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Carlos Fuentes y las últimas llamas de la literatura

El periodista y escritor Blas Brítez viajó a inicios de mayo de 2012 a Buenos Aires para entrevistar a Carlos Fuentes. Trece días después, el 15 de mayo, el escritor mexicano falleció en Ciudad de México. Nos quedan de él sus palabras, en las que recuerda a su amigo Roa Bastos.

CarlosFuentes_YEra el miércoles 2 de mayo de 2012, por la mañana. Llegué al Hotel Alvear, en Recoleta, una hora antes de la hora convenida. No quería correr el riesgo de retrasarme por el caos que es Buenos Aires en las mañanas. El taxista me bajó en la misma explanada. Un botones con galera me abrió la puerta. Sonreí incómodo ante tan decimonónica imagen. Antes de entrar, miré el reloj, y retrocedí abrumado por el dorado impetuoso del lobby. Enfrente, el entretenimiento perfecto: una revistería. Estuve allí, leyendo noticias sobre la nacionalización de YPF, entre otras menos intempestivas, hasta que un guardia  me vio y se acercó a mí.

—¿Usted es periodista?

Asentí sorprendido.

—¿Cómo lo sabe?

—Tiene toda la pinta. Rondaron mucho por el hotel en estos días. Vaya y anúnciese en la conserjería —me dice el hombre, en cuya oreja derecha resaltaba un dispositivo de comunicación.

Entré, todavía pensando en «la pinta del periodista». Me anuncié, pero les dije que solo dentro de unos 40 minutos estaba pactada la entrevista. El conserje me preguntó cuál era el medio por el cual iba. No le pareció raro que fuera de Última Hora, de Asunción. Me pidió que esperara sentado en el lobby y que volviera a avisarle cuando llegara la hora. Me senté. Frente a mí, un retrato de Manuel Belgrano, el único argentino al que El Supremo de Roa Bastos respetaba. Y en medio de la sala, la maqueta del Alvear Tower, la que será la torre más alta de Sudamérica, con 54 pisos y 235 metros de altura, en construcción en Puerto Madero.

Llegada la hora, volví a anunciarme. Luego de hacer una llamada, el conserje me pidió que subiera al primer piso. Subí, y al salir me encontré con Verónica Barrueco, la encargada de prensa de Santillana Argentina, con quien me había comunicado estando yo en Asunción para pedir la entrevista, mediante los buenos oficios de María José Peralta, de Santillana Paraguay. Nos saludamos y me invitó a que pasara a un amplio salón. Me dijo que Carlos Fuentes venía en un rato y me ofreció café. Le pregunté:

—Me gustaría hacerle unas fotos con mi cámara. ¿Decís que no tendrá problema?

—No sé, preguntale, es un poco quisquilloso con las fotos —respondió.

Me senté en el sofá. Apenas lo hice, Carlos Fuentes entró por la puerta, vestido con una camisa blanca y un pulóver y un pantalón grises. Venía sonriente. Verónica nos presentó. Nervioso y todo, le pregunté luego de saludarlo:

—¿Qué pensó cuando le dijeron que lo quería entrevistar un paraguayo?

—¡Pues me dio mucha curiosidad, como si alguien viniera de Marte! —me contestó riéndose.

Allí nomás le pedí hacerle un par de fotos, a lo cual accedió otra vez entre risas, porque le dije la mentira evidente, pero no por ello menos verdad al mismo tiempo, de que era su bautismo fotográfico para el Paraguay. Luego nos sentamos y hablamos un poco más de veinte minutos.

13 días después de esta entrevista, Fuentes falleció. Esto es todo lo que le saqué al hombre, acaso el mayor novelista mexicano de la historia, que parecía fuerte y hablaba constantemente del futuro como cualquier persona común y corriente.

—Son casi 20 años de la publicación de su libro Geografía de la novela. ¿Qué ha cambiado en estas dos décadas en su visión?

—Es la relectura de los descubridores, empezando por Colón, que inventan lo que no existía en Europa. Tenía que asombrar a los europeos. Colón ve una sirena. Todos los que siguen están contando historias de tiburones con dos vergas, tortugas con caparazones más grandes que una casa, están viendo maravillas porque el público europeo esperaba eso. Lo real maravilloso lo inventan ellos. Está ya allí todo García Márquez, Carpentier y lo que va a venir. Pero Bernal Díaz del Castillo es un quiebre porque quiere ver una historia mítica. Ve Tenochtitlán y dice: «Esto parece salido de Amadís de Gaula», pero esa aventura épica termina en tragedia, en la destrucción de lo que admiró Bernal Díaz, de la capital azteca, su sustitución por una capital española. Hay ahí una visión de triunfo y de derrota que me parece es un arranque importante de la literatura latinoamericana, un poco olvidado, porque la Colonia prohibió las novelas, pero se retomó desde el siglo XX. 

—Usted habla de una «tradición de La Mancha», interrumpida por tres siglos, por lo menos con lo que tiene que ver con la lengua española. Solo fue retomada por gloriosas excepciones de lengua inglesa, como Lawrence Sterne, y Jacques Diderot, en francés. ¿A qué se debe que la impronta más original de Cervantes haya quedado mucho tiempo olvidada?

—Se lo atribuyo a Napoleón Bonaparte, ¡imagínese! La figura de Bonaparte divide la historia contemporánea. Hay un antes y un después de él. La figura inspira a los novelistas. En El rojo y el negro, Julián Sorel lee en secreto a Bonaparte, Rastignac es un Bonaparte de la sociedad civil francesa, Raskolnikov es un bonapartista punitivo, tiene el retrato de Bonaparte, quiere imitarlo pero en el crimen. Así que hay una influencia enorme del bonapartismo en la literatura del siglo XIX. La excepción nuestra es Machado de Asís.

—Claro, pero me llama un poco la atención el que haya sido la lengua portuguesa la que haya retomado la tradición cervantina…

—A mí no me llama la atención, es la lengua de Eça de Queirós después de todo…

—¿Y no le llama la atención entonces el que no haya sido un español el que retome a Cervantes, en cuanto a la lectura diferente, sino un escritor argentino, como Borges?

—No, porque Borges desciende directamente de Machado de Asís. Hay capítulos de Machado de Asís en las que ve el mundo, las maravillas, los tiempos, los lugares se juntan, que es borgiano completamente. Yo creo que Borges leyó muy cuidadosamente a Machado de Asís. Viene de ahí, no viene de la nada Borges, como sabemos. Sobre todo hay una relación directa, una continuidad.

—¿Finalmente no le parece particular el hecho de que el que haya leído a Cervantes de una manera más moderna haya sido no un novelista sino un cuentista como Borges?

—Bueno, sí, él quiso limitarse al cuento y él sabe por qué. No quería extenderse. Admiraba muchas novelas, empezando por El Quijote. Quería tener unas formas en las que podía en lo breve meter mucho. Era un propósito muy loable, y lo logró muy bien.

—Decía que escribir novelas era un «desvarío laborioso y empobrecedor»…

—Bueno… ¡para él, para él! ¡No para Cortázar!

—Juan Goytisolo, un autor que muy interesantemente está inserto en lo que usted llama la gran novela latinoamericana aun siendo español, habla en Disidencias, un libro de ensayos, de esta herencia cervantina en determinadas novelas latinoamericanas. Recuerdo dos títulos: Terra nostra, que es suya, y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. No recuerdo encontrar en el libro una referencia a Tres tristes tigres…

—No. No me simpatiza en lo personal.

—¿No le simpatiza?

—Para nada. No éramos amigos.

—¿No eran amigos?

—Entonces, tengo derecho. Como es un libro muy personal, a mis enemigos no los incluyo.

—¿Es un libro de gustos?

—Totalmente. No es un abecedario, ni libro de teléfonos, es un libro muy personal. Son mis gustos y disgustos.

—Filias y fobias también.

—También.

Carlos Fuentes y Blas Brítez.

Carlos Fuentes y Blas Brítez.

El lugar de Roa Bastos

—Ya que hablamos de la herencia cervantina, usted tiene un apartado dedicado a Yo el supremo. Siempre Roa Bastos declaró haber escrito su novela mediante el modelo cervantino. Me llama la atención que eso lo encontré dicho por él, no recuerdo que la crítica hablara de esa influencia decisiva. ¿Qué lugar cree que ocupa Roa Bastos en el desarrollo de la novela?

—Un lugar muy importante, por eso lo incluyo yo en un capítulo de mi libro. Yo el supremo es una de las grandes novelas del siglo XX. En esa serie de novelas sobre dictadores, pues el que va más lejos es Roa Bastos, porque va al primer dictador, un hombre que encerró a un país en sí mismo. De manera que aparte del hecho histórico es un gran libro, espléndidamente escrito, él era un gran escritor y está allí por derecho propio.

—¿No le parece que Terra nostra y Yo el supremo, por ahí habría que agregar a Noticias del imperio, de Fernando del Paso, trabajan en el mismo sentido la cuestión de la historia y los documentos?

—Claro: rehacer la historia, contarla de otra manera, la historia no se cuenta a sí misma. Hay historia sin novelas pero no hay novelas sin historia. Ahora, ¿qué hace uno con la historia? ¿Qué historia cuenta uno? ¿Qué se añade a la historia a través de la novela? Son problemas del novelista, quien escoge una época (siempre hay una época, siempre hay un país, siempre hay un lugar), pero cómo se trata es lo que le da carácter a una novela, personalidad.

—Usted reseñó en el New York Times Yo el supremo, cuando en los años 80 salió la versión en inglés de la novela…

—Sí, la traducción de Helen Lane…

—A la que se refiere en su libro como «una muy buena traducción»…

—Muy buena.

—¿Alguna vez tuvo la oportunidad de hablar con Roa Bastos sobre el hecho generoso de que la haya reseñado?

—No recuerdo, porque no nos congratulamos los escritores unos a otros por las reseñas. Hay un pudor en eso.

—¿Pero usted tenía contactos con él?

—¡Sííí! Nos conocíamos muy bien, nos veíamos mucho, era un muy buen amigo.

—Por otro lado, ustedes participaron juntos en un congreso de literatura que se realizó en Concepción (Chile), en 1962, hace exactamente 50 años. ¿Qué recuerda de aquello?

—Recuerdo todo, porque fue tan excepcional. Llegué una noche y lo que primero que oí fue la voz de Neruda. Estaba recitando junto al mar. «Suceeeede que me caaaaanso de ser hoooombre» (imita la forma de leer poemas de Neruda). Ahí se dio cita media humanidad, y allí estaba Roa Bastos, Pepe Donoso, estaba Alejo Carpentier, estaba José Bianco. Estaba media humanidad. Era un congreso muy poblado de buenos escritores. Tomamos posiciones políticas frente a este sociólogo norteamericano…

—Frank Tannenbaum…

—Tannenbaum, quien hizo una proposición que a todo el mundo le puso los pelos de punta, que era hacer una federación de Estados Unidos con América Latina, ¡que América Latina se una a Nebraska! Y salimos todos en contra de esto y de la herencia cultural nuestra.

—Algunos lo «sindican» a usted como el cabecilla de la rebelión…

—(Risas) Yo fui el encargado del discurso.

—Se cumplieron 50 años de la publicación de La muerte de Artemio Cruz. ¿Es esta la novela que lo vuelve definitivamente un escritor maduro, en posesión de su propia voz?

—No. Uno como escritor nunca es maduro, ¡por fortuna! Siempre hay que estar inseguro, experimentando, y sintiéndose un pobre hijo de la chingada. Siempre está uno por hacer y comparándose. Óigame, no sé si soy un escritor maduro si me comparo con Shakespeare y Cervantes. Pues no. Soy un principiante apenas.

—¿En qué momento de su carrera cree que se halla su escritura en estos momentos?

—Tengo muchas novelas, estoy escribiendo mucho, es lo único que me da juventud. Eso y el amor de mi mujer. Y algunos amigos, no hay otra jugada.

—¿El Nobel?

—No. En eso no se piensa. En todo caso no lo obtuvo Kafka, ni Proust.

—Le gustaría más formar parte de ese ilustre grupo…

—No digo más nada.

García Márquez y Cien años de soledad

—Si no me equivoco, usted llegó a vivir en Ciudad de México con García Márquez y Donoso. Creo que fue la época en que García Márquez había empezado la escritura de Cien años de soledad

—No, fue después. Porque yo me fui a París, y entonces nos escribíamos muchas cartas.  Y Gabo me dice: «Tengo una brillante idea, se llama Cien años de soledad, le dije a Mercedes ¡llena el refrigerador, porque que aquí no salimos hasta que termine!» Y en seis cartas me va contando el desarrollo de la novela, es una cosa preciosa que yo tengo guardada bajo siete llaves.

—¿Alguna vez cree que podremos acceder a ellas?

—Dentro de 50 años, sí.

—En Cien años de soledad en un momento dado hay un homenaje, muy temprano, a una obra suya…

—Bueno, aparece Artemio Cruz por ahí (risas).

—¿Cuál fue su reacción al enterarse de que un buen amigo lo homenajeaba en una gran novela?

—Nos realizábamos referencias mutuas, yo metía a gente de García Márquez en mis libros y él metía a gente mía en los suyos. Era una forma de fraternidad, era un grupo muy unido. Hacíamos estos juegos que nos parecían simpáticos, nada más.

—¿Le parece que hoy se puede escribir una novela como La muerte de Artemio Cruz?

—Sí, cómo no.

—Digo en el sentido de ese nivel del trabajo del lenguaje, de cierta experimentación. En nuestro tiempo hay novelas como más laxas, por llamarlas de alguna manera.

—Yo tengo una novela que compararía para la época actual de México con Artemio Cruz, que es La voluntad y la fortuna, contada por una cabeza cortada, arrojada a la bahía de Acapulco, y que es la que va a contar la novela de lo que pasó cincuenta años después de Artemio Cruz.

—En su conferencia en la Feria del Libro (en mayo de 2012, en Buenos Aires) hizo alusión a una nueva novela suya, Federico en su balcón. ¿Qué puede decirnos de ella?

—Aparece en noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara. Está terminada, entregada, está lista (se publicó, efectivamente, en noviembre, de manera póstuma).

—¿Habla de Nietzsche?

—Mire, Nietzsche dijo «Dios ha muerto». Y Dios dijo: «Tan no he muerto que te resucito y te mando a Berlín en el año 2012». Está en un balcón de Berlín, y yo narrador, abro el balcón a las 5 de la mañana y veo a un bigotón que está mirando el amanecer, y es Nietzsche. Allí hay un diálogo entre los dos, que es la novela Federico en su balcón. Habla Nietzsche, yo hablo, comparamos el pasado con la actualidad, en fin, usted la verá, espero que la lea.

La narrativa latinoamericana actual

—¿Qué opina de la narrativa latinoamericana contemporánea? ¿Hay algunos nombres destacables?

-Muchos, y muchos están en mi libro (La gran novela latinoamericana). Está Arturo Fontaine, está Santiago Gamboa, hay mucha gente nueva que aparece ahí, pero produce tanto la joven literatura latinoamericana que ya me quedo atrás, eh. Hay mucha gente muy reciente que apenas aquí llego a Buenos Aires me entero que está Fulano, Mengano y Zutana. Es una literatura muy vital, porque nosotros éramos diez, doce en el boom, no más. Y el post boom trajo centenares de escritores. En el Salón del Libro de París hace dos años, dedicado a México, había cuarenta y dos escritores mexicanos, a condición de que estuvieran publicados en francés. Cuando yo era joven nada más yo y Rulfo y Paz estábamos traducidos. Ahora hay cuarenta y dos, y si suma usted colombianos, chilenos, argentinos, peruanos, pues hay varios centenares, es muy impresionante.

—¿Cuál es el futuro de la novela en América Latina?

—Creo en el futuro de la novela porque ha sobrevivido a todo, a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, al cine, a los medios masivos, y la novela sigue porque la novela dice lo que no puede decirse de otra manera. Mientras hay algo que no puede decirse sino a través de la novela, pues habrá novelas.

—¿Ha superado ya su origen de burgués?

—Yo no creo que haya un género burgués. Nadie exaltó más a los escritores rusos del siglo XIX que el régimen soviético. No permitía a sus escritores ser como Tólstoi, pero a Tólstoi lo querían mucho.

—¿Cuáles son los centros de referencia contemporáneos en América Latina? En su tiempo eran Buenos Aires, México… ¿Sigue siendo igual o hay centros emergentes?

—Yo creo que ya es muy mundial el asunto. Ya un escritor no representa tanto a su país como a sí mismo. Las novelas suceden en determinadas partes. Milan Kundera sucede en Praga, Nadine Gordimer en Johanessburgo, pero no decimos la literatura sudafricana o checa porque no es literatura de esos autores con ese espacio geográfico que es su país. Pero en realidad hay una constelación de muy buenos escritores más que de grandes literaturas. Eso se dejó atrás, yo creo.

—El concepto, la categoría de literaturas nacionales…

—Sí, fue muy rebasado ya…

—En El insomnio de Bolívar, Jorge Volpi habla de la inexistencia de la literatura latinoamericana en el sentido más o menos que usted dice.

—Tiene razón. Hay libros escritos en México, en Argentina en español, pero generalmente son libros de un autor más que de un país.

—Usted escribió bastante contra George W. Bush, tiene un libro titulado así: Contra Bush. Luego del largo periodo republicano, ¿cómo ve a Obama?

—No es un cambio de la noche a la mañana. Obama realmente representa una nueva visión para los Estados Unidos que los mismos Estados Unidos no acaban de comprender, porque siguen capturados en una visión imperial que ya pasó. Obama se dio cuenta, y el discurso de El Cairo es esencial para entender a Obama, que el mundo ha cambiado. Creo que hay un mundo cambiante, no sabemos a dónde va, no sabemos cómo nombrarlo, pero Obama es muy representativo de este cambio, de esta mudanza de un mundo periclitado, de la Guerra Fría, del predominio norteamericano, a un mundo nuevo que no sabemos nombrar todavía pero que está cambiando.

—¿Qué es México hoy para Carlos Fuentes?

—Es mi país, con todos sus conflictos, sus diferencias sociales, cambios generacionales. Están pasando muchas cosas, no sabemos a dónde vamos, pero sé que hay una gran distancia entre un país que ha logrado una clase media bastante amplia, la más amplia que hemos tenido, que ha logrado una economía más o menos próspera, de exportación, pero que tiene a la población con menos de 30 años descontenta, ahí hay un conflicto latente.

Nota: esta entrevista fue publicada originalmente en Última Hora en mayo de 2012.

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