El sábado 31 de mayo de 2014, en el Centro Cultural Juan de Salazar, se leyó el veredicto de los ganadores del I concurso de microrrelatos Platero y yo el supremo. Se entregaron un premio y dos menciones en el concurso Roa y un premio en el concurso Platero.
El asediado
—¡Yo soy la palabra que estremece las entrañas de estas tierras! ¿Cómo se atreven?
El Supremo, reconcentrado, miraba la espesa nada. Tiritaba. El panfleto en sus manos dibujaba elípticas imposibles en el aire. El águila emergió entonces desde sus ojos.
—¡Tráigame los otros panfletos, las notas y los actos de gobierno de su autoría! ¡Ese sicofante de Molas no conseguirá doblegarme! Su veneno esparcido no será suficiente para derribar los cimientos de esta República nacida desde mi logos.
El puño era un rayo que disecaba la piel oscura del aire. Avanzó unos pasos jalado por la intensidad. Calló entonces, irrevocablemente. El puño ya no era nervio vivo; era gesto inmortalizado. La llama de la única vela se puso a tono con la historia.
Los historiadores nunca dieron cuenta de ese olor que subía desde la tierra, que se filtró en el Supremo y lo hizo callar para siempre. Nadie dio cuenta de los pasos acelerados, de la toma, de las voces de alerta, de los ojos dilatados del Supremo.
—¡Yo…! —Fue interrumpido para siempre.
El panfleto cayó y se hizo tierra. Molas untaba de sangre, su sangre, su pluma y comenzaba a escribir sobre los días de libertad.
Adan Amarilla Alcaraz
Escape
«Ganar. Perder. Da lo mismo», pensaba el soldado, mientras esperaba la señal para atacar. El estridente sonido de las explosiones parecía no molestarle; su mente solo estaba enfocada en una cosa: sobrevivir. «Que no se te olvide, imbécil. Me debés lo de la vez pasada», dijo su camarada, refiriéndose a una apuesta, hecha algunas noches atrás. En ese momento, su prioridad cambió, ya no le preocupaba tanto su propia vida, lo que más le aterraba era seguir perdiendo a sus compañeros. Ése era el verdadero horror de la guerra. «No te preocupes, imbécil. Yo soy un hombre de palabra», contestó, sonriendo.
Pocos minutos después, el comandante dio la orden: «¡Fuego a discreción!» El único escape de ese infierno era la muerte. Todos los de su escuadrón estaban conscientes de eso. Al empezar el ataque, revelaron su posición, atrayendo al fuego enemigo. El soldado y su camarada, se miraron fijamente, mientras el resto disparaba. «Salgamos de este lugar de mierda», dijeron, apuntándose uno al otro. Y luego de intercambiar sonrisas, ambos jalaron el gatillo.
Juan Ramírez Cabañas
Yo, la suprema
Papas fritas regadas en el piso. Luna llena. La cama desordenada y mi laptop en el regazo. Tipeo frenéticamente, como si mis pensamientos volaran y yo intentara cazarlos antes de que se esfumen. La lata de gaseosa pierde frío. Mi gato rasga la puerta y me desconcentra. Una zapatilla planea y rebota contra la madera haciendo que huya despavorido. Las últimas líneas se tornan difíciles de cerrar. Leídas en voz alta, las oraciones no siguen el ritmo perfecto de sus antecesoras. Suprimir. Suprimir. Suprimir. El asesino fuerza la ventana. Así está mejor. Ingresa lentamente y se mueve con agilidad. Sansón maúlla y yo le grito. Gran idea. El gato maúlla y él le mira. Silencio. Desnuda el cuchillo mientras se acerca a la puerta. Sí. Me gusta cómo va. Me acerco más y más al final. Mi piso cruje. Mi corazón late fuerte. Golpeo furiosa las teclas. El picaporte baja lentamente. Lo entiendo todo. Desde el umbral me observa. Con una mirada lo obligo a esperar. Termino las últimas líneas. Asiento, muda. Se acerca. Cierro los ojos. Sonrisa en el rostro. Todos lo recordarán. Yo, la suprema escritora, y ésta, mi gran pieza final.
Eleni Riveros Iglecias
Yo, Policarpo
En la ciudad de la Asunción al primer día del mes de octubre del año 1840 de Nuestro Señor Jesucristo, juro haber obrado con honradez, rectitud, siendo fiel y sumiso a las órdenes del Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay. He cumplido su merced al pie de la letra, desde el primer día de ser funcionario un 21 de septiembre de 1825.
Yo Policarpo Patiño, Fiel de Fechos de José Gaspar de Francia y Velasco declaro: ser el legítimo heredero por derecho natural de la Dictadura de la República del Paraguay.
Maldigo a todos los gobiernos posteriores —a quienes forjen a hierro o con palabras esta nación—, a la cleptocracia como castigo, al igual que Prometeo, a esta nación le será comido el hígado por la eternidad.
Con el cabestro de mi hamaca y el Prontuario de la Teología Moral a mis pies, pondré justicia. Sé que seré enterrado fuera de los muros cristianos, pero eso es parte de la maldición. Desde el averno me encargaré, con buena letra, de que el Paraguay sufra el hecho de ser gobernado por ladrones, por los siglos de los siglos.
Osvaldo Olivera Villagra
Nota: los autores de las obras ganadoras, Adan Amarilla (concurso Roa) y Juan Ramírez (concurso Platero) recibieron G 500.000 cada uno como premio. Los ganadores de las menciones del concurso Roa, Eleni Riveros y Osvaldo Olivera, recibieron una colección de libros de Augusto Roa Bastos. El certamen literario fue organizado por el Centro Cultural de España Juan de Salazar y la Fundación Augusto Roa Bastos. El jurado estuvo formado por Eloisa Vaello Marco (directora del Centro Cultural), Mirta Roa (representante de la Fundación) y Sebastian Ocampos (director y editor de la revista Y).









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