Café con leche con pan y manteca. Editorial Arandurã. Asunción, Paraguay, mayo de 2013. 304 páginas.
No es novela de acción; los personajes se mueven en el pasado: el padre, la madre, la amante de César, y los recuerdos de juventud de Estela. Los personajes viven sus conflictos internos, que los acompañan a lo largo de su existencia: deseos insatisfechos, errores irremediables, confesiones íntimas, fracasos; confusiones emocionales que constituyen sus propios fantasmas, que se corporizan para martirizarlos. Estas confesiones se exteriorizan en monólogos que expresan machismo, subordinación conyugal, estructuras de dominación de la dictadura stronista, esclavitudes de vicios, miserias sociales, tiranía de los mayores hacia los hijos, ingratitudes, abandonos, olvido e indiferencia hacia los ancianos.
Un clima de tristeza envuelve la novela, los personajes se cuestionan su propia existencia, y la inacción para luchar por el propio bienestar y la búsqueda de la felicidad los convierte en seres taciturnos, como expresa el mismo relato. Fracasados, conformistas, aun los luchadores se abandonan, dejan de batallar y se allanan a una vida gris, y lo expresan con marcado cinismo. Ningún personaje es alegre; la luz, los colores se disfrutan en soledad; la música sirve como motivo de reflexión culta, no se la disfruta ni se la comparte. La felicidad se vuelve esquiva.
Por fin diré que es una novela a ratos filosófica, como en los pasajes en que se reflexiona sobre el tiempo o la muerte. La crítica social es áspera, la voz del narrador enjuicia y condena, se sirve de la metáfora muy bien lograda en magistral alegoría refiriéndose a nuestro país.
Maribel Barreto
Lo escrito es una confesión y en muchos casos una redención. No sabemos si Casola pretende redimirse, pero sí trazar una novela bien escrita, personal y original con la que transmitir un proceso observado a lo largo de su vida. Su experimentalismo no es fatuo, no es un simple juego: la novela aborda tanto la inspiración (sobre todo con el personaje del inquisidor) como su composición, además de relatar acontecimientos en una atmósfera que recuerda a la de su primera novela: El Laberinto, de la que ahora se cumplen 40 años de su edición. Al fin y al cabo, César se aproxima mucho a la protagonista de aquella novela, Susana, aunque esa soledad del mundo, inaccesible, también se percibe en Estela, quien, como ella, no tiene claro el objetivo por el que lucha, y termina por aceptar las imposiciones de un matrimonio vulgar y corriente y con hijos. En esta nueva novela son César y Estela quienes se encuentran en un laberinto de la mediocridad.
Posiblemente estemos ante la novela más redonda del autor. Se traslada ese universo tan personal manifestado en otras obras como Segundo Horror o los cuentos de Firracas y pandorgas. Es Casola un creador convencido, un examinador de una realidad asfixiante que traslada a su novela Café con leche con pan y manteca, incluso con sentido del humor en ocasiones, o al menos ironizando sobre su sociedad. Como manifiesta en el prólogo, es un privilegiado que conoce la vida a plenitud. Y la tarea narrativa. De resultas de este conocimiento, nos brinda una novela culta, más amena de lo que puede pensarse al examinar su estructura, y llena de emoción dentro de un mundo abrumador y tedioso.
José Vicente Peiró Barco
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