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El Gusano

Lunes 13 de enero en El Impenetrable chaqueño. Un par de sicarios, dirigidos por un jefe que trabaja para el Gusano, entran en la casa de un terrateniente, torturan a su cuñada y luego a él, para terminar asesinándolos con saña. La historia tiene un pasado y también futuro.

 

Emanuel

Algunas personas miran al mundo y dicen

¿Por qué?, otras miran al mundo y dicen

¿Por qué no?

Bernard Shaw

Llanura chaqueña. Madrugada fresca. Emanuel despertó tranquilo en ese pueblo en el que se habían adoptado mutuamente. El almanaque colgado en el viejo biombo marcaba el primer día trece del año. Apartó el mosquitero con su mano derecha y, sentado al borde de la cama, clavó unos segundos la mirada en la descascarada pared. El aire fresco entraba por la pequeña ventana. El ruido en la cocina revelaba a la cuñada levantada. Sonrió: Nunca puedo ganarle. Con las manos se refregó la cara. Estiró sus extremidades superiores hacia adelante, al costado, atrás. La espalda sintió cómo crujían sus nudillos. Se levantó; ya calzado, se dirigió al baño, abrió la canilla del lavatorio, juntó las manos para recibir el líquido: agua marrón, olor desagradable, pajitas flotando. Con la velocidad de la luz afloraron recuerdos de casi setenta años. Atrocidad de la guerra, país invadido, hambre, muerte, desolación. Niños jugando en escombros y bunkers, mecanismo de supervivencia para olvidar la realidad. Bambinos del pequeño pueblo Italiano juntaban agua para los hogares. Calles polvorientas, mudos testigos de juegos. Latas de aceite colgaban en cada punta del palo de escoba, cargando el líquido vital. Una sola canilla para diez manzanas. Castigo nazi por atentados partisanos. Largas colas, gente discutiendo. Giró la llave mariposa y se dio de lleno con el espanto del agua podrida. Había que tomar. La voz de la cuñada lo volvió a la realidad.

—Esto más que agua potable es agua «botable». Siguen robando en la Cooperativa —hablaba al espejo, mientras se alisaba el pelo hirsuto, y observaba si sobresalía algún pelito del bigote y las orejas—. Uno se vuelve viejo y te salen pelos por todos lados —pensó.

Le gustaba la imagen que le era devuelta: diez años menos de sus setenta y cinco. En su niñez, había tomado la costumbre de bañarse con agua fría en las madrugadas.

—Una ducha con agua helada a la madrugada y quedás hecho una seda —trataba de convencer a los amigos, cerrando con una sonrisa—. No te puede pasar nada peor en el día.

Mientras se acicalaba repasaba mentalmente las actividades a realizar. Se pasó los dedos como peine por la cabeza y luego por el bigote; de vez en cuando tenía ganas de teñirse los pelos canos. Se secó, y vistió el uniforme «Grafa». Ropa gruesa de trabajo, usado por instituciones públicas provinciales. Lo hacía por comodidad y en homenaje a la fábrica familiar que tenían cuando llegaron a Buenos Aires. En silencio se sentó a tomar mate con la cuñada, costumbre cotidiana antes de ir a trabajar. —¿Viajás hoy? —Sí. —Te espero para el almuerzo? —No.

Treinta años atrás falleció el marido —hermano de Emanuel—, y se estrechó la relación familiar. Entre mate y mate juntaba papeles. Tomó el documento color granate de extranjero. —Ya vuelvo. —Bueno. Abrió la puerta y se dirigió a su envejecida camioneta. El olor a hierba mojada del rocío lo recibió. Aprovechaba las horas tempranas para trámites en ese pueblo de temperaturas altas. Madres lagartijas prohibían a sus pequeñas salir en horas de siesta. Cincuenta grados de calor se respetaban. Los parroquianos que iban al infierno volvían a llevar su frazada. Miró el cielo limpio, y susurró su frase favorita: Linda mañana para morir.

—Buen día, don Emanuel —saludó el empleado bancario—. El gerente lo espera.

Hizo un gesto de saludo, bajó la cabeza con timidez, y mientras sonreía se dirigió a la oficina. Retiraba mucho dinero ese día. Negocios en la segunda ciudad provincial.

—Gerente, por favor, vayan preparando mi dinero, que en media hora estoy de vuelta —dijo, mientras pasaba la mano—. Voy a la escribanía y vuelvo.

—Bueno, Emanuel, ordeno a los muchachos que preparen tu paquete.

El Gusano

El mundo no está en peligro por

los hombres malos, sino por

aquellos que permiten la maldad.

Albert Einstein

El Gusano reptaba el camino con habilidad ancestral. Imperturbable. Mente en blanco, frialdad en el cálculo. Memoria y estrategia ajedrecista. Ropa de marca. Estampa de dandy. Perfume francés. Inmutable, se dirigía a ese pueblo que hacía honor a su nombre: El Impenetrable.

—Esto es sólo para corajudos y machos —compadreaban los parroquianos cuando soportaban lluvias de cuatrocientos milímetros, en pocos días; sequías históricas, viento sur, norte, inviernos bajo cero y veranos ardientes.

—En este pueblo blanco se puede esconder el terrorista más buscado del mundo, caminar tranquilamente sus calles sin que nadie lo reconozca y si lo reconocen tampoco les importa. Mientras tenga la guita, está todo bien —contaba Dieguito después de varias cervezas negras.

En pocos años juntó gente de cien mil raleas, formando una amalgama difícil de definir. A los lugareños les gustaba que los llamasen: «Crisol de razas». ¿Resultados? Raros e informes.

El Gusano repasaba el plan mentalmente, la inteligencia que tenía lo convertía en una persona fría, desalmada y peligrosa. Calculaba al mínimo detalle sus trabajos, y mal no le había ido: sospechado y acusado de varios crímenes, nunca le probaron nada. Los ojos fijos en la carretera, se acercaba, y ese pueblo extraño se preparaba para recibirlo con los brazos abiertos.

Cruzó a toda velocidad la rotonda de Tres Pipetas. Alzó la cabeza, olfateó el aire. Falta poco, pensó. Miró el cielo sin nubes. Siguió reptando. Con extraordinaria habilidad esquivaba cráteres lunáticos de la ruta mientras canturreaba su canción preferida: «Mi plan jamás falló, y recorrí el mundo todo, y más y mucho más, viví a mi moooodo». El celular, última generación con reconocimiento de voz, esperaba órdenes. Cruzó la primera alcantarilla y el GPS en «portuñol» alertaba: «faltan cuarenta kilómetros, faltan cuarenta kilómetros», «ruta en mal estado, ruta en mal estado».

—Bonita —gritó, y el celular se activó—. ¿Todo bien? ¿Tenés todo preparado? —preguntó, mientras se acomodaba el anteojo que le daba aire de intelectual universitario.

—Sí, todo bien, todo preparado —contestó bonita.

—Fin de llamada —dijo el Gusano y el celular se apagó.

«Si me oculté, si me arriesgué, lo que perdí, no lo lloré, porque viví, siempre viví a mi maneeeeeraaaa».

Gusanitos lo seguían de lejos, desde que salió del pueblo con nombre de electricidad. Observaban. La operación no podía fallar, ni el más mínimo error. Controlaban.

La Felicidad

Ayudar al que lo necesita no sólo

es parte del deber, sino de la felicidad.

Jose Martí

Mediados del siglo XIX. Natalicio Soldán, mujer y hermano se instalaron en el Impenetrable. Tierras bravas. Monte virgen, poblado por tobas, mocovíes, pilagás y qichís. Comenzaron a hacer patria en lugares severos y difíciles. Años históricos del gobierno de Sarmiento apoyando aventuras y sueños de canalización y navegación del Bermejo. Inicio de la patria grande soñada por San Martín y Bolívar. Convivieron en forma pacífica con indígenas, gracias al lenguaje universal que la familia cultivaba: respeto, amabilidad. Apenas llegaron, navegaron el río Bermejo cargando madera en la primera embarcación importante que apareció después de los conquistadores. La buena convivencia comenzó cerca del poblado La Cangayé. Otrora, verdadera «Naciones Unidas» de incas, tobas, wichis, mocovíes, guaraníes, donde se reunían para organizar los chakus, cotos de caza incaicas.

—Qá huaqaitá a na epacpi mayi maichi qadalamaxat —gritó el jefe indio en lengua toba, señalando el buque.

—¿Qué dicen? —preguntó Natalicio.

—No sé, parece que quieren la leña que llevamos, ¿no es cierto, Crispín? —contestó el hermano, mientras miraba al aborigen que los acompañaba, como traductor. Crispín, ojos abiertos de asombro y temor, movió la cabeza en forma afirmativa. Indígenas prestos al ataque se acercaban cada vez más a la embarcación, armados con lanzas y flechas.

—Desaten las amarras de la leña y tírenlas al río. Para ninguno de los dos; después nos van a amenazar siempre y vamos que tener que entregarles las cargas —gritaba Natalicio.

Los indios atacaron al ver la maniobra, lanzando armas a la tripulación. Una flecha cruzó el aire en forma certera, y se alojó en el brazo derecho de Natalicio. Con muescas de dolor, rápidamente bajó a su camarote, y prestamente la mujer le realizó primeras curaciones. La refriega continuaba. En pocos minutos, y con el vendaje prolijamente realizado subió a la plataforma de la nave, justo a tiempo para frenar disparos con armas de fuego a los originarios.

—No disparen al cuerpo de los indios, disparen sobre las cabezas para asustarlos —gritaba como un desaforado. La tripulación obedeció.

Hicieron fuego; explotando y retumbando disparos sobre cabezas indígenas. La estampida fue total y pavorosa. Sintieron el mismo terror y espanto de los aztecas cuando Hernán Cortez atacó por primera vez, y el mismo pavor y la angustia de los incas cuando Pizarro ordenó la masacre en la Plaza de Cajamarca. Caía el techo del cielo, como si los dioses truenos que tanto temían bajaran a la tierra. Se dispersaron en forma irregular, lanzando gritos de terror. Dos cayeron al suelo, orinados y zurrados, los tumbó el espanto. Temblaban. Fueron capturados y subidos a la embarcación. La mayoría se perdió en el monte. Pocos valientes quedaron a distancia prudencial, observando detrás de los árboles, tratando de descifrar qué había producido semejante estruendo. Humo y olor acre de pólvora se diseminaba en el aire. La tripulación pensó que Natalicio iba a ejecutarlos. Increíblemente, ordenó darles obsequios. Mientras sonreían a los impávidos originarios, les entregaban botas, tabaco, sombreros, ponchos. Explicaba a través de Crispín que no querían pelear ni agredirlos, sino ser amigos, y volverían trayendo más regalos. El grupo de aborígenes escondidos tras los árboles, comenzó a acercarse, y levantaron la mano en forma de saludo, mientras el buque se alejaba rumbo a la estancia. Quince días después, volvieron, creándose desde ese momento, una amistad y fidelidad increíbles. La esposa de Natalicio enseñaba a las mujeres a coser, cocinar, fabricar vestidos y utilizar elementos de la «civilización». A su vez, era retribuida por los originarios con frutas silvestres, miel, aves, pescado, huevos. Compartían todo sin diferencias de razas ni credos, respetando costumbres e idiosincrasias. Fundaron una estancia enorme que llamaron La Felicidad, que representaba el ánimo de la comunidad. Medio siglo después, un tal Karl Marx a este estilo de vida lo llamó comunismo. Nueve años después, recién los Soldán cumplieron el sueño más deseado: flota de embarcaciones navegables. La llamaron Benefactora de la Patria, por los aportes realizados a la ciencia y al país. La estancia se transformó en lugar obligado de visitas presidenciales y científicos encumbrados en distintas disciplinas. Empeñados con el sueño de los libertadores de formar la patria grande. Sin fronteras, uniendo culturas, costumbres. Navegaban el Bermejo tratando de juntar los océanos: Atlántico y Pacífico. Estudiando flora y fauna. Paraíso terrenal. Diecisiete años duró la felicidad.

Un día, a media mañana, el cielo se ensombreció, los cuervos planeaban el monte lanzando chillidos espeluznantes. Las víboras enmudecieron. Los animales feroces se ocultaron, temblando. Se agrió el brebaje de chamanes indígenas. El curandero de la comarca, con una semana de insomnio, vagabundeaba como un fantasma por el monte, lanzando terribles presagios. Había llegado un abogado. El leguleyo Villalobos, recién recibido, flaco, huesudo, extremadamente ambicioso y ladrón, en poco tiempo hizo honor con creces a la última parte del apellido. Llegó a la Estancia como los huracanes; comenzando con una suave brisa, agradable, amigable; y en poco tiempo arrasó sin piedad: estancia, campos y todo lo que encontró en su camino. Como un Atila, Rey de los Hunos, «no creció el pasto por donde pasó su caballo». Enloqueció con las riquezas de las tierras que encontró: ciento cincuenta mil en una provincia y cien mil en otra. Como un chacal cebado, rápidamente olfateó que serían presa fácil esas familias honestas, y con fuertes valores morales y éticos. Principios que el tinterillo no había recibido, ni en el seno familiar, ni en la universidad. Infló una deuda ínfima y embargó la totalidad de los campos de Natalicio. Tan grande fue la avidez del bastardo que los persiguió hasta sacarles todo, dejándolos en la miseria más espantosa, y echándolos a otra provincia, donde murieron olvidados y en la más extrema pobreza. Años después del robo, vendió todo. Pasaron dos dueños más, hasta que a mediados del siglo XX, la familia de Emanuel compró las doscientas cincuenta mil hectáreas. Los italianos llegaron con las mismas ilusiones que los Soldán, sin imaginar que las desgracias suelen repetirse, que las leyes de Murphy se cumplen irremediablemente. Ciento cincuenta años atrás se necesitó un solo abogado para arrasar con la estancia. En el siglo XXI, con el avance de la «civilización», tuvieron que juntarse sicarios, políticos, abogados, escribanos, contadores, escritores y empleados ladrones, para apropiarse de las tierras.

Bonnie & Clayde

Hay gente peor que los perros.

Éstos nunca muerden la mano

del que les da de comer»

Proverbio ruso

—Buen día, gerente —saludo Millar; hombre de confíanza de Emanuel—. Tenemos un problemita y mi patrón me pidió que lo hable con usted.

—Buen día. En qué te puedo ayudar, ¿cuál es el problemita?

—A don Emanuel se le perdieron las llaves de la caja de seguridad, y necesita urgente que le lleve una documentación. Me pidió que hable con usted para ver si me puede facilitar una del banco para abrirla.

—No hay problema. Te doy una y si no encuentra sus llaves, que me avise, así cambiamos o le doy otra caja.

Millar, conocido del gerente, sabía el cariño y lo que representaba para Emanuel. No era la primera vez que perdía las llaves. El banco cuenta con tres juegos, uno para el cliente. Cuando Emanuel no podía ir, enviaba a su hombre de confianza.

—Gracias —respondió el empleado.

Millar y señora llevaban años trabajando con el terrateniente, quien los consideraba no sólo de extrema confianza sino ya parte de su reducida familia. Encargados de todo lo concerniente a la empresa, tenían conocimiento hasta de los negocios más secretos de Emanuel; por eso, el gerente no sospechó.

—Don Emanuel, quisiéramos con mi señora tomarnos unas vacaciones dentro de una semana. Siempre soñamos con ir por Santiago del Estero, Tucumán, Tafí del Valle, Tafí Viejo, y entrar a Salta por Cafayate. Nos contaron que son lugares preciosos. Queremos despejarnos unos días.

—Por supuesto, dame unos días que acomodo unas cositas.

—Gracias, don Emanuel.

Una semana después que el matrimonio de confianza tomara vacaciones, Emanuel se dirigió al banco a realizar los trámites.

—Buen día, don Emanuel —saludó el gerente con afecto.

—Buen día. Voy a pasar a mi caja.

—Cómo no. Adelante. Después, si puede, pase por mi oficina que quiero charlar con usted —dijo mientras con una mano lo invitó a pasar—. ¿Encontró sus llaves?

—No las perdí —contestó dirigiéndose a la bóveda.

Al gerente se le congelaron las tripas. Algo no funcionaba. Pasaban los minutos. El gerente esperaba en la oficina tamborileando los dedos en el escritorio. Cuando vio la figura de Emanuel, delgada y pálida como un muerto, parada en la puerta de la oficina, y dos empleados bancarios detrás de él con rostros de velorio, supo que ese día era una bisagra en su vida.

—Robaron todo el dinero de mi caja fuerte —alcanzó a decir, mientras se sentaba abatido.

—¡Cómo que robaron! —gritó el gerente mientras se levantaba y dirigía a la bóveda. Volvió rápidamente y encontró derrumbado a su mejor cliente.

—¡Qué desgracia, Emanuel! Fue tu secretario, estoy completamente seguro. Vino hace unos días a decirme que se te perdieron las llaves y que necesitabas urgente retirar unos papeles. ¡Cómo no desconfié, cómo no te llamé! —se lamentaba tomándose la cabeza con las manos, mientras iba de un lado a otro de la oficina, como un animal acorralado.

—Sí, fue él —alcanzó a decir—. Me pidió vacaciones con su mujer. No puede ser que la gente en quien más confío me robe. Estoy dolido, no tanto por el dinero que va y viene, sino por la ingratitud de la gente que uno quiere.

El banco se paralizó, el pueblo, la provincia, el país, Italia, Europa. El silencio espantaba. El Loro Hablador, ícono de El Impenetrable guardó respetuoso silencio. ¿Cuánto se robó? ¿Un millón? ¿Dos, diez? Nadie supo. La conversación en la oficina bancaria a puertas cerradas entre el gerente y Emanuel, entró en los misterios pueblerinos más estudiados; tan o más secreto que el de San Martín con Bolívar en Guayaquil. ¿Pidió perdón el gerente? ¿Suplicó que no accione legalmente al banco? ¿Dinero en negro? Misterio. Años después, cuando Emanuel pensó que nunca más iba a tener noticias del matrimonio, aparecieron, y sin ningún tipo de vergüenza, con una desfachatez pocas veces vista, entablaron una demanda laboral al terrateniente.

Después de la traumática experiencia, comenzó a desconfiar de la gente y los bancos, confiando en la caja fuerte de amigos o depositando el dinero en lugares desconocidos. Pero a pesar de esa coraza de desconfianza que vistió, en menos de un año contrata a un muchacho para que realice el mismo trabajo que el matrimonio infiel. «Lo apreció como a un hijo», comentaba. Sin percatarse de que el único animal que tropieza con la misma piedra, dos, y hasta más veces, es el hombre. El nuevo empleado se hizo cargo de todo: cuentas corrientes, bancos, impuestos, transacciones, compras, ventas. Carrera vertiginosa como nuevo rico del pueblo. Compró campos, radio FM, auto 0 km, departamentos. ¿Cobró una herencia? ¿Dinero de Emanuel? ¿Cuenta bancaria a su nombre? Nada dejó librado al azar, desde el comienzo de su nueva vida contó con el asesoramiento de un hábil delincuente ligado a la iglesia, que usaba a la institución religiosa para garantizarse impunidad. Luego, hizo un posgrado en la localidad de Milflores con un especialista en estafar bancos.

Vurdon, examo y señor del pueblito, quien gracias a la política licuó las ayudas que recibía del gobierno nacional y provincial, teniendo un crecimiento inversamente proporcional con la comunidad: a medida que se hacía rico, el pueblo se empobrecía más. Pagó deudas bancarias de familiares y compró extensos campos con dinero del Estado. Cuando el pueblo lo echó, los amigos de la política no lo abandonaron, y manipulando la justicia le dieron el cargo de juez, sin importar que no fuera abogado, ni idóneo para el cargo. La maestría que recibió el empleado del «Juez Trucho», fue fundamental.

El terrateniente

He sido un hombre afortunado en la vida,

nada me ha sido fácil.

Sigmund Freud

A pesar del carácter taciturno que Emanuel cultivó desde niño, supo ganarse rápidamente el cariño del pueblo. Hombre de bien, apreciado por la comunidad. Vida tranquila. Rutina humilde, a pesar de ser uno de los mayores terratenientes del mundo. Su cuñada ayudaba a las iglesias e instituciones dedicadas a los necesitados. Desde la llegada de su Italia natal encontró en el trabajo diario un modo de olvidar recuerdos horrorosos de la guerra. El hermano mayor, con familiares llegó años antes al país, sirviendo de faro a la familia italiana, golpeada por la guerra, el hambre y la desolación del continente Europeo. En Buenos Aires, gracias a la cultura de trabajo que traían, en poco tiempo instalaron su propia fábrica de hilandería. Pioneros de la ropa de trabajo «Grafa», vestimenta que nunca abandonaría Emanuel hasta el fin de sus días. La guerra lo había estigmatizado, llevando para siempre en la memoria el ruido de sirenas y corridas callejeras buscando refugiarse en bunkers, cargando toda su vida con esas secuelas. Algunas noches, solo consigo mismo, moviendo suavemente la mecedora en su estancia, y tomando bebida fuerte, como excitador de memoria, afloraban hermosos recuerdos, y agradables nostalgias que inexorablemente lo llevaban al mismo rostro de mujer y a las mismas imágenes: cine en la calle, sábana de fondo como pantalla. Pudientes llevando sillas de la casa y humildes fabricándolas de ladrillos. Citas de idilio adolescente con su amor platónico, inalcanzable, puro y eterno: Gina Lollobrígida. Amor a primera vista. Desde su primera película, nunca más la olvidó. Recordándola cuando se deprimía, ese hermoso recuerdo funcionaba como un disipador de energía o válvula de escape: «Algún día tengo que conocerla personalmente», pensaba en voz alta cuando volvía a la realidad.

El cerebro sólo recuerda momentos agradables. Borra o guarda en el baúl del olvido resentimientos, fobias, traumas. Cualquier tiempo es bueno, porque recordamos lo agradable de nuestra infancia y adolescencia, los mejores olores, perfumes, la piel amada, calores maternos y consejos paternos. Si el cerebro no se comportara de esa forma, simplemente explotaría.

Más de veinte años tenía Emanuel cuando llegó al país. Años después, la familia compró extensos campos en lejanas provincias del norte y se trasladaron, embarcándose en una nueva aventura. Tiempos y campos difíciles, agrestes, y de grandes extensiones. Abigeos vivían de fiesta en fiesta con el ganado de los «italianos». Robos continuos, aprovechando noches tormentosas. Rapidez fantástica: en cada refusilo desparecían diez vacas. Habilidad extraordinaria, gracias a los años de ejercer la actividad delictiva.

—Algo tenemos que hacer, nos roban todos los días, no sólo ganado, sino tierras, campos, es imposible controlar todo —alertó el hermano mayor a sus familiares en la estancia La Felicidad—. Tenemos que vender algunas hectáreas; los impuestos también nos ahorcan, los gobiernos provinciales y nacionales nos acosan. Nos salvamos de que el banco nos sacase las tierras, pero eso nos costó tres millones de dólares de honorarios.

La idea era vender en forma transversal al río. Tres kilómetros de ancho de un lado y tres kilómetros del otro, quedándose ellos en el medio. Buscaba protección. No pudo cumplirla. Falleció al poco tiempo. No se cuidó, a pesar que eminencias médicas de otras provincias que visitaban la estancia; pedían que se operase del corazón. «En estos momentos son una cosa sencilla estas operaciones; te esperamos en nuestros consultorios; tenés que cuidarte». Prevenían. No se cuidó, y en 1984 llegó la peor tragedia a la vida de Emanuel. El hermano mayor, padre y guía, que manejaba los negocios de la familia, se fue. De pronto se encontró con una enorme extensión de tierra, sintiendo cada año el peso de los impuestos y el acoso de la delincuencia. Se había transformado en un «mendigo sentado en un banco de oro». Un banco que lo colocaba en la cima de los mayores terratenientes del mundo, haciendo aumentar a picos ilimitados deseos codiciosos de mafias organizadas. Nunca cambió la filosofía austera y amigable. Dispensaba el mismo trato al encumbrado y al humilde. Dos días después de celebrar la última Navidad terrenal, con la pareja, hijos y familiares de ella, pasó un domingo agradable, que se postergó hasta primeras horas del día siguiente. El lunes se levantó tranquilo, esperando llamadas de Italia. Fecha cara de afectos familiares. Ese día, la familia había pisado por primera vez tierra Argentina y lo eligieron como uno de los aniversarios más importantes de sus vidas. Único día del año que comunicaban afectos con parientes repartidos por el mundo. A pesar de ser lunes, decidió no realizar trámites bancarios. La tradición familiar era más fuerte. En su casa, acompañado sólo de recuerdos, se sentó a la mesa con una bolsa de fotos de distintos tonos: sepia, blanco y negro, colores. Alzó la vista. El reloj marcaba las diez y el almanaque colgado en el viejo biombo: Lunes, 27 de diciembre, 2010. En ese mismo instante a 800 km al nordeste de su casa, en una localidad cercana a las cataratas, entraba el «mellizo» de Emanuel a la Escribanía Porres. Vendió campos en cuarenta millones de dólares, una suma varias veces inferior al precio real. La primera entrega, treinta y cuatro millones, y los seis restantes se entregarían en su pueblo el día de los Reyes Magos, retirando las escrituras. Seguía deleitándose con recuerdos, emocionado, con los ojos brillantes y húmedos de nostalgia, cuando se veía en pantalones cortos y tiradores, disfrazado de marinerito, con maracas en las manos. Fotos amarronadas por el tiempo, casi sin color. Varias imágenes de su amor platónico, su amada, Gina, siendo la preferida, actuando en La Romana. ¡Que mujer!, pensó. El timbre del teléfono lo sobresaltó. Deben ser los italianos, dijo mientras se levantaba pausadamente.

En ese instante, finalizaba la venta en la Escribanía Porres. El escribano los felicitó, pasando la mano a los compradores, abogados, paraguayos, dando por finalizada la venta. El «mellizo» de Emanuel saludó, tocándose la gorra vasca.

Gusanitos

¿Es usted un demonio? Soy un hombre.

Por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.

Chesterton

Gusanitos llegaron de madrugada ese día que el pueblo jamás olvidaría. Sincronizados. Dos se alojaron en el hotel de la avenida principal. Dos, a una cuadra de la casa de Emanuel. Por cábala, pidieron la pieza número trece.

—Buen día —dijo Francisco mientras se levantaba del sillón donde dormía para recibir a los que llegaban temprano. Ninguno contestó el saludo.

—Queremos una pieza —dijo con voz grave el morocho.

—Completen sus datos, por favor —pidió el encargado queriendo mostrarse simpático.

Uno solo completó. Nombre: Juan Navarrete y José Navarrete. Profesión: Comerciantes. Nacionalidad: Argentina.

—¿Son hermanos? —preguntó el molesto empleado, mientras miraba de reojo el libro—. Mi abuela también era Navarrete, en una de esas somos parientes. Lo ignoraron, como si no existiera. Estaba dibujado. Francisco quiso disimular el desaire con una sonrisa estúpida.

—¿Puede ser la pieza número trece? —dijo uno.

—Sí, la trece tengo desocupada —contestó Francisco—. ¡Qué lindos números! ¿No? Hoy, día trece, y se alojan en la pieza trece.

Los clientes tomaron la llave y se dirigieron al cuarto.

—Estos tienen menos onda que Quitilipi —murmuró, despechado.

La empleada adolescente de Emanuel llegó cerca de las ocho de la mañana. Había comenzado a trabajar diez días antes. Estacionó la moto de pequeña cilindrada en la vereda de la casa, como todos los días. Estaba por golpear la puerta cuando sintió un grito desgarrador. No pudo definir de dónde provenía ¿Vecinos? ¿Dentro de la casa? ¿De la esquina? Apoyó el oído en la puerta, sintió ruidos, como si corrieran mesas o sillas. A pesar del miedo que le aflojó el estómago, golpeó como siempre: tres golpes a la puerta nueva de algarrobo, lo único nuevo de la fachada. No atendió nadie. Volvió apoyar el oído en la puerta; esta vez, escuchó el silencio. Esperó unos minutos, y volvió a golpear otras tres veces. Nada. Se extrañó. El miedo comenzó a treparse por su cuerpo como una hiedra. Decidió sentarse en la vereda esperando que viniera o abriera alguien. «¡Qué raro!», pensó en voz alta, mientras enviaba una mensaje a su madre: «Má, el Pá no me abre, ¿qué hago?» El reloj marcaba 08,05. Pensó que se quedaron dormidos, o no escucharon, ya que estaban «ancianitos y medio sordos». 08,10. El empleado estacionó el auto frente a la casa. Saludó en forma apurada y entró raudamente por el portón del costado. Ahora me van abrir, se tranquilizó. Seguía pasando lentamente el tiempo. No abrían. Otra vez el terror comenzó apoderarse de su ser, y quedó temblando en la vereda sin saber qué hacer. No se animó a entrar por el portón del costado. Se acercó a mirar por el patio y vio la camioneta de Emanuel. Volvió a la puerta, miraba a distintos lados buscando alguien para acudir en auxilio. No había nadie. Se volvió a sentar en la vereda de la puerta con la cabeza entre las piernas y las manos en el pelo, como tapándose. El sol marcaba las ocho y quince de ese trece de enero fatídico. Sintió ruidos en el patio, se levantó y rápidamente fue a mirar qué pasaba. Vio a una persona sentada en la camioneta: camisa a cuadros, pantalón de jean. «Debe ser cliente del papi», pensó. En ese instante se abre la puerta del costado y sale otra persona hasta la vereda, saluda amablemente y llama con la mano al de camisa a cuadros. Entran los dos. El miedo la empapó. Algo grave estaba pasando. Despacio, llevó su moto caminando veinte metros hasta la esquina. Arrancó, y se fue. Hizo una cuadra, giró a la derecha, llegó a la esquina volvió a girar a la derecha, al llegar a la otra cuadra, observó la casa desde ochenta metros aproximadamente, y vio al de camisa a cuadros recostado en el auto del empleado. Tomó una decisión que después los peritos dieron por equivocada. ¿No se dio cuenta? ¿El terror no la dejó pensar? ¿Por qué no llamó en ese momento a la policía? ¿Por qué no alertó a los vecinos que algo no estaba bien? Preguntas que la gente fustigaba después del hecho consumado. Ningún ser humano sabe cómo va a reaccionar ante determinados hechos traumáticos, y menos cuando tiene diecisiete años. Rosalinda decidió ir a su casa, ubicado a dos kilómetros de su trabajo. Avisó a la madre. En minutos contó lo vivido y la progenitora automáticamente dijo: «Ya, tenemos que avisar a la Policía»

Muerte a la inocencia

La crueldad es la fuerza de los cobardes.

Proverbio árabe

Zulema tomaba mates después de Emanuel. La gastritis había alcanzado principio de úlcera. Sacó del freezer la carne para empanadas del día anterior, lo dejó en la mesa descongelándose. «Hoy vamos a terminarlas», murmuró. Se sentó mientras chupaba varios «lavados». Escuchó ruidos en el patio trasero, y al cusco ladrar desesperadamente Abrió la puerta pensando que Emanuel volvía. Un tornado de golpes arrasó su cuerpo. Gusanitos se abalanzaron sobre la humanidad de la anciana sin darle tiempo a pensar qué sucedía. Uno la tomó de los pelos mientras el otro la golpeaba. El tercero revolvía papeles, camas, roperos, tirando todo, como el paso de un ciclón. Le ataron las manos y la sentaron con furia en una silla.

—¿Dónde están los títulos de los campos, dónde está el dinero? —gritaban mientras propinaba cachetadas al rostro antiguo.

—Yo no sé nada, nada, no sé dónde guarda Emanuel sus cosas.

—No te hagas la pícara con nosotros, vieja de mierda. Vos sabés bien dónde se encuentra todo. Te vamos a matar ahora mismo si no nos decís —hablaban cada vez más nerviosos.

El que revolvía todo salió de una pieza, y haciendo un gesto con la cabeza, dijo: «Negativo». El más decidido fue a la bacha de la cocina y volvió con la masa de hierro para ablandar carne, y sin mediar palabra pegó un golpe en el parietal derecho de la indefensa. Grito escalofriante, hasta que le sellaron la boca con cinta negra de embalaje.

—Acercala a la mesa, vamos a ver si esta vieja va a hablar o no.

Las larvas obedecieron, la corrieron a la mesa con silla y todo, la desataron en forma violenta colocando sus manos sobre la mesa, le arrancaron la cinta de la boca. Uno de ellos se acercó a escasos centímetros de la cara y con aliento fétido de miserias estomacales, gritó:

—No jodo más con vos. Me decís dónde está el dinero y los títulos de propiedad o te rompo los dedos uno por uno.

La anciana, obnubilada, balanceaba la cabeza como un barco a la deriva.

—Tal vez quieres que te levante las uñas con esto —dijo otro mientras activaba una sevillana paraguaya. La anciana con el rostro ensangrentado no escuchaba, ni veía, la cabeza iba de un lado a otro, sólo por inercia, como rogando que terminasen las torturas. Los quejidos se fueron adelgazando hasta desaparecer.

—Me parece que se nos está yendo la vieja, es mejor asegurarnos —dijo una de las bestias mientras le colocaba bolsas de consorcio negro en la cabeza. Golpearon una vez más la cabeza de la anciana con la masa. El último golpe la hizo caer al piso, sin emitir sonido. La arrastraron hasta la oficina; llegando a la puerta, los chacales se paralizaron. Una camioneta entraba al fondo de la casa. Soltaron el cuerpo. Ahí llega el viejo, dijo uno.

La Sonrisa        

La vanidad es tan fantástica, que hasta nos

induce a preocuparnos de lo que pensarán

de nosotros una vez muertos y enterrados.

Ernesto Sábato

El Gusano llegó al pueblo, se persignó solemnemente cuando pasó por la virgencita. Giró a la izquierda. Admiró la entrada de esculturas de quebrachos. «Se pasa este Fabriciano», murmuró para sus adentros. Se volvió a persignar cuando pasó por el cementerio. Entró por la avenida principal y se alojó en el primer hotel que encontró. Modos amables, sonrisa constante. Completó el libro con datos personales. La recepcionista le entregó las llaves del cuarto número trece. Veinte minutos después, bañado, perfumado, y sin perder la sonrisa, preguntó al conserje si quedaba lejos la casa de un conocido empresario. «Aproximadamente trece cuadras», fue la respuesta. Agradeció, La Sonrisa salió a la calle. Subió a la camioneta 4×4, mientras pensaba: «Demasiada coincidencia con el número trece, salí a las trece horas, habitación trece, y cantidad de cuadras, también trece. Es una señal. Está decidido, el trabajo se realizará el día trece». Hizo lo posible para que su estadía no pasase desapercibida: comió en los mejores restaurantes y en horas de mayor afluencia de clientes. Al día siguiente se dirigió al banco, contando a viva voz que estaba en la localidad por negocios: iba a comprar tierras por sumas varias veces millonarias, y tenía el respaldo de Banco de Buenos Aires por 130 millones de dólares. El gerente rápidamente averiguó la información, confirmándola en minutos. Después de mostrarse como un pavo real en un pueblo donde hasta los secretos de Estado son comidilla diaria, cargó nafta en una estación de servicios a dos cuadras y media de la casa de las futuras víctimas. Se dirigió a la vivienda de un docente de la zona y luego a la casa del empleado de Emanuel. En este punto, los historiadores vuelven a preguntarse: ¿qué relación tenía con el empleado? ¿Emanuel también le dio poder para realizar negocios de 40 millones de dólares? ¿Estuvo varias veces ahí? ¿Eran ases de la manga por si algo salía mal? Se dirigieron a la casa de Emanuel. La Sonrisa hablaba afablemente. Estuvieron desde las diez de la mañana hasta el mediodía en la oficina, distendidos, a tal punto que le pide al empleado que le tomase una foto con el terrateniente. La Sonrisa abraza a Emanuel, que también sonríe, y apoya unos dedos de garra en el hombro izquierdo, como un cazador que había atrapado a su presa. En horas de la siesta llegaron a la estancia, y estuvieron reunidos. Y otra vez los hechos en la bruma de los tiempos se pierden en distintos laberintos: ¿se cerraba la conspiración? ¿El abrazo y la foto, era el beso de judas? ¿Es cierto que no vendió nada Emanuel? ¿Vendió los campos en 40 millones de dólares? ¿Fue un ardid para saber si el terrateniente tenía los títulos originales en la casa o en la estancia? ¿Aprovecharon la situación otros gusanitos, para inculparlo al gusano mayor? ¿Por qué el empleado lo trataba con su nombre de pila? A la última hora se reunió con Emanuel a solas, mientras el empleado esperaba afuera. Lo que hablaron también quedó en el más profundo de los enigmas, como la conversación de Napoleón con Alejando I, en la famosa balsa. ¿Presionó el Gusano para que vendiese? ¿Le dio los seis millones que faltaban? Misterio.

Políticos

Los científicos se esfuerzan por hacer

posible lo imposible. Los políticos por

hacer lo posible, imposible.

Bertrand Russell

En el coqueto departamento de Buenos Aires, el político Bulrich pegó un salto cuando vio el noticiero televisivo sobre el asesinato de los ancianos.

—Bien, bien —se frotaba las manos—. Esto me viene como anillo al dedo, al fin me voy a cobrar persecuciones y denuncias de los compañeros.

Marcó de memoria el celular.

—Luis, ¿viste la noticia de los muertos en tu pueblo?

—Sí, lo vi, me puso contento. No por las muertes, porque eran buenas personas sino porque estas muertes nos pueden salvar de por vida.

—¿Te das cuenta, Luis? Podemos ser no sólo ricos sino también meter presos a algunos compañeritos. Hay que inventar que en esta muertes está involucrado el Gobierno Provincial, a través de compras y ventas truchas de estudios jurídicos, escribanías, colonización —hablaba sin respirar.

—Y… ¿Es cierto eso?

—No sé si es cierto, pero nosotros tenemos que inventar y armar todo, no te olvides que hay mucho dinero en juego, y políticamente podemos sacar provecho en este año electoral. Aparte, hace unos meses mandé a otra provincia a unos amigos para que se hagan pasar por unos abogados de tu pueblo y ahora con este crimen, quedan todos bajo sospecha.

—Pero en ese grupo hay gente nuestra, amigos de nuestro partido, que también van a caer.

—Vos no te preocupes, tenemos que hacer como hizo hace varios siglos un Papa en el vaticano —dijo con voz paternal.

—¿Qué hizo?

—Envió sus generales a degollar a toda una comunidad de protestantes. Y cuando el general le dijo: «Disculpe, su santidad, pero en ese pueblo también hay muchos cristianos, gente nuestra, que cumple con los evangelios», el Papa le contestó: «Ve y degolladlos a todos, no te preocupes por los nuestros, Dios los seleccionará en el cielo».

—Bien, bien, yo también tengo para darte una buena noticia con este caso. Tengo poderes de herencia de la mujercita y de los hijos del muerto.

—Bien, bien, ¿viste Luis? Dios aprieta pero no ahorca. Ahora, escuchame bien: pagales a los grupos sociales que consigas para que hagan quilombo, no importa que sean «tres gatos locos», que vayan a la Municipalidad, al Juzgado, a la Comisaría, pidiendo justicia, marchas de silencio; que se encienda la mecha. Pagale a algún periodista de un diario provincial, esto es fundamental. También busca a tus compinches… ¿Cómo que cuáles? Esos locutores, mercenarios de tu pueblo. Sí, ésos, que no les importa ni las ideologías, ni los partidos, ni nada, y por cien mangos son capaces de degollar a la madre sin pestañear.

—Mira que varios de esos ahora son compañeros y nos dan con un caño en sus programas radiales. ¿Vos crees que es conveniente? —dijo no muy convencido—. No son confiables.

—Claro que es conveniente, porque ahora que se hacen los «compañeritos», la gente les cree más a esos tipos que critican a la oposición, así funciona la mente de la negrada, le creen todo a los traidores, y delincuentes. Nosotros tenemos que aprovechar eso, ¿me entendés cómo es la jugada? —hablaba como si explicara la teoría de la relatividad—. Pero se tiene que hacer ¡ya!

—Bien. Estamos en contacto.

La muerte agazapada

Creo no tener enemigos, en realidad

las únicas personas que pueden

herirnos son las personas que queremos.

Jorge Luis Borges

Emanuel entró con el jeep por el patio de su casa sin imaginar que se agotaba su reloj biológico. El cusco ladraba desesperado en la puerta trasera. Debe haber un gato, pensó. Al salir de la Escribanía, decidió ir a su casa y después pasar por el Banco a retirar el dinero. Buen negocio iba a realizar en la segunda ciudad de la provincia. Estacionó al fondo de la casa, sacó papeles de la gaveta y bajó. El perrito seguía ladrando desesperado, tratando de avisar que la muerte había invadido su hogar. Los perros perciben, ven, y huelen la muerte antes que los humanos, y se angustian porque no pueden alertar a sus seres queridos. Virtudes del mejor amigo, lo comprueban curanderos y chamanes en noches de luna llena, untándose los ojos con lagañas del animal para ver las almas que todavía siguen dando vueltas por este mundo. Conversan con ellos, escuchan, consuelan. Fue inútil. Emanuel se acercó, le acarició la cabeza y las orejas para calmarlo; luego abrió la puerta trasera y entró. Pasó el vano, y recibió un duro golpe en el occipital. Cayó de bruces. Intentó levantarse por instinto, y recibió patadas y puñetazos en todo el cuerpo. La cara, masa sanguinolenta. Lo levantaron de las axilas y sentaron en una silla. Le ataron pies y manos con cables eléctricos. Miró con el único ojo que podía hacerlo y alcanzó a ver el horror consumado: su cuñada tirada en el piso, medio cuerpo en la oficina y la otra mitad en cocina. Manos ensangrentadas y atadas, bolsas negras en la cabeza, selladas al cuello, y mucha sangre alrededor. Vio la carne descongelándose en el suelo y presintió que no volvería a comer empanadas. ¿Por qué? ¿Por qué?, alcanzó a gritar sin sonido.

—¿Dónde está el dinero que sacaste del banco y los títulos de propiedad de los campos? —gritó una de las bestias, mientras estrellaba sus nudillos en los pómulos de cristal.

—La plata no retiré todavía y los títulos están debajo del mueble grande —susurró con dolor infinito, y escupiendo sangre en cada palabra.

Rápido buscaron bajo el mueble, y encontraron una serie de documentaciones de los campos.

—Ahora te falta decirnos dónde escondiste el dinero. No te creemos que no lo retiraste, te vimos que entraste al banco.

—No lo retiré, lo iba hacer cuando salía de viaje.

Volvieron a sentarlo y desataron sus manos. Lo obligaron a firmar papeles, pasaron tinta indeleble por las huellas digitales y sellaron papeles.

—Ya están todos firmados —dijo uno, refiriéndose a los documentos.

Fue como una señal, el asesino de enfrente golpeó con el revés de la mano la cara de la víctima y lo tumbó de la silla; en el suelo, continuaron pateándole la cabeza y las costillas. El grito de dolor de Emanuel fue escalofriante. Lo volvieron a levantar y a sentar otra vez en la silla. Continuaron golpeándolo mientras que el tercero seguía buscando dinero. En ese instante, se paralizó la escena como una película en pausa. Alguien golpeaba la puerta de calle. Tres golpes suaves. Pasaron unos segundos, y los gusanitos se movían por señas. Un minuto después, otra vez tres golpes, después el silencio. Con mayor sigilo continuaron con la tarea macabra. Le colocaron bolsas en la cabeza y arrastraron el cuerpo hasta un cuarto. Con el último golpe, Emanuel sintió que se le desfondaba y abría como un infinito sin retorno el machimbre del cielo raso, y supo que a su amada Gina no la iba a conocer.

Su ángel de la guarda, en el último suspiro, escapó de la casa del horror. Buscó la calle, tomó altura y comenzó su largo peregrinar. Llegó al océano Atlántico, luego giró al norte. Planeaba bajo, como los pucarás para no ser molestado por vientos, ni radares, cada vez que cruzaba fronteras. No paró, tenía que llegar lo más rápido posible. Sonrió cuando divisó la Península Ibérica. Con esfuerzo subió el peñón, descansó unos segundos. Se colocó la mano derecha como visera y divisó el fin del viaje. Cruzó las islas que custodian la Ciudad Eterna, se elevó a tiempo para no chocar con la cúpula de la Plaza San Pedro. Llegó, cruzó en silencio plaza, calles. Miró con tristeza el monumento a la canilla pública. Suspiró, se le hizo ver al niño Emanuel sonriendo y llevando agua a su casa. Giró en la esquina de la panadería Bongiorno y llegó a su destino final. No quiso golpear la puerta para no molestar, se hizo anoréxico y entró por la rendija de la ventana. Estaba agotado, rozó un florero y éste cayó. El ruido hizo girar al unísono a tres personas que terminaban de almorzar y gritaron: ¡Mamma mía!, ¡mamma mía! lei non può essere ucciso Emanuel.

Las bestias volvieron a paralizarse. El auto del empleado estacionaba frente a la casa.

El pueblo

Escapad gente tierna que esta

tierra está enferma y no esperes

mañana lo que no te dio ayer.

J. M. Serrat

El avión provincial volaba bajo, tratando de fijar el único punto claro adonde tirar la mercadería, en El Impenetrable chaqueño. El maestro, su esposa, hijos y alumnos, saltaban y saludaban levantando las manos. Pequeños alumnos, sin zapatos, y vestidos humildemente, asistían desde parajes alejados a la «escuela-casa» del maestro y su familia. Al atardecer volvían a sus ranchos. Padres humildes realizaban esfuerzos enormes para que sus hijos tuviesen una educación, a la que ellos no pudieron acceder.

—Esta es su escuela —señalaron al maestro, mientras mostraban la parte noroeste de un mapa gigantesco del Chaco en la Junta de Clasificación de Resistencia—. El poblado más cercano queda a 50 kilómetros.

—Voy adonde me nombren —contestó—. Lo único que me interesa es enseñar.

Demoró un mes para llegar a la escuelita, bordeó el monte chaqueño y entró por el lado de Formosa, abriendo trocha a machetazos, junto a otro educador que iba a otra escuela.

Las cajas comenzaron a caer en medio de la polvareda, y del griterío de la chiquilinada. Cuando dejaron todo, el avión dio una vuelta de despedida, mientras el docente junto con los niños lo despedían, con los brazos en alto.

—Este es un pueblo muy puto, se lo digo yo, que soy nacido y malcriado acá, todo lo malo que no pasa en ningún otro lugar del mundo nos pasa a nosotros. Y lo peor, parece que nos gusta —filosofaba el viejo norteño en el tercer piso del Club del Progreso mientras el gringo le servía un «simplón»—. Desde su fundación, el parto vino mal, por equivocación mandaron a construir el edificio del correo, un monumento impresionante rodeado de casas famélicas, y por error, también se hizo un obelisco en la plaza donde lo único que había eran vacas y chivos. Nos confundieron con una localidad de Buenos Aires que llevaba el mismo nombre del nuestro.

—Sí, Ceferino, tenés razón, pero ¡la pucha que en esos tiempos éramos felices!, podíamos confiar en la gente, dormíamos con las puertas abiertas, todos nos conocíamos, no había cheques voladores, ni robo de ganado, ni nada, ¿Te acordás cuando jugábamos alrededor de la glorieta?

—Claro que éramos felices. Quisiera saber en qué momento se nos cagó el pueblo.

—¿Qué sé yo? Puede ser que con la llegada de gente de otras provincias comenzamos a irnos a la mierda o, tal vez, por el hecho de juntarse gente con idiosincrasias diferentes.

—Yo creo que se nos jodió en la época militar, ahí salió lo peor de varios de nosotros, colaboraron con Videla, con el Gobernador Cerrano, ¿o te olvidaste que hubo civiles que alcahuetearon a nuestros amigos, y mandaron al frente a los de las Ligas Agrarias? Fueron de lo peor, porque esta gente convivía con nosotros, éramos amigos de toda la vida, pero bastó que vengan los militares para que se arrodillen y manden gente a torturar, y varios desaparecieron. Y lo peor, es que estos hijos de puta ahora dan discursos de democracia y plantan árboles los 24 de marzo de cada año.

—Es cierto lo que vos decís, nunca lo vi de esa forma. ¿Te acordás de ese periodista, que por suerte ya falleció, que llevaba a Videla, Arguindegui y al Gobernador Cerrano a su casa y ahí les pasaba los datos de los «comunistas»? Les hacía fiestas a los criminales, como un bufón de la corte. Era el presidente de la comisión «amigos de la policía» y viajaban a Formosa para hacerse devotos de los «seguidores de María»; grupo religioso al que pertenecía el dictador.

—Eran varios, y todo, ¿para qué? Para adueñarse de tierras, casas, campos, comprar máquinas viales, que después nunca pagaron, porque los militares les desaparecieron las deudas.

—Y por todas estas cosas es que han pasado casi diez años que lo mataron a Emanuel y a la cuñada y ninguno está preso, ni los condenaron. ¿Te acordás que a los tres años del crimen salieron todos libres y la causa se cayó? Parecía que nadie los mató y la justicia un poco más y le pide disculpas a los acusados. Por eso estamos como estamos. Ahora nadie se acuerda. Te cuento más, el Gusano fue elegido Gobernador en su Provincia en las últimas elecciones.

—Todos libres, gozando de esa fortuna impresionante. Y sí, nadie sabe para quién trabaja.

—A los únicos que los jodieron fueron a los chicos que eran hijos de él. Les dieron una miseria de la herencia para que se conformen. La más beneficiada fue la esposa «trucha» que apareció, nadie la conocía, y le dieron algo para que no joda. ¡Qué triste final! Por eso te digo, acá, en este pueblo puede pasar cualquier cosa, que todo está bien.

—La verdad, nos ha pasado de todo, asesinatos de todos los estilos, muertes por encargo, violaciones, trata de blancas, de chinos, asesinato de linyeras por diversión, Curaca Negro, víbora con cara de mujer que habla, el que se «fifó» la oveja, muertes sin culpables ni presos.

Helicóptero

Cínico es el hombre que sabe el

precio de todo y el valor de nada.

Oscar Wilde

El helicóptero sobrevoló silenciosamente el pueblo. Máquina moderna del Gobierno Provincial, aterrizó en el campo pueblerino usado de «aeropuerto». El Gusano miró por la ventanilla y en forma irónica preguntó: ¿Qué son esas manchas negras, como cascarudos, que se ven? Mientras se acomodaba coquetamente el chaleco antibalas, no lo incomodaba, al contrario, le calzaba como uno de vestir. Se refería a cientos de efectivos policiales y grupos de élites que se habían pertrechado en el campo de aterrizaje. Todo oscuro: casco, chalecos antibalas, uniforme, pasamontañas, que dejaban sus ojos como ventanas. Es tu bienvenida, contestó el comisario de la capital, también irónicamente. Aterrizó levantando polvareda por la falta de lluvias en el departamento. Cinco robustos custodios lo protegían con sus cuerpos. Rápidamente subieron a camioneta 4×4 blanca y se dirigieron al Juzgado de la localidad. Golpe comando el procedimiento. Por seguridad, era secreto que ese día iba a llegar el principal imputado del doble crimen de El Impenetrable para que la Fiscal Lis tomase declaraciones. A la madrugada, la fiscal alertó a su secretario para evitar filtraciones en la información.

—José: dentro de cuatro horas va a ser trasladado el sospechoso. Calculamos que entre las siete a siete y media estará ahí. Te llamo a esta hora porque no quiero que se filtre nada. Prepará todo y mantené el secreto. Todos los juzgados del país tienen miedo de tomarle declaraciones al imputado. Va a ser un día histórico para el pueblo, y para nosotros.

Grande fue la sorpresa de la fiscal cuando llegó al Juzgado para esperar al imputado y ver periodistas apostados frente a la institución judicial. Miró a José, culpándolo de la infidencia.

—Yo no avisé nada, doctora, no sé cómo se enteraron —dijo tratando de justificarse.

La fiscal Lis a uno de los periodistas, susurró sonriendo: «Algunos periodistas manejan buena información».

El pueblo bostezaba, y tardó media hora para enterarse que se encontraba en su tranquila comunidad, junto a sus hijos y amigos, uno de los principales sospechosos del doble asesinato. Lo desnudaron en una pieza lateral y el médico forense lo revisó minuciosamente. Luego, lo sentaron frente a la fiscal, quien al comienzo se mostraba más nerviosa que el imputado.

—Doctora, tengo derecho a que me saquen las esposas cuando declaro —dijo sonriendo.

—Sí, sí, por supuesto —habló la fiscal mientras hacía señas a los numerosos custodios.

—Doctora, también tengo derecho a que me traigan un vaso de agua —dijo la Sonrisa.

—Traigan un vaso de agua —ordenó mientras se le diluía el miedo. ¿Algo más, caballero?

—No, doctora, muchas gracias.

La declaración duró cerca de dos horas, moviéndose el imputado como pez en el agua. Modales suaves, finos, de una persona a quien la situación no sólo le resultaba conocida, sino hasta divertida, por el nerviosismo de la gente que lo rodeaba. Un perceptible tartamudeo afloraba cuando alguna pregunta le incomodaba.

—Es todo un caballero, un señor, un gentleman —suspiraba la secretaria judicial.

—Ahora, ¿quedo libre, doctora? —preguntó apenas finalizó el interrogatorio. Esta vez, la sonrisa fue de la fiscal. Otra señal a los muros oscuros. Lo alzaron en vilo y lo sacaron de la oficina. Nuevamente lo llevaron a la pieza lateral y lo volvieron a revisar.

—¡Un momento! —grito el jefe a cargo—. No lo saquen todavía.

A medida que el pueblo se desperezaba, y limpiaba las lagañas, se iba enterando del inusual procedimiento en su comunidad; en poco tiempo, se reunió una multitud frente al Juzgado.

—¡Mierda! —gritó el Comisario al ver grupos sociales, periodistas, chusmas, fotógrafos, cámaras de televisión. Esperaban con ansias la salida del acusado. Los más extremistas exhibían carteles «Muerte al Asesino», «Justicia para las Víctimas». Mientras que «Mecha» gritaba frente al cordón policial «que nos entreguen al asesino». La camioneta blanca cuatro por cuatro estacionó frente al Juzgado y, en forma paralela, colocaron otra camioneta negra de similares características para frenar a la gente enfervorizada. No había otra salida. Instituciones de pueblos chicos, por más que sean grandes edificios tienen una sola puerta de entrada y salida. Reforzaron el cordón policial y decidieron sacarlo. Policías robustos de cada lado lo apretaban como un sándwich. Vestía short, zapatillas y remera de marca. Sacándolo de ese siniestro contexto, parecía veraneante de alguna playa paradisíaca. Rápidamente lo rodearon otros policías y desapareció. Igual, periodistas y fotógrafos de experiencia, sacaron fotos del rostro, medio cuerpo, cuerpo entero y de todos los ángulos que pudieron. Uno, tuvo la valentía de meter la cámara por la ventanilla a medio abrir de la camioneta y retratar a pocos centímetros el rostro que ya no sonreía. Había conseguido la tapa del diario. Dos semanas después, trajeron a otro sospechoso y no tuvo el mismo tratamiento. Lo encontraron en una provincia del sur, un mes después del asesinato, sospechosamente todavía conservaba en su poder fotos de la casa y campos de Emanuel, camisa a cuadros, pantalón de jean, armas de fuego, peluca rubia. Daba la sensación que esperaba. En medio de calores insoportables, lo trasladaron cerca de mil kilómetros para tomarle declaraciones, parando en distintos lugares, exhibiéndolo como un trofeo de la eficaz labor policial, y judicial.

—Doctor, una persona quiere hablar con usted —dijo la secretaria del abogado Pereles.

—Que pase.

—Buenos días, doctor. Necesito solicitarle y rogarle que tome el caso de nuestro amigo, sabemos que usted está muy ocupado y toma muy pocos casos, pero este es especial.

—¿De qué caso se trata? —preguntó el abogado mientras lo relojeaba de arriba a abajo.

—El caso del doble crimen del Impenetrable, pasó hace un mes, usted debe estar enterado, salió en la prensa provincial y nacional. A nuestro amigo lo involucran y no tiene nada que ver.

—¿Quién sería mi cliente? —dijo con una sonrisa. Siempre estuvo seguro que, tarde o temprano, le traería este espectacular caso.

—El Gusano —deslizó el apodo como quien desenvaina un estilete—. No sé si lo conoce, doctor.

—Sí, tengo algunas referencias —contestó sin perder la sonrisa mientras sumaba y multiplicaba mentalmente—. No habría problemas, me haré cargo del caso.

—¿Cómo sería el pago doctor? —preguntó entre sorprendido y entusiasmado por la rapidez que aceptó el caso la eminencia jurídica.

—Que no se haga problemas, él compró un campo por cuarenta millones de dólares, ¿no?

—Sí, doctor.

—Arreglaríamos por un veinticinco por ciento de las tierras y lo dejo libre de culpa y cargo, es más, creo que seríamos vecinos, también tengo campos por esa zona —hablaba familiarmente—. Me tiene que dejar cincuenta mil pesos para empezar los trámites judiciales.

—Trato hecho, doctor. Muchas gracias, realmente La Familia se lo va a agradecer de por vida —dijo mientras colocaba un portafolios en el escritorio—. Doctor, acá hay un poco más de cincuenta mil, no importa. Gracias, y si alguna vez necesita algo, estamos para servirlo.

El doctor fue al baño. El espejo devolvía una imagen exultante, sonriente, la de un winner.

—Que se sigan riendo esos que me llaman Rolex Trucho, porque parezco suizo, pero soy paraguayo; y los que se reían de mi padre con el «Mate y vuelva». Soy el mejor, siempre soy el que se ríe último, sos un capo, papá, sos un capo —hablaba a la imagen mientras se cacheteaba suavemente los pómulos. Y esta vez, el espejo, devolvió la imagen de un león.

Presagio de la víbora que habla

La superstición es la religión

de las mentes débiles.

Edmund Burke

Benito escuchó murmullos y chapoteos desde el fondo de un pozo negro. Se acercó, levantó con una mano la tapa de 30 por 30 cm y con la otra se tapaba la nariz. Miró el fondo, pensando que había caído un animal. Esperó unos minutos, tratando de acostumbrar la vista a la poca luz. Entonces, sintió una voz ronca del fondo que lo estremeció: «Sacame de aquí, sacame de aquí». Pegó un salto hacia atrás, asustado, pensó que había caído un chico. Siguió mirando y observó que algo se movía en el líquido viscoso y apestoso. Para su sorpresa, del fondo apareció una víbora con cara de mujer, ojos azules y trompa de cochino. Suplicaba desde tres metros de profundidad. Benito, ayudame, sacame de aquí, habló el ente.

Soltó la tapa y salió corriendo en dirección a la vivienda del brujo. Asustado, y con monosílabos explicó al especialista en casos del más allá la traumática experiencia que había vivido.

—Calmate, Benito, lo que vos viste es un alma en pena, no terminó de pagar sus culpas en esta tierra. Se ve que te conocía en vida porque te llamó por tu nombre, debe ser un alma aborigen, solo nosotros podemos verlo y escucharlo. Los blancos no los oyen ni ven —lo tranquilizó el curaca, con un halo de divinidad.

Benito en el camino hacia la casa del brujo comentó a una prima el suceso, y en pocos minutos el barrio entero se arremolinó alrededor del pozo negro. Nadie veía ni escuchaba nada.

Llegaron. La gente los dejó pasar para que realizasen el trabajo. El brujo indio tomó brebaje y comenzó a temblar como si tuviera convulsiones, se sacudía como un epiléptico, dando pasos inseguros y bamboleantes. Se acercó al pozo profiriendo conjuros.

—Espíritu del mal, dejá a esta alma que descanse en paz —gritó mientras levantaba las manos.

—Hermano, sacame de acá —oyó el brujo.

—Escuchen, escuchen, me habló —gritó a la multitud que lo miraba como a un loco—. No te hagas problema hermano, tranquilo, yo te voy a sacar.

—Hermano, hay que escapar de esta tierra enferma, veo muertes, destrucción, crímenes nunca vistos; en estos días dos ancianos van a morir en forma cruel, el mal ha llegado a este pueblo, nadie puede hacer nada —hablaba la víbora. El brujo se acostó en la tierra a lo largo de su humanidad. Boca abajo, para poder comunicarse mejor. Metía y sacaba la cabeza, traduciendo a los curiosos las profecías. En pocos minutos llegaron comunicadores de radios locales, trasmitiendo en vivo al pueblo los terribles presagios. «Chupacirios» corrían en distintas direcciones, gritando: «el armagedón», «el apocalipsis», «Dios nos está castigando por pecadores».

Un grupo fue a apedrear casas de corruptos y pecadores; tuvieron que pararlos; destruían el pueblo. En pocos minutos se creó el caos, los místicos enloquecieron, todo era miedo, confusión y locura. Creyentes arrodillados levantaban sus manos al cielo. El barrio tenía la misma psicosis producida por Orson Wells cuando trasmitió en su programa radial La guerra de los mundos.

—Meté el micrófono en el pozo —escuchó el movilero de Javier, que gritaba desde la cabina de trasmisión de la FM—. ¿Qué forma tiene, cómo es?

—Ya lo metí, no se escucha nada, los únicos que entienden son los indígenas. El brujo dice que tiene cara de mujer, dos cabezas, ojos azules, trompa de chancho y cuerpo de serpiente.

—Dejenlón pasar, llegó la televisión —gritó la multitud. Mientras se acercaban las estrellas locales de la TV, el conductor con traje y corbata, a pesar de los cincuenta grados de calor, ordenó al secretario que metiera la cabeza en el pozo. Se acostó, mientras dos personas lo tomaban de las piernas para que no se cayera. No pudieron captar ninguna imagen, ni sonido. El brujo, arrodillado elevaba plegarias al cielo con palabras y sonidos irreproducibles; mezcla de arameo, toba, wichí y esperanto. Ni la radio ni la televisión pudieron captar nada. La víbora, así como apareció, se esfumó. Minutos después, el cielo tomó color de cuervo, el mismo cielo del último suspiro de Jesús

Desde los cuatro puntos cardinales amenazaban furiosas tormentas. En poco tiempo se desató el infierno hídrico. La azotea del cielo se estremecía. Vientos huracanados del norte, sur, este y oeste. Granizos grandes agujerearon las casas de los más pecadores. ¿Cuánto duró el enojo divino? ¿Dos días? ¿Un mes? ¿Un siglo?

El pueblo desayunaba cuando se enteró que habían asesinado a Emanuel y su cuñada. La profecía de la serpiente se había cumplido. Las viejas se santiguaron.

Asesinos al acecho

La muerte agazapada marcaba su compás.

Del tango: Sus ojos se cerraron

Los asesinos volvieron a paralizarse cuando escucharon que estacionaba otro vehículo frente a la casa. A través de señas, dos se colocaron al costado de la puerta. El empleado estacionó el auto negro haciendo ruido con la frenada, bajó en forma apurada. Saludó a la joven que se encontraba frente a la puerta. Abrió la tranca de tejido del costado de la vivienda y entró. Apenas pasó, lo empujaron, vendaron los ojos y amenazaron con matarlo. Silencio sobrecogedor. Tranquilo, con movimiento sincronizado y suave, el de camisa a cuadros y pantalón de jean salió de la casa por la puerta lateral, se sentó cómodamente en el asiento de la camioneta del masacrado. Era la campana. Vio a la chica que miraba desde la vereda. «Si quiere entrar la paro», pensó. Cinco minutos después sale otro gusanito a la vereda, saluda amablemente a la niña, y entra haciendo señas con la mano al de camisa a cuadros. Al rato, el de camisa a cuadros sale a la vereda, y no encuentra más a la chica. Se recuesta en el vehículo del empleado, como quien espera. Cuando la calle estuvo desierta, subió al auto del secretario, y en retroceso ingresó por el portón. Rápidamente salen de la vivienda dos gusanitos con el empleado atado las manos. Uno sube de acompañante del conductor y dos atrás. Con habilidad extraordinaria salen a toda velocidad y como un rayo toman la ruta en dirección a Tres Pipetas.

—Jefe, tuvimos problemas con el auto en la huida —hablaba el acompañante—. Sí, jefe, el trabajo salió perfecto, sí, sí, no se preocupe jefe que a cincuenta kilómetros nos espera otro vehículo, tenemos los títulos de propiedad, la firma y el dedo marcado en los documentos. Estamos yendo en el auto del perejil. Sí, sí, lo dejamos vivo, tal como acordamos.

El jefe apretó la tecla de cortar, miró a los guardaespaldas, guiño un ojo, y levantó los pulgares. Todo salió perfecto muchachos, llamalo al «Gusa», indicó a uno de sus roperos. El guardaespaldas marcó un número: Apagado. Marcó otro, nada. Marcó el tercero, contestaron.

—Hola, el jefe quiere hablar con vos —dijo mientras pasaba el celular.

—Tengo tus títulos de propiedad. Mañana a la mañana quiero mi transferencia bien temprano, cuando entre a mi cuenta te llamo para que vengas a retirarlos —hablaba mientras disfrutaba de un habano Cohiba.

En ese mismo instante sonaba el teléfono en el banco del pueblo.

—¡La puta madre que lo parió! —gritó el gerente en la oficina mientras colgaba el teléfono. Se asombró, no era hombre de alterarse. La noticia lo justificaba. Estaba lívido, envejeció cinco años en ese instante. Se levantó como si le doliera todo. Abrió la puerta, se dirigió a una oficina donde estaban dos empleados.

—Guarden ese dinero —dijo mientras apuntaba a dos sacas—. Han matado a Emanuel.

La policía recibió el llamado de un masculino, y pocos minutos después, un femenino. Avisaban que algo raro pasaba en la casa de Emanuel, que se escucharon gritos, y había gente foránea desde temprano merodeando la casa. En pocos minutos, un enjambre de efectivos llegó a la vivienda al mando del comisario Russo. Dos camionetas vomitaron uniformados con armas largas de grueso calibre y chalecos antibalas. Tomaron posición alrededor de la vivienda, como en las películas. Entraron por el portón. El cusco en un rincón, más que ladrar, gemía. Dos grupos de policías se pusieron en cada lado de la puerta y uno de frente quiso abrirla. No pudo. Con señales el jefe del operativo apunta la ventana. Pasaron, y rápidamente abrieron las dos puertas que dan al patio, entraron los comisarios.

El desorden era impresionante; entre la cocina y la oficina, tirado en el piso el cuerpo ensangrentado de la anciana. Bolsas negras en la cabeza, selladas con cintas en el cuello. Dedos machucados. Al lado de ella, como mudo testigo de tanta atrocidad, la carne para empanadas, descongelándose. Como amigos en desgracia, se juntaron hilos de agua del alimento con hilos de sangre que salían debajo del cuerpo de la masacrada. Se unieron y mezclaron, como una suerte de acompañamiento a la abuela hacia el más allá. Otro reguero de sangre como arañando el piso iba de la oficina hasta uno de los dormitorios, con un guiño, invitó a los uniformados a que lo siguiera. Obedecieron. En medio del camino hallaron una alpargata llena de sangre. Llegaron hasta el vano de la pieza a medio cerrar.

Los policías se hicieron a un lado para dar paso al comisario principal, mientras uno de ellos, con la punta del caño de la escopeta, abría lentamente la puerta del dormitorio. Espectáculo impresionante, los policías jóvenes no aguantaron semejante cuadro y salieron al patio a vomitar. El cuerpo de Emanuel, teñido de rojo, tirado en el suelo, atado de pies y manos con un cable de electricidad. La cabeza destrozada, rota, de tanto ensañamiento. El cuerpo comenzaba a tomar color violeta por los fuertes golpes. La cara, masa sanguinolenta; nariz partida, pómulos destrozados. El silencio era sorprendente ante semejante escena, hasta que el comisario principal gritó con todo el diafragma abierto:

—¡Qué hijos de mil puta! ¡Qué clase de animal pudo hacer esto!

Segundos después de estar paralizado ante el macabro hallazgo, ordenó que se comunicase a todas las unidades policiales. «No deben estar lejos», pensó.

—Alerta a todas las dependencias, alerta a todas las dependencias; auto color negro, vidrios polarizados. Huyen sospechosos. Corten todas las salidas. Posiblemente cuatro masculinos se dirigen en dirección a Tres Pipetas. Extremadamente peligrosos. Pueden estar armados.

El empleado entró en el hospital llevado por dos policías. Después de un minucioso estudio, labran certificado médico. Rasguños en lado izquierdo de la frente, parietal derecho y en medio de la cabeza. Dos puntos en las tres heridas. No presenta golpes en el cuerpo.

Libertad

La libertad es en la filosofía

la razón . En el arte, la inspiración,

en la política, el derecho.

Victor Hugo

Pereles releía asombrado el informe de su defendido. El experimentado jurista puso énfasis en el rol del único sobreviviente de la masacre: el empleado. Automáticamente pidió que figure como imputado, y no como testigo. Hábilmente plantó preguntas y sospechas en la prensa: «Me sorprende que el secretario no esté indagado, porque es poco explicable que dos supuestos sicarios o delincuentes, personas sin ningún respeto por la vida, crueles, que han torturado a dos ancianos, que los han matado de una manera muy cruel, es absurdo, absolutamente incomprensible, que hayan tenido compasión del secretario, que lo hayan subido a un coche, que lo llevaran y luego lo abandonaran sin haberle provocado ningún daño más que unas supuestas heridas superficiales que ni siquiera sabemos si no fueron auto provocadas». Nadie dijo nada. La justicia, silbaba, mirando el cielo.

—Es de no creer la cantidad de errores que cometieron. Está más fácil de lo que creía, mi cliente no tiene nada que ver —hablaba con satisfacción mientras tiraba el expediente al escritorio. Recordaba su frase favorita: «No hay crímenes perfectos, hay procedimientos mal hechos». Al heredero de «Mate y venga» le costaba entender los errores infantiles que cometían los colegas. En muchos casos, con los abogaditos que enfrentaba, se divertía acordándose de uno de sus tangos preferidos: «Como juega el gato maula con el mísero ratón».

—A muchos de mis colegas, la Universidad no les cortó las orejas, tienen que volver a la facultad —confiaba.

La fiscal pidió rueda de reconocimiento para los primeros detenidos que estuvieron cerca de la escena del crimen. La mitad tuvo dudas, no estaban seguros; y en la justicia «la duda favorece al reo». En poco tiempo, el Gusano recobró la libertad definitiva, y junto con la persona que contrató al Dr. Pereles se presentaron en el estudio del prestigioso abogado.

—Muchas gracias, doctor, por el trabajo que realizó con mi defendido. Todo se dio tal como me dijo, que en poco tiempo lo sacaba libre de culpa y cargo, y así fue.

—Yo también vine a conocerlo y agradecerle, apenas salí en libertad —dijo la Sonrisa.

—Bueno, más que a mí, tienen que agradecer a los abogados que estuvieron de la otra parte, realmente hicieron muy mal las cosas; pero lo importante es que estás libre, sin ninguna imputación. Y ahora, ¿qué vas hacer? —hablaba mirando a la Sonrisa.

—Me vuelvo a mis pagos. Este tiempo que estuve detenido, leí mucho y decidí dedicarme a la política; descubrí que al lado de muchos políticos soy la madre Teresa de Calcuta —sonreía con cinismo—. Así que decidí presentarme en las próximas elecciones para la gobernación.

—Me alegra, y mucha suerte; ya saben, estoy a su disposición para lo que necesiten.

Conexión libanesa

Tan tranquilas son las personas honradas

y tan activas las pícaras, que a menudo es

necesario servirse de las segundas.

Napoleón

El empleado no podía creer el ofrecimiento de los libios para la compra de las tierras a Emanuel. Mil doscientos dólares la hectárea. Multiplicando por la cantidad de tierra era una cifra inconmensurable. Tampoco pudo creer cuando le dijeron que detrás de toda la operación estaba uno de los hijos de Kadaffi. La ambición trepó a límites increíbles.

—Don Emanuel, me contacté con unos libios, gente seria, y vinieron para hacer negocios con el aval de la Embajada en el país. Ofrecen mil doscientos dólares por hectárea.

—No es mala idea —contestó Emanuel, acostumbrado a que cada tanto aparecieran ofertas de todo tipo—. Pero dejame pensarlo hasta mañana.

Al empleado se le heló el corazón. Muchas veces había perdido buenos negocios por el carácter voluble de su patrón; un día mostraba enorme entusiasmo y al día siguiente se plantaba en un «¡No vendo!» Esa noche no pudo dormir; daba vueltas en la cama y rogaba a Dios que el patrón se decidiera por vender. Cobraba buena comisión. Al día siguiente el empleado llega al trabajo cruzando los dedos.

—Buen día, decidí vender a los libios —dijo Emanuel, apenas lo vio. El empleado sintió que lo abrazaba su ángel de la guarda en forma exultante—. Pero sólo la parte de la otra provincia.

—Como usted diga, don Emanuel —afirmó el empleado mientras multiplicaba 1.200 por 100.000 hectáreas—. ¡A la mierda, 120 millones de dólares!

Rápido para los números, sumó porcentajes que recibiría del escribano, contador, libios y de Emanuel, por el excelente negocio que había conseguido. Dos meses después, la operación cayó. Los libios dejaron de tener interés y no se comunicaron más. Coincidiendo con el inicio del levantamiento de los rebeldes contra el tirano, finalizando años después con el asesinato del dictador. ¿Estuvo el hijo de Kadaffi en el pueblo? ¿Desconfiaron los libios? ¿Las comisiones eran muy grandes? ¿Qué realmente pasó? Otro misterio.

Afectos

La memoria del corazón elimina

malos recuerdos y magnifica los buenos,

y gracias a ese artificio, logramos

sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

Dalmacia Suellar, para servirle, señor periodista. Gracias, preferiría hablar nomás, sin que me haga las preguntas, después usted las hace. No lo tome a mal pero cuanto me ametrallan con preguntas, se me van las ideas. No hay problema, ¿no? Bien, se lo agradezco. Le voy a contar mi historia; en este caso no soy desconocida; bueno, no era desconocida para Zule, ni para Ema. Soy la amiga íntima de ella, y le digo soy porque para mí no murieron. ¿Qué pasó ese día, usted quiere saber? Bueno, mejor comienzo por el día anterior. Estuve en la mañana y en la tarde con ella, a la tarde la acompañé al médico, comimos unas empanadas, y sobró algo de carne y le dije que lo guarde en el congelador para terminarlas mañana al medio día, después de acompañarla en la segunda visita al médico. Tenía que buscarla a las ocho de la mañana y no me arrancó el vehículo, por eso llegué a las 8:45; no había ningún vehículo afuera, la camioneta de Emanuel estaba adentro, ni el auto de Kico, ni la moto de la chica que había comenzado a trabajar hace diez días. ¿Cómo? ¿Si no me pareció raro esta situación? No, la verdad que no, porque a veces estaban haciendo diligencias en el centro. Entonces, entro por el portoncito, quiero abrir la puerta del costado de la cocina; estaba con llave, voy al fondo y la puerta de atrás, también; entonces, miro por la ventana del costado que estaba abierta. Por favor, no me interrumpa. Bueno, acepto sus disculpas. Ah, ¿dónde me quedé? Ah, sí, la ventana, miro y veo a mi amiga Zule tirada en el piso, medio cuerpo en la cocina y el otro medio en la oficina, la llamo y no me respondía, pensé que se había desmayado; me asusté y llamé a uno de los empleados de Ema. Llegó y miró por la ventana y vio que estaba todo revuelto y un cuerpo tirado en el suelo. Salimos los dos a la vereda y llamamos a la policía. Yo lo llamo a Kico y no contestaba el celular.

¿Qué pasó después? Bueno, llegó la policía y entraron por la ventana, abrieron las puertas y nos encontramos con este espantoso doble crimen cometido por alguien sin corazón, con puro instinto criminal. Mi amiga, Zule, estaba tirada en un charco de sangre, atada, con bolsas en la cabeza; a un costado, la masa para ablandar carne, llena de sangre. La carne de las empanadas que íbamos a hacer para el medio día estaba tirado, se ve que temprano las sacó para que se descongele. Los dedos ensangrentados y rotos, y una alpargata de Ema, con sangre. De ese lugar salía un camino de sangre en el piso, porque a Ema lo arrastraron hasta una de las piezas y ahí lo despedazaron, estaba atado de pies y manos, la cabeza destrozada, el pantalón ensangrentado.

¿Me pregunta si me llamaron a declarar? Mire, de la Fiscalía nunca, pero supongo que me van a llamar, les puedo contar muchas cosas, yo fui la primera que vio y encontró los cuerpos, lo único que di fue una testimonial a la policía. Soy una de las primeras que organizó las marchas de silencio y vamos casi por las diez y ninguno de esos que se decían amigos de Ema aparecieron; les prestaba el campo para pescar, cazar y ahora desaparecieron, ninguno aparece en las marchas, son unos cobardes.

Bueno, si quiere le acepto una pregunta para terminar esta entrevista

—¿Es cierto que días antes del crimen usted recibió una llamada del Gusano? —preguntó el de prensa. Se sobresaltó, como cuando el dentista toca un nervio sin anestesia.

—Eso no voy a contestar —dijo, nerviosa—. Se terminó la entrevista.

Así es amiga mía, yo presentía que algo malo podía pasarle a mi Ema. Las mujeres tenemos la intuición más desarrollada que los hombres. Vos sabés que fue mi pareja durante veinte años, ¡mirá si no sabré cosas! y lo conozco mejor que nadie; aparte, tenemos dos preciosos hijos, ¡mirá si no lo voy a conocer! La gente habla cosas que no son. No sé si llamarlos hombres a los que lo mataron o mandaron a matar para quedarse con sus propiedades. Ema era un hombre de verdad, para él había sólo dos cosas: su trabajo y sus seres queridos. En la intimidad, me decía que lo presionaban mucho de las dos provincias. «Todos me golpean la puerta, mandan intermediarios, es como que tu casa vale 50 mil y te ofrecen 5 mil», eso me decía. Es mentira que estuvo en otra provincia el 27 de diciembre. La noche anterior se quedó conmigo en mi casa hasta las tres de la madrugada de ese día, salvo que haya tomado un vuelo. No creo, porque siempre me avisaba cuando iba a viajar; después me contó que se hacían pasar por él para sacarle sus tierras; le dije que se cuidara, no lo hacía, porque él a las cosas materiales no le daba importancia…, vivió la segunda guerra mundial y eso lo marcó.

—¿Por qué no los anotaste a tus hijos con el apellido del padre? —se animó a interrumpir la amiga.

—Cuando nació mi hija, tuve miedo de ponerle el apellido de él, no sé por qué, porque era extranjero, pensé que podían tener problemas, entonces lo anoté con mi apellido. Después nació mi otro hijo y nació con un problema de salud y lo llevé de urgencia a la capital y allí estuve mucho tiempo, y lo anoté ahí. Todos los años en las fiestas de fin de año nos arreglaba la casita. Los últimos días me dijo que siguen viniendo intermediarios, pero sólo vienen hablar, nadie con algo concreto.

Desapariciones

Quien no castiga el mal,

ordena que se haga.

Leonardo Da Vinci

De pronto, comenzaron a desaparecer burros y caballos. Se esfumaban en El Impenetrable, sin dejar rastros. Ganaderos, productores, gente del campo, no entendían qué pasaba. Viejas supersticiosas sentenciaban: «Es una señal, hoy están, mañana no están, desaparecen, no se sabe si están vivos o muertos». Rondas nocturnas no alcanzaban a develar el misterio.

—Así es patrón, toda la noche estuve cuidando, cerré los ojos unos minutos, y levanté la vista y ya no estaban más los burros ni los caballos; a las vacas no las tocan. Se esfuman, patroncito, no hago más rondas, tengo mucho miedo, mi mujer dice que es una maldición, algunos dicen que son los ONI, o el chupacabras; pero no creo, porque éstos algunas huellas dejan, otros dicen que se juntó el Pomberito con la Luz Mala y La Mujer de Blanco, para asustarnos.

—Qué cosa rara, ¿no? —se preguntaba el ganadero, a quien se le esfumaron casi un centenar de animales—. Aparecen los militares y comienzan a pasar cosas extrañas; no creo en tonterías de OVNI, brujerías, luz mala ni ocho cuartos; aquí, alguien se está haciendo el picarón.

El abigeo susurraba al oído de las bestias; prometía grandes extensiones de pastos que se perdían en el horizonte lleno de potrancas con caderas descomunales. Los caballos, más aristocráticos y sentimentales que los burros, lagrimeaban.

—No me mientas, Egidio, quién se va a fijar en mi; soy un caballo viejo y cansado, nadie me va a querer —relinchaba.

—Todo es cierto, yo los llevo al paraíso, vas a morir de viejito, rodeado de yeguas.

Los animales se iban solos, aprovechaban el sueño de los ronderos y se iban en silencio, subían al camión que esperaba a varios kilómetros. Sonreían.

—Excelente trabajo, sabía que vos eras el hombre indicado para este trabajo, en menos tiempo del pensado solucionaste la «Disposición Final de los animales», representó un excelente negocio para todos —hablaba haciendo gestos el general Parrandegui—. Aprovechamos todo de los animales: la carne para chacinados, pero lo que más vale en estos momentos son los huesos; en Europa descubrieron unas especias que se agrega a las comidas en base a hueso molido de animales, pagan fortunas. Qué locos, ¿no?

—Gracias, mi general. Estamos para servirle.

—Bueno, vos también hiciste tu diferencia, te dimos carta blanca para que te adueñes de los campos y animales que se te antojaran. Ahora, entre nosotros, quiero que me saques de una duda: ¿es cierto que hablas con los animales y ellos te contestan?

—Sólo les digo lo que quieren escuchar —contestó el abigeo, con vergüenza.

—No te pongas así, eso es una virtud. Seguro que si nacías animal eras presidente o gobernador de los caballos —ironizó.

—Si usted lo dice, mi general, así debe ser.

Epílogo

La muerte es algo que no debe preocuparnos

porque cuando somos, la muerte no es,

y cuando la muerte es, nosotros no somos.

Antonio Machado

Ema, Ema, ¿me escuchás? —susurró Zulema, mientras daba golpecitos con el pie derecho en la parte lateral del cajón. Dedos rotos, manos machucadas. Dolían.

—Sí, sí, Zule, te escucho, apenas. Me sigue doliendo la cabeza. Por suerte nos pusieron cerca.

—¿Por qué nos mataron de esa forma, cuñadito, por qué tanta maldad? A nadie hicimos mal, siempre ayudamos a la gente. ¿Por qué las personas en quienes más confiamos nos traicionaron? —sollozaba—. Me rompieron todos los dedos de la mano y me arrancaron las uñas. ¿Por qué?

—El dinero enloquece, y por dinero me siguen matando, hicieron con mi cuerpo lo que quisieron, me llevaron para todos lados como una atracción de circo, me tiraron atrás de una camioneta y me dejaron en la morgue; aparecieron hasta los piqueteros a manosearme, a sacar fotos con celulares, ¿para qué? No entiendo tanta morbosidad. Quise levantarme para asustarlos, pero el cuerpo no me respondió; quise gritarles que me dejasen tranquilo y no pude ¡Qué impotencia!

—¡Qué bueno hubiera sido que te levantes! Hubieras armando un lindo despelote.

—Perdóname por haber subestimado a las bestias y no proteger más a mis seres queridos.

—No, Ema, no tenés que pedir perdón, seguramente era nuestro destino irnos de esa forma. Fuimos felices muchos años con nuestras familias, amigos. Lo que no voy a entender nunca es por qué tanto odio. ¿Por qué torturarnos? —preguntaba sabiendo que no iba a tener respuestas.

—Todos los asesinos y colaboradores están libres, todos, no hay justicia. Nuestros campos se han repartido entre jueces, abogados, políticos, fiscales, fundaciones, ONG, el Estado. No quedó nada para nuestros herederos. Pobres mis hijos, les dieron una miseria, no es justo. Estoy mal.

—No importa, Ema, hay una justicia divina, Dios los va a juzgar. Creo que a tus empleados los engañaron, no creo que tengan algo que ver con nuestras muertes; les habrán sacado datos sin que se den cuenta, y después vinieron los asesinos. La ambición pudo más.

—También creo lo mismo, fijate, cuando los llevaron a casa para la reconstrucción de los hechos, en un momento se encontraron solos, los dos empleados nuestros. Desde acá los escuché, clarito, que uno le decía al otro: «Al final nos quedamos sin el pan y sin la torta». No pensaron que nos iban a matar. Ojalá que algún día los verdaderos culpables reciban su merecido castigo. Lo peor es que siguen apareciendo herederos, no puede haber tanta maldad.

—Shsssst, silencio, Ema, vienen otra vez —susurró, cuando escuchó paladas arriba.

—No, no, otra vez no, ¿cuándo me van a dejar en paz? —se angustió.

—Silencio, Ema, pueden escucharte, se van asustar —dijo Zulema adelgazando la voz—. No te preocupes, esta vez voy a rogar mucho a Dios para que sea el último ADN que te hagan.

—Dios te escuche, porque ni mi cuerpo ni mi alma dan más. Mejor callarnos, ya llegan.

—Sí, sí, mejor callarnos.

Nota: la ilustración de este cuento es de la artista argentina Rocío Mikulic.

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