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Bareiro Saguier y un camino de andar interminable

En septiembre de 2001, la escritora Susy Delgado entrevistó a Rubén Bareiro Saguier, quien acababa de publicar el libro Camino de andar, una compilación de poemas éditos publicada por la Editorial Arandurã en la colección Letras Paraguayas. Compartimos la entrevista completa en memoria del escritor.

Ruben Bareiro Saguier. Fotografía: Danilo De Marco.

Ruben Bareiro Saguier. Fotografía: Danilo De Marco.

«La poesía me salvó» fue el primer comentario en nuestra charla con Rubén Bareiro Saguier, sobre este recuento hecho libro en Camino de andar, el volumen que reúne toda su poesía édita y que fue presentado el miércoles pasado por Editorial Arandurã. El comentario alude a las difíciles circunstancias de salud que el escritor sobrellevó hace algunos meses, en medio de las cuales recibió la propuesta de elaborar esta compilación.

«Es un gran estímulo ver la propia obra reunida en un volumen —dice el escritor, explicando su adhesión entusiasta a aquella propuesta—, y sobre todo, en un momento como el que me tocó vivir. Encerrado en casa, sobrellevando una difícil situación de salud, empecé a reflexionar, a hacer un balance sobre mi vida y mi trabajo. El primer resultado fue sentirme empujado a proseguir la interminable andadura de Antonio Machado, por eso el título del libro, que alude al camino que se hace con la sangre de las palabras. Y esto que digo no es sólo una metáfora, sino que de este modo, me puse a escribir mis reflexiones desde una nueva perspectiva».

El poemario que se fue gestando en esta tarea de inventario y balance, tiene hoy un nombre provisorio, según nos comenta el escritor: Ladera, aludiendo, según dice, a ese tiempo de declive que no se puede eludir, pero que también «es como partir de nuevo», al recomponer en la valoración de la memoria, los retazos que jalonaron el itinerario vital.

En cuanto al libro presentado días pasados, Bareiro Saguier dice que significó «recuperar muchos papeles dispersos, empezando por esos poemarios que habían aparecido en ediciones limitadas, y terminando en algunas piezas repartidas en antologías y otras publicaciones que no han llegado al público principal que nos interesa, el paraguayo». Agrega que le pareció interesante sumar su volumen al de la colección Letras Paraguayas, porque encuentra que la misma «tiene un sentido editorial que prácticamente no encuentra similares en Paraguay, ya que esboza un proyecto amplio, que abarca no solamente algunos nombres, sino apunta a un orden, a ese proceso generacional que abarcó diversas visiones del mundo y diversos aportes literarios».

Poesía y vida

Todo recuento lleva por lo general, a redescubrir o descubrir aspectos que no estaban demasiado visibles en el conjunto del universo que se pone en perspectiva. Desde este punto de vista, Bareiro Saguier afirma que «la poesía está profundamente ligada con la vida», y recuerda para nosotros: «Yo tuve una vida muy dispersa, de vagamundos impenitente; y la poesía va dejando trazas de toda esa andadura. A la distancia, se descubren cosas que parecieran haberse olvidado, ya sea ex profeso o por defectos de la memoria. Y esta nueva cosecha es una especie de recompensa a ese largo trayecto de palabras. Uno puede darse cuenta que esa ligazón comprende a todos los actos, desde los íntimos, hasta los públicos; en mi caso, pasa por esas experiencias tan distintas como el exilio, la cárcel, mi infancia en Villeta del Guarnipitán, y el amor, un tema capital. Todo eso se reúne y se nos muestra en conjunto, en un volumen como éste, que tiene un sentido muy positivo».

Pero Rubén Bareiro Saguier, recordemos, ha cultivado también la narrativa y el ensayo, como escritor. Por tanto, es buen momento para preguntarle qué lugar ha ocupado y ocupa la poesía entre estos diferentes territorios que ha transitado con la escritura.

«La poesía tiene el primer lugar —es la respuesta clara del escritor—, desde siempre. Yo comencé muy joven con la poesía, y nunca la dejé. Pasé al cuento, como buscando ser más explícito en esa recreación de la historia de mi sociedad. Y para ello, la simple metáfora no me servía totalmente. Por eso pasé a la narrativa. Yo amo mucho el cuento, al que veo cerca de la poesía, por la economía de recursos que implica, por esa equidistancia que debe haber entre sus diversos elementos…»

«Reivindico el cuento, no por casualidad —continúa diciendo, y recuerda a algunos grandes cuentistas latinoamericanos, anglosajones y franceses—. Veo al cuento muy ligado a la poesía, incluso en la retórica, lo cual se dio en mi caso, por ejemplo, con esa presencia subterránea del guaraní en A la víbora de la mar, que tiene algo del Kotyu guaraní. En estos cuentos, yo utilicé, inconscientemente, el sustrato de la construcción profunda de la lengua».

Y en este punto recuerda una anécdota, cuando fue llamado para dar una cátedra de guaraní en la Universidad de París 8, en el año 69, algo que se inscribió en la renovación pedagógica que se dio en esos años, según nos cuenta. «Preparando aquellas clases, conviví con el guaraní en una forma profunda. De ese trabajo, surgió ese libro».

Sigue recordando en la charla a los grandes cuentistas latinoamericanos como Cortázar y Rulfo, hasta que recuerda a Quiroga, en quien dice haber descubierto un día «a un autor guaraní», señalando la transgresión permanente del cuento hacia la poesía, en todos estos casos.

«Con el ensayo, a mí me ocurre lo mismo. Yo no me considero un ensayista profesional; escribo ensayos sobre lo que me interesa, y cuando lo hago, tampoco varía demasiado mi instrumento. Cambia tal vez en alguna medida, porque hay reflexiones, ideas que debo explicar claramente, pero en cuanto costado pueda, se introduce también la poesía. Hasta en los panfletos que he escrito en mi vida, que fueron muchos y que yo los reivindico, estuvo la poesía».

El problema del guaraní

Rubén Bareiro Saguier ha sido uno de los propulsores más importantes del proceso de revalorización de la lengua guaraní, iniciada con la Constitución de 1992 y continuada con la implementación de la Reforma Educativa. En vista de algunas recientes polémicas relacionadas al capítulo específico del programa de alfabetización bilingüe, es un buen momento para preguntarle al escritor su opinión sobre el desarrollo de este proceso.

«Nuestro guaraní está muy influenciado por el castellano —comienza diciendo Bareiro Saguier—. Esta es una realidad innegable que debe ser atendida. Vivimos una situación similar a la de otras lenguas en contacto, y no hay razones para que salgamos de ciertos esquemas generales, por ejemplo en la adopción de ciertas palabras, como “teléfono” y otras, que con pequeñas diferencias o ajustes en cada lengua, se internacionalizan. Las lenguas las hacen los pueblos, y si los pueblos no adoptan ciertos neologismos que pretendemos imponerles, es inútil. Hay que tratar de no caer en el error de querer quemar etapas a destiempo, buscar el ritmo que acompañe a las necesidades y respuestas de la gente».

El escritor recuerda la falta de formadores que todavía subsiste en este proceso, como la falta de recursos en un amplio sentido, lo cual condiciona en gran medida este proceso, que, sin embargo, a su entender, debe continuar, porque el mismo «no se reduce a la afirmación identitaria, sino a la afirmación de la presencia de una lengua viva, rica, que cuenta con muchísimos hablantes. Una lengua que, en este proceso de mundialización, constituye una valla para no caer en el magma cultural que nos amenaza. El guaraní es nuestra mejor defensa en esta circunstancia. Tenemos el privilegio de una sociedad mestiza que todavía conserva una lengua indígena viva y debemos defender esa riqueza, sin renunciar tampoco a la otra lengua, que significa el vínculo con el mundo, el castellano. Yo creo que ambas lenguas se complementan magníficamente y que si tienen algún conflicto, no tiene mucha importancia».

«Deberíamos abandonar las posiciones extremas o fanáticas y sentarnos a discutir los problemas que afectan a la lengua, buscar nuevos caminos para esta lucha. Por ejemplo, sería muy bueno que el juicio oral se pudiera hacer ya en guaraní. Pero todo tiene su costo, que debe ser estudiado, de modo a que no dañe el proceso. Deberíamos esbozar una crítica respetuosa y seria de la eficacia de lo que se está realizando y buscar racionalmente que la lengua se fortalezca».

El fracaso de la palabra

Finalmente, era obligado pedirle a Rubén Bareiro Saguier, trabajador de la palabra, su impresión sobre esta situación de aparente fracaso de este delicado instrumento en nuestros tiempos, cuando el hombre pareciera empeñado en seguir dirimiendo sus conflictos con otros medios mucho menos humanos o dialogantes.

«Vivimos un tiempo muy difícil, “salvaje” en el sentido peyorativo de la palabra —responde el escritor—. El exceso de cientificismo, del desarrollo de los recursos técnicos, ha llevado a esa distorsión. Naturalmente, no se puede estar en contra del progreso de la ciencia, pero cuando ella lleva a reducir el relacionamiento social a sus términos, se derivan las situaciones como las que vivimos. Aparecen, por ejemplo, estos procesos de fanatismo y regresan las guerras religiosas que creíamos superadas. Nos estamos hundiendo en la confusión, pero ahora con mayor peligro, porque los medios de destrucción son más aterradores que antes».

«Está fracasando la palabra —es la reflexión contundente del escritor—. Los organismos internacionales y sus discursos quedan en letra muerta, lo mismo que la opinión de todos los sectores pensantes o sensibles de la humanidad. No obstante, yo estoy orgulloso de pertenecer a la “civilización de la palabra” que fundaran los guaraníes. Deberíamos recordar por ejemplo a los chamanes que al iniciar el día debían dirigirse a Ñamandú, para establecer la comunicación entre lo humano y lo divino; esas lecciones de una profundidad, una belleza y una riqueza ejemplar que nos dejan estos “indios salvajes”, en realidad hombres refinados, admirables teólogos de la selva. Deberíamos reflexionar sobre el valor de la palabra, sobre el valor de nuestra lengua, en momentos como éste».

Nota: esta entrevista se publicó originalmente en el suplemento Cultural del diario La Nación en septiembre de 2001.

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