Uno de los aportes de Rubén Bareiro Saguier es la revalorización del idioma guaraní, incluyéndolo como idioma oficial del Paraguay en la Constitución Nacional de 1992. En este ensayo, el escritor explica la concepción del génesis en el pensamiento religioso guaraní.
Para el antropólogo francés Pierre Clastres, los guaraníes son los «teólogos de la selva». Su concepción del génesis refleja la sutil complejidad del pensamiento religioso guaraní.
A diferencia de la mayoría de las cosmogonías, la guaraní no supone la preexistencia del Creador. El génesis guaraní se cumple a través de diferentes y complicadas etapas, de las cuales la primera es la autocreación del dios supremo Ñamandú.
En medio de las tinieblas primigenias, Nuestro—Padre—Ultimo—UlPrimero «hace surgir su propio cuerpo» del caos originario. La autocreación se hace a partir de un resplandor —la divina sabiduría— que se encuentra en lo que va a ser su futuro corazón.
La majestuosa ceremonia se cumple a manera del despliegue de un árbol. Las imágenes con que se la describe son esencialmente vegetales: plantas de los pies, brazos como ramas, el follaje de los dedos y, como remate, la esplendorosa copa del árbol en floración, la cabeza.
La segunda etapa de la creación se relaciona con la androginia. Pero no se trata aún del origen de la figura humana concreta, sino de lo que ha ser su atributo principal: la palabra. Esa palabra es un fragmento de la palabra divina y al mismo tiempo es humana. Ella permitirá al guaraní —el «elegido»— comunicarse con la divinidad y gozar de una condición propia de los dioses: la inmortalidad. Esa palabra será, además, la de la sociabilidad, la que funda y configura la comunidad, la que asegura la solidaridad colectiva.
El nombre de esa palabra divina—humana, ayvú, la distingue del lenguaje utilizado en las simples relaciones entre los hombres, denominado ñe’e.
La etapa siguiente corresponde a la creación de cuatro dioses principales que ayudarán a Namandú en la ardua tarea de la cosmogonía. Cada uno de ellos posee un ámbito determinado: Namandú Corazón Grande (dueño de las palabras), Karaí (dueño de la llama, del fuego solar), Jakairá (dueña de la bruma, moderadora del calor, de la neblina vivificante), Tupac (dueño del agua, del mar y de sus ramazones, de la lluvia, del trueno, del relámpago y del rayo). Con cada uno de estos dioses se crea su compañera, llamada, en cada caso, «verdadera madre».
La cuarta y última etapa del génesis corresponde a la creación de la primera tierra, la del hombre y la mujer, la de los reinos animal y vegetal.
En el centro de la futura tierra surge una palmera (pindó) azul —color simbólico de lo sagrado—, sostenida por otras palmeras situadas en cada una de las cuatro direcciones de la rosa de los vientos y del tiempo (en guaraní la misma palabra, ara, designa ambos conceptos).
Cinco palmeras azules sujetan como los dedos de una mano el lecho de la tierra. A continuación se crea el firmamento que descansa sobre cuatro columnas, la última agregada porque el cielo continuaba moviéndose a causa de los vientos.
Con la creación de la primera tierra van cobrando realidad el conjunto de sus diferentes atributos y componentes: el mundo acuático, el subterráneo, la llanura, el día y la noche.
Los mismos aparecen —o más bien se toma conciencia de su existencia— en función de animales que los van materializando. Así, la serpiente inaugura la superficie de la tierra; el canto de la «pequeña cigarra colorada» abre la noción del sonido; el coleópero llamado girino da conciencia de las aguas con sus vuelos acrobáticos que rozan la superficie líquida.
Es el momento propicio para que Namandú cree al hombre y la mujer. Este acto genésico no es «descrito». Nuestro—Padre—Ultimo—Ulro confiere el «buen saber» a aquellos y a aquellas que «tienen la cabeza adornada».
Instruye al dios Jakairá para que les insufle el halo vital por la coronilla, «que la neblina viviente corone la cabeza de mis hijos, de mis hijas», dice el Creador.
A Karaí le pide que «aloje» en sus hijas e hijos bienamados «las llamas sagradas, las hermosas llamas». Y a Tupac le manda que haga habitar «la fuente de la frescura» en el «corazón del corazón» de sus criaturas humanas.
Concluida su tarea, Namandú se retira a su morada eterna, dejando en manos de sus auxiliares la suerte de su creación: la primera tierra, la perfecta, la sin males, en la que dioses y hombres cohabitan en armonía.
Los humanos mediante la observancia de las normas que conducen a la perfección permanecen erguidos como los dioses y comparten con ellos el atributo supremo de la inmortalidad.
El tiempo sin tiempo de la eternidad tiene, sin embargo, un término cuando los hombres descuidan la observancia de las reglas y caen en la animalidad.
La razón de la caída es la transgresión mayor, el incesto, que Jeupié comete al copular con la hermana de su padre. Se trata de un grave quebrantamiento del equilibrio impuesto por el sistema guaraní de parentesco.
El castigo consecuente es la destrucción de la primera tierra; el diluvio la hace desaparecer. ¡Los únicos que se salvan del cataclismo son, sin embargo, los protagonistas de la transgresión incestuosa! Mediante plegarias y cantos rituales llegan nadando a una palmera eterna y, trepando a ella, escapan a la muerte de dioses menores.
Finalmente, Jakairá accede a fundar la tierra imperfecta, aunque sea consciente de que la misma anuncia ya la desgracia de la herida, «para nuestros hijos y para los últimos de nuestros hijos», como declara cuando, resignado, acepta el cometido.
La ruptura entre lo divino y lo humano se consuma al instaurarse la «tierra imperfecta», la «patria de la mala vida». El hombre pierde la «dimensión divina—humana vida». El hombre pierde la dimensión divina—humana de la inmortalidad y debe aceptar su condición de simple mortal.
Pero su memoria ancestral queda marcada por la ruptura. Esta funda el segundo eje de la mitología guaraní: la búsqueda tenaz del yvy maraé’y, la tierra sin mal, un lugar de esta misma tierra en la que vivimos, para recuperar el atributo perdido, la inmortalidad en vida y, excepcionalmente, después de la muerte.
El tema de esa búsqueda sigue siendo de permanente actualidad en la vida cotidiana de los guaraníes a través de las migraciones mesiánicas que practican regularmente.
Es interesante observar la manera en que las estructuras sincréticas religiosas han logrado ensamblar los universos simbólicos de ambas culturas: la guaraní y la católica.
El proceso de mestizaje, generalizado y bastante abierto a nivel sociológico, permitió la presencia del indígena y de elementos de su cultura: la lengua indígena, por ejemplo, fue instrumento de comunicación general durante toda la colonia y sigue siéndolo hasta nuestros días en la sociedad paraguaya.
La evangelización, en cambio, se mostró estricta con respecto a la «necesaria extirpación de la idolatría indígena». El rigor de la ortodoxia presidió la conversión a los principios de la religión «verdadera», tarea cumplida regularmente por la Compañía de Jesús.
En las misiones jesuíticas, formidable experimento social que duró más de un siglo y medio, los jesuitas para «evitar el ocio» ocupaban a los indígenas en actividades artísticas y artesanales. En consecuencia, el arte producido en las misiones era esencialmente «de servicio», destinado a convencer, a convertir.
Una observación atenta de esas pinturas, retablos, imágenes, estatuas, edificios —en particular de los detalles, obra de los discípulos— permite, sin embargo, descubrir elementos propios del universo mítico guaraní.
La corriente estética predominante, el barroco, facilitó la presencia disimulada de componentes diversos de la simbología indígena.
Nota: este artículo fue publicado por El Correo de la UNESCO e incluido en el libro Mensaje de América, de la Universidad Nacional Autónoma de México.









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