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El secuestro del cónsul paraguayo Waldemar Sánchez

En la tarde del martes 24 de marzo de 1970, unos integrantes del Frente Argentino de Liberación (FAL) secuestraron a Waldemar Sánchez, el cónsul paraguayo por el que ni el gobierno argentino de Onganía ni el paraguayo de Stroessner se ocupó de liberar. Pero que llamó la atención de Graham Greene, quien en 1973 publicó la novela El cónsul honorario.

Waldemar Sánchez, tras su secuestro en 1970.

Waldemar Sánchez, tras su secuestro en 1970.

En realidad, Sánchez era una víctima de muy baja categoría, sobre todo si se la comparaba con otros secuestrados por organizaciones armadas de izquierda poco tiempo antes, como el embajador de Estados Unidos en Brasil, Charles Elbrik; el poderoso empresario ítalouruguayo Gaetano Pellegrini Giampietro; o el obispo de Guatemala, Mario Casariego. Pero, por otro lado, su bajo rango lo volvía más accesible. Además, suponían que la visita anunciada del sempiterno dictador paraguayo, Alfredo Stroessner, para tratar algunas cuestiones de comercio bilateral con su par Onganía y luego irse a pasar el fin de semana largo de Semana Santa en los lagos del sur, iba a servir para levantarle el perfil al secuestro. «Ese trabajo lo hizo la columna de Tato; nosotros jamás hubiéramos podido hacerlo porque no teníamos esa capacidad de responder tan rápido», admite Malter Terrada.

En la mañana del martes 24 de marzo de 1970, el cónsul Waldemar Sánchez recibió un llamado telefónico de un ficticio ingeniero Patrick, quien le preguntó por el auto del aviso y, al enterarse de que aún no estaba vendido, le anticipó que a las dos de la tarde iba a pasar su hijo a verlo. A esa hora fueron Sergio Schneider y Pichón, los dos muy bien trajeados, y le pidieron al cónsul que les mostrara el auto y los acompañara a dar una vuelta para probarlo. Como era casi obvio, éste les dijo que para eso estaba el chofer, pero ellos insistieron en preguntarle algunos detalles técnicos y lograron convencerlo. Los cuatro se subieron al vehículo: Pichón al volante, con el cónsul como acompañante, y Tito atrás junto al chofer. Enfilaron hacia los bosques de Palermo, donde los supuestos compradores, haciendo exhibición de armas, les dijeron que se trataba de un secuestro y los hicieron acostarse amordazados en el piso. De ahí llevaron el auto a un baldío en el barrio de Saavedra, donde liberaron al chofer y dejaron abandonado el auto, que la Policía encontró a la mañana siguiente. Subieron al cónsul a otro coche, tabicado, y lo llevaron a una casa en Carapachay, alquilada poco antes por Malter Terrada para vivir con Yiya, su esposa, y allí dejaron al cónsul amordazado y atado de pies y manos, en una carpa de campamento, armada dentro de una habitación. Entonces le explicaron el motivo del secuestro, le aseguraron que el problema no era con él y, según asegura Pichón, lo trataron «con toda la delicadeza del mundo, e incluso se lo gratificó con las comidas» durante su cautiverio.

Mientras tanto, en un departamento en Palermo, se amontonaban Tato, Bjellis y otros, pendientes de las noticias y listos para escribir los comunicados. La idea original era pedir que los legalizaran; pero como ya se había reconocido la detención de Carlos Della Nave —aunque no la de Alejandro Baldú—, el eje pasó a ser que se mostrara públicamente a los dos para corroborar su estado de salud. Otro dilema, nada menor, era cómo firmar los mensajes que iban a convertirse de hecho en la presentación en público de la organización, ya que todavía no tenían del todo definido un nombre que la identificara. Si bien la sigla FAL ya estaba aprobada, todavía no existía un consenso claro sobre su significado. Sin embargo, en ese momento, en el que aún no existía ninguna organización armada en actividad que firmara sus operativos con nombre propio, prevaleció la idea del Frente Argentino de Liberación, que expresaba la voluntad de convocar a todas las fuerzas revolucionarias.

Pasadas las ocho de la noche, la agencia de noticias Saporiti recibió un llamado indicando que había un sobre de color celeste en el baño de mujeres del bar El Ibérico, en Córdoba 1395, y más tarde avisaron al diario Clarín que había otro sobre en la caja de un camión perteneciente a la editorial. Al diario La Prensa, en cambio, le informaron el secuestro mediante una muy breve llamada telefónica a las 20:45, mientras que el resto de los periódicos, como La Nación, no fueron avisados y se enteraron a través de fuentes indirectas. El documento estaba firmado por el Frente Argentino de Liberación — Grupo Operativo Táctico Emilio Jáuregui, con fecha 24 de marzo de 1970, y fue el primer mensaje a la opinión pública de una organización guerrillera en la Argentina en la década del 70.

Decía así: «El Comando Nacional del Frente Argentino de Liberación denuncia: 1) que hace seis días, dos de sus militantes antiimperialistas fueron detenidos por las fuerzas represivas del régimen de Onganía y sometidos desde entonces a las más bárbaras torturas, que han puesto en riesgo sus vidas. Estos compañeros son Carlos Della Nave y Alejandro Rodolfo Baldú, el último de los cuales es negado con la evidente intención de ser impunemente asesinado. 2) Ante el fracaso de las acciones legales emprendidas para liberarlos de la tortura y preservar sus vidas, el comando nacional del FAL comunica que a las 14:30 de la fecha, el Grupo Operativo Táctico de sus fuerzas patrióticas de liberación ha tomado como rehén al cónsul paraguayo Waldemar Sánchez, reconocido agente de la CIA y representante de la sangrienta dictadura de Stroessner, fiel sirviente del imperialismo yanqui, que desde tantos años explota y humilla a nuestro pueblo hermano. 3) El Comando Nacional del FAL exige: a) La aparición de nuestros compañeros antes de las 22 del día de la fecha, ante los periodistas de prensa y televisión, quienes deberán certificar su estado físico y darlo a conocer públicamente. b) La publicación textual del siguiente comunicado. 4) Asimismo, el FAL informa a los gendarmes de la dictadura que la seguridad de nuestro rehén depende exclusivamente de la paralización inmediata de todo intento de búsqueda y rescate y que el destino futuro de cualquier negociación de su libertad está determinado por el estricto cumplimiento del punto anterior. 5) El FAL aclara a su pueblo que ejerce la violencia revolucionaria contra la violencia de las fuerzas represivas, y que una medida de esta naturaleza es la única respuesta posible ante esta reiteración de brutalidad por parte de la dictadura. Este comando nacional aclara también que esta medida no está dirigida a lesionar la dignidad del estoico pueblo paraguayo, al que consideramos víctima de la misma opresión que la que soporta el pueblo argentino, como lo demostrará el próximo abrazo entre sus dos verdugos: Stroessner y Onganía.»

Queda claro que no se planteaba ningún tipo de «canje» del cónsul por Baldú y Della Nave, como informaron erróneamente muchos medios en los días posteriores, sino apenas que se los exhibiera públicamente para certificar su estado físico y, en el caso del primero, también el reconocimiento de su detención. Casi a medianoche, el embajador del Paraguay, Manuel Ávila, confirmó el secuestro, y la esposa del cónsul reveló que había denunciado la desaparición de su marido en la Comisaría 5º sin darlo a publicidad. El chofer Vera, en tanto, ayudó a componer un logrado identikit de Pichón que fue publicado al día siguiente en una edición especial del diario Crónica. Ya en la madrugada del miércoles 25, el jefe de Coordinación Federal anunció a los periodistas acreditados en el Departamento de Policía que la decisión de acceder o no a la petición del FAL no les correspondía a ellos sino al gobierno nacional; de modo que a partir de entonces toda la información oficial pasó a ser manejada directamente por la oficina de prensa del Ministerio del Interior.

La mañana del miércoles 25 de marzo una comisión policial fue a la casa de Della Nave, en la calle Miguel Cané 322 departamento 1º, Lanús Oeste. Quedó asentada en actas la siguiente descripción del hogar: «La finca consta de un dormitorio, un living comedor, cocina, baño, patio interno cubierto, un altillo pequeño y terraza. La habitación determinada como living—comedor es ocupada normalmente como dormitorio de Carlos Domingo, en el cual se hallan sus pertenencias, constando (sic) en un extremo del mismo un pequeño placard donde guarda sus efectos personales el nombrado». Pero no se encontró ningún elemento de interés para la causa. Ese mismo día, Crónica recibió la noticia de que había un nuevo sobre escondido en el confesionario de la Iglesia de San Nicolás de Bari, en Santa Fe y Talcahuano, y adentro, dos cartas muy breves pero desesperadas escritas de puño y letra por el cónsul Sánchez, que el diario reprodujo en forma facsimilar en su edición vespertina. En la primera, dirigida a Stroessner, le rogaba «poner todo su prestigio e influencia ante el Gobierno Argentino para conseguir mi liberación (…) mediante la aceptación de la exigencia del FAL». La segunda, destinada a su esposa, le pedía también a ella usar «su influencia (¿?) ante los gobiernos paraguayo y argentino para que accedieran a las exigencias del FAL», y aún más: que los persuadiera de que las fuerzas de seguridad no salieran en su búsqueda, como pedía el cuarto punto del comunicado. En realidad, nadie estaba desesperado por rescatarlo ni mucho menos.

Durante toda esa jornada las redacciones fueron atosigadas por cantidades ingentes de información y comunicados falsos. En su búnker de Palermo, Bjellis, Aguirre y los demás escuchaban pasmados estos mensajes equívocos y no llegaban a imaginar de dónde surgían. En rigor, su origen era de lo más variado. Algunos provenían de grupos que especulaban con obtener alguna ventaja sumando nuevas exigencias al supuesto canje por el cónsul, como uno que reclamaba la liberación en Paraguay del médico Agustín Goiburú, un opositor político recientemente encarcelado. Otros parecían provenir de los mismos servicios de inteligencia, y su fin evidente era entorpecer las negociaciones, como una llamada telefónica al párroco Victorino Bisi, de la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, en Barrio Norte, a quien se le pidió que informara de una supuesta nueva exigencia de los secuestradores: que Baldú y Della Nave fueran sacados del país y llevados a México. Por desgracia, el sacerdote aprovechó la ocasión para tener su cuarto de hora de fama y difundió el diálogo en forma exagerada, con lo cual la versión tuvo un eco mayor del que merecía, e incluso, como se verá, influyó en el desarrollo posterior de los sucesos, lo que, seguramente, estaría en la intención de quienes lo llamaron.

Ese miércoles 25 también llegó Stroessner a la Argentina, y almorzó con Onganía en la residencia presidencial de Olivos junto con un enjambre de funcionarios y diplomáticos. Después, los dos generales se reunieron a conversar a solas. El único miembro de la comitiva guaraní que aceptó referirse al asunto —y sólo porque los periodistas se lo preguntaron insistentemente— fue el canciller Raúl Sapena Pastor, quien se limitó a decir que su gobierno «dejaba el problema en manos argentinas», y que no había iniciado gestión alguna. En realidad, la suerte de Waldemar Sánchez no parecía ser un tema que les quitara el sueño a los gobiernos de ninguno de los dos países, y justamente en eso radicaba el gran error de cálculo de los secuestradores. Horas más tarde, el canciller argentino Juan Bautista Martín, tras despedir en Aeroparque a la comitiva visitante, que se marchaba a cumplir su plan vacacional, declaró que el gobierno paraguayo «no iba a interferir» en la decisión que tomara el argentino, lo cual significaba que no iba a interceder por su cónsul. El dictador paraguayo se instaló en la residencia El Messidor, en Villa La Angostura, sin haber pronunciado una sola palabra en público sobre el tema.

Ese segundo y agitado día del secuestro tuvo dos condimentos adicionales. Por la mañana, la Policía Federal intentó difundir la supuesta noticia de que vecinos del galpón de Luján habían escuchado disparos unos días antes, y que se había encontrado un reguero de sangre y unas palas: así se buscaba instalar la idea truculenta de que Baldú podía haber sido muerto y enterrado por sus propios compañeros. Pero el ardid fracasó por el simple hecho de que, salvo La Nación, ningún otro diario lo tomó en serio ni le dedicó mayor espacio: ni siquiera los más sensacionalistas. Después, a media tarde, y en represalia por el secuestro del cónsul —así se le hizo saber a la prensa—, un autodenominado Comando de Represión hizo explotar una bomba en el palier de un departamento céntrico donde supuestamente vivía Jacobo «Yaco» Tieffenberg, presidente de la FUA y militante del PCR. Las únicas víctimas del atentado fueron dos mucamas, de las cuales una falleció y otra quedó gravemente herida; pero lo cierto es que Tieffenberg, además de no tener ni el más mínimo vínculo con FAL, ya no vivía allí desde hacía varios años, ni tampoco sus padres. En repudio, la FUA convocó a una marcha para el miércoles siguiente, en la que se iba a pedir también por la libertad de varios presos políticos como Federico Méndez y Héctor Jouvé, del EGP, y el presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, Hugo Goldsman.

Desenlace amargo

El secuestro ya era la noticia principal de los diarios argentinos, que en muchos casos sacaban ediciones extra para actualizar la información. Todos estaban pendientes del plazo previsto en el primer comunicado, que corría sin que hubiera ninguna respuesta oficial. Inmovilizado adentro de la carpa, el cónsul ofrecía a sus captores, a cambio de su vida, los contactos con una red de tráfico de armas desde Paraguay, que efectivamente les entregó y fue bien aprovechado durante los dos años siguientes. A Pichón, que lo vigiló durante larguísimas horas, le asombraba su costumbre de arrojar el papel higiénico a un cesto y no al inodoro cada vez que lo llevaban tabicado al baño. Era una costumbre que por entonces sólo podía entenderse en poblaciones con cloacas deficientes o inexistentes: la América Latina profunda, que en verdad ellos conocían bastante poco.

Al atardecer, Onganía, su gabinete de ministros y varios funcionarios judiciales y policiales se reunieron para debatir el tema en Olivos. La resolución fue dada a conocer a las nueve de la noche desde la Casa Rosada, a través de un comunicado del Ministerio del Interior en el que se aseguraba que el gobierno no tenía «ninguna posibilidad de acceder a las exigencias del FAL», porque Baldú estaba prófugo de la justicia y Della Nave se encontraba «procesado por delitos comunes ante el Juzgado Federal de San Martín». Agregaba que «mal podría este gobierno, que se ha caracterizado por su permanente respeto a la justicia, disponer la libertad de Della Nave sin quebrantar esa norma». Poco más tarde, el vocero de Interior fue mucho más explícito: «Si hay decisión oficial de cualquier tipo, no se producirá esta noche». De esta forma, se ignoraba olímpicamente al plazo otorgado por los secuestradores, sellando sin mayor culpa la suerte del rehén. Para los militares argentinos, el cálculo parecía sencillo: condenar a un oscuro diplomático que les importaba muy poco y demonizar a sus captores (y junto con ellos a la «subversión» en general). Todo por el mismo precio: gratis, porque el gasto lo habían hecho los otros. Además, ahora la pelota quedaba en el campo de los secuestradores del cónsul, que debían demostrar si estaban en condiciones de cumplir con su amenaza.

Pero en la madrugada del jueves del 26 de marzo, dos días después del secuestro, el juez Luque, titular del juzgado que llevaba adelante la causa por el allanamiento al galpón de Luján —aunque en la guerra de comunicados y declaraciones nadie parecía recordarlo—, se adelantó a todos con un golpe de efecto que lo convirtió en el protagonista de este drama que se desenvolvía ante la opinión pública. A las dos y media de la mañana de ese Jueves Santo, que en rigor era la larga trasnoche del miércoles, constituyó su juzgado en las oficinas de Coordinación Federal para tomarle allí mismo declaración a Carlos Della Nave. Puede aceptarse que lo hizo porque en los hechos le resultaba imposible llevar al detenido a otro sitio; pero resulta increíble que, como consta en la causa judicial, haya sido el mismo Carlitos quien pidió declarar con «carácter urgente», supuestamente porque advirtió que se estaba por cumplir la hora del ultimátum, y que eso fue lo que llevó al Juez a actuar de esa forma casi improvisada. Al finalizar el trámite, Luque convocó a una breve conferencia de prensa en la cual les leyó a los cronistas un acta con la siguiente declaración: «El joven Carlos Domingo Della Nave manifiesta que, respetuoso de las leyes del país, como asimismo de la justicia, desea seguir a disposición de ella y enfrentar las eventualidades del proceso, no deseando de ninguna manera ser sacado del territorio argentino, ni ser el responsable de lo que pueda ocasionársele al diplomático paraguayo secuestrado en su condición de rehén para obtener su libertad».

Gracias a este truco sacado de la galera, el juez Luque afirmaba, por un lado, su derecho de propiedad sobre el reo, ya que éste declaraba que prefería seguir procesado por su Juez natural antes que ser objeto de una negociación extrajudicial; y por otro, cancelaba la posibilidad de un acuerdo entre los secuestradores y el gobierno, ya que Della Nave elegía seguir procesado antes que convertirse en prenda de cambio. Para ello, el Juez había apelado al recurso (¿involuntario o premeditado?) de darle un valor decisivo al mensaje espurio que reclamaba la salida de Baldú y Della Nave hacia México, lo cual le permitió también al ministro del Interior, general Francisco Imaz, hacer la siguiente declaración: «No puede efectuarse el canje porque uno de los individuos cuya libertad piden los raptores no está detenido y el otro no acepta salir del país». En definitiva, con este ardid se pretendía obtener el saldo de: a) un rehén muerto, b) un preso que elogiaba a la Justicia, c) un guerrillero prófugo. La ecuación cerraba y perfecto. Es probable, además, que nunca se sepa si se trató de una maniobra muy bien orquestada por todas las partes para obtener este resultado, o si fue promovida exclusivamente por el Juez, al verse menoscabado en su autoridad.

El acta que exhibió Luque estaba firmada también por el padre de Della Nave, quien ratificaba su contenido a través de un escrito adicional cuya redacción resultaba más bien confusa: «En razón de la minoridad de su hijo, es su expresa voluntad (del padre) que el mismo no sea extraído del país ya que se encuentra plenamente garantizado por la actuación del tribunal». Cuando los periodistas presentes insistieron en preguntarle directamente a Carlitos si estaba de acuerdo con esa decisión y con los términos en que había sido expresada, el Juez les respondió que eso era imposible porque estaba incomunicado; pero permitió que Raúl Della Nave hablara brevemente con la prensa. En ese escueto diálogo quedó clara la escasa credibilidad de la puesta en escena:

—¿Cómo está su hijo? —fue la primera pregunta.

—¿En qué sentido? —respondió cándidamente el padre.

—Usted denunció que lo habían torturado —insistieron.

—Bueno, tiene una luxación en el hombro —dijo titubeando.

—¿Comprobó los malos tratos? —volvieron a preguntar.

—Habrá que determinar bien las cosas —contestó.

Ante el cariz que tomaba el diálogo, se decidió darlo por terminado. Pero más tarde, poco antes de las cuatro y media de la mañana, se les brindó a los pocos periodistas que quedaban de guardia, incluidos algunos camarógrafos de televisión, la posibilidad de ver y filmar a Carlitos caminando de una oficina a otra del Departamento de Policía, vestido con un jean, alpargatas y una camisa blanca. La escena, fugaz y casi fantasmal, fue repetida decenas de veces en los distintos noticieros y, por cierto, las sensaciones fueron muy variadas. «Según la impresión tan rápidamente obtenida, Della Nave es un muchacho de agradable figura, tez muy blanca y cabellos rubios. Aparentemente se hallaba en uso de sus facultades físicas y mentales. Se percibía que mantenía inmóvil el brazo derecho y que presentaba un trazo rojo que iba desde la parte superior del tobillo derecho hasta el pie», describió Crónica. En tanto, El Día, de La Plata, agregaba que «su rostro aparecía demacrado, con evidentes signos de cansancio y tensión nerviosa». Entre quienes lo vieron por televisión, Malter Terrada lo notó «completamente drogado, con ojeras y cara de zombi», mientras que Pichón lo vio, lisa y llanamente, «hecho pelota».

El plazo establecido en el único comunicado auténtico de FAL se había vencido, pero la realidad es que, dos días después del secuestro, la vida del cónsul ya no corría ningún peligro. Y no sólo porque un nuevo comunicado apócrifo, en el que muy pocos creyeron, extendió el plazo hasta el viernes 27 a las ocho de la mañana. Tal como explica Malter cuatro décadas más tarde, la idea de ultimar a Waldemar Sánchez no había figurado jamás en los planes porque se esperaba que el gobierno accediera a las exigencias, tal como había sucedido en otros casos. El problema era que este rehén, en particular, resultaba insignificante. «Como nosotros reclamábamos que aparecieran con vida los dos, la muerte de Baldú debería haber bastado y sobrado para ajusticiarlo —cuenta Pichón—. Pero igual se optó por liberarlo y devolverlo, porque todos teníamos la certeza de que, si lo matábamos, iba a morir un inocente. En cierto modo, hubiese sido una venganza justa porque ellos habían matado a Baldú, pero injusta porque este personaje no tenía ninguna responsabilidad en el hecho: una represalia indiscriminada.»

Estas consideraciones pueden leerse entre líneas en el segundo comunicado de FAL, que se dio a conocer a las cinco de la tarde del 26 de marzo, Jueves Santo, y que también apareció en el retrete de un bar céntrico, con la diferencia de que esta vez se le avisó a La Prensa. Hay que decir que, en medio de la guerra de nervios y la desesperación, FAL instaló inteligentemente una competencia explícita entre los principales diarios por ser el receptor de las novedades, como así también hizo patente su desprecio por otros. Sobre el vencimiento del plazo para ultimar al cónsul, que tenía en vilo al país, los secuestradores admitían una postergación difusa de la ejecución mediante el recurso elíptico de anunciar su inminencia: «Una vez dictada sentencia, ésta será ejecutada y se comunicará a la prensa las razones que llevaron a tomarla». Sin embargo, la importancia testimonial de este texto está dada porque se denunciaba el hecho ominoso de una desaparición: «Tenemos la absoluta certeza de que el compañero Baldú fue detenido el jueves 19 de marzo, aproximadamente a las 23 horas. Pero la dictadura niega este hecho, y la explicación la encontramos en su imposibilidad para reconocer ante la opinión pública nacional e internacional que este compañero, o bien ha sido asesinado, o se encuentra tan ferozmente mutilado que no puede ser presentado ante la prensa».

El mensaje iba acompañado por una breve y desesperada carta manuscrita del cónsul, en la que lamentaba que tanto las autoridades paraguayas como las argentinas lo hubieran abandonado: «He leído con asombro que el gobierno argentino ha decidido sacrificarme en vida. Quizás ésta sea mi última carta. Me queda claro que no se acordó el pedido porque seguramente la Policía debe haber ultimado al señor Baldú y, por otro lado, por no ser yo un diplomático de alguna gran potencia», afirmaba, transfiriendo a todo su país la escasa relevancia que poseía su persona. Y concluía con una plegaria demasiado ambiciosa como para ser escuchada: «Mi último pedido es al presidente Stroessner, el nuncio apostólico, el Santo Padre, la ONU y todo el cuerpo diplomático para que intercedan con extrema urgencia por mi vida».

Durante ese día feriado y casi muerto en Buenos Aires, sin ningún tipo de actividad oficial, mientras un despreocupado Stroessner pescaba truchas en el Nahuel Huapi y hacía saber que no deseaba ser molestado, la sensación generalizada era de que en cualquier momento se conocería la noticia de la aparición del cadáver de Waldemar Sánchez. Sobre todo, porque un nuevo llamado anónimo —y falso— aseguraba que su cuerpo ya había sido arrojado al Riachuelo. Ello motivó que un nutrido contingente de efectivos policiales y hombres rana de la Prefectura se dedicaran a buscarlo durante el jueves y el viernes en sus márgenes y bajo el agua, sin ningún resultado, pero con un despliegue cinematográfico que sirvió para llenar páginas y pantallas chicas ávidas de información. Entre tanto, una dotación de bomberos se dedicaba a cavar el terreno del galpón de Luján y sus alrededores con la débil esperanza, alentada por declaraciones del ministro Imaz, de encontrar allí enterrados los restos mortales de Baldú. Como para no quedarse de brazos cruzados, la Policía de la provincia de Buenos Aires se dedicó a realizar innumerables razzias y revisaciones de vehículos en Avellaneda, Lanús y Quilmes. Pero tampoco obtuvieron un resultado positivo.

Mientras tanto, Aguirre y Bjellis se dieron tiempo para redactar un tercer comunicado, que difundieron el viernes a las ocho de la noche. Su texto tenía el doble propósito de explicarle a la opinión pública que FAL privilegiaba en su accionar el respeto por la vida humana y, al mismo tiempo, dar a conocer la considerable cantidad de golpes exitosos (e incruentos) que ya habían realizado hasta el momento. En rigor, se lo puede considerar como la verdadera presentación en sociedad de la organización, ya que allí se planteaban por primera vez sus objetivos políticos y su programa de acción:

«El Comando Nacional del FAL, constituido en Tribunal Revolucionario, cree conveniente adelantar a su pueblo los considerandos de la sentencia a dictar en relación con nuestro rehén Waldemar Sánchez. Nuestra intención al capturar al cónsul paraguayo fue, como se puede leer en nuestros comunicados, solamente lograr que se presentaran a la prensa a los compañeros Della Nave y Baldú, como un intento de parar la tortura y el asesinato. Llegamos tarde, es evidente que a esta altura de los acontecimientos la dictadura asesina eliminó al compañero Baldú en la cámara de torturas, porque no pudo arrancarle dato alguno y porque se enfrentó con su extraordinario porte revolucionario. De allí la desesperación de la dictadura por tratar de que no se viera, descaradamente y sin tapujos, su cara asesina. Para ello empezó a trenzar una burda maniobra para engañar al pueblo afirmando que nosotros, sus propios compañeros, le habíamos dado muerte. Nuestro objetivo está puesto en el hombre, en la liberación del hombre, aunque en este duro camino queden vidas de hombres, pero siempre hemos tratado por todos los medios, aún a costa de nuestra seguridad, de evitar producir bajas innecesarias. Nunca hemos tenido que ultimar a hombre alguno. En la acción del Regimiento 7 de Infantería, optamos por evacuar prematuramente el terreno antes que abatir a un soldado conscripto que se dirigía a dar la alarma. En la acción de la toma de una comisaría en Tucumán, preferimos desarmar a golpes a varios policías antes que ultimarlos en el acto. En la acción durante la cual se copó un vivac en Campo de Mayo, permanecimos cincuenta minutos y nos retiramos sin provocar ningún daño físico a ninguno de los setenta soldados y suboficiales de la unidad. Pero ahora ha sido ultimado, no en el combate, no en la acción, sino fríamente, premeditadamente, uno de nuestros compañeros más queridos. Esto cambia nuestra posición y nos obliga a adecuarla a esta realidad. Combatimos en nombre de la vida, de la dignidad humana, del hombre. Combatimos en nombre de la libertad y de la justicia. Para ello debimos enfrentar a una dictadura, a un régimen que, en nombre de la explotación, apaña a asesinos y condecora a ladrones. Quede claro ante nuestro pueblo que el terror, el crimen y la tortura no son responsabilidad de unos pocos matones, sino de todo un régimen que necesita de terroristas, de criminales y de torturadores para perpetrar su opresión. Estamos totalmente convencidos de que el enfrentamiento no es entre el gobierno y el Frente Argentino de Liberación Nacional (sic), que la represión no sólo es descargada sobre miembros del FAL, como lo atestiguan las masacres del gobierno hacia el pueblo cordobés para enfrentar la rebelión obrero—estudiantil. Los asesinatos de Bello, Cabral, (Santiago) Pampillón, Hilda Guerrero de Molina, Felipe Vallese, Emilio Jáuregui, tampoco deben quedar impunes. Pero en realidad sólo se hará justicia cuando, definitivamente, el pueblo en armas, constituido en ejército revolucionario desde el campo y la ciudad, destruya golpe a golpe el aparato que sostiene el poder de la oligarquía y el imperialismo y comience a transitar por el camino de la liberación nacional y social. Que este día no está lejos nos lo dicen las luchas crecientes que desarrollan también los hermanos pueblos latinoamericanos y sus vanguardias. Nos lo dice también la dictadura que, atemorizada, amenaza al pueblo con reprimirlo en un desesperado intento de impedir el triunfo de los ideales revolucionarios. Comprendemos su desesperación; ellos saben que van a contramano de la historia. Frente Argentino de Liberación Nacional (FAL), 27 de marzo de 1970.»

La parte final de este mensaje, por su tono y su contenido, anticipa no sólo los documentos futuros del propio FAL, sino también los de muchas otras organizaciones que se dieron a conocer poco más tarde. Era el nuevo lenguaje explosivo de la lucha armada en los años 70, que utilizaba la palabra como un arma más de combate: el ascetismo y la existencia secreta de la organización original habían quedado definitivamente atrás.

Durante todo ese día viernes, el tercero desde el secuestro, Raúl Della Nave mantuvo reuniones febriles con varios abogados de la Liga, como Cabiche, Jesús Porto y Antonio Sofía, con el fin de desmontar la farsa de la madrugada en el Departamento de Policía. Poco antes de las diez de la noche, en el estudio Cabiche, y ante una nutrida presencia de periodistas de medios gráficos, radio y televisión, el padre de Carlitos se rectificó públicamente del acta y de las declaraciones que había formulado dos días antes y aclaró que tanto la negativa respecto de que su hijo fuera canjeado por el cónsul como la desmentida sobre las torturas habían sido inducidas por el Juez. También contó que Luque le había permitido conversar unos minutos con Carlitos, a pesar de que estaba incomunicado, y que así se había enterado de todos los tormentos que padeció. Ahora podía asegurar que la luxación de su hombro y las lastimaduras en los tobillos se debían a las contracciones que le produjeron las descargas eléctricas.

Estas explicaciones estaban en una carta dirigida a la LADH, que dio a conocer ante la prensa: «Por el contacto físico que tuve con mi hijo, y por lo que éste me dijo y pude comprobar, el mismo ha sido bárbaramente torturado con la picana en diferentes lugares del cuerpo, por cinco días consecutivos», decía. Más adelante explicaba los motivos de haber negado este hecho: «Las declaraciones que he efectuado me fueron sugeridas por el Juez, quien me manifestó que eran lo mejor para él, y que así estaría protegido». Es decir que, si denunciaba torturas, le iban a seguir dando: un chantaje liso y llano. Sin embargo, esta retractación motivó al día siguiente un chiste gráfico muy poco feliz del humorista Carlos Basurto, en Clarín, en el que se mostraba un diálogo entre dos parroquianos de un bar. Uno de ellos decía: «No entiendo, este Della Nave un día dice una cosa, otro día dice otra, parece que se olvida de lo que dijo«; y el otro contestaba: «Debe ser “Della Nave del olvido”.»

Además, el documento leído por los abogados brindaba por primera vez un indicio, si bien un tanto vago, sobre la suerte de Alejandro Baldú: «Al preguntarle por el señor Baldú, mi hijo me hizo una seña expresiva de que habría sido muerto, pasándose una de sus manos, en posición horizontal, por su garganta, dando a entender que lo habían asesinado». A su turno, los abogados anunciaron que asumían la defensa de Carlitos y que se disponían a presentar un habeas corpus para poder hablar con él; que pensaban denunciar los apremios ilegales a que había sido sometido, y también el posible asesinato de Baldú. Cabiche explicó que, si bien entendía que Della Nave pertenecía a «una célula extremista que había cometido actos terroristas», era necesario «resguardar los derechos humanos y la defensa en juicio». Un argumento que se anticipaba a muchas polémicas futuras aunque, en rigor, la organización recién bautizada FAL se había limitado hasta entonces a realizar «recuperaciones» de armas y dinero, sin derramar ni una gota de sangre ni producir daños materiales.

De modo que todas las cartas ya estaban sobre la mesa: el gobierno argentino no parecía dispuesto a ceder (más bien lo contrario): el gobierno paraguayo seguía desentendido, y el FAL ya no podía otorgar más plazos, tenía que actuar. Efectivamente, en las primeras horas de la madrugada del 28 de marzo, sábado de gloria, después de tres días y medio de cautiverio, el cónsul Waldemar Sánchez fue puesto en libertad por sus captores, que ya no podían aspirar a conseguir nada más manteniéndolo secuestrado, en una negociación definitivamente empantanada. De modo que optaron por devolverlo sano y salvo. Lo condujeron con los ojos vendados hasta la estación Florida del Ferrocarril Mitre con dinero suficiente como para que tomara el tren hasta la terminal de Retiro y desde allí un taxi hasta el hotel León, donde todavía estaban alojadas su mujer y su hija. «Estábamos convencidos de que la misma Policía podía asesinarlo para inculparnos a nosotros, por eso le advertimos que llegara hasta el hotel en la forma más disimulada posible, sin llamar la atención y evitando a los periodistas que estaban siempre de guardia», cuenta Malter Terrada.

El cónsul siguió las instrucciones al pie de la letra, llegó al hotel sin ser reconocido en un colectivo de la desaparecida línea 250, se reencontró con su familia y recién a las ocho de la mañana se dirigió a la Embajada paraguaya. Allí, una hora más tarde, ofreció una conferencia de prensa en la que aseguró repetidamente que no había sufrido malos tratos durante su cautiverio: «Es más, el tratamiento fue considerado», agregó. Los presidentes Stroessner y Onganía fueron avisados de inmediato a Villa La Angostura y Olivos, respectivamente, aunque no se dignaron a llamarlo por teléfono. Pocas horas más tarde se dio a conocer el cuarto, último y más breve de los comunicados del FAL, que decía lo siguiente: «El Comando Nacional del FAL, constituido en Tribunal Revolucionario, resuelve: 1) Dejar en libertad al cónsul paraguayo Waldemar Sánchez, quien fuera condenado a muerte por los verdugos Onganía y Stroessner. 2) Ejecutar en represalia a un número indeterminado de agentes represivos, culpables de los delitos de vejámenes, crímenes y torturas a nuestro pueblo».

Pero a esa jornada todavía le faltaba una vuelta de tuerca, y la volvió a dar el juez Luque, al convocar nuevamente a una conferencia de prensa a las ocho y media de la noche, esta vez en las dependencias de Coordinación Federal, después de haber pasado casi toda la tarde tomándole declaración a Carlos Della Nave. Lo esperaba una multitud de periodistas ansiosos por conocer más detalles sobre los hechos de ese día, pero el Juez ni siquiera se asomó. Quienes concurrieron a hablar con la prensa fueron los abogados peronistas Isidoro Ventura Mayoral, Rodolfo Tecera del Franco y Edgar Sá, quienes se presentaron como miembros de la Comisión de Familias de Detenidos Políticos (COFADE), una entidad surgida en los años 50 para asistir a los presos de la resistencia peronista. Sorpresivamente, los tres anunciaron que a partir de ese momento se hacían cargo de la defensa de Carlitos, y que, de hecho, ya habían tenido el privilegio de ser los primeros en poder hablar con él porque Luque acababa de levantarle la incomunicación. Demasiada suerte, sin duda.

El que llevó la voz cantante fue Ventura Mayoral, nada menos que el abogado de Juan Perón para sus numerosas causas judiciales abiertas en la Argentina. «Carlos Della Nave nos ha manifestado que no fue coaccionado ni apremiado por la Policía ni por el Juez para que firmara el documento en el que se niega a ser canjeado por el cónsul paraguayo, sino que se negó a ello por su propia voluntad, e incluso aclaró que el doctor Luque le ha dispensado un trato especial», fue lo primero que dijo. Como la frase sonaba ambigua, ya que no precisaba si este supuesto buen trato recibido se refería sólo al acta del jueves 26 o a todo el tiempo transcurrido desde su detención, los periodistas se lo preguntaron específicamente, y recibieron la siguiente respuesta: «Me refiero lógicamente al documento que ustedes observaron el jueves a la madrugada. Della Nave confía en la justicia argentina, y el juez Luque le ha garantizado la defensa de sus derechos».

Ventura Mayoral admitió que su ahora defendido había sido torturado, «pero no en este edificio», aclaró en alusión al Departamento Central de Policía, aunque no pudo precisar dónde. Y agregó que la confesión sobre su supuesta participación en los hechos de Campo de Mayo había sido arrancada bajo tortura, aunque que no le constaba que los torturadores hubieran sido policías: «¿Por qué sería personal policial? Bien pueden ser ajenos a la fuerza», argumentó casi al borde del ridículo. En rigor, el abogado de Perón ya empezaba a exhibir lo que iba a constituir su línea de defensa: que Carlitos era ajeno a las actividades del FAL, y que su único vínculo con la organización era el haber sido contratado por Baldú para trabajos puntuales de chapa y pintura. A la pregunta de por qué ellos habían desplazado a los abogados que habían brindado la conferencia de prensa la noche anterior junto al padre de Della Nave, contestó que sus servicios profesionales habían sido «solicitados por una voz de mujer a través de una llamada telefónica», y que Carlitos los había aceptado como defensores.

La verdad es que los letrados de la Liga habían sido desplazados sin mayores explicaciones, y la complicidad evidente de los nuevos abogados con el juez Luque alentaba las peores sospechas. Malter Terrada sostiene hasta el día de hoy que el magistrado los convocó especialmente para «limpiar la imagen del gobierno» y asegurarse de que la defensa evitara cuestionar en sus escritos la versión oficial sobre la desaparición de Baldú (de hecho, así sucedió). Más flexible, Cibelli opina que Ventura Mayoral negoció desmentir que Carlitos hubiese sido torturado al menos cuando ya se encontraba bajo la responsabilidad del Juez, a cambio de frenar los tormentos o de obtener una condena leve; y que los Della Nave optaron por confiar en profesionales con un discurso menos politizado pero lo suficientemente hábiles como para garantizar una buena defensa: en definitiva, confiaron en los que se suelen llamar «saca presos». Es probable que la realidad sea una combinación de ambas versiones. Y, por si faltaba algún detalle para generar sospechas sobre los nuevos defensores, esa noche los periodistas tampoco pudieron hablar con Carlitos, a pesar de haberse levantado su incomunicación, porque ya se lo habían llevado del edificio.

Nota: esta crónica forma parte del libro La guerrilla invisible: historia de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), publicado por la Editorial Vergada, que puede leerse aquí.

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