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El regreso del catecismo

El regreso a la selva de José Zanardini es un relato de catecismo que se presenta como novela, con elementos policiales y costumbristas, trama y personajes que se sitúan entre Brasil y Paraguay, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos fronterizos.

 

En la introducción, Zanardini explica que el origen de esta obra son algunos comentarios que recibió sobre el final de Entre la selva y el Vaticano, novela que había publicado previamente. Con esa información, se identifican dos historias: la primera, con los protagonistas Neymar, Samara y Lara; la segunda, con María Antonia, el padre Raúl y Atamy.

Neymar y Samara son dos jóvenes estudiantes de São Paulo​, acomodados y progresistas, que se conocen y enamoran. El primer encuentro entre ambos derivó en un ¿amor? dependiente y celoso de ella por él, durante muchas páginas. La bonhomía de Neymar provoca que, gracias a su tesis sobre «la antropología de la noche», conozca a Lara (una afrodescendiente de clase trabajadora, forzada a la prostitución y la semiesclavitud) y el mundo terrible al que pertenece. Lara, a su vez, cuenta a Neymar la historia de una paraguaya que le ha transmitido una tristeza inolvidable. Entonces los dos inician una búsqueda que los lleva a desarmar una red internacional de trata de personas, con la ayuda de organismos del Estado paraguayo. El impulso de los personajes, incluso del presidente y los ministros, es el amor entendido como hacer el bien, salvar vidas, dar lo mejor de sí. Las buenas acciones son recompensadas con finales felices para cada uno.

El encuentro de estos personajes con María Antonia (protagonista-nexo entre las dos historias) permite revelar el destino del padre Raúl. El segundo clímax de la novela está en el hallazgo de Raúl y en el relato de lo que había pasado con él tras el final de Entre la selva y el Vaticano. Raúl y Atamy (sacerdote canadiense e indígena habitante de la Amazonía) habían decidido unirse por amor y llevar una vida de trabajo para el bien de los demás. Así, con estos capítulos extras, el autor cierra las dos historias y presenta un actuar ideal de las personas en general y las autoridades de la iglesia católica en particular.

Con una redacción directa y simple, aunque con exceso de datos, explicaciones y juicios de valor, el autor intenta conectar la narrativa con el diálogo y la exposición de ideas, por momentos con un lenguaje periodístico.

Quien compre o se haga con este libro en busca de una novela, encontrará un texto de catecismo. El esquema de buenos versus malos, de la voluntad como el último impulso del ser humano y de instituciones al servicio de las personas, podría tolerarse si el objetivo fuera contar una historia. Pero la historia está al servicio de cómo el autor quiere que sean las cosas. Él mismo habla a través de sus personajes. Ninguno tiene voz propia. Ni el más crédulo de los lectores podría creer en una fantasía donde las personas de orígenes tan diversos y distintos (estudiantes de postgrado, esclavas sexuales, habitantes de pequeños pueblos y funcionarios gubernamentales) se expresan de la misma manera y puedan estar siempre de acuerdo.

Hasta los acontecimientos son inverosímiles, en los que basta la voluntad de hacer el bien para que los actores consigan sus objetivos: los funcionarios de los cargos más altos se abren y expresan abiertamente con un par de chicos de otro país, y las instituciones paraguayas y brasileñas, con una coordinación envidiable, desbaratan un aparato ilegal y explotador de la vida humana cuyas ramificaciones, como es sabido, se extienden más allá de sus fronteras. Los misterios son resueltos, cada personaje obtiene lo que quiere y lleva la mejor vida posible conforme a sus creencias y valores que, como ya está escrito, son los del autor.

El problema fundamental del libro va más allá de la verosimilitud de los sucesos o las ideas expuestas. En el inicio de uno de sus cuentos, Edgar Allan Poe dijo que lo más importante de una historia no son los acontecimientos, sino la forma en que son contados. Un narrador debe ser capaz de detectar la condición humana y aportar una reflexión sobre ella en diversas circunstancias. Los escritores han creado y recreado la forma de narrar al humano. Gracias a autores como Dostoyevski y Nietzsche, por ejemplo, sabemos que el hombre se autodestruye, destruye la vida de otros y a la cultura misma, fruto de sus contradicciones, tormentos y voluntad de poder. No somos seres sencillos, unidimensionales, mucho menos ideales.

El regreso a la selva no es un libro recomendable, aunque su afán sea transmitir amor y esperanza. Crear una novela es narrar una historia con protagonistas y dilemas. El único deber ser en la literatura es que las ideas estén a su servicio, no al revés. Zanardini escribe sobre cómo debemos ser, según él. Quienes leemos libros literarios deseamos saber cómo somos. Buscamos conocimiento, emociones, diálogos inteligentes, personajes que nos interpelen. Justamente lo opuesto de lo que se propone el libro: catequizar.

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