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Diálogo con el ausente

El regreso, desde la historia y en la imaginación, del futbolista paraguayo que también fue extra y actor en las películas filmadas en Almería, España, compartiendo escenas con Raquel Welch, Yul Brynner, Charles Bronson, George C. Scott, Schwarzenegger, entre otros.

Florencio Amarilla Lacasa en el rodaje de la película Hannie Caulder (1971), protagonizada por Raquel Welch, Robert Culp y Ernest Borgnine. Fotografía: amarillahomenaje.blogspot.com.

Florencio Amarilla Lacasa en el rodaje de la película Hannie Caulder (1971), protagonizada por Raquel Welch, Robert Culp y Ernest Borgnine. Fotografía: amarillahomenaje.blogspot.com.

Me gustaría escribir un relato con cierto toque de El crack, de Roa Bastos. ¿Lo conoces, Florencio? Sí, lindísimo cuento. Leí mucho a Roa Bastos. Fue bastante conocido en España. Y ese cuento en particular está entre mis preferidos, porque, como sabes, habla de fútbol, mi pasión de siempre. ¿Además del cine? El cine fue parte de mi vida; el fútbol, en cambio, fue mi vida.

Florencio Amarilla Lacasa, paraguayo de niño y mozalbete, español de joven y adulto, futbolista, mundialista de 1958, extra de más de un centenar de películas, actor secundario de otras más, y director técnico, cuenta su vida como si su fallecimiento, acaecido el sábado 25 de agosto de 2012, cuando tenía 77 años, no hubiera sucedido. Habla cadencioso un castellano español con cierto acento guaraní, tomándose el tiempo para pensar cada palabra.

Por qué quieres escribirlo así, como El crack, pregunta Florencio. Es que te veo como Goyo Luna y quiero que retornes, no a la cancha para salvar a tu equipo de una derrota, sino aquí, a Paraguay, para que nos salves de la ignorancia de no conocerte. Eso sería lindo… Pasa algo curioso cuando sales de tu lugar de origen. Al principio piensas que vas a regresar pronto y de hecho el techaga’u es fuerte y te tiene triste un buen tiempo, pero cuando te asientas en una ciudad o un pueblo y la gente te quiere y aprecia, la cosa cambia. Y a mí me pasó eso en España, sobre todo en Almería. Lastimosamente nuestro país no trata bien a los suyos —aporto un comentario al diálogo, y mi interlocutor presta atención—. No me refiero a la gente en sí, sino a la clase económica y política que toma las decisiones a escondidas desde arriba, sin importarle en lo mínimo el bienestar general. En mi época —Florencio retoma la palabra—, cuando salí de acá, eso era así. Y pensar que uno sólo quiere vivir bien y trabajar en lo que le gusta, pero si no se te da en tu país no te queda de otra que ir a otro a ver qué pasa, como lo hicieron muchos compatriotas. A mí, por suerte, me fue bien, demasiado bien, a pesar de todo.

Florencio: como sólo soy un escribidor, no un periodista, un investigador, me toca crear esta charla con la poca información que encontré en internet sobre tu vida. No te preocupes. Cada uno debe trabajar con lo que puede y tiene. Lo importante es hacerlo, no solamente tenerlo en la cabeza. En el fútbol, muchas veces me tocó como jugador y técnico jugar con menos de lo necesario, lo mínimo. Y en el cine, peor. En los spaghetti westerns que se filmaban en Almería, mi pueblo por adopción, si faltaban extras se le usaba al que estuviera cerca, y punto. Aun así, me gustaría contar con tu biografía, Amarilla, el futbolista que quiso ser actor. Eso es sólo cuestión de tiempo. Con gusto le voy a decir a Juan Gabriel (García, el autor del libro) que te envíe un ejemplar desde España. Sería lindo que pudiesen leerlo acá. Buscaremos la forma de hacerlo. Te lo prometo.

La conversación continúa. Florencio recuerda su ida definitiva a España. Mis padres se despidieron de mí en Encarnación, con lágrimas en los ojos, deseándome la mejor de las suertes. Como casi todos los padres humildes del interior, eran padres que daban todo para que su hijo saliera adelante. Y yo era el único hijo. Esa escena es de las que marcan a fuego la vida de un migrante. Era 1958, el año que cambió mi existencia. Antes de viajar a España, fui convocado a la selección paraguaya que jugó el mundial en Suecia. El primer partido nos tocó contra Francia, la Francia de Just Fontaine y Raymond Kopa. Empezamos ganando, con un gol mío, de tiro libre, desde el límite del área penal. ¡Cómo gritamos ese gol! Luego Fontaine, en dos contragolpes letales, dejó el balón en la red una y otra vez. Por suerte, en lo últimos minutos del primer tiempo el árbitro pitó un penal a favor nuestro, y no lo desaproveché. Con el empate a dos fuimos a vestuarios. La cosa pintaba bien. En el segundo tiempo nos pusimos arriba en el marcador. Jorge Lino Romero metió un gol de un zapatazo izquierdo. La euforia nos invadió. Pensamos que teníamos ganado el partido y nos relajamos, y Francia se nos fue encima. Perdimos 7 a 3. Una pena. En el segundo encuentro ganamos a Escocia 3 a 2; y en el tercero, empatamos a tres con Yugoslavia. No sumamos lo suficiente para pasar a cuartos de final y regresamos a Paraguay.

Un año antes, en 1957, Florencio Amarilla Lacasa fue uno de los principales artífices de la clasificación paraguaya al mundial de Suecia. El 14 de julio, en el encuentro en Asunción entre las selecciones de Paraguay y Uruguay, fue el creador de tres de los cinco goles con los que nuestra albirroja ganó el partido y se hizo con el boleto al país nórdico. Su actuación en las eliminatorias y el mundial le valieron, a su vez, el pasaje a España. ¿Adónde mismo fuiste?, le pregunto. Del invierno de Paraguay fui al verano de Oviedo, en 1958, con Jorge Lino Romero. En esos tiempos, el armenio Arturo Bogosian, el todoterreno del fútbol sudamericano, metía en Europa a sus pupilos, en su mayoría paraguayos. Gracias a él fueron Romero, Lezcano, Cayetano Ré, González y Casco, entre otros. Unos viajaron con pasaporte extranjero, otros en condición más o menos dudosa de oriundos. Todos fuimos a comernos el mundo, que nos aguardaba en bandeja. El único engañado, que yo recuerde, fue el pobre Romero, el del currículum envidiable. Él viajó creyendo que suscribiría la cartulina del Real Madrid. Yo fiché en el entonces recién ascendido Real Oviedo para la  temporada 58/59; y en la 61/62 pasé al Elche, también de primera división. Y luego me lesioné…

Una lesión en el tendón de Aquiles lo mantuvo fuera de las canchas durante un mal tiempo. Se quedó sin equipo y decidió operarse para acelerar su recuperación. Debió costear él mismo la intervención quirúrgica, hecha en Barcelona. ¿El club no te ayudó? En esa época, en los clubes como el Elche todavía no existía la santísima trinidad de fútbol, como lo llama Goyo Luna en El crack. Es decir, no existían los grandes capitalistas y no se movía el dinero que se mueve ahora. Los jugadores contábamos con una mutualidad de futbolistas… que dejaba mucho que desear. Por eso me tocó hacerme cargo de la operación. Pensé que me recuperaría por completo, pero no pude. Repuesto a medias, deambulé por clubes de segunda división como Constancia de Inca, L’Hospitalet, Abaran de Murcia y Manchego, y en la temporada 67/68 llegué al Almería, donde finalmente me instalé hasta 1972, cuando decidí colgar los botines.

Hagamos una pausa del fútbol un ratito. ¿Todavía hablas en guaraní, Florencio? Pregunto porque los lectores seguramente están cuestionándose qué tan paraguayo eres, a causa del tuteo en esta conversación. Che añe’e guaranime aguerekoro petei oñe’ekua’ava avei. Ha che katu añe’eieterei, le respondo de inmediato, y retomo el castellano debido a que me cuesta mucho la escritura del guaraní. Con que aún manejas nuestro idioma vernáculo… Cuando aprendiste algo —explica el hispanoparaguayo—, es muy difícil que lo olvides. En mi caso, nací en Coronel Bogado en tiempos de la Guerra del Chaco: el 30 de enero de 1935. En esa época, el guaraní era el idioma del paraguayo de tierra adentro. Sólo en Asunción y otras pocas ciudades se hablaba el castellano, que no era el castellano de ahora. Es más, en las películas que actué, casi siempre como indio o jefe indio, cuando mi personaje debía hablar —en raras ocasiones— decía cosas en guaraní. Lo escucho y río, imaginando esas escenas. Florencio prosigue: Sí, es gracioso, pero la verdad es que no había guión para eso. Los guionistas escribían en inglés o español y los actores decíamos lo que queríamos, aunque manteniendo la pronunciación pausada, como si los indios de Norteamérica, sus famosos pieles rojas, sólo hablaran así.

A ver… vamos a organizar un poquito esto, antes de centrarnos en tu vida en el cine. Naciste en Coronel Bogado. ¿Luego fuiste adónde? Fui a Buenos Aires unos años. Ahí jugué en un equipo amateur llamado Buenaventura. Un detalle que nunca olvido de ese tiempo es que usábamos boinas a la hora de jugar. Después regresé a Paraguay. Jugué en Nacional y Olimpia y la selección, como te conté. Sí, selección, eliminatorias, mundial, España. Bien, es hora del cine, tu otra faceta. ¿Cómo sucedió eso? Gracias a mi cara, dice, y reímos. En una ocasión —relata Florencio—, cuando estaba en el Gran Hotel (de Almería) tomando una cerveza, se me acercó un señor de dos metros de altura (Antonio Tarruella), un ayudante de dirección, y como me vio cara de indio me preguntó si quería participar en una película. Hablaba de 100 rifles, con Raquel Welch y Burt Reynolds. Raquel Welch era una de las actrices más bellas del momento. Por supuesto, no dudé en aceptar la propuesta. Y entré como extra.

Eso sucedió en 1969. Desde entonces Florencio disfrutó de ambas pasiones, el fútbol y el cine. Años más tarde, ya devenido director técnico en Almería, por la prisa apareció una vez vestido de su personaje de indio en el entrenamiento, manteniendo el respeto de sus dirigidos, quienes lo admiraban tanto por su faceta futbolística como actoral. Y con o sin esa vestimenta se ponía a entrenar a los arqueros. Les pateaba desde fuera del área y siempre se las clavaba en un ángulo, como en el primer gol a Francia en el mundial de Suecia. Tenía una potencia insólita que mantenía en vilo a cuanto portero se encontrara entre los tres palos.

El cine llegó a tu vida. Actuaste en más de cien películas como extra y en algunas más como actor secundario. Sí, tuve mucho trabajo, en gran parte gracias a que las películas se filmaban ahí, en Almería, en los parques naturales del Desierto de Tabernas y de Cabo de Gata—Níjar. ¿Cuál fue tu mejor experiencia? Hay varias. En la película El oro de nadie actué con Yul Brynner, con quien nos hicimos buenos amigos. En Chato, el apache y Caballo salvaje mantuve unos diálogos con Charles Bronson, con quien también nos hicimos amigos. De entre los que participé, Patton fue el que más éxito tuvo. Ganó siete Óscar, aunque George C. Scott —el general Patton— no retiró su estatuilla de mejor actor, algo sabido de antemano porque Scott había dicho que los Oscar eran sólo un desfile de carne de dos horas lleno de corrupción. Ah, también actué en Conan el bárbaro, con Schwarzenegger, entre otras películas famosas de la época.

De vuelta al fútbol. Manuel León, en el prólogo de tu biografía, te recuerda muy bien. Te conoció, dice, en una tarde de julio de 1980, en el estadio Vista Alegre. El público te esperaba con el cántico ¡Ya viene, ya viene Amarilla! ¿Recuerdas ese día? ¡Cómo olvidarlo! León comenta que, por tu profesionalidad y experiencia mundialista, hasta entonces inauditas en su pueblo, eras un dios para ellos, los jovencitos que soñaban ser futbolistas. Y cuenta que lo primero que pediste esa tarde al señor Melchor, el utilero, fueron treinta balones. «Nunca hubo tanto cuero junto en el Vista Alegre —escribe León—. A la tarde siguiente (Amarilla) se puso a tirar a puerta desde fuera del área, con la zurda brillante de linimento, sin carrerilla, metiéndolas todas. Esa tarde había más público en el graderío viendo lanzar balones a un comanche de ébano que en cualquier partido oficial de la Peña hasta esa fecha. Le pegaba tan fuerte y con tanto tino que un día rompió el travesaño de la portería de madera y lo cambiaron por uno de hierro.» ¿En serio rompiste el travesaño de un pelotazo? Ja, ja, ja… Son cosas del fútbol. Una última cita de León: «Otra de sus manías era irse una hora antes del partido al Vista Alegre a quitar piedrecillas del campo para que no se hicieran daño los jugadores. Él, que había saboreado las mieles de un mundial, se preocupaba hasta del último detalle.» ¿Quieres agregar unas palabras al respecto? Era parte el trabajo, algo muy importante, porque a veces una sola de esas piedrecillas podía dejar mal parado o herido a un jugador. Y nosotros, los técnicos, debemos preocuparte de todos los detalles.

En esos años, gracias a sus trabajos en el cine, la dirección técnica de fútbol y la vida austera que llevaba, se las arregló bien mientras su equipo, Almería, descendía. Cuando la televisión, el vídeo y los nuevos hábitos derivados del progreso económico se presentaron, las salas de exhibición de cine se oxidaron. La cuestión económica cambió. Y a Florencio Amarilla Lacasa no le quedó de otra más que vender zapatos y libros para salir adelante, sin dejar el fútbol.

En 2006, a sus 71 años, sufrió una trombosis y no pudo volver a la dirección técnica. El Club Comarca de Níjar, de Almería, le dio un trabajo de utilero y un lugar para vivir en el Club, aunque también le ofreció montar una casa prefabricada. No aceptaste la casa, Florencio. No, se los agradecí mucho, pero no quería. ¿Por qué? Me gustaba vivir libre, en pleno campo, donde me levantaba a las 07:30, caminaba, corría, hacía unos toques y tomaba un matecito. Era feliz así, cuidando el material del club y estando a disposición del equipo para lo que hubiese.

La gente de todos los lugares donde estuviste también te quería, por tus características únicas de futbolista y actor de cine, y por tu bonhomía. Es que a la gente le gusta mucho el fútbol y el cine, y yo me metí en ambos. Francisco Montoya, el presidente del Níjar, dijo varias veces que nunca vio a nadie que recibiera más cestas de navidad que tú. Sí, recibía unas canastas cada año, sobre todo de los dirigentes del Oviedo, que seguían invitándome a ir a la ciudad. Me pagaban el avión y una semana de hotel a cuerpo de rey. Allí me adoraban. No puedo quejarme de la vida.

El 25 de agosto de 2012, luego de pelear mucho contra una enfermedad que le afectó las piernas, entre otras partes del cuerpo, Florencio Amarilla Lacasa falleció en Vélez Rubio, Almería, el lugar que había elegido para vivir y morir. Su velocidad, su zurda prodigiosa y la potencia de su remate hicieron de él uno de los mejores futbolistas paraguayos de la historia. Su rostro de rasgos indígenas, su acento guaraní y su capacidad actoral le sirvieron para participar en más de un centenar de películas y ganarse la amistad de los grandes actores de la época. Y sus características humanas de afabilidad, sencillez, bondad y honradez le valieron el cariño y el recuerdo de la gente que tuvo la suerte de conocerlo.

Cuatro años antes, en diciembre de 2008, el periodista Juan Gabriel García presentó el libro Amarilla, el futbolista que quiso ser actor, que contiene una entrevista amena y profunda con Florencio. Al año siguiente, en 2009, se organizó un encuentro futbolístico para rendir —en palabras de una publicación de un medio local — «un homenaje a un personaje irrepetible que ha cristalizado todos los sueños de su niñez, y para dar a conocer su vida, ya que supone descubrir al mismo tiempo parte de la historia más reciente y brillante de la provincia de Almería». Es gratificante, Florencio, que te hayan homenajeado en vida, como corresponde. Sí, fue un lindo gesto, un hermoso día. La gente acudió al Juan Rojas, un estadio de sueños. Se me entregó un trofeo. Yo estaba con mi familia. Todo era felicidad. Hubo aplausos, cánticos de Amarilla Amarilla y no pude contenerme la emoción. Hacemos una pausa. Lo dejo rememorar a solas esos momentos. Imprimo este relato y se lo entrego. Logramos resumir tu vida en unas páginas. ¿Qué opinas? Que te pusiste un poco emotivo al final. Cierto. Es mi humilde homenaje a tu persona. Te lo agradezco mucho. Es grato tener a alguien con quien hablar y que las palabras queden escritas. Sí, aunque todavía debemos aguardar la opinión de los lectores de Y, unos lectores selectos, muy críticos, peores que los críticos del fútbol y el cine. ¿Tanto así? Sí, peores. Entonces conviene que revises bien, tranquilito, cada detalle, para que no haya piedrecillas entre las letras. Exacto. Lo haré. No te preocupes. Un silencio cae de nuevo entre nosotros, talvez porque ambos sabemos que nuestra charla está a punto de culminar. ¿Florencio?, lo llamo en voz baja. Sí, responde al instante. Te había dicho al inicio que me gustaría verte retornar aquí, a Paraguay, tal como Goyo Luna, para que nos salves de la ignorancia de no conocerte. En vida, volví unas veces a Paraguay, por mis padres. A estas alturas, sin embargo, sólo podría regresar desde la historia y en la imaginación de la gente, como la tuya, que se le ocurrió conversar conmigo para conocerme mejor y sobre todo para que otros conozcan mi historia, que es una pequeña escena de la historia paraguaya. Quizá… —dice Florencio, ya despidiéndose— este relato es el par de botines que Goyo Luna se puso en el hospital para retornar a la cancha y salvar a su equipo, a su gente, de la derrota, de su ausencia.

Florencio Amarilla Lacasa, de joven futbolista. Fotografía: amarillahomenaje.blogspot.com.

Florencio Amarilla Lacasa, de joven futbolista. Fotografía: amarillahomenaje.blogspot.com.

Nota: este relato —publicado originalmente el 8 de junio de 2013 en el periódico digital E’a— fue escrito gracias a los textos publicados en amarillahomenaje.blogspot.com, cihefe.es y laclaquetanosemancha.blogspot.com.

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