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Diario de un viaje a Braidwood: los artesanos y otras curiosidades

La profesión de diplomático impone una rutina y ciertas formas. Para romperlas, el escritor y diplomático paraguayo en Australia, se lanzó a una aventura con su esposa Ibelise.

El fin de 2012 traía renovadas expectativas, basadas en los planes cuidadosamente calculados para el disfrute de los meses de verano. Nos alimentaba el recuerdo de un corto viaje hecho en septiembre hasta la playa más cercana a la capital de Australia. Habíamos viajado con mucha curiosidad hacia Batesman Bay. Fueron dos horas y media de entusiasmo, tan concentrados en nuestro destino final, que nos olvidamos de observar el paisaje por donde transitábamos. De no ser por una parada para desayunar, jamás nos hubiésemos enterado de la existencia de Braidwood. Ese pequeño pueblo no parecía ser mucho más que un caserío atravesado por una ruta, pero esa «penosa» circunstancia no le restó deleite al desayuno que nos sirvieron en el bar de la entrada del pueblo. Fue cuidadosamente presentado en tazones de cerámica gastados, en medio de un jardín repleto de enanos de cemento y de hadas ocultas entre planteras. El café con leche y los huevos revueltos estuvieron a punto, y más aún, la cordialidad de los dueños, quienes nos atendieron como si fuésemos los primeros clientes del mes. Reconozco que tanto Ibelise como yo decidimos intentar una nueva visita a ese pueblo perdido en la ruta, atraídos por la grata impresión que nos dejaron los dueños del Café Kitsch —así lo bautizamos—.

Enero se presentó caluroso, como corresponde, no como el año anterior cuando el verano fue el calco de un otoño británico. El mes arrancaba con la modorra que imponen las importantes ingestas de alcohol, cuyas huellas lucían indelebles en los rostros de los habitantes de la ciudad aletargada. Nosotros no adherimos a esa tradición etílica: no estábamos dispuestos a seguirle el juego a quienes consideraban que veranear en Canberra era el equivalente a una condena. Social.

Habíamos terminado de almorzar cuando salimos de casa. El sol resplandecía y la brisa calentaba como el aliento de un horno que insiste en dorar un muslo de cerdo. De todas formas el calor era más tolerable que un día cualquiera de verano en Paraguay, donde pareciese que sus habitantes fueran socios vitalicios de la sauna del infierno. Con ese pensamiento reconfortante emprendimos el viaje.

Aprovechando el vacío de Canberra en vacaciones, atravesamos sin demoras la ciudad, los centros comerciales de los suburbios, las últimas edificaciones fabriles que marcaron diferencias entre lo urbano y lo rural, límite que se puso en evidencia cuando divisamos el primer canguro atropellado al costado de la ruta. Atentos al paisaje, llegamos a Queenbeyan, pequeña ciudad satélite o barrio suburbano, en cuya avenida principal se pueden ver construcciones art decó. Son solo unas pocas cuadras hasta cruzar un puente metálico que salva un río de poco caudal, algo así como la orina de un gigante. Después de pasar en vuelo rasante, con aire acondicionado a full y escuchando el soundtrack de Don Juan Tenorio, se nos fue revelando el paisaje que descuidamos en el viaje anterior a Batesmanbay. Colinas salpicadas con grandes rocas grises y pequeños bosques de eucaliptos que se repiten como si fuesen una serie interminable de grabados baratos. Aún así, la diferencia de esa naturaleza agreste con mi recuerdo de los agotados bosques paraguayos, llamaba mi atención. Había terminado el disco cuando entramos en Bungendore, un pequeño pueblo turístico, de rústica calma y precios absurdos… Como el de una silla de diseño «vanguardista», construida con maderas lubricadas en flujos de las vírgenes más bellas de New South Wales, hecho que justifica su costo de treinta y tres mil dólares (me he soñado sentado acariciando sus patas). La primera vez que la contemplé, lo hice extasiado como si enfrente de mí estuviese Ava Gardner reencarnada. Para quien pudiese comprar la silla, después, y para festejar, un restaurante francés que será de visita obligada cuando gane el loto (en el próximo febrero).

Demás está decir que pasamos de largo el pueblito, como si fuésemos dos reclusos en fuga. Y allí comenzó lo interesante. Sauces llorones dando sombra al ganado Angus que nos veía pasar con gestos de vacas bien servidas. Molinos, tanques australianos, ranchos ganaderos con antenas parabólicas similares a las orejas de Micky Mouse, cientos de orejas, cientos de molinos, cientos de buzones ubicados a los costados de la ruta, eucaliptos y más eucaliptos, y el olor mentolado del campo que invadió la cabina y nuestras emociones. Fue casi en trance cuando vimos por primera vez un peluche atado al tronco de un árbol. Íbamos suficientemente rápido como para detenernos, pero no pudimos evitar un comentario.

—¿Lo viste?

—¡Sí! —respondió Ibelise con una euforia parecida a borrachera.

—¿Cuál será el mensaje? —dije, pretendiendo encontrar respuesta a esa rareza.

Habíamos recorrido menos de un kilómetro cuando vimos el segundo peluche sujeto a un tronco.

—¿Lo viste?

—¡Sí!… ¿Quién será el delirante que se ocupa de crucificar peluches?

—¡Buena pregunta! —respondió Ibelise.

Hasta el momento en que vimos el segundo peluche, se me había ocurrido pensar que se trataba de un juguete extraviado, colgado en ese sitio por si el dueño lo pudiese observar y recuperar, pero el segundo muñeco modificó mi presunción, y me trajo una indescriptible sensación de malestar, tal vez por verse desfigurado a causa de una larga exposición a la intemperie… Pura especulación. Ibelise no quería más sorpresas y tomó su cámara, atenta a una nueva «aparición». Todavía recuerdo la situación absurda de haberme sentido tenso, al punto de lastimar mis dedos mientras me aferraba al volante. Ese día, ese modesto viaje de exploración parecía querer depararnos novedades, y así se confirmó, cuando pasados diez minutos observamos y gritamos al unísono.

—¡Otro!

—¡Qué asco! —dije en lugar de decir ¡qué macabro!

—¡Pará, pará! —insistió Ibelise y fue corriendo hasta el eucaliptos donde se hallaba crucificado el peluche.

—¡Es macabro!… Se parece al Papa Noel crucificado por los japoneses.

Hasta llegar a Braidwood nos cruzamos con varios peluches crucificados, colgados, ajusticiados… Intentamos encontrar explicación, No recuerdo qué sugirió mi esposa. A mí se me ocurrió pensar que sería una especie de homenaje a niños atropellados en la ruta, o una bienvenida (muy rebuscada) a un parque infantil… Nada tenía sentido. ¡Tal vez simplemente fuese un delirante dispuesto a llamar la atención! ¡Pero qué esfuerzo!

Segundo peluche encontrado en el camino.

Segundo peluche encontrado en el camino.

Al llegar a Braidwood, fuimos directamente al Café Kitsch. Cuando atravesamos las cintas de plásticos multicolores eran apenas las dos de la tarde. No se parecía al sitio que habíamos conocido. De no ser por el ronquido del refrigerador de bebidas y el sonido distante y persistente de los insectos campestres, el local parecería la imagen congelada de una película muda. Era una siesta profunda, de esas que capturan el tiempo y lo manejan a su antojo. Esperamos algún momento hasta entender que nadie nos atendería, y decidimos salir rápidamente en la búsqueda de mejor suerte.

Recorrimos la calle principal, repitiéndonos en voz alta y con tono burlón;

—¡La gente respeta la siesta!

No decaímos por causa del pobre recibimiento que tuvimos en el Café Kitsch y decidimos sacar provecho a la visita. Ibelise fotografió cada uno de los edificios de la avenida Kings: dos panaderías de fines del siglo XIX, el Banco, el correo, el periódico del pueblo y un hotel. Toda la edificación correspondía a mediados o a fines del mil ochocientos, respetuosamente conservada en sus mínimos detalles, particularmente en las vidrieras de los negocios que parecían de museo. Dos de ellas nos llamaron la atención: una tienda de ropa femenina «vintage» y el interior del periódico Braidwood News, donde viejas máquinas de escribir relucían sobre escritorios cuidadosamente alineados. Fuimos curioseando las intimidades del pueblo, distraídos de tanto en tanto por el paso raudo de un vehículo circulando hasta perderse en la curva que conduce a Batesmanbay. Mientras, nosotros seguíamos el recorrido con la terquedad de quien sabe que encontrará un secreto bien guardado… Y así ocurrió.

Lo encontramos cuando la sed y los pies hinchados nos exigían un descanso, instante en el que un gaitero nos lanzó un salvavidas, resoplando con fuerza su gaita para indicarnos el camino tan buscado. Como si fuésemos las ratas de Hamelin, seguimos la melodía y nos internamos en una callecita secundaria bañada en sombras y aromas de flores que crecen en la penumbra. Aceleramos la marcha y la respiración del gaitero se hizo audible, caminamos sobre grandes lajas de piedra hasta llegar al pie de un viejo roble, que ocultaba tras su follaje la fachada de una pequeña iglesia abandonada. Nos detuvimos ante ella, descubrimos su año de construcción grabado en el tímpano, «1885». Era un neogótico naif, en sus proporciones y en su pretensión, y un jardín salvaje parecía querer poseerla… La miramos embelesados, no por la belleza ingenua de su construcción sino por la música de gaita que en ese momento sonaba con la dulzura de la ambrosía.

Se abrió la puerta de tonos blancos y azulados, sobre cuya hoja de maderamen gastado se inscribía una leyenda escueta: «I am the door» (según puede verse en la fotografía). Inmediatamente se presentó una mujer muy amarilla con aspecto de pulcra campesina.

—¿Les gusta?

Nos miramos con Ibelise, sin entender la pregunta.

—¿Les gusta la música de gaita?

—¡Sí! —respondimos al unísono—. ¡Es maravillosa!

Inmediatamente salió el músico, sosteniendo una pequeña gaita. Los dueños de la «iglesia» parecían hermanos mellizos, muy rubios, de la misma altura, de mirada celeste y de la misma edad. No hizo falta explicarles que éramos extranjeros, bastó con abrir la boca. —¡Pasen, pasen!, invitaron amablemente, aunque tanto a mi esposa como a mí nos dio la impresión de tratarse de una orden gentil. Pero a eso íbamos, a la aventura, a darnos el gusto de romper la rutina y las formas que impone mi profesión.

Entrada a la casa de los artesanos.

Entrada a la casa de los artesanos.

Barry y Peggy son artesanos que viven en Braidwood desde inicios de la década del setenta, ambos son jubilados, ella trabaja haciendo muy bellas piezas de bijouterie, mientras él escribe un libro de memorias sobre sus aventuras como marino. Cuando le comenté que además de mi profesión, soy escritor, me dijo.

—¡Oh!… ¡Deberías pasar una temporada en un faro, un año sabático! Los faros son sitios ideales para la inspiración.

—¡Me encantaría!

La generosidad de esa pareja (no eran hermanos) nos halagaba. En todo momento se esforzaron por hacernos sentir como en casa: Peggy nos ofreció una torta de fresas y Barry abrió un Shiraz del Mc Laren Valley… delicioso. La conversación se volvió tan fluida que sin percatarnos, les habíamos contado detalles solo reservados a los viejos amigos. Así, en estado de gracia, la siesta pasó a la media tarde, y la media tarde comenzó a ocultarse tras nubarrones grises. Los artesanos parecían felices, como si Ibelise y yo fuésemos una visita largamente esperada. Barry extendió los cumplidos, agasajándonos con un miniconcierto de gaita. Nos explicó que era una gaita típica del Norte de Francia —aunque dejó en claro que prefería la escocesa—. Luego del concierto nos invitaron a seguir los tragos bajo un parral ubicado en el patio posterior de la vivienda.

—¡Acá el vino sabe mejor! —dijo Peggy, mientras Barry volvía tomar posición marcial y repetía las melodías guerreras. Sopló durante media hora, sonrojando sus mejillas de herencia escocesa.

Como si tuviésemos algo pendiente, súbitamente recordé los muñecos sujetos a los árboles de la ruta.

—¡Tenemos una curiosidad!

—¿Cuál? —preguntó Peggy mirando de reojo a Barry.

—En el viaje hasta Braidwood nos llamó la atención ver tantos muñecos, peluches, sujetos de manera grotesca a troncos de árboles…

—¡Ahhh, sí, es bastante grotesco! —dijo Barry.

—Aparentemente es un loco que hace un par de años trajo el terror a la zona. No hay pruebas que relacionen los asesinatos de dos niños hijos de turistas, con la aparición de los muñecos en los árboles.

—¡Es un rompecabezas para la policía! —dijo Peggy con tono jocoso.

—¡Locos nunca faltan! —dijo Ibelise.

La tarde se había despejado hasta volverse noche estrellada. Me levanté para ir al baño y sentí los efectos causados por mi entusiasmo con el Shiraz.

—¡Wow! —dije espontáneamente.

—Así no puedes manejar… Hay un hotel que parece muy lindo en la Kings Hwy —sugirió Ibelise.

—¡De ninguna manera! —interrumpió Barry.

—¡Se quedan en casa!… Hay una habitación de huéspedes —agregó Peggy.

—¡Pero!

—¡No hay peros!… Se quedan a descansar hasta que tengan ganas… Sin apuro. Nosotros debemos ir temprano hasta la feria artesanal de Devon, y si por si acaso no nos encontramos, no sean ingratos y regresen.

—¡Sin dudas! —respondimos a coro—. Pero la próxima vez, ustedes serán nuestros invitados en Canberra.

Dando tumbos fui a buscar el automóvil que había quedado en la calle principal. Lo conduje con cuidado y lo estacioné frente a la casa de los artesanos. Desde allí pude escuchar la entusiasta conversación, alimentada con carne de canguro macerada en vino tinto. Habían sonado las once en las campanas de un viejo reloj de pared, cuando la dueña de casa nos condujo a la habitación que se ubicaba solitaria en la planta alta del viejo edificio. Era un ambiente estrecho que ocupaba todo lo largo de la cumbrera del techo, lo que en un tiempo sería la nave central de la iglesia. Sus vigas o tirantes se repartían como si fuesen las costillas de una vieja nave marina. Nos encantó ese ambiente «secreto», aunque algo lúgubre y con olor a humedad.

—Si por la noche sienten fresco, acá les dejo esta manta —Dijo depositando una quilt sobre una mecedora.

Fuimos muy expresivos al agradecer tanta hospitalidad, al punto de animarnos a despedirnos «hasta mañana» besándola en las mejillas.

Había sido una larga jornada y estábamos exhaustos. Aún así, decidimos hurgar en los rincones oscuros de la habitación.

—¡El alcohol nos hace perder el recato! —me disculpé conmigo mismo.

Mientras Ibelise curioseaba viejos retratos colgados por encima de la cabecera de la cama, yo me dirigí al otro extremo de la habitación, curioso por la forma ojival de una pequeña puerta. La abrí con algo de esfuerzo debido a la hinchazón de la madera. No vi gran cosa, solo sentí olor a trapos viejos. Rendido a mi curiosidad, extendí un brazo para tantear dentro del «walking closet». Me detuvo una repisa con estantes, aparentemente repletas de almohadones forrados en tela arpillera y en algodones rústicos. Detrás de mí, en el marco de la puerta estaba Ibelise.

—¿Qué encontraste?

—¡No sé!… No se ve. ¿Tenés el encendedor?

—¡Sí! Espera que lo busco.

Ibelise volvió con la llama por delante, y se metió en el pequeño espacio, dirigiendo la luz hacia la estantería. En ese instante algo inesperado nos enmudeció. Una gran cantidad de «macabros» peluches, ordenados con esmero de coleccionista, nos revelaban el misterio de los muñecos de la ruta… poco antes de la media noche. Con la respiración entrecortada y desprovistos de todo valor, se volvió una proeza contener los gritos de espanto. Agarrados fuertemente el uno del otro fuimos hasta la cama y nos acurrucamos bajo la sábana. Hablamos en voz baja y temblorosa, evitando pensar, y mucho menos, mencionar los peluches. Nos limitamos a planificar el escape de esa casa, tan pronto como fuese posible. Nos sabíamos a expensas de la madrugada. Esperaríamos a que los dueños de casa saliesen hacia la feria y nos retiraríamos sin la menor demora.

—¡Esto es una estupidez… pura casualidad! —dije sin convicción.

No hace falta mencionar que no pudimos dormir. El temor causado por nuestro descubrimiento, fue incrementado por toda clase de ruidos: viejas maderas crujiendo, pasos perdidos en algún sector de la planta baja, murmullos burlones, ladridos lejanos… Fue una tortura. Nos lamentamos de haber sido curiosos y de haber aceptado la invitación de personas desconocidas. Estuve a punto de sollozar pero opté por morderme rabiosamente un dedo. Ya vencidos, recibimos una dosis de alivio cuando el amanecer se coló tras los postigos de la única y pequeña ventana. Una brisa fresca refrescó las sabanas empapadas de transpiración.

Eran las siete y cuarto cuando chirrió la puerta de entrada. Nos pareció escuchar que se iban y la trancaban con llave. Aguardamos unos instantes hasta que la camioneta de los artesanos se alejó. Bajamos la escalera a las apuradas, salteando escalones, impacientes y temerosos de estar encerrados en la guarida de estos locos. Ibelise me ganó de mano y giró con fuerza la manija, que abrió la puerta con sonido quejumbroso. La luz de la mañana nos bendijo tibiamente, y nos dirigimos corriendo hacia el auto, olvidándonos de cerrar la puerta de la vieja iglesia. Saltamos dentro del vehículo haciendo gran esfuerzo por embocar la llave. Cuando doblamos la esquina, aceleramos en la todavía vacía avenida. Conduje en silencio, con vergüenza, No hablamos hasta que recorrimos cincuenta kilómetros y llegamos a Bungendore. Recién allí se me ocurrió reflexionar:

—¿Y si hubiese sido una coincidencia?

—¡No!… No creo en esta coincidencia.

Cuando llegamos a nuestra casa, decidimos bajar los pocos bultos del auto. Para nuestra sorpresa, a los pies del asiento trasero había un paquete envuelto con papel de regalo. Era algo más grande que una caja de zapatos y tenía una tarjeta que decía: «A nuestros queridos huéspedes, con la certeza del reencuentro».

—¡Qué es esta porquería! —grité con temor renovado.

—¡Tal vez sea un vino!

Lo levanté, calculando a ojo el peso…

—¡No! Esto no es vino. ¡Qué carajo nos habrán puesto esos locos! —me quejé.

—¡No será un peluche! —se lamentó mi esposa.

Decidimos no volver a pecar de curiosos, y lo envolvimos en unas bolsas de supermercado, con un cartel: «peligroso», para que a nadie se le ocurriese sacarlo del contenedor de la basura. Intentamos distraernos y olvidar la traumática anécdota, que con el tiempo seguramente se volvería simpática. Durante los días siguientes me asomé a la puerta de calle para ver si el container había sido vaciado… Seguía intacto. «La modorra de las fiestas», me quejé, evitando tocar el tema a Ibelise, quien había empezado a sufrir de insomnio.

¡Por fin! El viernes de mañana muy temprano, escuché las maniobras del camión recolector de residuos. Sus poderosas pinzas de acero manipulaban ruidosamente nuestro contenedor, volcando sus deshechos dentro del abdomen del vehículo. Sentí con regocijo el accionar de la prensa hambrienta que habría aplastado sin misericordia el paquete. Fue un alivio pasajero, ya que cuando la máquina dejó de operar, se volvió audible la radio de la cabina, que a gran volumen esparcía música de gaita. Me acerqué a prudente distancia con la intención de reclamar el fin del escándalo, pero frené el ímpetu de mi andar al percatarme de que el conductor me estaba observando sonriente, con las mejillas rojas y con la misma mirada celeste de Barry. 

No bastó que el camión se perdiese tras la pendiente de la calle Empire, ya que el recuerdo empalagoso de los artesanos fue aumentando, al mismo tiempo que nosotros perdíamos la cordura.

Barry y su gaita normanda.

Barry y su gaita normanda.

Nota: esta crónica forma parte del libro Relatos australianos, a publicarse próximamente. Las fotografías fueron tomadas por Esteban Bedoya y su esposa Ibelise.

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