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Bareiro Saguier: símbolo de la escritura en Paraguay

En abril de 2008, la revista centroamericana Carátula publicó su edición número 23, dedicada a Paraguay. En ella, Francisco Sancho Más entrevistó a Rubén Bareiro Saguier, quien falleció en la noche de hoy, martes 25 de marzo de 2014, en Asunción. Compartimos la entrevista completa en memoria del escritor paraguayo.

Rubén Bareiro Saguier, por Daniel Mordzinski. La fotografía se encuentra publicada en el libro El país de las palabras.

Rubén Bareiro Saguier, por Daniel Mordzinski. La fotografía está publicada en el libro El país de las palabras.

Premio Nacional de las letras en Paraguay, vuelto al Paraguay como su gran amigo Roa Bastos hace pocos años. Quizá es usted un símbolo en vida de la escritura en Paraguay.  ¿Cómo se siente ahora a sus 77 años, después de tantos años de exilio?

—No puedo negar que el Premio Nacional de Literatura me ha colmado de satisfacción, que la ausencia del exilio no haya hecho desaparecer mi nombre en el lugar de mis orígenes. Esa justificada alegría del regreso no creo que se convierta en «símbolo de la escritura» en mi país, pero me afirma como uno de los escritores a los que el exilio no borró. Y eso es importante porque mantiene el estímulo, el deseo de seguir escribiendo. Y me cobijo bajo el simbólico doble siete de mi edad. Lo del exilio merece un párrafo aparte.

Dos años después de haberse exiliado nació esa obra suya, Biografía de ausente. De usted escribió Roa Bastos: «Es también evidente, Rubén, que vos y yo rengueamos de la misma pata bajo el peso de esa piedra negra del «diestierro» que tratamos de remontar como el Sísifo de Camus hasta la cima de un vacío existencial que no se puede llenar con nada, pero donde ulula un viento lúgubre de serenata a la “amada muerta”.» Dicen que el exiliado nunca deja de sentirse extraño, incluso al retorno. ¿Es así?

—Antes de partir —con una beca del gobierno francés— yo era un aprendiz de escritor, deseoso de serlo de verdad. Las circunstancias políticas  imperantes, la larga e implacable  dictadura del tirano Stroessner nos  ponía ante la realidad: la lucha de la dignidad, la militancia en la resistencia civil y universitaria, nos convirtió en víctimas propiciatorias y convencidas de nuestro rol de combatientes en esos años siniestros. Conocimos las comisarías, celdas, cárceles por enfrentar al tirano y defender  los valores ciudadanos. Cuando podía redactaba los artículos que eran publicados —no siempre— y comencé a escribir poesía.

La alusión a  Biografía de ausente que hace es muy pertinente, pues apareció después de años de ausencia, recuperando las vivencias, falencias y moriencias. Es mi primer poemario y se nutre de toda esa época de persecuciones y mordaza que viví en mi país durante largos pozos de silencio. Mi bibliografía se limitaba a un libro de texto de literatura…

Dos años me llevó publicar ese libro que rompe un silencio que me quemaba por dentro, «rengueando de la misma pata», esa con la que no podía pisar mi  tierra. Esa que me hacía bambolear a causa de la «piedra negra del destierro». Hace bien Roa Bastos en citar a Sísifo que sería nuestro «patrón», si fuésemos creyentes.

El exilio es la pena más cruel que existe, puesto que es pena de muerte «a cuenta gotas»: no puedes pisar tu tierra natal hasta que se mantenga la instancia que dictó la condena. Me tocó la mala suerte de ser «condenado» en épocas del tiranosaurio. Y viví 19 años lejos de mis pagos, sin que me permitieran pisar la tierra en la que sepultaron a mi madre.

El sentimiento más intenso que compone el ostracismo es la nostalgia, esa presencia edulcorada de todo lo que es hermoso y grato que uno perdió al partir. En verdad, es una ilusión resultante de la ausencia. Yo también caí en la trampa, pero con un esfuerzo de reflexión, asumí el exilio plenamente. Tanto más que tuve la suerte de respirar el aire de la libertad y de estudiar en una universidad de las más prestigiosas del mundo. Me hice de amigos y oficié de representante «de facto» de mi desconocida y lejana patria, representándola en cuanta actividad cultural y política hubiere.

Si tuviera que escoger una obra de las suyas donde se traduce mejor todo este efecto de su patria en su cuerpo y en su vida, ¿cuál sería?

—Sería Ojo por diente.

Ojo por diente, premio Casa de las Américas en los setenta, es un libro clave. La literatura de calidad y compromiso ha perdido seguidores y hacedores. Se ha vuelto al arte por el arte y porque sí. ¿Es mejor así? ¿Cuál es el sitio de un escritor ahora?

Ojo por diente es, en efecto, como dice usted, un libro clave en mi escritura. Tenía publicados tres poemarios y el dictador continuaba en el ejercicio omnímodo de su arbitrariedad, torturas, crímenes, Operación Cóndor y otras «hazañas». Poco a poco me fui sintiendo cómplice del tirano al no abordar los horrores, que eran de público conocimiento. Como yo no soy un historiador o cronista, y ante la vergüenza de la indiferencia de mi obra literaria, pensé en los recursos que abre la narrativa. Es un género más «explícito», en lo que a descripciones y situaciones se refiere. Y en vez de oponerse a la poesía, utiliza ingentes recursos retóricos, rítmicos, figurativos, dando fuerza a la expresión, decidí intentar el cuento, que concentra la acción y le da vigor.

Trabajé con entusiasmo, con unción y cuando a fines de 1970 logré elaborar un material que me pareció de una cierta consideración, en calidad y en cantidad, envié al concurso de Casa de las Américas en Cuba.

Eran visiones, relaciones, circunstancias que conocía bien, buena cantidad relacionadas con mi infancia y adolescencia en Villeta del Guarnipitán. No podría negar que la alegría fue grande, así como el costo fue caro.

¿Cuál fue el precio?

—En efecto, unos meses después, regresé a mi país y fui acusado de ser un «enviado de Fidel Castro a fin de incentivar la lucha de clases y el refuerzo del Partido Comunista entre los intelectuales». Fui llevado a la terrible División de Investigaciones (Policía política), en donde muchos fueron asesinados por el sanguinario Jefe. En cuanto a las causas de mi apresamiento eran todas falsas: yo fui y soy amigo de Cuba pero no soy ni comunista ni anticomunista… Pasé  encerrado en una celda iluminada noche y día un mes y 17 días, al cabo de los cuales me llevaron directamente de la cárcel al aeropuerto.

Durante el lapso de la prisión, el tiranosaurio y las diferentes altas autoridades recibieron cerca de 7.000 cartas, telegramas, reclamaciones, de los intelectuales y los ciudadanos paraguayos (más de cincuenta fueron amonestados) y alrededor de 30.000 mensajes de escritores intelectuales sindicalistas extranjeros, entre ellos cuatro premios Nobel.

Culminando la respuesta de las varias actividades en mi vida que usted señala, creo que ellas están dispersas en toda la obra; me sería difícil atribuir una actividad privilegiada: mi cuerpo y mi vida son las traducciones de esa larga andadura vital. Incluyo la de embajador.

Usted es de los escritores latinoamericanos que se exiliaron a Francia, como tantos otros en aquellos años. Una auténtica comunidad que redescubre Latinoamérica estando lejos, en palabras de Carpentier. ¿Eso mismo le ocurrió a usted?

—Sí, pertenezco a la comunidad de escritores latinoamericanos que se exiliaron en París en los años duros de la represión salvaje que asoló el continente desde la caída de Allende. Cada uno de estos países «ocupados» salvajemente fueron víctimas de una asociación de militares asesinos apoyados por los yanquis. Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, fueron ocupados, vejados por la internacional del crimen, y naturalmente los intelectuales, escritores y científicos sufrieron, siendo perseguidos, torturados, ejecutados, arrojados desde los aviones («Operación Cóndor»). Naturalmente el refugio fue París, y digo naturalmente pues allí vivían varios intelectuales y recibieron a los primeros prófugos. Fue allí que se concretó  lo que fue denominado el «boom» (nombre forzado) o el grupo de los nuevos narradores. Este acontecimiento creó una dinámica intensa, pues los componentes del «boom» fueron abiertos y solidarios. Fue la narrativa la que apareció —y con razón— como centro de las actividades. Los líderes no fueron exclusivos y los que no hacíamos parte como «integrantes plenos» fuimos amigos, compañeros de  los líderes. Y la escritura tuvo un efectivo repunte. No hay que olvidar  que la Revolución Cubana estaba muy presente en los ajetreos del «boom».

Creo recordar que usted dijo una vez que se hizo escritor por una gastroenteritis. ¿Cómo fue eso?

—Me hace gracia que le haya llegado la humorada de que me volví escritor por «gastroenteritis». Aunque fue una humorada, hay un trasfondo de verdad. Tendría yo entre dos y tres años cuando me tomó la enfermedad que, por entonces era letal: la gastroenteritis. Los médicos hacían lo posible y lo imposible. Hasta que una noche le apartaron a mi padre y le dijeron que ellos ya nada podían hacer… «si amanece…». Le espetó el más amigo de la familia. Esa noche nadie durmió en la casa, salvo yo. Y bueno, amanecí y sigo amaneciendo. Fue considerado un milagro pues no existían drogas como la penicilina, por ejemplo.

La humorada tiene su origen en el hecho de que, aunque me salvé, quedé escuálido. Y en consecuencia no pude dedicarme a los juegos violentos con mis compañeritos (fútbol, por ejemplo). Ello me indujo a practicar actividades menos bruscas (trompo, bolita, círculo, etc.), y empezar a frecuentar la biblioteca de la casa. Ello me fue induciendo a la lectura, a la reflexión, de que  alguna manera me habrá ido empujando hacia la escritura.

Además de la escritura, usted es un cuidador e investigador de la lengua guaraní, quizá la lengua indígena con mayor tradición y más respetada en América Latina. En su opinión, ¿qué distingue al Paraguay en su cuido por el guaraní, diferente al de otros países por sus lenguas indígenas? Lo digo porque incluso durante las dictaduras, el guaraní fue cultivado.

—El guaraní es la lengua fundadora de la nacionalidad. En efecto, en la primera expedición que la monarquía envía a la parte sur del Imperio del Río de la Plata, Don Pedro de Mendoza funda Buenos Aires, lugar en que los río Paraná y Paraguay desembocaron en el Atlántico. Zona de indios bravos, Don Pedro envía expediciones agua arriba para buscar sitio más seguro en donde acampar y realizar fundaciones. El 15 de agosto de 1537 los españoles se ponen en contacto pacífico con el grupo Karió, de la etnia guaraní.

Las armas de fuego, disparadas al aire, los perros y el acercamiento amistoso entre uno y otro grupo sella la convivencia. Las relaciones, el pacto fue creando una nación, con un nombre en guaraní —con una pequeña variante fonética para nominar el río— y la referencia a Asunción por la fecha fundacional. Según censos recientes, el 90% de la población comprende el guaraní, hablado en alternancia con el castellano por un 60%. Un porcentaje del 35%  sigue siendo monolingüe  guaraní. Las características señaladas le dan al Paraguay un perfil particular: el de un bilingüismo compartido entre el guaraní paraguayo y el castellano paraguayo, ambos en una coexistencia de imbricada y original realidad lingüística, única en todas las Américas.

Este bilingüismo  no es el resultado de una mera casualidad, sino el resultado de que los españoles no trajeron consigo mujeres, y mientras el soldado guerreaba, la indígena se ocupaba de criar a sus hijos, en su lengua.

El guaraní es en doble sentido de lengua materna: propio y figurado. Hoy día es el único país que tiene lengua una indígena como oficial al mismo nivel que el castellano y la enseñanza en las escuelas es en ambos idiomas. Ambos principios están consagrados en sendos artículos de la Constitución Nacional.

En su último libro de poemas publicado en 2007, Ladera de la tarde, hay unos versos, estos:

Comprendes que la resplandeciente

y a veces tan oscura

morada del pasado

es irreversible.

Te sigue y te persigue

como la sombra que proyecta

tu cuerpo al mediodía.

O se esconde en la noche,

te aguarda en la penumbra

Vestida de euforia o pesadilla.

El recuerdo te impregna

te moja hasta los tuétanos.

—Le confieso que las líneas  que usted cita tienen un carácter general, hechos corrientes de la vida, no a los que hubieran podido surgir después de las afrentas recibidas de la dictadura. Hay evidentemente poemas que fulminan los horrores de la dictadura. Pero son como cuando un grano supura en la mejilla.

Los versos hablan después del recuerdo de la infancia, pero a la sombra de ellos, le quiero preguntar otra cosa: Dicen que usted fue arrestado 30 veces, torturado, exiliado… ¿Dónde lleva o guarda el rencor por todo aquello? ¿Hay tristeza todavía? ¿Es irreversible ese pasado?

—El rencor al que usted se refiere no tiene sino una palabra para expresarlo: ¡ASCO!, el «rencor» no es un concepto tan fuerte como para categorizar la infamia «profesional» con que el tiranosaurio quiso ensuciar el rostro de mi pueblo.

Ahora la corriente cultural en Latinoamérica busca alejarse de los nacionalismos. Me atrevería a decir que lo mismo ocurre en Europa. Cuando uno se encuentra con un poeta y narrador como usted que lleva el Paraguay tan adentro siempre, la pregunta sale sola: ¿Tiene sentido el nacionalismo hoy en día en América Latina, y más después de ver el conato de enfrentamiento andino?

—En efecto, la denominada «mundialización» va reduciendo lo que normalmente llevamos en el fondo del pecho. Personalmente no me preocupo de la corriente en la que navego, aunque sigo muy de cerca los acontecimientos del mundo en que vivimos, sobre todo cuando los mismos afectan nuestras regiones, la incidencia que puede tener o tiene  en  nuestra existencia. Pero divido los terrenos. Tomo partido cuando considero que me concierne o cuando el horror de las guerras ensangrienta el rostro del planeta. Y tomo partido. Pero «el poeta y narrador» que usted ve en mí usa otro lenguaje cuando escribe su obra personal. De todas maneras, la división entre un terreno y el otro no es categórico.

Y sin embargo el Paraguay siempre olvidado en el marco internacional, como una condena del destino. ¿Quizá es un país del que se espera siempre una nueva invención de la utopía?

—El Paraguay es lo que resta de la «Gran Provincia de las Indias», como se la llamaba en el siglo XVI. Tuvo su hora de gloria por sus emprendimientos: fundación de ciudades, población, regiones… Pero pagó la mala suerte de su ambición. Un criollo nacido en Asunción, refundó con los «mancebos de la tierra» (mestizos) la ciudad que fue cabeza de la región y aplastó a la «capital» de todo el siglo XVI. Poco a poco se fue convirtiendo en una «isla rodeada de tierra» (Roa dixit), acallada en medio de su antigua bravura y de su orgullo. La vergonzosa guerra de la «cuádruple alianza» (Inglaterra y sus tres colonias: Argentina, Brasil y Uruguay), prácticamente aniquilaron el país. El enfrentamiento por el «reparto» (Brasil y Argentina), salvó lo que es hoy el país.

Usted participó en esa obra editada por Tusquets que revisa las reducciones jesuíticas, que luego se hicieron célebres con la película La misión. ¿Se imagina qué hubiera sucedido si les hubieran dejado a los jesuitas continuar con el «sacro experimento»?

—La obra nació torcida  (éramos tres autores) y el tema bien conflictivo. Cada vez que leo más sobre las reducciones, más me decepciona esa orden militar y explotadora.

Si uno se acerca a su literatura, qué obras piensa que son las imprescindibles de usted tanto en poesía como en narrativa. No importa que no coincida con la crítica. ¿Cuáles salvaría del fuego y por qué? ¿Si fuera un solo verso y un solo cuento?

—Si debo citar nombre —tarea difícil— diría Camino de andar  y Ojo por diente. ¿Por qué? Son las que recogen los cuentos y los poemas que más me satisfacen. Me doy cuenta que son las que más trabajé. En cuanto a poema o relato, no lo podría decir.

Y si uno tuviera que acercarse a la literatura paraguaya de siempre y de ahora, qué autores recomendaría: Roa Bastos y…

—Naturalmente Augusto Roa Bastos. Conocí bien su «cocina», su pasión por la escritura. Sigue siendo  nuestro más grande escritor, sin duda (para mí).

Hace 3 años, por estas fechas, Roa Bastos murió en tristes circunstancias. Fue su amigo, colaborador, compañero de fatigas y de exilio. Llevaban ambos la tierra muy adentro. ¿Cuál es su recuerdo, anécdota, favorita, de él?

—Augusto Roa Bastos sigue siendo mi admirado amigo. Sí, esa tierra tenía la misma contextura, con diferentes características, lo que nos acercaba aún más. Con fruición él contaba una anécdota. Después de un acto en  el  que él participó, notó que una adolescente lo miraba insistentemente. Venciendo el silencio, le preguntó: ¿Es usted Augusto Roa Bastos? Sí, mi hija, ¿porqué?, le contestó el autor. Yo creía que hacía tiempo había fallecido…

¿Y su obra favorita de Roa Bastos? ¿Me va a decir Yo el supremo?

—No, la novela que prefiero es Hijo de hombre. Sería largo de explicarle por qué. Pero es un texto con entrañas diversas que en su conjunto configuran una excepcional obra narrativa.

Es mi favorita también. Por último, el Paraguay vuelve a poner a prueba su democracia, tanto tiempo añorada después de la dictadura. Hay dudas, a pesar del estallido social en el Marzo Paraguayo de 1999, los cambios no parecen haber llegado. ¿Cómo vive usted este proceso? ¿Cuándo será la hora del Paraguay?

—Es la pregunta del millón. Estamos de elecciones presidenciales y generales. Personalmente veo las cosas muy turbias, tanto más que un partido que está en el gobierno hace 60 años tiene todos los recursos del fraude en sus manos.

Nota: el título original de la entrevista, que se encuentra la versión digital de la revista Carátula, es Pláticas con Rubén Bareiro Saguier.

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