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Cuarenta y siete

En la guerra civil de 1947, un niño y su familia, al igual que muchos otros paraguayos, deben huir a la Argentina para continuar con vida. Este relato escrito como una crónica nos remonta al inicio de la larga hegemonía colorada y el destierro liberal, y nos cuenta que como pueblo nada ganamos «con los azules ni los colorados».

Azules y colorados, ilustración de Germán Álvarez.

Azules y colorados, ilustración de Germán Álvarez.

Dice mamá que te apures, que ya se están escuchando los disparos de los colorados, que ya se acercan a Pilar. Mi voz de niño sonó con la gravedad del mensaje.

Papá dejó el arado, desató el caballo y lo dejó en el corral. Montamos juntos de regreso y cuando llegamos le dijo a mamá que nos vistiera adecuadamente, que nos abrigara y no olvidara algunos alimentos porque teníamos que salir ya mismo.

Ese mediodía llegamos a la casa del caudillo liberal. Don Fernández estaba sereno, tenía esas seguridades de las familias antiguas, de ese linaje que todavía se respeta. Los pynandy eran salvajes, venían de reivindicación. La sangre de los suyos había regado los latifundios liberales y la venganza sería así de viscosa, una verdadera mitología nacional.

La gente comenzó a concentrarse en la cabecera de esa estancia que tenía costas sobre el río Paraguay. Los peones vinieron a Fernández con cara de haber visto al mboi jagua, aunque solo traían la noticia de que los colorados habían pasado por la costa recogiendo todas las canoas que pudieron. No había embarcaciones disponibles para cruzar el río.

Ya eran más de 50 las personas que se agrupaban en el galpón de acopio del algodón, el espacio que se dispuso para refugiar a las familias libradas al destino.

Mi padre, Fernández, los otros hombres, los peones, todos pensaban qué hacer para burlar la traba de quedarse sin poder llegar a la orilla argentina.

Los hombres eran valientes, duchos nadadores los más, que ofrecieron su habilidad para ir a buscar canoas del otro lado. No serían suficientes, entendió Fernández con razón, hasta que mi padre tuvo la idea de utilizar como flotadores los tambores de 200 litros del combustible que se usaba para el tractor de la estancia.

Así se les fue la tarde, entre la discusión de cómo construir la embarcación y en diseñar el dispositivo de seguridad para prevenir un reguero de pólvora que se aproximaba. La clave para la defensa estaba en unas pocas escopetas de caza, un par de buenos rifles y revólveres de diferentes calibres que la gente tenía para entrar en combate.

Al anochecer comenzó la construcción de la balsa, con unos listones que habían quedado para armar una suerte de rancho. La cubrieron con unas chapas y unas terciadas y la liaron con sogas. Era una verdadera balsa de náufrago, una metáfora del momento.

Fernández decidió tripularla a pesar de la oposición de toda la gente. Arguyó que sería al único que podrían llegar a respetar si era interceptado en el río. La vida ya no tenía valor.

Todos reflexionaron durante largas horas hasta la partida de la balsa sobre la muerte absurda en un país entregado al diablo en pago de quién sabe qué injusticia histórica, de qué extraño juicio. La convicción llegó por el lado de que había alguna posibilidad de contactar al amigo del patrón en la prefectura argentina. Las canoas no alcanzarían para programar una huida, siempre entendiendo que después del saqueo de Pilar comenzarían a aventurarse hacia las propiedades más retiradas y tarde o temprano darían con ese refugio azul.

El cielo albergaba algunas estampidas: el centelleo de las luces de pólvora, el festejo de un botín que caía en la ciudad. Eran las que llegaban como colores de espectro en una noche negra, en la que la balsa partió con dos hombres remando para alcanzar la orilla vecina.

Los que se quedaron apagaron todas las luces de la quinta. El silencio era quebrado por algún ñakurutu, por espectros, por el sollozo de las mujeres, por la inquietud de pecho de algún niño. Una vigía imposible contra una amenaza real.

El problema nunca fue que la balsa no flotara, sino que tuviera alguna dirección en su bogar endiablado. Los remolinos del río hicieron de ella algo difícil de manejar a pesar del improvisado timón, a pesar de la habilidad de sus tripulantes con los remos, a pesar de tener que hacer los esfuerzos en el silencio, de sentir delatores los golpeteos de los remos, la respiración agitada, el temor de que surja un farol incriminatorio, un barco de cebados, una trampa de camalotes, un monstruo del río, del monte, una tormenta.

En tierra, el sonido opaco de las escopetas se acercaba.

La claridad de alguno de ellos pudo detener la desesperación.

Guardavela.

Le faltó una vela, bromeaban los marineros mojados, exhaustos sobre la costa. La travesía había tenido un primer paso a favor. Recostados en los pastizales, recuperando el aire, alguien vio una buena estrella en la senda del mborevi rape. Hasta cuando se murió, papá sostuvo que esa senda nos salvó la vida.

Las orillas del Paraguay son difíciles, porque tiene una tierra caprichosa, acostumbrada a estar debajo del agua: siempre hay camalotes, juncos, víboras, un pasillo del carpincho que te saca hacia el alto.

Durante la larga caminata los acompañó el temor de quedar presos si los agarraba algún tahachi kurepa bruto de los que hay a montones en la frontera. Han de haber caminado hora y media hasta alcanzar la ruta de tierra, la única guía, referencia para saber cómo llegar. Otra fortuna si se ve la cosa en perspectiva. De allí ya era cuestión de caminar a la izquierda, hasta alcanzar el puesto de la Prefectura.

En esa guarida de la estancia las cosas comenzaban a complicarse porque el avance era inminente. Nadie se animaría a atacar de noche, porque también el rumor hizo crecer la idea de que había un ejército en resistencia. Todos sabían que del tenor del ataque dependería la defensa a hacer.

Si cargaban entre muchos, sería indefendible, pero era bien imposible que eso ocurriera a esa hora porque el botín de Pilar se estaba festejando y recién la noción, la ambición del día, despertaría la codicia y sería el momento. El problema era que amanecería en breve. Al ritmo que venía la noche era imposible pensar otra cosa.

Ake tapiti, con la mano en reposo, el gatillo más duro podía ser el más liviano. Un tiro podía descubrirlo todo.

Duermevela.

Una vela encendida, los tahachi jugaban al truco, la obvia botella de vino permanecía escondida. Fernández se identificó y le dijo a la gente que quería ver al comandante. Su trato fino fue necesario. Entonces papá lo comprendió. Los muchachos entendieron la gravedad a causa de él. La desesperación es alimento para la terquedad de los hombres de uniforme. Farías era un buen hombre; pocos milicos lo eran. Escuchó a Fernández terminar la oración pero ya había decidido qué hacer en las primeras palabras que le oyó. Sólo el que alguna vez se preparó para la muerte conoce el absurdo absoluto de la guerra, el pestilente agravante del fratricidio.

Tenía dos lanchas viejas, pero en buen estado, y una nueva, que había salido de los astilleros argentinos y que era su orgullo. Él comandó la nueva. En las dos viejas fueron cada uno de los marineros paraguayos. En media hora estarían en la costa de la Estancia.

Resta contar que debieron abusar del gesto universal de las enfermeras para pedir silencio, el dedo sobre las bocas para aplacar apenas el rumor, ese shshshsh de serpientes que hacía callar a los hombres.

Así abordaron, llenaron las lanchas con lo que tenían puesto. No había lugar para grandes equipajes. Debían subir y ya.

Aquí estamos mirando el río, viendo las lanchas cruzar, la gente bajar desesperada, las risas nerviosas que se desatan, al igual que las matulas y lo poco que se trajo para compartirlo con los canitas de la Prefectura, la inasible sensación de haber salvado la vida.

En la memoria se guarda una avanzada improbable de los colorados envueltos en estruendos de escopeta y sapukais del demonio, gente incomprendida también, pienso hoy, de grande, gracias al cruce del río en la memoria.

El latifundio había dejado los primeros marginales, los primeros migrantes que ya estaban en Argentina de cosecheros, hacheros, domadores, peones de estancia… Era todo como era.

Ese pueblo grande y escondido fue rápidamente organizado por los colorados, quienes siempre dieron un poquito más y no tenían ningún problema en recibir a quien se había hecho robando ganado o cosechas, en el juego, fuera del esquema tradicional de la acumulación de unos pocos que se puede verificar hasta hoy en las ciudades del interior, Villarrica, Pilar, Concepción, ni qué decir Misiones.

Algo parecido ocurre hoy, salvando distancias…, ¿verdad?, me pregunta una linda profesora mientras hacemos el cruce en la lanchita entre Colonia Cano y Pilar.

No, hoy es otra cosa. Es un pueblo que sabe que nada ganó con los azules ni los colorados. La historia lo demostrará, me responde esa voz gigante que solo escuchamos dentro nuestro.

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