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Cuando me entierren no se olviden de mi balón

Arsenio Erico, con Aurelia a su lado, rememora todos sus grandes momentos futbolísticos durante el frío sábado del 23 de julio de 1977. Se encuentra en Buenos Aires y quiere regresar a Asunción. Este cuento forma parte de nuestro primer número impreso: Pelota jára.

Arsenio Erico según Charles Da Ponte. Dibujo de Pelota jára, cuentos de fútbol.

Arsenio Erico según Charles Da Ponte. Dibujo de Pelota jára, cuentos de fútbol.

Es el 23 de julio de 1977, día sábado en la fría Buenos Aires. El ambiente del hospital apesta, todos los hospitales apestan, llantos de recién nacidos, enfermos quejumbrosos, y en la pared de la entrada de la recepción se ve un marco con el rostro de una enfermera, quien con el dedo índice de la mano derecha sobre los labios llama a silencio, recordando así a todos que Argentina vive en dictadura, pues el silencio —dicen los militares argentinos— es salud. Cuadro que, sin embargo, no logra silenciar los cánticos de la hinchada del Club Atlético Independiente, que suenan y resuenan en la cabeza del viejo de la cama del fondo de la sala uno, a quien la noche anterior amputaron la pierna izquierda.

El viejo, como todos los que están internados en esta sala, mira el techo. Tiene 62 años. Recuerda que la pierna mutilada es la misma con la que —en el partido del 40 contra el Racing de Avellaneda— sufrió una grave lesión. También rememora que en el 41 ya le había significado una operación de meniscos. Le duele el miembro cercenado pero no putea, nunca puteó, ni siquiera dentro de la cancha, donde lo recuerdan como un caballero. En 19 años de carrera como futbolista en dos países solo una vez lo expulsaron. Fue por el choque accidental contra Montañez, de Gimnasia y Esgrima de la Plata, pero debido a su ejemplar trayectoria el Tribunal de Penas no lo suspendió ninguna fecha.

Su esposa desde hace 17 años, Aurelia Blanco, lo cuida, le acerca los analgésicos y una nota que en ese momento hacen llegar desde la recepción del hospital. En ella se lee: Yo solo he sido un pequeño imitador tuyo. Alfredo Di Stéfano.

El viejo cierra los ojos, trata de dormir pero no puede, sólo baja los párpados para mirarse hacia adentro, ve al subintendente militar César Molinas en 1932, quien lo encuentra jugando al billar en Puerto Casado. El militar lo interroga: ¿Arsenio, qué hacés acá? Voy a pelear en la Guerra del Chaco, le contesta el joven de 17 años. Molinas —con voz imperativa— le dice que no, que en ese mismo momento emprendía una gira como futbolista con la Cruz Roja para recaudar fondos en la Argentina. Ojalá Molinas también estuviera en este hospital para sacar al viejo don Arsenio de este trance.

Erico vyroreíco ico ico, repiquetea en su fuero interno, cantado por la hinchada de su Nacional querido, como en aquel encuentro frente a Independiente, en Asunción. Asunción, qué lejos está Asunción, se dice cuando desciende en la ciudad de Rosario para seguir por vía terrestre hasta Buenos Aires, para evadir a los dirigentes millonarios. En River había un grande, Bernabé Ferreyra. ¿Qué podía ir a hacer yo allí?, murmura con los ojos cerrados. Asunción, qué lejos está Asunción, su casa de la calle Cuarta e Iturbe, aquella canchita del Salesianito donde jugó sus primeros partidos. Qué lejos está Asunción…

Don Arsenio, don Arsenio. Un profesional de rigurosa bata blanca tomándole el brazo le consulta: ¿Cómo está, don Arsenio? Él abre los ojos y le contesta con una sonrisa. El médico, que lo reconoce, pregunta en broma —mientras realiza los controles de rigor— cuándo jugará por la selección argentina. Yo me muero paraguayo, doctor, responde amablemente don Arsenio. Mientras el galeno controla su presión arterial, recuerda en silencio que había rechazado un ofrecimiento de 200.000 pesos para nacionalizarse argentino y jugar así con la albiceleste el mundial de Francia del 38. En la selección paraguaya nunca pudo jugar porque en ese tiempo los futbolistas que trabajaban en el exterior no podían ser convocados. El clínico se despide y don Arsenio vuelve a cerrar los ojos. En su mente asoma aquel presidente del Olimpia, Juan Pablo Gorostiaga, que le ofreció un vehículo y una vivienda a cambio de que integrase el plantel de 1942 del decano del fútbol paraguayo. Si no juego por Nacional, cuelgo los botines, le objetó. Ese año su Nacional querido salió campeón.

En la cama siete de la lúgubre sala uno, con la pierna segada, reposa don Arsenio rodeado de otros pacientes. Procura dormir pero los recuerdos vienen y van. En uno de ellos, con sólo 55 kilos, está saltando más alto que las manos del arquero. En otro, del 12 de agosto de 1934, está haciéndole un gol de taquito a Boca Juniors. En otro, con 47 goles en el año 1937, se inscribe como máximo goleador de un torneo argentino. En otro más, en el torneo de 1938, sólo anota 43 tantos en la temporada, porque una marca de cigarrillos de nombre Cuarenta y Tres premiaría con un auto al jugador que marcase esa cantidad. Entonces, habiéndolos ya marcado dos fechas antes de finalizar la competencia, se pasa regalando goles a su compañero De la Mata.

Convulsionado don Arsenio, abre los ojos por un momento y llama a Aurelia. Sudoroso, le suplica: Si muero esta noche, no se olviden de enterrarme con mi balón. Aurelia asiente con la cabeza y le solicita gentilmente que vuelva a tratar de dormir. Pero don Arsenio no puede: apenas cierra los ojos los ángeles se le aparecen para levantarlo y con la cabeza anotar un gol y otro y otro hasta completar un récord de 293 en todos los torneos que jugó en la Argentina vistiendo la carmesí camisola del Independiente. Transitan su mente las imágenes de los años de 1938 y 1939 haciendo la vuelta olímpica con El Rojo, siendo el máximo goleador en ambos torneos.

Afectado por los calmantes, musita: ¿Está lejos Asunción? Aurelia lo escucha sentada a su costado, pero no le contesta. A su lado, ella sabe lo difícil que es este momento para alguien que toda su vida fue un mago del balompié. Aurelia lo agarra de la mano, le da un beso en la frente y le dice: Dormite ya, Arsenio, dormite, ya es de noche. En un periódico —mientras lo cuida—,  Aurelia lee que mañana, domingo 24 de julio, Independiente enfrentará a River Plate.

Faltan unos minutos para las 23 horas de este día sábado. Don Arsenio repentinamente vuelve a abrir los ojos pero de su boca temblorosa ya no salen palabras. Una turba vestida de blanco ingresa apresuradamente a la sala uno para arrastrar la cama con ruedas hasta la sala de terapia intensiva. Tenemos un infarto, logra oír que un médico le dice a otro mientras lo ingresan a la sala. En el reloj de ella marcan las 23.

¡Se siente, se siente, Érico está presente!, suena en la mente del histórico cabeceador. A los pocos minutos, una enfermera deja entrar a Aurelia en la sala. Acongojada, le expresa: Se nos fue, señora. No pudimos hacer nada por el Saltarín Rojo. Aurelia se echa a llorar. Don Arsenio, esta vez con los ojos abiertos, fijados hacia arriba, le vuelve a preguntar, pero en silencio: ¿Está lejos Asunción? Aurelia llora desconsoladamente mientras una multitud —ya en el siguiente día— la acompaña, a ella y a don Arsenio, desde Avellaneda hasta el Cementerio de Morón. El Saltarín Rojo sigue cabeceando un tanto y otro en su goleadora mente. La multitudinaria marcha que lo acompaña no se detiene en Morón. Al llegar a este punto, la marcha prosigue al son: ¡Se siente, se siente, Érico está presente!

Don Arsenio entre gol y gol de cabeza solo se pregunta: ¿Está lejos Asunción? Entonces de pronto escucha la voz de Aurelia, quien le toma de nuevo la mano, suplicándole con el gesto que pare de saltar, y al oído le susurra: Ya no, Arsenio, es 25 de febrero de 2010. Ya estamos en Asunción. Hemos llegado al Defensores del Chaco, donde te quedarás. Dormí nomás ya. ¡Y acá tenés tu balón!

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