cerrar [x]

Casaccia y Areguá

En una de las visitas de Casaccia a Areguá, en la década del 70, Miguel Ángel Fernández y él hicieron juntos un registro fotográfico del escenario de La babosa, para una edición ilustrada de esa novela… que nunca se dio.

Gabriel Casaccia y su casa de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Gabriel Casaccia y su casa de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Tuve la suerte de leer tempranamente a Casaccia —y a Barrett, Campos Cervera y Roa Bastos— a instancias de Josefina Plá, cuya lucidez crítica nos orientó a muchos jóvenes en aquellos años de la década del 50 en que la vida cultural paraguaya soportaba la pérdida de muchos de sus mejores escritores, poetas y artistas, arrojados al exilio por las persecuciones políticas y la consolidación del poder dictatorial.

Fue también en casa de Josefina Plá donde conocí personalmente a don Gabriel Casaccia, que siempre manifestó por ella y por su obra literaria y artística una profunda admiración. Por su parte, Josefina Plá fue la primera exégeta cabal de la obra de su amigo, en una época en que se tendía, en nuestro medio, a ignorar sus méritos y estigmatizarla como una visión «negativa» de la realidad paraguaya.

A Casaccia nunca lo vi subido a un pedestal. Era un hombre sencillo y afable, atento a su realidad profunda, dolido por las frustraciones y las desdichas de su patria, pero también alerta ante la producción intelectual de la gente joven.

Venía una o dos veces al año a Asunción, sin protocolos, a ver a sus hermanos, respirar el aire —entonces todavía transparente— de la ciudad donde había nacido, y a visitar casi furtivamente Areguá, el locus privilegiado de su saga paraguaya, ligado a sus recuerdos más entrañables, a su niñez y juventud —esa experiencia del mundo que andando el tiempo daría lugar a una configuración significativa que da cuenta de algunos aspectos claves de esta realidad dolorosa que no acaba de dar lugar a la «isla sin mal» que soñó Augusto Roa Bastos, otro amigo y discípulo de Josefina Plá.

Entre los fundadores de nuestra narrativa moderna, Casaccia era el más veterano. Pertenecía, al igual que doña Josefina, a la generación posmodernista y sus primeros libros tenían la impronta estética de la prosa de Valle Inclán, ese gran escritor inclasificable que venía, a su vez, del modernismo (o lo que da igual, de la generación española del 98). Pero a fines de la década del 30 su narrativa inició un viraje con los cuentos de El guajhú (1938), que se haría más patente en las narraciones breves de El pozo (1947). Cinco años después, en La babosa, su escritura y visión del mundo ya estaban plenamente definidas, cimentando un proceso que pondría a nuestra narrativa en un pie de igualdad con las grandes expresiones literarias del continente. Pero en nuestro medio no se quiso entender así. Los pocos comentarios que aquí se publicaron sobre esta novela fueron hostiles. Lo mismo sucedería poco después, cuando en 1953 apareció El trueno entre las hojas, de Roa Bastos. En ambas ocasiones la excepción fue Josefina Plá, que saludó la aparición de esas obras con entusiasmo, afirmando que ellas inauguraban la modernidad literaria en nuestra narrativa.

La obra de Casaccia sufriría un desprecio múltiple. Por un lado, la burguesía liberal —de la que provenía Casaccia— encontraría detestable su visión o su configuración de la realidad. Por otra parte, los portavoces del nacionalismo oficial censuraban ásperamente la novela porque no exaltaba la belleza de nuestros paisajes y el heroísmo de nuestros varones, y otras cosas por el estilo. A su vez, algún escritor supuestamente «progresista» (que pronto abandonaría esa postura riesgosa y poco rentable) condenaba el libro por su falta de perspectiva revolucionaria. Las ideologías mal entendidas suelen producir semejantes efectos. Casaccia no podía negar su extracción burguesa, pero su obra rebasaba largamente los límites ideológicos de su clase al dar forma literaria sustantiva a un mundo imaginario en que se definían claramente algunos rasgos de nuestra condición existencial y social.

Casaccia no era dado a teorizar sobre la literatura y menos sobre la suya. En cierta ocasión, se refirió jocosamente a los rasgos supuestamente negativos de su narrativa: «Cuando voy por la calle y de repente se me cae en la cabeza un ladrillo, no digo ‘Oh, qué elemento contundente ha venido a dar en mi testa’ sino ‘¡Ay carajo!’» Así de simple: la gran literatura dice las cosas sustantivamente, y lo sustantivo, en nuestra condición social, es este magma ominoso en que nos ahogamos y que el autor de La babosa usó magistralmente como base temática de su obra.

Casaccia era un amigo generoso y leal. En Buenos Aires tomábamos un café y luego me llevaba a conocer a un amigo escritor, a un editor, una librería o una actividad literaria. En su casa, donde nos recibía Carmen Dora, su esposa, era un anfitrión cordial y sencillo. Así conocí el rincón de su departamento donde escribía sus libros y que Carmen Dora mecanografiaba después. Cuando venía al Paraguay, la visita obligada era la de Areguá. Fue así como en la década del 70 hicimos juntos un registro fotográfico del escenario de La babosa.

Casaccia pensaba que con tales fotografías podría hacerse alguna vez una edición ilustrada de esa obra. Por entonces —hace casi cuarenta años—, Areguá parecía ir desmoronándose irremediablemente y sus casas abandonadas y sus calles desiertas daban cuenta de su decadencia, dando lugar a un universo imaginario en donde los acontecimientos y los personajes simbolizaban la desintegración y las frustraciones de una sociedad marcada —ya entonces— por la alienación y la injusticia.

Esa edición de La babosa no llegó a concretarse. Copias de las fotografías y de otras que fui tomando en esos años integran hoy esta muestra de homenaje a Casaccia y Areguá en el marco de su centenario. Creo que constituyen un interesante correlato visual de ese mundo complejo y denso que el autor plasmó en novelas y cuentos memorables con extraordinaria fuerza expresiva, iniciando así una de las grandes líneas de nuestra modernidad literaria.  

Gabriel Casaccia y la iglesia de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Gabriel Casaccia y la iglesia de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Miguel Ángel Fernández y Gabriel Casaccia en la casa de los abuelos de Casaccia. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Miguel Ángel Fernández y Gabriel Casaccia en la casa de los abuelos de Casaccia. Fotografía: M.Á.F.

Casa la La babosa, novela de Gabriel Casaccia publicada en 1952. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Casa de la babosa, personaje principal de la novela de Gabriel Casaccia publicada en 1952. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Galería de la loma, junto a la iglesia de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Galería de la loma, junto a la iglesia de Areguá. Fotografía: Miguel Ángel Fernández.

Nota: esta semblanza se publicó originalmente en AICA-PY, revista de arte-cultura, Nº 1, en septiembre de 2007.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • NO 
  • MÁS O MENOS 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *