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Beto Ayala era Beethoven

El actor de teatro, televisión y cine Beto Ayala murió el lunes 30 de julio de 2012. Tenía 45 años. Al día siguiente, la escritora Gabriela Alemán, quien consideraba al actor como su mejor amigo, escribió una semblanza sobre la persona Beto Ayala que ella conoció y quiso.

Beto y yo frente al Mississippi.

Beto y yo frente al Mississippi.

Lo comprendí cuando la ovación que el público le dio a La Polvareda en Nueva Orleans duró más de cinco minutos. El grupo de artistas, bailarines, actores, gente de la ciudad, estudiantes y profesores de las Universidades de Tulane y Loyola no se quería retirar. Los aplausos se esparcían en ondas y, cuando parecía que terminaban y Beto se alistaba  para bajar del escenario, volvían y se mantenían como una ola perfecta que podría durar kilómetros sin quebrarse. Cuando por fin lo dejaron bajar para cambiarse de ropa (y, sobre todo, para ir a tomar algo y comer: en Nueva Orleans se tiene prioridades inquebrantables) tenía por lo menos dos propuestas para remontar la obra en otros teatros de la ciudad y la posibilidad de hacer contactos para mostrarla en Nueva York y San Francisco. Beto estaba radiante. Fue verlo y recordar algo que había leído en voz alta dos días antes. Comenzaba la primavera y las flores se habían tomado las veredas y los porches de la ciudad y habíamos sacado el desayuno a la terraza mientras Beto observaba el ritual establecido desde su llegada. Entró en la casa y sacó un libro de la estantería: era una compilación de textos periodísticos de Onetti. Mientras yo servía el café, abrió el libro en una página cualquiera y leyó en voz alta: «Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó habría sido el director de la banda del pueblo». Estallamos en carcajadas, comimos nuestras tostadas y croissants y salimos a pasear por el Barrio Francés. Solo dos días después entendí lo que leyó, cuando vi al público ovacionarlo: Beto Ayala era Beethoven.

Conocí a Beto cuando ambos éramos adolescentes. Él había llegado un poco antes que yo a Asunción. A los diecisiete años lo único que yo hubiera podido hacer al conocerlo era lo que hice: enamorarme de él. Beto era una mezcla explosiva de afán, dulzura, maldad, ángel y talento. Era puro potencial y aunque tenía muy claro qué quería ser, no tenía ninguna idea de cómo lograrlo. Y por eso trataba todas las puertas. Él me descubrió Asunción. Asunción y la vida. Luego de establecer que no podíamos ser novios, fuimos algo mejor: amigos. Mi mejor amigo, con el que pasé la primera noche fuera de casa. Tomamos un bus que ninguno de los dos conocía y cuando llegó a la parada final, en el campo, en la mitad de la nada, nos bajamos y caminamos mientras hablábamos, rodeados de luciérnagas, sin que nos importara la hora o dónde nos encontrábamos, hasta que amaneció; luego me ayudó a treparme por la ventana de mi cuarto al regresar a la ciudad y él me siguió atrás. Seguimos hablando hasta colapsar de cansancio. Beto no necesitaba de casas, siempre andaba de mudanza en esa época. Le daban igual; quería vivir, no dormir, por eso no dejaba de abrir puertas. Una de ellas lo condujo a José Luis Appleyard. Por entonces Beto escribía poesía y Appleyard le leía los poemas y nos invitaba cada tanto a acompañarlo a tomar algo con él en una cafetería esquinera cerca de la  Plaza Uruguaya donde lo conocían y le trataban con la deferencia que se merecía. Ese era el tipo de regalos que me ofrecía Beto Ayala: tomar naranjada con un dandy en el calor sofocante del verano paraguayo. Appleyard vestía traje de tres piezas y un bastón con empuñadura de plata mientras, a veces, nos recitaba: 

Ya es ayer pero entonces era siempre

un trasegar de horarios inmutables

desde la noche al sol.

Cada semana

era distinta e igual a la siguiente.

El niño desdeñaba el calendario

y su patrón reloj era el cansancio.

Edad sin equinoccios, solo el tiempo

de ser feliz y entonces ignorarlo.

Pasó el tiempo y aunque le hacían invitaciones a distintos países y ciudades —recuerdo que en Alemania fue un éxito el montaje que llevó de la mitología guaraní—, siempre regresaba a Paraguay. Amaba su país por todo lo que era y podía ser, lo odiaba por las mismas razones. Amaba su cultura —fue a investigar junto a Meliá para una de sus obras—, la musicalidad del guaraní; la historia del país, demasiadas veces oculta en polvaredas de olvido; odiaba la intolerancia, la mirada corta, el autoritarismo. Nunca dejó de salir a manifestar sus rechazos y también sus adherencias a las calles, pero su apuesta por un cambio era lenta y paciente. La libraba en los talleres que daba, en las clases que impartía, en su terquedad por ser fiel a sí mismo. Beto nunca se traicionó. Beto vivió con elegancia: nunca amargo ante los triunfos ajenos, feliz por los avances colectivos, decepcionado por los retrocesos pero sin rendirse ante ellos. Y muy consciente, en los últimos años, de que vivía demasiado cerca de Tacuarembó. El afán de antes se volvió pausa. Trabajó en radio, televisión y cine. La gente lo reconocía por las calles. Lo reconocían pero no lo veían; si lo hubieran visto habrían sabido junto a quién caminaban.

Beto era un príncipe que flotaba sobre las calles de Asunción. Nos conocimos de adolescentes, crecimos juntos conociendo nuestros pequeños triunfos y nuestras peores derrotas, nos vimos a los veinte, a los treinta, al principio de los cuarenta. Y, desde ayer, ya no voy a poder esperar que, por fin, le ofrezcan en el cine el papel protagónico que tanto quería; ni buscar en los diarios paraguayos la reseña que hable de su última obra; ni viajar a Asunción para pasear, tomados de la mano, por Palma y acabar de madrugada en uno de esos negocios que sirven empanadas a las tres de la mañana luego de un largo día de descubrimientos. Ese lobo solitario que era él, que soy yo, nunca más será una manada de dos. Desde aquí, tan lejos, alzo una copa y hago un brindis por la vida de Beto Ayala.

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