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El último cuadro

Al declararse el estado de emergencia general por la escasez del agua en gran parte del mundo, una pareja de jóvenes decide ir a sobrevivir con lo que pueda y encuentre en la ciudad desolada de Aregua. Este cuento forma parte del libro Espontaneidad.

 

Mientras el mundo se va al carajo, yo dedico mis últimas pinceladas a ti, piensa de pie frente al cuadro con el fondo de lo que alguna vez fue el lago Ypakarai. Traza detalles dispersos del rostro de ella. Delinea los ojos, las mejillas, los hoyuelos, la sonrisa. Detrás, el hueco enorme, la tierra sin agua, con piedras y canoas entre otras cosas hundidas, le recuerdan sus palabras, cuando previó la situación actual: «Acordate de mí: va a llegar el día en el que tus cuadros de Aregua nos van a ayudar a recordar este lugar.» En ese momento lo había dicho por la posibilidad de que el lago, si lloviese días e incluso semanas enteras, se desbordara e inundara el pueblo que se encontraba en la cuenca del mismo. A través de su memoria viva quiere reinventar los detalles del paisaje pintado decenas de veces. En sus ojos azulgrisáceos ve el color del agua; en su piel clara, la arena blanca de la orilla; en su esbeltez, los árboles alineados. El último lienzo se nutre de los variados tonos del óleo y tras unas pocas figuras revive la imagen del pasado.

En su celular, gracias a la batería encontrada en el recorrido de ayer, suena The end of the world de The Cure. La canta a la par de Robert Smith. La había memorizado durante las incontables veces que escucharon el álbum completo, comprado hacía lustros, cuando iniciaron su relación de idas y vueltas, de rupturas desaforadas, reconciliaciones de cama y entendimientos improbables. «Esta canción resume todo lo nuestro», le dijo el día de la despedida. «Pero no necesariamente debemos terminar acá», le susurró ella, respondiéndole. «Podés venir conmigo y ver qué hacemos.» Hablaron del tema —irse o quedarse— en muchas ocasiones. Antes, cuando vivían en Asunción y empezó el fin del mundo, como lo habían bautizado los medios de comunicación, con el corte de los servicios públicos y privados en gran parte del país a causa de la escasez irremediable de agua, habían acordado —en vez de seguir las órdenes del gobierno— ir a probar suerte a Aregua, uno de los pueblos afectados por los cortes radicales. La decisión, si bien era temeraria, los entusiasmó durante el tiempo en el cual sobrevivieron sin sufrir en demasía, encontrando una casa en buen estado cercana al lago y lejana del resto de las personas, quienes en un principio también decidieron aguantar hasta cuando pudieran la situación, pero tras la dificultad del día a día buscaron otros lugares o se unieron a la capital, en donde, si bien aún había algunos servicios básicos, mínimos, la gente ya no encontraba espacio.

Hollywood, como de costumbre, se había equivocado en sus predicciones del fin del mundo. No hubo una tormenta congelante. Los meteoritos gigantes no se dirigieron hacia estos lares. Los extraterrestres no vinieron a colonizar el orbe azul. La Tierra no se quebró y expulsó la lava de su interior. Los estudios científicos acerca de la posibilidad de quedarnos sin agua tampoco fueron exactos, pues no contaron con la privatización total del líquido dulce y salado, vuelto potable en las máquinas desalinizadoras patentadas por unas corporaciones, que decidieron —ya sin democracias de fachada— el porvenir de las personas. Los gobiernos se redujeron a simples sucursales militarizadas de unos pocos administradores globales. Antes de que la lluvia fuera ácida en el mundo entero, el agua de las regiones más húmedas se había empezado a llevar en aviones, en contenedores enormes, a ciertas ciudades del Norte. El acuífero guaraní fue secándose de a poco. Quienes contaban con los recursos suficientes encontraron la forma de ir a los lugares en los cuales aún se vivía con los servicios mínimos. Tras la lluvia ácida y esporádica, los lagos y los ríos del Paraguay bajaron de nivel, hasta volverse surcos gigantescos o pozos enormes. Las represas hidroeléctricas, a su vez, dejaron de funcionar. La vida, si bien con la escasez del agua se volvía casi imposible en muchas partes, sin electricidad se volvió oscura. El calor aumentó a grados infernales durante ciertas horas del día. Los árboles envejecían y se quedaban secos. Los animales migraban desesperados. El medio ambiente era una simple locución carente de sentido. Las manifestaciones y los levantamientos violentos de grupos que exigían equidad en la distribución del agua y los alimentos fueron efímeros y estériles, pues los gobiernos sólo distribuían lo mínimo, privilegiando a sus funcionarios y a quienes realizaban los trabajos diarios y cumplían las leyes de lo denominado como estado de emergencia general. La población mundial se reducía a cada minuto. Y la situación, para la gente carente de recursos y poder, se resumió en aceptar las migajas de las capitales cada vez más inmundas o buscarse su propio lugar y sobrevivir con lo que encontrara.

De la vida privilegiada en Asunción, en un departamento amplio, lindo, cómodo, con todos los servicios pensados eternos, debieron retroceder a los tiempos de la barbarie cuando el conflicto mundial se volvió obvio y oficial. Entonces fueron a Aregua, pueblo en el que sobrevivieron durante meses, alejándose de las otras pocas personas y rebuscándose en casas abandonadas, en las cuales siempre encontraban algo, aunque no fuera comestible o bebible. Para la suerte de ambos, habían aprendido a volver potable su propio orín, pero sólo recurrieron a esa medida extrema cuando no hubo buenas nuevas en sus búsquedas diarias. Antes de mudarse supieron que el caos y la lucha por la sobrevivencia sería la constante. Por eso también decidieron no unirse a otras personas, manteniéndose a distancia de quienes veían en los caminos. La decisión fue correcta. La gente, al encontrarse en las últimas, no dudaba en dañar e incluso matar al otro para continuar viviendo. En algunos lugares, además, se formaban grupos armados que se apropiaban de ciertos territorios y hacían cuanto querían con quienes no obedecían sus órdenes autoritarias.

El problema se volvió intolerable entre ambos cuando dejaron de encontrar algo de beber o comer. Ella, ante semejante realidad, quiso ir a la capital y acudir a sus contactos para que le diesen una mano solidaria. Él, en cambio, no tenía el menor ánimo de regresar. Aquí, en Aregua, aún podemos buscar algo. ¡Pero si ya buscamos todo! Entonces podemos ir más lejos a buscar. ¡No! Si queremos vivir, sólo nos queda la opción de ir a Asunción de nuevo. ¡Y vos tenés muchos contactos que podrían ayudarnos! ¿Y quién me ayudaría ahora? A esos ricos de mierda que antes me compraban los cuadros ahora sólo les importa el agua y la comida. ¡El arte no sirve de un carajo! Pero si ni siquiera lo intentamos, ¿cómo vamos a saber? ¡Porque en esta inmundicia de mundo sólo importa sobrevivir! Ella, si bien se negaba a aceptar esa conclusión, sabía que él tenía razón, pero también sabía que fallecerían en cualquier momento si seguían ahí. Ok, la cosa es así de simple: morimos en días acá o vamos a ver cuándo moriremos allá. No, la cosa es así: vivimos hasta donde podemos acá o vamos a que se nos mate allá. ¡Porque eso hacen allá! Matan a la gente. Si no te matan los militares del gobierno, lo hace la propia gente, sedienta, hambrienta, miserable, moribunda. Y yo prefiero quedarme aquí. De ser necesario, aguardaré yo solo el fin.

Esa fue la última discusión fuerte, un día antes de la separación definitiva. A la mañana siguiente sólo hablaron un rato. The end of the world sonaba de fondo, a un volumen apenas perceptible. Él se la cantó, mirándola a los ojos azulgrisáceos. Es extraño dedicártela en este instante, pero la cosa es así. Esta canción resume todo lo nuestro. Pero no necesariamente debemos terminar acá. Podés venir conmigo y ver qué hacemos. No, ya dijimos todo lo que debíamos con respecto a eso, respondió él en un tono seco y guardó silencio. La despedida era inminente. Robert Smith les cantaba «No podría haberte amado más», una y otra vez. Es raro dedicártela. No quiero hacerlo. Es la canción que nos acompañó desde el principio y, sin embargo, nunca la incluimos entre los temas que nos definían como pareja. Y ahora suena exacto: «Es el fin del fin del mundo». ¿Quién carajo podría haber imaginado esto? La miró de nuevo, se acercó a paso lento y se ubicó frente a ella, mientras la canción llegaba a sus últimas notas. No quiero que te vayas, le susurró con la voz quebrada. Lo siento. No te vayas. No puedo, y no insistas, por favor. Si decidís ir cuando te quedes sin nada de nada acá, sabés dónde voy a estar. ¡Pero si ni siquiera sabes dónde estarás! Y el camino no es seguro. ¡Basta! Si pudimos venir caminando, por supuesto que voy a poder ir caminando de nuevo. Y no vamos a hablar otra vez de lo mismo. Me voy y punto. Ella, harta de esa situación prolongada, tomó su mochila, lo abrazó fuerte y suave durante una fracción de milenios, y emprendió el viaje, mientras él la seguía con la mirada lánguida, viéndola minimizarse en la distancia y deseando que voltease en cualquier momento y regresase.

La imagen de ella resalta frente al cielo de nubes blancas, el lago de aguas calmas y la orilla de tierras pulidas. Tiene algo de La Gioconda, piensa. Han pasado semanas desde la separación. Dejó de anotar los días en la agenda cuando quedó solo. Apenas terminó la batería, no volvió a escuchar música. En sus recorridos rutinarios casi nada encontraba. Desde ayer no come un solitario bocado. Y nada de beber le queda desde hace unas horas. Toma el cuadro con cuidado, deja el caballete parado y camina hacia la casa. Llega. Recoge la escalera del frente y la mete a través de la ventana. Luego entra con el cuadro en mano y lo deja recostado en la pared. Busca durante unos minutos el martillo y un clavo. Al encontrarlos, recoge el cuadro y sube la escalera. Lo coloca en la parte superior de la pared, rozando el techo. Baja y lo mira entrecerrando los ojos. Al rato, estira, arrastra, el colchón. Lanza las almohadas encima, en el otro extremo, y se acuesta, con la mirada fija en su última creación. Toda su ínfima concentración se limita a la pintura. La imagen impregnada en su retina es la de ella antes de que tiraran al mundo por la borda. Sonríe. Sabe que en cualquier momento sus párpados pesados se cerrarán y su cuerpo macilento se rendirá, irremediablemente, ante el sueño sin final.

Nota: la ilustración de este cuento es de Charles Da Ponte.

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