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Asunción en 480 palabras

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La capital del Paraguay festejó sus cuatrocientos ochenta años de fundación el pasado 15 de agosto de 2017. En la RevistaY.com quisimos hacerle un homenaje narrativo e hicimos una convocatoria. Recibimos los cuentos breves y seleccionamos los cinco mejores,  reunidos aquí con la ilustración de Julio de Torres.

 

Nenito, por Nicolás Arzamendia

Nenito sube las calles del Bajo acompañado de otros chicos. Se dirigen a la fiesta del Centro, por el aniversario de Asunción. Es gratis, podrán participar siempre y cuando no les excluyan, como otras veces. Le gusta la música, el alboroto, la gente alegre y divertida, esa que parece no ser culpable de nada. Asiste al musical y se sienta en uno de los canteros de la plaza, alejado de sus amigos. Ellos prefieren recorrer.

Un grupo de jóvenes, que no lo ven, se reúne a su lado, en el cantero. Una chica de pelo lacio y vaquero ajustado se sienta junto a él. Él deja que ella se acerque y, en un descuido, ella lo golpea. Se disculpa y le acaricia la cabeza. Él se enmascara, serio, aunque contento por dentro. La perdona con solemnidad. Se hace a un lado, poco, como para volver a hacer contacto. Pero esta vez el contacto es duro. Un codazo en la cara lo asusta. Las caricias y las disculpas, sin embargo, le colman el espíritu. Él no se mueve de su lugar; no oye la música, sólo las conversaciones.

Normalmente, él es invisible; esta noche, para ella, no.

Nenito se preocupa al verla alejarse, pero sus amigos se quedan. Es buena señal. Observa a los muchachos para detectar alguna despedida. El gentío ya le molesta, ¡tanta gente! Tapehopana pe nde rogape mba’e, piensa. Se le dificulta encontrarla. Quiere que vuelva. Los que quedaron son socialmente ciegos; no lo ven como ella.

Allá viene… Se le escapa una sonrisa. Regresa con las manos cargadas. Debió ir a la cantina. Avanza sujetando dos vasos. Para él, que vuelva ya es suficiente. El vaso grande de cerveza queda en sus manos; el vaso pequeño de gaseosa estaciona lo frente a los ojos de Nenito. Para vos, le oye decir. Su corazón golpea fuerte en sus oídos. La sonrisa se le agranda y sus dientes se dejan ver. Él le agradece y ella por primera vez oye su voz. Como todo caballero, le hace lugar a su lado. Ella sonríe y los ojos achinados se le cierran. Los amigos festejan el gesto. Él no les entiende; solo quiere tenerla cerca.

No se mueve del lugar ni le hace espacio al novio, a ese que los quiere separar. Come hamburguesas, bebe gaseosa y recibe inesperadas atenciones. Hasta conversa, con cierta reticencia, con sus nuevos amigos.

¡No! De pronto, cae en la cuenta de que llega el temido fin del festival. Sin preámbulos, todos se despiden de él. Se alejan riendo y saludándolo de lejos. Ella voltea y sonríe a su amiguito. Cada cual vuelve a su vida.

Nenito regresa a su casa bajando las calles de la Chacarita. Hoy dormirá con el estómago lleno, recordándola.

 

Jeruti, por Nanci Castillo

Pasando entre los autos, cruzando las calles, recorriendo cuadras y más cuadras, observo los edificios, las plazas, los lugares turísticos, sin encontrar la inspiración para escribir un cuento sobre Asunción, en conmemoración a sus 480 años de fundación.

Suelto un suspiro cansado y me sostengo el rostro con las manos, por la exasperación y el sudor. Aburrida, me siento en un banco gastado por el tiempo en una de las cuatro plazas contiguas del Centro, maldiciendo al maestro por la tarea de último momento, en medio de tantos trabajos que entregar y exámenes que memorizar.

De pronto, siento una mano en el hombro que me sobresalta. Miro a la personita parada frente a mí, me fijo en su ropa sucia, rota y con el largo cabello desordenado. El primer pensamiento que me ataca es que me pedirá dinero. Sin embargo, pide otra cosa.

―¿Por qué lo quieres? —pregunto, sabiendo de antemano la repuesta.

―Porque tengo hambre —solo estas tres palabras, contundentes, salen de la boca de una niña indígena de al menos seis años.

Le convido las dos empanadas con la condición de que responda mis preguntas. Sin dudarlo, asiente varias veces con la cabeza mientras se sienta a mi lado, comiendo rápidamente, con grandes mordiscos, atragantándose más de una vez.

Después de un cuestionario breve para conocerla y de sus respuestas difusas, anoto que la sequía obligó a su comunidad a venir a la capital en busca de alimentos y que están asentados en una plaza cercana. También que sus padres y hermanitos recorren las calles vendiendo pulseras elaboradas por ellos mismos o directamente piden dinero a las personas para comer.

Miro a la niña dar un saltito fuera del banco para fijarse en mí con sus grandes y marrones ojos, pintando en su rostro una pequeña sonrisa.

―Gracias —dice suavemente antes de dar media vuelta y emprender camino a un destino incierto y peligroso en medio de esta gran ciudad.

―¡Espera! —grito, y ella se detiene—. ¿Cómo te llamas?

La niña señala a las palomas merodeando el lugar, también en busca de comida.

―¿Te llamas Paloma?

Ella mueve la cabeza de un lado a otro. Pienso un rato qué quiere decirme al continuar indicando a las palomas, hasta que…

—¡Ah, es Jeruti!

Recibo como respuesta una amplia sonrisa, hasta verla alejarse y perderse entre las personas que no parecen prestar atención a su existencia.

 

En defensa de la felicidad, por Alexandra Pose

Aproveché para bajar cuando el bus se detuvo a la altura de Quinta avenida. Caminar hasta el microcentro quizás calmaría el ánimo lúgubre que me acompañaba desde la conversación con mamá. Enrollé un cigarrillo con tabaco y lo prendí. Le conté que venía a la marcha. No veía por qué ocultarlo, no era algo malo. La débil llama del tabaco se apagó y volví a prenderlo mientras recordaba su mirada al pedirme que no asistiera. «La iglesia dijo que está mal, que el hombre es hombre y la mujer es mujer porque Dios así lo quiso». Unos mecánicos me observaron con el ceño fruncido. Seguramente creyeron que estaba fumando marihuana. En este país, estamos acostumbrados a juzgar primero y preguntar después. «Si me querés, vas a hacerme este favor, porque soy tu madre». Y no existe un lazo más fuerte que el de la familia, se le olvidó añadir. A pocas cuadras del destino, recibí una llamada de Chela, una amiga que iba a asistir por primera vez. Me emocionó saber que también estaba en camino.

Al llegar, vi la escalinata atiborrada de globos y la escalera cubierta por una larga bandera arcoíris. Los adornos de colores contagiaban a los transeúntes, invitaban a unirse. Era una fiesta de la diversidad. Sobre la calle, unas chicas, con marcadores y coloretes, se escribían entre sí en la piel y maquillaban a otros chicos. En poco tiempo, nos pusimos a marchar con el canto: «¡Corte de ruta y pasarela!» Busqué a Chela y no la encontré. Coreé las canciones y bailé con la batucada. Revisé el celular, sin señal de ella. «¡Señor, señora, no sea indiferente! ¡Matan a travestis en la cara de la gente!» Llegamos a Casa Paraná y recibí su llamada. La esperé en la esquina mientras la procesión continuaba.

Chela escudriñó a las manifestantes y al verme demoró el paso, con aprensión. Dale, sumate, le dije estirándola del brazo, pero ella se detuvo. Vine a mirar nomás, dijo, haciendo un inventario de la gente. La marcha hizo una parada en la Plaza Uruguaya. Algunas chicas se lucían con trucos de banderas y otras bailaban delante del tránsito paralizado. Chela sonrió al verlas. No puedo hacerle esto a mi familia, me dijo mientras retrocedía.

La corriente me arrastró y nos despedimos, yo con cara de tristeza. En la marcha, seguí pensando en sus palabras. «No puedo hacerle esto a mi familia.» ¿Hacer qué? ¿Ser incapaz de rebelarse ante los deseos egoístas de la familia? «¡La vida es corta, hacete torta!», coreó un grupo de chicas a mi espalda. Sí, la vida es corta, admití, y lentamente la culpa que me invadió toda la mañana fue evaporándose, como el agua al sol. Enrollé otro cigarrillo y lo prendí. Di una calada mientras la marea de cuerpos me rozaba al pasar. Contenta, di otra calada larga, pues entre paso y paso decidí que nunca más complacería a la familia a costa de mi propia felicidad.

 

Madre de ciudades, por Alicia Sosa

Era una mañana de marzo. Fuertes dolores me habían despertado muy temprano. La señal de dar a luz había llegado. Me levanté como pude y alisté a mi hijo para que fuese a la escuela. Ya estaba en segundo grado, por tanto le encargué que a la vuelta se quedara en casa de una vecina. Preparé un bolso con algunas cosas para el bebé, el poco dinero que tenía ahorrado y me acerqué al centro de salud local.

No me recibieron. Ni siquiera con enfermeras contaban ese día. «En Asunción únicamente, señora», dijo la encargada con un tono vacío de compasión. Una hora en bus me separaba de la capital. Por supuesto, no había ambulancia, y un taxi no entraba nunca en el presupuesto.

Emprendí el viaje rumbo al Hospital de Barrio Obrero. Al menos el nombre me sonaba accesible. Al descender del bus aun tuve que andar un largo trecho. Fui directamente a urgencias. «Vas a tener que esperar, mamita, hay otras antes que vos», fue lo que atinó a decirme una enfermera. Mientras aguardaba sentada en un banco de madera, sentía que las puntadas me partían la columna. Ya no podía incorporarme. De golpe, un líquido caliente me empapó las piernas. Entonces otras mujeres pidieron a gritos que me atendieran. Me alzaron a una camilla.

«Necesita una cesárea de urgencia. Busquen a un pariente, hay que comprar insumos». Obviamente, no encontraron a nadie. «Señorita, allí en mi bolso hay dinero», dije a la enfermera. Fue a buscarlo en la sala de espera. Ya no quedaba nada, apenas algunos pañales. No sé cuánto tiempo estuve en la camilla. Perdí la noción y la conciencia. Más tarde me enteraría que me habían practicado una episiotomía.

Solo recuerdo que desperté sobresaltada. La luz mañanera comenzaba a clarear en la ventana, el ajetreo en Asunción marcaba el inicio de otra jornada. De a poco reconocí que estaba en el hospital. Alguien abrió la puerta y empecé a oír un llanto. Levanté la vista y observé a una enfermera entrando con un atadito entre sus brazos. Lo acercó a mi rostro y allí estabas tú, hija mía, una niñita rozagante con la mirada llena de temor. «Llora porque está exigiendo que la alimentes», me explicó como si fuera una madre primeriza. Pero me sentí como tal cuando tomaste de mi pecho tus primeras gotas de leche.

Te cuento esta historia, hija, para que sepas por qué en tus documentos dice «nacida en Asunción», aunque nunca hayamos vivido allí.

¡Ah! Ahora entiendo, mami, por qué antes le decían «madre de ciudades».

Aunque suene metafórico, tal vez esa sea una de las razones… hasta hoy.

 

Sajonia, por Iván Silvero

Sajonia. Sajonia del Cono Sur. No, Sajonia de Asunción. Limitando con el río y el bañado de Cateura, ahí donde aquel completa un recodo viniendo del noreste. Las calles paralelas a la bahía, en Colón comienzan a dar vuelta y se retuercen, se cortan, muestran sentidos, direcciones trastocadas, o sencillamente se pierden. En Sajonia acaba todo rumbo.

El Chaco está lejos, algo así como cruzando el río, pero eso es lejos, nadie toma en cuenta que está enfrente, a nadie le importa, total ¿qué es lo que podemos ver? Un vasto mar de verde descolorido, una sabana, árboles como olas, vacas entre pastizales, y la presunción de estancieros, peones, mennonitas e indígenas, acumulando prejuicios citadinos. Así fue siempre, un vistazo en altura y luego la mirada a otro lado.

Como pasa muchas veces, la identidad del barrio era más grande que sus límites. El peñón junto al río era su vértice norte, casi tragándose Itapytapunta. El barranco en su ribera, constante. Su espalda sin playas se delimitaba entre dos puntos hoy desaparecidos, el Goliat hundido y la flota en desuso de la Marina Mercante. Competían en ser límites inútiles: decadencia y destino; los mismos vecinos los ignoraban.

Eran referencia para los invisibles, pescadores o contrabandistas, los que no eran del barrio. Sin embargo, en Sajonia yo sí fui visible, fui parte de sus caminatas, sus rezos y juegos. No era de ahí y sin embargo era. Viví sus calores y esquinas, viví los amigos. Fantaseé amor de preescolar con una de ojos azules y conocí la timidez de no decirle nada hasta que un día, en primaria, correspondió a otro. También conocí la conquista inesperada de un amor de trece. Y no llegué ni a los catorce por ausencia de besos; los míos jamás le llegaron. Ni a novia alcanzó. Como decían de mí: un «arruinado», loser total.

Hasta que un día decidí escapar del sino siguiendo el río, buscando calles bajo el postulado del agua sinuosa. Un lugar donde no hubiera diagonales trastocadas a corregir. Llegué muy abajo, a una ribera sin orilla enfrente, solo el río, un vasto mar de marrones descoloridos. Y me hice de nuevas verdades y me encontré en sus calles, conocí sus axiomas y paralelas, viví el frío nocturno, sus perfumes, lo recorrí por dentro y por fuera, por arriba y por abajo. Hasta que un día me di cuenta de que, en su trazado damero, de vuelta, yo no era de ahí. Me volví invisible. Fue cuando descubrí que el río bajaba pero no volvía a subir.

Y encontré que en mi nuevo «aquí», donde nadie asocia las calles con Sajonia y no importan los barrancos, justo cuando no tendría sentido corregir rumbos en un damero de calles, estoy de vuelta del otro lado de una Colón imaginaria, ignorando el vasto mar descolorido, besando, sí, pero en Retiro, en calles sin paralelas.

 

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