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El horizonte utópico en la literatura paraguaya

Del jardín desolado de Rafael Barrett a la isla sin mal de Augusto Roa Bastos, que siguen sustentando la búsqueda de una tierra posible.

Rafael Barrett, dibujo de Ange Potier. Fuente: fronterad.com.

Rafael Barrett, dibujo de Ange Potier. Fuente: fronterad.com.

Asunción, 3 de octubre de 1908: un joven periodista extranjero (así se lo consideraba en la sociedad paraguaya) sale con unos pocos compañeros de causa a repartir por las calles una hoja titulada Bajo el terror. Tres meses antes, el gobierno del General Benigno Ferreira había sido derrocado mediante una cruenta revolución, como se llamaba y se sigue llamando en el Paraguay a los golpes de Estado. El nuevo gobierno ha reprimido duramente toda oposición. Por entonces, Rafael Barrett (el periodista) ya estaba enfermo de tuberculosis y se hallaba a cincuenta kilómetros de la capital, en San Bernardino, a orillas del lago Ypacaraí, adonde había ido en busca de alivio para su mal. El joven periodista tiene a su mujer y su pequeño hijo en la capital y es director de un periódico, Germinal, cuyo director interino ha sido apresado, y decide regresar.

Llego del campo, donde reina el terror comienza el panfleto. Los campesinos, pobres bestias asustadas, se refugian en los montes, apenas sospechan que el gobierno piensa ocuparse del distrito, y las mujeres descalzas, medio desnudas, madrecitas tristes con sus flacas crías a cuestas, caminan por los polvorientos, los interminables senderos, caminan, blancos espectros del hambre, a traer al macho perseguido algo que roer.

En la capital reina el terror, dice el párrafo siguiente. Aquí las madres, las hembras tristes, llaman a las puertas de las prisiones, temblando al oír la fúnebre respuesta: «Se lo han llevado ya». Y por todas partes la amenaza de espionaje, la recomendación sigilosa: «Cállese usted, no diga nada, no hable, no se pierda».

Barrett ha pintado así un cuadro familiar para todo latinoamericano. «Una realidad que delira», dirá Augusto Roa Bastos tiempo después.

¿Pero quién es Rafael Barrett?

Su nombre completo es Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo. Nacido en 1876 en Torrelavega, Santander, de padre inglés y madre española, tiene nacionalidad inglesa por el ius sanguini. Es coetáneo de los escritores de la Generación del 98, amigo de Valle Inclán, que le apadrina en algún duelo, de Manuel Bueno, figura secundaria de la misma generación, y de Ricardo Fuente, periodista que tuvo un papel importante en esos años, director de El País, el diario que vino a continuar la tarea iniciada por la célebre revista Germinal, y que fue portavoz de los jóvenes del 98.

Barrett había llegado al Paraguay cuatro años antes, también en un mes de octubre, como corresponsal de un diario argentino, con motivo de otro golpe, la revolución de 1904. Al desembarcar en Villeta, había conocido en el campamento revolucionario a la flor y nata de la intelectualidad joven del país, que participaba con entusiasmo en una aventura destinada según parecía a cambiar la vida política paraguaya, a traer la modernización y el progreso a una nación devastada. El Paraguay, en efecto, había sido prácticamente destruido por una guerra feroz treinta años atrás y había sido depredada por los vencedores inmediatos, argentinos y brasileños, y por los socios mediatos, los ingleses, que ya expandían su gran empresa «imperial» desde tiempo atrás. Barrett se entusiasma y se incorpora como ingeniero al ejército revolucionario, con el cual llega a la capital, triunfante la revolución, el 30 de diciembre de ese año.

No tardan en aparecer sus artículos en la prensa asuncena. Al principio espaciadamente, después con más frecuencia. Entre sus primeros textos, desconocidos hasta hace algún tiempo, hay dos que cabe mencionar, referentes a cuestiones políticas: La verdadera política y Partidos políticos. Su punto de vista era el de un liberal crítico, un republicano en términos españoles, antimonárquico, anticlerical. Le parecía a Barrett, por entonces, que la dinámica del progreso acabaría con las prácticas retorcidas de las políticas criollas, que la cultura abriría las mentes de los ciudadanos del país.

Con el tiempo, sin embargo, a medida que su experiencia vital e intelectual se compenetraba y comprometía con su circunstancia, el antiguo señorito elegante de los salones de Madrid abría su conciencia al pensamiento radical, enfocaba su poderosa inteligencia hacia una realidad desgarrada, casi impensable para una sensibilidad como la de él, formada en un ambiente refinado y distante, aunque ya sacudida por las experiencia de las derrotas me refiero a la guerra de Cuba y la problemática social. En lo que respecta al 98 español, estas cosas son ya bastante conocidas por los estudiosos del tema. No así sus prolongaciones y rebrotes en otros ámbitos, en uno de los cuales le tocó a Barrett venir a realizar su obra entera en apenas cinco años, con tal intensidad y belleza expresiva, que se convertiría en un paradigma no sólo literario sino también intelectual y moral para las generaciones que vinieron después en este convulsionado siglo XX.

En 1906 Barrett se casa con una joven paraguaya, Francisca López Maíz, quien le da un hijo al año siguiente. La pluma de Barrett se clava, al mismo tiempo, en las causas de la injusticia y la alienación humanas. Su pensamiento no opera en una cámara al vacío: en la realidad inmediata, que ve y palpa y sufre en su propia carne, verifica lo que seguramente en teoría conocía desde mucho antes. Hombre de gran cultura, que maneja el discurso con rigor intelectual y con una notable capacidad dialéctica, hace coincidir, en una síntesis de expresión y contenido de alta tensión anímica, la profundidad de sentido y el esplendor estético. Barrett hace en 1908 la denuncia de la explotación en los yerbales y por tal motivo se le van cerrando paulatinamente las puertas de los periódicos locales. Consciente de su impotencia frente a los poderes de facto políticos y económicos, intenta llevar adelante una publicación propia, Germinal, al servicio de la causa revolucionaria.

Son escasos en el conjunto de su obra los textos en que manifiesta su simpatía o su adhesión al anarquismo. Apenas se hallarán en ellos, por ejemplo, referencias a programas determinados. Pero su crítica existencial y social se levanta como una antorcha en medio de la oscuridad paraguaya. Esto le costará la cárcel cuando se hace con el poder el coronel Albino Jara, y enseguida la deportación. Vive tres meses en Montevideo, la mayor parte del tiempo en un hospital para tuberculosos. Y luego, un regreso sigiloso para vivir de nuevo en tierra paraguaya, la de su mujer y su hijo, en «las soledades de Yabebyry», en el extremo sur del país. Y allí, una vez más, la visión de una realidad social que estremece su sensibilidad y tensa su pensamiento, cifrado en una escritura nerviosa pero al mismo tiempo rigurosamente estructurada.

En abril de 1910 se le permite regresar a la capital. En los meses que siguen, los últimos de su vida en el Paraguay, escribe artículos y ensayos en los que avanza en su lectura crítica de la realidad y pone hitos fundamentales en el pensamiento social latinoamericano. En agosto el editor uruguayo Osiris Bertani publica una compilación de sus artículos bajo el título de Moralidades actuales y anuncia otro volumen, que saldrá con el título de El dolor paraguayo un año después de la muerte de su autor, acaecida el 17 de diciembre de ese mismo año, en Arcachon, a donde había ido tres meses antes en procura de un alivio que sabe imposible.

Bajo el terror, el artículo de 1908 que le costó el apresamiento y la deportación, terminaba con este párrafo:

Paraguay mío, donde ha nacido mi hijo, donde nacieron mis sueños fraternales de ideas nuevas, de libertad, de arte y de ciencia que yo creía posibles y que creo aún, ¡sí! en este pequeño jardín desolado, ¡no mueras!, ¡no sucumbas! Haz en tus entrañas, de un golpe, por una hora, por un minuto, la justicia plena, radiante y resucitarás como Lázaro.

En la obra de Barrett no abundan los textos ideológicos explícitos y prácticamente no se encuentra ninguno de orden programático. El horizonte utópico es un punto de referencia ético que potencia su visión crítica y subraya la necesidad imperiosa de superar las condiciones económicas, sociales y culturales que perpetúan la enajenación humana. Si el pensamiento que sustenta la escritura de Barrett se hubiera atado, como parecería por sus manifestaciones (no muchas) y actos anarquistas, quizá hubiera caído en el descrédito en que naufragan generalmente los proyectos cerrados y de corta resonancia. Barrett fue más allá de la ideología e instauró una forma de escritura y de contenido para los cuales no encuentro por ahora mejor expresión que el de pensamiento crítico, por lo demás inseparable de su condición creadora.

Los artículos de Barrett, así como sus ensayos, sus cuentos, sus diálogos, su prosa poética, hacen de este autor de origen español, renacido en el Paraguay, un equivalente moderno del Larra del siglo pasado. Pero a diferencia de éste, ya plenamente reconocido como uno de los grandes escritores de nuestra lengua, su obra sigue siendo prácticamente desconocida en el mundo académico. Sin embargo, ese discurso literario, con su poderosa carga significativa, sigue discurriendo por napas profundas con la fuerza elemental de las cosas naturales y brota a veces en el manantial visionario de aquellos escritores que, en la desdicha y a la intemperie, se niegan a la desesperanza.

Medio siglo después de la muerte de Barrett, un escritor paraguayo publica en Buenos Aires su primera novela con el título de Hijo de hombre (1960). El autor, Augusto Roa Bastos era ya conocido por una colección de cuentos, El trueno entre las hojas (1953), y, sobre todo en su país, como uno de los autores que, junto con Josefina Plá y Hérib Campos Cervera, habían consolidado la modernidad en la poesía paraguaya.

Uno de los capítulos de la novela, titulado Éxodo, tiene como tema la huida de una joven pareja y su pequeño hijo del infierno verde de los yerbales. Lo logran con la ayuda de un anciano que aparece misteriosamente conduciendo una carreta y que los conduce hacia la libertad. En el hermoso prólogo que Roa Bastos escribió para la edición de El dolor paraguayo en la Biblioteca Ayacucho, de Venezuela, dice que Barrett, que en 1908 había hecho la denuncia sobre Lo que son los yerbales, lo había inspirado en la creación de la extraña figura; y aún más, que su presencia «recorre como un trémolo» su «obra narrativa, el repertorio central de sus temas y problemas».

En 1994 Roa publicó en Asunción la primera edición de Contravida, una novela corta con la cual cerraba, según sus declaraciones, el ciclo entero de su obra narrativa. Se dice a veces que Contravida no está a la altura si se puede hablar en estos términos de Hijo de hombre o de Yo el Supremo, obras de gran complejidad estructural tanto en el plano de la expresión como en el de contenido y que se cuentan entre las obras capitales de la narrativa hispanoamericana de este siglo. Sin embargo, Contravida tiene, en mi opinión, un interés particular en el universo significativo del autor. Por una parte, cabe la conjetura de que Roa se haya propuesto configurar un entramado de circunstancias y hechos que de alguna manera subsumen su propia imagen en el magma de una «realidad que delira». Por otro lado, en ningún otro texto del autor aparece tan nítidamente recuperada y reformulada la idea de una «tierra sin mal» como en el universo ficticio de esta novela y en el perfil de un personaje enigmático como el maestro Chistado.

Iturbe se llama el pueblo en que vivió la mayor parte de su infancia Augusto Roa Bastos. Iturbe y los pueblos de los alrededores constituyen también el lugar privilegiado de su narrativa entera.

Contravida cuenta el regreso de un luchador revolucionario a su pueblo natal, huyendo de la persecución de la policía del dictador. En sus recuerdos se entremezclan la realidad y la fantasía, pero sobre todo se engarzan la verdad de la existencia y la verdad del mito. Gaspar Chistado, el maestro, llega también misteriosamente al pueblo de Iturbe y allí construye y reconstruye una escuela, inventa palomas y colibríes mecánicos que vuelan, y sobre todo funda en el seno mismo del pueblo de Iturbe otro pueblo prodigioso al que llama Manorá (El—lugar—para—la—muerte).

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Manorá empezó a dar señales de existencia.

Estaba allí. En el mismo pueblo de Iturbe. Ocupa el mismo lugar. El registro catastral era el mismo. No había divisorias entre los dos pueblos, engastados, engarzados uno en otro.

Las mismas casas. La misma gente.

El río, el monte, el cielo, los cañaverales, las lomas altas, el cementerio, eran de los dos pueblos. El maestro Chistado hizo revivir la laguna muerta de Piky, canalizando las aguas purulentas y sembrando en ellas plantas purificadoras y balsámicas.

La laguna de Piky se convirtió en un jardín público.

Los sábados y domingos se aglomeraba la gente en los alrededores de la laguna para aspirar esos efluvios y presenciar las carreras cuadreras.

El maestro rechazaba ese esparcimiento porque los propietarios de caballos hacían grandes apuestas, en las que a veces se jugaban estancias enteras. Los pobres perdían sus ahorros y el pueblo se volvía más pobre.

Las parejas jóvenes se metían entre los setos olorosos a jazmín y reseda para besarse y hacerse el amor, casi a vista y paciencia del público, como la cosa más natural del mundo.

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Manorá, por ejemplo, poco tenía que ver con la azucarera. Sí, mucho, con los cañeros, con los obreros de la fábrica, con la gente de la compañía más pobre.

Otro ejemplo: Manorá no tenía autoridades. Ni cura, ni jefes políticos, ni seccionales. Todo eso que era el orgullo de Iturbe y la causa de sus males.

La «tierra sin mal» de los indígenas guaraníes no era un mero topos mítico: movía la voluntad de los pueblos en situaciones graves, apuntando hacia un horizonte sin conflictos. En Augusto Roa Bastos, la «tierra sin mal» se volverá «isla sin mal». Ya Barrett, en una de sus más bien raras referencias al espacio utópico según lo interpreto había escrito este brevísimo apólogo:

En uno de mis viajes lejanos, descubrí una isla. De vuelta, visité a un célebre geógrafo. Me oyó, consultó largamente libros y planos, y me dijo:

La isla que ha descubierto no existe.

Rafael Barrett se hizo hombre en el Paraguay, su «pequeño jardín desolado». Se hizo hombre, es decir, tomó conciencia de una realidad sangrante, una realidad que delira, e hizo su opción moral, su opción crítica: desde el nivel de los hombres humanos (como diría César Vallejo) afirmó su esperanza radical de hombre libre y habló de la esperanza de los desesperados. De alguna manera sus palabras, como las de Roa Bastos y otros escritores del Paraguay y de nuestra América, siguen sustentando la búsqueda de esa Isla Posible que aquí nos ha congregado.

Fuente: este ensayo fue publicado originalmente en La isla posible, libro que recopila los trabajos presentados en el III Congreso de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, realizado a fines de marzo de 1998 en la Isla de Tabarca (Alicante, España).

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