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El hombre víbora, de Irina Ráfols

El hombre víbora es una novela trepidante por su argumento, que conjuga el mito, lo antropológico y la intrahistoria de Paraguay, pues sus personajes son seres de carne y hueso que no han pasado a los anales de la contienda histórica de la guerra contra la Triple Alianza.

Tapa (fragmento) de la novela publicada por la editorial El Lector.

Tapa (fragmento) de la novela publicada por la editorial El Lector.

Irina Ráfols es una de las escritoras más activas de la literatura paraguaya actual. Aunque nacida en Uruguay, su presencia dentro de las letras de su país de adopción es una de las más atractivas. Sus dos primeras novelas dibujaban una voz importante para el futuro del género en el país. Abulio el inútil (2006) nos ofrecía un escenario donde lo absurdo, lo cómico y lo surrealista mostraban un personaje memorable perfectamente trazado, mientras que Alcaesto (2009) era una novela histórica construida con esmero y detalle en el retrato de la España de 1492, en las vísperas del Renacimiento y el enfrentamiento entre ese hombre nuevo frente a la Inquisición, por medio de Xeo, un joven de doce años que es vendido por su tío en la plaza Mayor de la ciudad extremeña de Cáceres, llena de judíos y alquimistas, y acaba en manos de Kanamantis para ser objeto de experimentos. Como se observa, estamos ante una autora capaz de utilizar diversos subgéneros y registros, y combinar con destreza el drama y la comedia para mostrar unos personajes dignos de ser recordados.

Poco antes de junio de 2013, nos dio a conocer su tercera novela, El hombre víbora. Sin duda, es su mejor obra publicada hasta la fecha. Es una narración interesante, trepidante por su argumento, y con una tenaz prosa que combina la narración y el diálogo en su justa medida. Un profesor, Longobardo, viaja con un alumno calamitoso, Efraín, a los montes para buscar los huesos del Kurupí, el mito paraguayo del enorme falo. Las pistas para su hallazgo las ofrecen unas cartas de Guido Boggiani. Buscan los vestigios que resultan ser de la guerra de la Triple Alianza, en el momento en que el ejército brasileño está tomando el territorio paraguayo. Es entonces cuando la narración parte hacia el pasado, con un bien estructurado flashback, para partir hacia lo ocurrido en la zona, y en concreto en la villa de Saraki, cuando los pueblos paraguayos están al borde de ser eliminados del mapa por las tropas invasoras. En determinados momentos, la escena vuelve al presente, a medida que Longobardo y Efraín van hallando nuevos vestigios, como la pintada «Ore ha’e 13», para despertar el recuerdo de la narración.

Estamos por ello ante una novela que conjuga el mito, lo antropológico y la historia de Paraguay, más bien la intrahistoria, dado que sus personajes son seres de carne y hueso que no han pasado a los anales de esa contienda histórica, inventados y recreados en su mayoría por la autora. Así, encontramos unos brasileños voraces, ávidos del saqueo y hasta de la violencia, sobre todo hacia las mujeres, con Fonseca al mando, frente a ese conjunto de razas con el negociante don Fernando como personaje determinante del poblado, y con un sabor de la mentalidad guaraní permanente. Y como nexo, la joven Juliana, hija de don Fernando, que queda cautivada y subyugada por el universo guaraní representado por su amiga y confidente Yrasẽ.

Dentro de ese marco bélico, se suceden las historias individuales de cada personaje. Con la enigmática presencia del hombre víbora para subrayar la materialización de la creencia. En ese discurso, ese mundo guaranítico está representado por la lengua: esa lengua considerada de bárbaros, y que debería ser prohibida, por algunos «blancos», sobre todo por la madre de Juliana, y que sin embargo logra un protagonismo esencial dentro de la novela. Las relaciones entre los personajes, tiernos y provistos de alma, son uno de los puntos más destacables, sobre todo esas mujeres batalladoras que defienden su mundo y su vida con ahínco, a pesar de no haber sabido nunca manejar un arma. Será lo insólito, lo mítico, el verdadero artífice del desenlace: lo fantástico de la actuación de las cruces, vestigio hallado por el profesor y su alumno,

La violencia está presente dentro de ese marco hostil. La invasión brasileña es cruel y está dispuesta al exterminio de la población paraguaya. Lo guaraní también se ve afectado por la adversidad. En la relación de las mujeres y los hombres es donde más crueldad se vierte. Se muestran dos relaciones opuestas entre la mujer y el brasileño: la violencia de Fonseca, forzando a Engracia, frente a la de Da Gamma con la indígena Yrasẽ. Será el amor y el sexo quienes empujarán las relaciones de los personajes: Yrasẽ busca disfrutar de un hombre, y Juliana comprender esa forma de pensamiento de la mbya. Mientras, el hombre víbora, el kurupí buscado, está al acecho, acudiendo al chamán cuando es necesario. En el fondo, todos los personajes defienden su dignidad. Persiguen sus objetivos en un marco adverso, porque la vida les empuja hacia un destino incierto.

Estamos ante una novela muy bien escrita. Con un dominio del diálogo y una perfecta causalidad de los acontecimientos. A este estilo cuidado y pulcro, la autora añade la ironía de algunas secuencias, como ocurre cuando ese Indiana Jones sin armas que parece ser el profesor, queda encerrado y Efraín es incapaz de sacarlo de la cueva. Incluso el humor tiene su referencia literaria a Las ruinas de Palmira, de Volney, confundido por Fonseca este libro sobre las religiones y la defensa del ateísmo tolerante con un tratado de arqueología.

Estamos ante una novela que se deja querer; ante una historia que gustará al lector. Muestra una Irina Ráfols potente, ávida de contar un argumento con habilidad y determinación. Solo quizá se pueda poner un pequeño reparo al desenlace, porque después de haberlo construido con maestría y sabiendo la autora cómo culminar su creación, cae en algún lugar común, netamente sentimental, destinado a ganar el corazón del lector paraguayo. Pero es un pequeño lunar, insignificante por ser perfectamente prescindible, de esta novela que nos hace confiar en una autora de las más destacables de la literatura paraguaya actual.

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