios de ese progreso. El señor Taylor habló de la competencia industrial que caracteriza a nuestro siglo. Pues bien, es esa misma competencia la que a él le ha obligado a venir aquí con su dinero. Me complazco en escuchar sus palabras de afecto y admiración hacia nuestro país. Yo se lo retribuyo con los sentimientos que con igual intensidad me inspiran su patria. Pero, lo repito, ahora estamos hablando de negocios. Y es necesario, por lo tanto, aclarar los intereses que están en juego. … El progreso por el que clamamos no consiste en el mero hecho de instalar aquí una o cien o mil fábricas. Cuidémonos de aclarar el significado preciso de esa palabra ¡Progreso, bienestar, riquezas!, ¿para quién?, ¿para quiénes? Yo no me envanezco con los edificios ni con las máquinas. Lo que me interesa es la distribución de las riquezas obtenidas mediante el trabajo de las fábricas. Nuestro país seguirá siendo lo que es, a pesar de ellas, sí. Los capitalistas sólo piensan en sus propias economías y ganancias. Un primer síntoma de este peligro es el hecho de que el señor Taylor, cuyas palabras, lo repito, están respaldadas por millones de dólares, venga a pedir que esta menesterosa Municipalidad le regale dos hectáreas de tierra. Yo no me opongo a ese obsequio por lo que pueda valer en sí en este momento. Mi oposición tiene más bien un sentido simbólico. Hoy me opongo a esta pretensión. Mañana tendremos que oponernos a otras. En esta actitud se resume la defensa de nuestro derecho a la vida, a la independencia, al bienestar de nuestro pueblo. ¿No aceptamos a veces el sacrificio de una guerra para evitar el desmembramiento de nuestro suelo? Y el suelo, ¿qué es? ¿No es la condición material de nuestra existencia? Que él produzca bajo el control de la propia o de la ajena soberanía, pero para satisfacer primordialmente necesidades extrañas a las nuestras, el caso es igual. No usando y gozando a voluntad de los bienes que nos pertenecen no tenemos soberanía sobre ellos. No somos más que sus cuidadores, sus guardadores. Esta es la situación a que puede reducirnos el caso presente. ¡Y sin disparar ni un solo cartucho!… Ustedes manifiestan su temor de que el señor Taylor se mande mudar con su dinero a otra parte. No existe tal peligro. Viene aquí la ley de gravedad de que les hablaba. Nuestro país se encuentra en condiciones de producir algodón a bajo costo, en cantidades insospechables. Con el dinero que en su país se necesita para sembrar una hectárea de algodón, se tiene bastante para que en el Paraguay se siembre y se coseche cincuenta y cuatro hectáreas del producto. Yo también tengo hechos mis cálculos. Cuanto más se agudice esa competencia de que habla el señor Taylor, más razón tendrá para instalar aquí sus fábricas. Él sabe que lo que un obrero de nuestro país gana un mes, en el suyo lo gana en un día.
El señor Taylor ya no pudo resistir el deseo de intervenir. Más que nada, para él era una cuestión de amor propio impedir que Robledo llegara, a lo mejor, a convencer a sus colegas. Aunque ello no le significaría, mayormente, nada. Total, le restaba una infinidad de resortes a que apelar para salirse con la suya. Pero él era también un deportista de los negocios. No se dejaría arrollar fácilmente, mucho menos por un aldeano. Si tal hecho ocurriera, miraría en adelante con rubor el águila del escudo de su bandera. Y dijo:
⸺Oiga, señor, no es mi intento abrir polémicas sobre este asunto. Sólo quiero aclarar un punto. No me parece justo establecer comparaciones entre un obrero de mi país y otro paraguayo. El obrero de mi país, forzosamente, debe ganar más porque tiene muchas otras necesidades, que aquí no se conocen por hoy, que satisfacer.
⸺Pero que las conocerán, precisamente por causa de las fábricas que vayan instalándose ⸺replicó de inmediato Robledo⸺. Las fábricas darán nacimiento a otra serie de actividades. El obrero que hoy vive descalzo, mañana querrá ponerse los zapatos que ante su vista ponga el zapatero que aparecerá con su negocio en virtud de las nuevas posibilidades comerciales. Hoy come un trozo de mandioca y va a trabajar hasta el mediodía. Mañana sentirá deseos de comer el pan o el salame que colocará a su paso el dueño de la despensa. Hoy anda leguas enteras a pie o en carreta. Mañana será constreñido a andar unas cuadras en coche o en tranvía. Hoy se divierte escuchando la ejecución de una guitarra o jugando a las tabas. Mañana querrá tener una radio, ir al cine o jugar al hipódromo… ¡Fábricas, máquinas, progreso!… Usted me entiende, señor Taylor. El mismo capital que ustedes manejan se encarga de crear esas necesidades cada vez más numerosas y perentorias. Y si el hombre pudiera permanecer impasible ante todas esas incitaciones con que ustedes mismos se encargan de herir sus deseos, ¿qué sería de los capitalistas? Pero ustedes no sólo provocan tales deseos sino que crean necesidades a cuya satisfacción está subordinada la existencia. Ustedes instauran un ritmo cada vez más acelerado en la vida. A despecho de su voluntad, los individuos no pueden vivir a la zaga de ese ritmo. Ya no pueden andar a pie cuando tienen que hacer centenares de cuadras para ir a una fábrica, entrar y salir a una hora determinada, producir una cantidad también determinada, la cantidad que ustedes necesitan para ir acrecentando sus riquezas. Ya ve usted que si todos los obreros del mundo siguieran ganando el mismo jornal que el obrero paraguayo, ni siquiera estaríamos aquí conversando, señor Taylor… Todavía no se hubiera construido el barco que lo trajera hacia estas tierras.
⸺Creo que el asunto se prolonga innecesariamente ⸺dijo sonriendo el señor Taylor⸺. El señor gusta de hacer conferencias…
⸺No, señor; no pretendo otra cosa que conciliar el presente con el futuro, la miseria de hoy con el progreso de mañana. Hay ya, y seguirá habiendo, intereses contrapuestos en este proceso. Comencemos, señor Taylor, por armonizarlos antes de que sea demasiado tarde. Usted tiene capital, nosotros tenemos tierra. Usted necesita que le produzca su dinero. Nosotros, en cambio, necesitamos que nos produzca nuestro suelo. He aquí la razón que justifica mi actitud. Yo no puedo consentir que usted y los suyos vengan a colonizarnos en nombre de un progreso engañoso. Tenemos un pueblo que, igual que los demás, tiene derecho a la existencia, al bienestar y a la libertad. Prefiero que nos deje con nuestras carretas antes de que usted nos traiga fábricas o ferrocarriles que vaciarán nuestras riquezas. Ya nosotros veremos la forma de resolver libremente el problema de nuestro engrandecimiento.
⸺Señor intendente ⸺dijo de pronto el panadero⸺, estamos perdiendo tiempo. Hay demasiado discursos y politiquerías… Vamos a votar de una vez. ¡No podemos estar haciendo perder tiempo al señor Taylor, pues ya está muy bien aclarado el asunto! Yo voto por que se regale la plaza a la compañía…
⸺¡Yo también!
⸺Igualmente, como buen paraguayo ⸺exclamó un tercero.
⸺¡Ya era hora, yo también!
Y así el quinto, el sexto, el séptimo y todos los demás miembros.
El señor Taylor no pudo evitar que se dibujara en sus labios una sonrisa.
Juan Robledo también sonrió, pero con una mueca amarga. Sintióse como aplastado bajo el peso de una montaña. Hubiera querido gritar toda su indignación, arañar, golpear el rostro del señor Taylor, escupirle en los ojos; pero, ¿con qué objeto? ¿Y con qué razón? ¿No estaba ya expuesta la razón de la mayoría? Corría el riesgo de ponerse a llorar como un niño… o como un hombre. Esto sublevó su ánimo. Hizo un esfuerzo, se contuvo, apretó el puño y…
⸺¡Fábricas! ⸺exclamó, casi maquinalmente, al levantarse para abandonar la sala.
Por la noche, los miembros de la Junta ofrecieron un baile en honor del señor Taylor.
Fuente: VALDOVINOS, Arnaldo. «¡Fábricas!» en La incógnita del Paraguay. Buenos Aires: Atlántida S. A., 1945.









¿Qué opinas?