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Desafíos pendejos

Un joven contó a sus amigos que estaba de novio con una chica que le permitía hacerle sexualmente de todo. Ellos desconfiaron y le preguntaron cuándo la conocerían. Él respondió: «¿Quieren conocerle nada más o quieren verme coger con ella?»

 

Aún éramos pendejos cuando Alejandro nos contó que se había puesto de novio con una chica solo para cogerla todos los días. En los últimos meses del pasado siglo, durante nuestro penúltimo año de colegio y el ingreso masivo de los novedosos celulares digitales al Paraguay, no era extraño escucharle decir que estaba con una nueva chica. Lo llamativo era que estuviese de novio. ¿Solo para cogerla todos los días?, preguntó Luis. ¡No sabés cómo chupa la pija!, respondió e hizo un gesto como si saboreara un helado palito derritiéndosele entre las manos. Los demás le miramos y sonreímos, intentando imaginarnos el rostro de una mujer en vez de su cara babosa. ¿En serio te chupa así?, se sumó Amado al cuestionario. Sí… y puedo hacerle lo que se me pasa por la cabeza; es más, ¡ella misma quiere que le haga de todo! ¿También por el culo?, dijo Emmanuel y aguardó la respuesta boquiabierto. También. Los demás dudamos de que semejante chica en verdad existiera: ninguno se había encontrado con una así hasta ese momento. Y vamos, pues, a conocerla, le propuse, esperando que se retractara, pero todos sabíamos que él no era de jactarse en vano. ¿Quieren conocerle nada más o quieren verme coger con ella?, dijo al rato —como si quisiera demostrarse o demostrarnos algo—, con una sonrisa de fumador contumaz que rápidamente fue acompañada de una señal de afirmación en nuestros rostros.

Él planificó el encuentro. Nos pidió que llegáramos de siesta. Ella solía visitarlo después de la salida del colegio, a las tres de la tarde. Llegamos con tiempo. Además de nosotros, solo su hermana estaba en la casa. Y antes de recomendarnos que nos escondiéramos en el ropero, detrás de un estante que hacía de bibliocinemateca y debajo de la cama, lo vi por primera vez nervioso. Ser el carilindo y el hijo de un abogado de políticos ―es decir, rico― siempre le dio cierta seguridad frente a nosotros, quienes sabíamos que cuando se trataba de mujeres ninguno le hacía competencia. Pero una cosa era mostrarse con chicas y otra que lo viéramos en plena acción con una de ellas. Escóndanse rápido, insistió cuando vio en su celular que eran las tres. Emmanuel se ubicó lentamente detrás del estante. Luis y yo fuimos al ropero, cuyo compartimento del medio (el único vacío y con olor a naftalina) permitía el ingreso de dos. Y Amado no tuvo más opción que arrastrarse bajo la cama, haciéndonos un par de japiro.

Romina llegó pasadas las tres. Alejandro la llevó directo a su cuarto. Lamenté no haberme adelantado a Emmanuel. El mejor lugar era detrás del estante, desde donde la vista, al hacer espacios entre libros y películas en VHS y DVD, era buena y amplia. Quienes estábamos en la oscuridad del ropero ni siquiera podíamos movernos y debíamos sostener la puerta con mucho cuidado para que se mantuviera mínimamente abierta. Y Amado solo podía vivir esa experiencia por medio del oído. Él, escribiéndonos al celular, rogaba que por favor le contásemos qué sucedía minuto a minuto, detalle a detalle. No te preocupes, claro que te vamos a contar todo, le respondí.

Apenas la tuvo en su cama, Alejandro llaveó la puerta y apagó la luz. Yo estuve a punto de decirle que volviera a encenderla. Pensé que nos quedaríamos a oscuras, pero por suerte un poco de luz suavizada por la cortina entraba a través de la ventana. No teníamos una visión nítida de la situación, pero entendíamos bien qué ocurría. La pornografía nos había malacostumbrado a ver sexo con mucha luz, con los genitales enfocados. Él quería que ella lo desnudara cuanto antes y bajara a su entrepierna a hacer lo suyo, y por más de que simulara empujarla hacia abajo mientras se besaban, ella solo llegaba hasta su cuello y volvía a subir para besarle la boca y la cara, entre cariñosa y fogosa. ¿Qué pio pasa?, recibí en el celular. Ahora solo se besan. Le voy a escribir para que se deje de joder y se ponga a coger, leí luego y se me escapó una leve risa que interrumpió a los amantes. Romina miró hacia el ropero, a unos metros de distancia. ¿Qué fue eso? ¿Qué cosa? Ese ruido… Nada, vení acá, le dijo Alejandro y la volvió a besar y tocar el cuerpo, dedicando una mano exclusivamente a su entrepierna, a meterse poco a poco entre el jeans y la piel. Luis, quieto a mi lado, me miró sonriendo y retomamos el espionaje. Ella le dijo que quería empezar con un cunnilingus. Él intentó disuadirla de que ella comenzara, pero al rato lo vimos desnudándola entre besos, lamidas y mordiscos suaves: primero las medias, después el pantalón y por último la bombachita. La desnudez cambia la percepción de las cosas: al verla vestida, no me sentía atraído; sin embargo, al ver sus muslos blancos… Ella se desvistió el resto: dejó la remera a un lado y el corpiño al otro, y se acomodó en medio de la cama, abriendo las piernas mientras él dirigía su boca hacia el monte de Venus. Su rostro se perdía entre los muslos y ella cerraba los ojos, arqueaba el cuerpo, gemía y con sus manos se agarraba con fuerza de los cabellos de Alejandro, que con la mano izquierda la sostenía de la cadera y con la derecha le acariciaba las tetas. Mi celular vibraba: ¿Ya le está cogiendo? Apenas veía a Amado, ubicado bajo la cama. No, cunnilingus. ¿Cunnilingus? Le está chupando la concha. Ah, qué ídolo, Ale. Ella le susurraba agitada que siguiera, que no parara, rápido, suave, así, así, a la par de que tomaba una almohada y se la colocaba sobre su cara para ahogar los posteriores gritos acompañados de espasmos. Alejandro levantó la cabeza sonriendo y mirando hacia donde nosotros estábamos, se limpió la boca con la mano derecha y quiso besarla. Ella esquivó la boca y se dejó besar el cuello y las tetas. Él las devoraba y se tocaba el miembro, mirándola a los ojos… sin obtener respuesta. Entonces la trepó y se mantuvo de cuatro, con su pene colgando sobre la boca de ella. Romina despegó los labios y sacó la lengua para lamer la punta. Alejandro miraba hacia nosotros y la pared que tenía enfrente. Ella lo agarró de las nalgas y lo acercó para engullir el glande. La reacción era nula. Su esmerado trabajo no lograba el resultado esperado. Puso manos a la obra. Lo masturbó a la vez que lamía y chupaba. ¿Qué te pasa hoy?, le preguntó sin detenerse. No sé. ¿Querés acostarte? Sí, vamos a probar así. Cambiaron de posición y ella retomó su labor manual y bucal. ¿Qué pio pasa?, leí en el celular. Ahora Romina le está devolviendo el favor. ¿Le está chupando la pija? Sí. Qué ídolo, Ale, carajo. Me parecía increíble que Amado fuera un admirador de Alejandro incluso en esa circunstancia. Pero a él no le se para. ¿En serio pio? Sí. Nde rakóre. Luis, a mi lado, escribió que necesitaba moverse un poco para ver mejor, pero ambos sabíamos que no podíamos hacer nada al respecto. Le dije que no con la cabeza de un lado a otro y al rato, cuando sentí algo duro en la pierna derecha, me arrepentí de no haberlo intentado. Escribí en el celular que ya mismo alejara su mierda de mi pierna. Metió una mano en el pantalón y giró levemente, en silencio. Romina continuaba en lo suyo y Alejandro le sostenía el cabello. ¿Sin novedades?, preguntó Amado. Al único que se le paró hasta ahora es a Luis. Jajaja… Alejandro separó a Romina de su tarea, le dijo que esperara un momento y se masturbó con la mano derecha a la vez que con su izquierda le tocaba las tetas. Ella metió unos dedos en la boca de él y luego se los llevó a su entrepierna. Sentí un cosquilleo un momento antes de que Alejandro lograra estar erecto. Sin perder tiempo, se calzó un condón y vimos cómo Romina se ubicaba sobre él, agarraba el pene con cuidado y lo apuntaba a su vagina. El cosquilleo que sentí se transformó en una erección que apenas pude disimular con la mano izquierda. Ella se mantuvo en cuclillas, subiendo y bajando. Gemía y hacía unos gestos raros con las manos y la boca, como si quisiera controlar algo que no podía. Él le tomaba de la cintura. Vibró mi celular: ¿Y después…? Ahora están cogiendo: ella sobre él. Kóre, ¡cómo quiero ver! Alejandro atrajo hacía sí a Romina y ella dejó que la penetración fuera completa y por primera vez le escuchamos un gemido fuerte. Me costaba disimular mi erección. Luis notaba que yo trataba de ocultarla. Emmanuel apareció en el celular: Me estoy haciendo la paja… Qué hijo de puta, pensé, por alguna razón extraña envidiándolo más a él que a Alejandro en ese instante. Romina le pidió hacerlo de cuatro: Vos sabés que esa posición me encanta. Él se puso de pie a un costado de la cama y ella se ubicó en el borde de la misma. Veíamos a Alejandro de espalda, asiéndose a las caderas de ella y embistiéndola con fuerza. Los gemidos de Romina y los chirridos de la cama marcaban el ritmo. Ahora veo las piernas de Ale, escribió Amado. Y nosotros su culo. Jajaja… Emmanuel me dijo que estaba haciéndose la paja. Sí, me escribió. Qué hijo de puta. Yo también quiero hacerlo, pero los pies de Ale me quitan todas las ganas. Jajaja… Luis leía los mensajes conmigo y sonreía. Romina se inclinaba más sobre la cama: tenía la cara pegada a una almohada, amortiguando sus gemidos y gritos. Alejandro jadeaba, mascullaba palabras obscenas y lanzaba palmadas a las nalgas de Romina, que se enrojecían cada vez más. Emmanuel volvió a reportarse: Gran puta cómo dura; yo ya terminé. ¿Querés hacerlo parada?, preguntó Alejandro. Sí, sí… Le ayudó a ponerse de pie y la trajo hacia nosotros. Retrocedimos como si temiéramos que vinieran a abrir la puerta. La empujaron y quedamos en la total oscuridad. Solo seguimos la acción gracias a los crujidos de la madera y los gemidos y jadeos de ambos. ¿Ves algo?, escribí a Amado y Emmanuel. Sí, el culo de Ale… y sus bolas, respondió el primero; yo veo bien la onda, el segundo. La verdad es que Romina está para darle entre todos, escribió al rato Emmanuel. No le respondí. La erección se me había pasado y el cansancio de estar de pie estaba volviéndose insoportable. Luis me mostró en su celular que tampoco aguantaba continuar ahí. Los jadeos y gemidos aumentaron en velocidad y volumen hasta que por fin el amigo llegó al lamento victorioso de la eyaculación. Vamos a la cama, le propuso Alejandro. Primero quiero ir a ducharme, dijo ella. Oímos la puerta del cuarto abrirse y, en unos segundos, cerrarse. Nuestra puerta se abrió de golpe y la luz casi nos encegueció. Salgan rápido, que ella está en el baño. Luis dio un pequeño salto y yo lo seguí. Nuestras piernas no respondieron como esperábamos. Emmanuel dijo que la cosa estuvo buena y Alejandro le gritó en voz baja: ¡Callaaate, idiota! Amado emergió del suelo lleno de polvo en la espalda. Bueno, váyanse, nos vemos más tarde. Abrimos la puerta del cuarto, miramos hacia el baño ubicado en el fondo de la casa, y huimos disparados hasta la calle.

Fuimos a la casa de Amado a retomar la rutina de tereré, naipes y britpop en la radio. Alejandro se unió a nosotros antes de que anocheciera, con una sonrisa extraña en él. ¿Y qué les pareció el espectáculo? Buenísimo, respondió Emmanuel. Este hijo de puta se pajeó mientras vos estabas cogiendo, agregó Amado, y los demás reímos, sobre todo Alejandro, que tenía un aire de superioridad más denso de lo habitual. La verdad es que estuvo regular, dije cuando paramos de reír. ¿Regular? Dijiste que ella te permitía todo y sin embargo primero tuviste que lamerle hasta hacerle llegar para que ella te tocara un poco la pija… blanda. Por lo menos tengo alguien que me la chupe. Cualquiera de nosotros podría hacerse chupar por ella. Jaja… En serio. ¿Y cuándo vamos a verte a vos cogiendo con alguien? Si no te molesta, podría estar hasta con tu pendeja. Nadie aguardaba que dijera eso. Luis quiso calmar la situación, pero Alejandro continuó: ¿Con mi pendeja? Sí, dame su número…. ¿Su número para qué? La voy a tantear algunos días para mostrarte que puedo levantarla. Ja: ni siquiera te va a saludar. Los rostros estaban serios; el de Alejandro, un poco rojo. Si me das su número, te aseguro que en unos días ya tendré un resultado. Dudó en seguirme la corriente, pero como no quería echarse atrás frente a los demás me dijo el número.

Apenas terminó la confrontación que ni siquiera yo entendía por qué empezó y llegó hasta ese punto, pensé que no volveríamos a mencionar el tema, pero luego Alejandro retomó el asunto e incluso me llamó maricón, desafiándome a que siguiera adelante. Dale, pues, escribile, vamos a ver si al menos te responde. Los demás miraban sin emitir opinión. Tomé el celular y escribí ahí, frente a todos, a Romina.

Ella respondió de noche, cuando ya me encontraba solo en casa. En ese tiempo las chicas se dividían en dos grupos: las que respondían preguntando quién sos y cómo tenés mi número y las que contestaban saludando y siguiendo la corriente. Romina formaba parte del segundo. Conversamos sobre diferentes temas. Era cordial con ella: la saludaba de mañana y le deseaba un buen sueño de noche. A veces recurría a un lenguaje cuidadosamente cariñoso para no caer en la cursilería. Y una tarde, cuando los amigos estábamos juntos en la casa de Amado, con Alejandro diciéndome que todavía no había conseguido nada, le escribí a Romina que me encantaba hablar con ella todos los días y, sin más vueltas, le pregunté si tenía novio. La respuesta tardó en llegar. La tensión entre Alejandro y yo crecía y los demás se mantenían como espectadores. Durante un momento pensé que no respondería y volveríamos a la normalidad, claro, después de aguantarme las burlas del novio confirmado… Entonces recibí la respuesta. Y Supe que habíamos llegado muy lejos por una ridiculez. Alejandro leyó el mensaje y su sonrisa desapareció. Le dije que eso no importaba, que no le escribiría más. Él también, ante el silencio del resto, dijo que no importaba, que solo le gustaba coger con ella, y luego cambió de tema.

Al día siguiente, pasadas las tres de la tarde, recibí un mensaje en el celular. Era Alejandro. Me contaba que la respuesta decía la verdad: La puta de Romina ya no tiene novio.

Desafíos pendejos, según el ilustrador Charles Da Ponte.

Desafíos pendejos, según el ilustrador Charles Da Ponte.

 

Nota: cuento publicado en el libro Espontaneidad (Editorial Y, 2014).

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