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Art Deco y un mundo que se desvanece…

Rogelio Vallejo visitó Madrid para ver la exposición La diversidad amenazada, de Eduardo Aznar. En esta reseña, también nos habla de la historia arquitectónica del Espacio Fundación Telefónica y menciona otras exposiciones realizadas en el mismo centro cultural.

Conversación con Eduardo Aznar (izquierda) durante la exposición La diversidad amenazada.

Conversación con Eduardo Aznar (izquierda) durante la exposición La diversidad amenazada.

El edificio Telefónica puede ser un verdadero shock para el que visita Madrid por primera vez. El prominente edificio se encuentra al subir la cuesta de la Gran Vía y a medio camino entre las confecciones estilísticamente heterogéneas del vasto conjunto ceremonial que se extiende desde el parque del Retiro, al este de la Plaza de España, y el palacio real en el oeste. El inmueble, con sus salones ceremoniales y públicos y sus enormes espacios funcionales y técnicos terminó de ser construido en 1930, siendo el primer rascacielos de Europa y convirtiéndose en centro de atención, no solamente por su envergadura sino también por su estilo y por la tecnología que albergaba, totalmente apropiado y muy al día para el propósito que había sido construido: como el centro de telecomunicaciones de España. Su estilo Art Deco es un reflejo de edificios tales como el Empire State y Chrysler en Nueva York, pero bien lejos de ser una copia servil. Vale la pena recordar también que allí el grandísimo escritor Arturo Barea trabajó como jefe de propaganda para la República durante la Guerra Civil, actividad que él cuenta en su imprescindible libro La forja de un rebelde. Hoy en día este histórico edificio continúa a ser tan individual como predominante en el paisaje madrileño.  

Naturalmente, por su posición y eminencia fue un punto estratégico durante la Guerra Civil española, ya que no se trataba solamente de un edificio icónico, sino también de una enorme importancia en términos de comunicaciones en aquel entonces. A pesar de haber sido dañado varias veces durante la contienda, tal es su robustez, su estructura sobrevivió indemne ese trágico período. Luego, aunque el edificio sostuvo diferentes modificaciones a lo largo de los años, continúa siendo un precursor de la arquitectura progresiva que a veces sorprende hoy en España y constituye algo así como un hito que nos recuerda que no toda la arquitectura de los años 30 en los países totalitarios había sido angular y estéril y que, además, se lo podría considerar como un faro ante el eventual advenimiento de la polución franquista de los paisajes urbanos en España, con la construcción de edificios religiosos kitsch y faux moderne y con sus costas arruinadas por urbanizaciones y bloques de cemento igualmente ofensivos —pero que en aquel entonces resultaban altamente rentables, gracias a los fanáticos devotos del sol que invadían sus playas desde el norte de Europa—.

El tiempo ha tratado bien al edificio Telefónica y aunque pueda parecer redundante en términos de las telecomunicaciones actuales, gracias a la Fundación Telefónica se le ha encontrado un nuevo  propósito y una nueva vida, de gran interés y relevancia para la cultura en general con la apertura, en 2012, del Espacio Fundación Telefónica que ocupa más de 6.000 m². En las varias salas de exposiciones se lleva a cabo un amplio espectro de actividades culturales, reuniendo bajo el mismo techo tanto las artes como las ciencias, con frecuencia creando un diálogo interdisciplinario, y que como uno podría esperar, con fuertes conexiones con la tecnología de vanguardia.

En el pasado han tenido lugar innumerables muestras importantes, y coincidiendo con el Año Internacional de la Luz en 2015, se expone el trabajo de Jim Campbell. También se puede ver Instagramers, la primera exposición permanente de fotos Instagram en el continente europeo, compuesta de imágenes de móviles producidas por individuos de todo el mundo; cada una relevante en su propio estilo y reflejando una vez más y muy claramente, la democratización de la fotografía, presentándose además como una nueva forma de arte social. También en estos días se puede visitar una exposición del proyecto Big Bang Data que trata del fenómeno de la explosión de datos, esos datos que generamos constantemente, desde nuestro móvil, a través de las redes sociales, de sensores, de transacciones de compra y venta, de la señales del GPS y que parecen querer ahogarnos. La muestra ofrece oportunidades para cuestionarnos su valor, sus lados negativos y positivos, su influencia benéfica o nefasta en la sociedad de hoy y del futuro.

Mientras que en el pasado la imagen predominante del establecimiento había sido majestuosa y hasta amenazadora, el edificio fue renovado —milagrosamente sin ser arruinado en el proceso— con la construcción de una escalera principal y un ascensor que son evidencias de un fuerte compromiso con los diseños de vanguardia, pero manteniendo el espíritu de la construcción original en un idioma intransigentemente moderno y contemporáneo. El personal de seguridad que antiguamente también proyectaba una imagen intimidatoria, ahora proyecta la seriedad de sus obligaciones, pero respondiendo a las necesidades del público con cortesía y humanidad. Es así que el Espacio Telefónica tiene todo lo que se puede esperar de un centro cultural, no solamente galerías dedicadas a la exhibición del patrimonio tecnológico y artístico de Telefónica, sino también la muestra de exposiciones coproducidas con otras instituciones, incluyendo la obligatoria tienda de regalos y una cafetería, ambas con un personal amable y profesional. La cafetería, aunque pequeña, es un verdadero oasis donde reparar la energía que demandan las visitas a las exposiciones que se llevan a cabo en el edificio, al mismo tiempo siendo el perfecto refugio para escapar la vorágine de la Gran Vía, la efervescencia de Chueca y las muchas atracciones de sus alrededores.

De la exposición Big Bang Data.

De la exposición Big Bang Data.

Pero el propósito primordial de mi última visita fue ver una exposición titulada La diversidad amenazada. Naturaleza-Hombre-Cultura, que se muestra por primera vez en Madrid antes de ser exhibida en algunos países de América del Sur y que consiste en fotografías tomadas durante varias décadas en los más frágiles rincones del mundo por Okaimal (seudónimo de Eduardo Aznar). Al confrontar tales imágenes fue interesante especular sobre las dificultades logísticas que se deben haber presentado en el logro de la mayoría de dichas imágenes, ya que no solamente fueron fotografiadas en lugares donde la mayoría simplemente no podría permitirse el lujo de ir, sino donde la situación política, en muchos de ellos, haría que la perspectiva de visitarlos fuera simplemente muy poco atrayente y su realización, peligrosa.

A pesar de que yo había tenido la oportunidad de ver anteriormente la mayoría de las fotografías de Eduardo Aznar —de un modo mucho más íntimo que en una exposición como ésta, habiendo podido hojear la lujosa serie de volúmenes de edición limitada, en la que ha sido recogida una selección de lo que es obviamente una colección mucho más grande de fotografías—, mi visita a la exposición fue verdaderamente sorprendente. Creo que hay algo de verdad cuando se dice que uno visita cualquier exhibición con ciertas expectativas formadas a priori por ideas preconcebidas, y que esto puede ser debido al contexto en el que el espectáculo ha sido montado, a lo que uno sabe sobre el tema o al conocimiento que se tiene de la carrera del autor de las obras expuestas.

No creo que Eduardo Aznar se considerara a sí mismo como un «artista», tal vez ni siquiera como fotógrafo profesional y extrañamente, aunque he tenido el placer de tener, en infinidad de ocasiones, conversaciones con él, no recuerdo haber considerado con él ese tipo de categorización. Sin embargo, en este caso, el contexto de la muestra nos lleva a formular la pregunta: ¿qué es lo que estamos invitados a ver, a observar? Particularmente en vista de que la exhibición es en una sala de exposiciones de usos diversos, en una institución que se precia de tener objetivos múltiples y cuando no hay otras pistas, excepto el título de la exposición: La diversidad amenazada. Naturaleza-Hombre-Cultura y algunos textos. Así que podríamos tener que decidir si estamos viendo fotografías artísticas, fotografías de la naturaleza, fotografías arqueológicas o antropológicas, fotografías políticas o fotografías simplemente turísticas. Pero al mismo tiempo, creo que deberíamos preguntarnos si esa ambigüedad, o hibridez, tiene alguna importancia, particularmente en este caso.

Considerando al autor de estas imágenes y para explicar algo de todo esto, en inglés se podría usar la expresión he wears his heart on his sleeve[1] para describir cómo el fotógrafo en esta exposición ha utilizado (en muchas ocasiones) no solamente sus cámaras y su sensibilidad e instintos, sino también sus considerables privilegios e influencia para ventaja del patrimonio público universal. Pero en esos empeños, Eduardo Aznar eligió hacerlo con discreción, porque siguiendo el consejo bíblico, ha distribuido infinidad de veces su generosidad en secreto. Basta decir que mucho del patrimonio histórico, así como los entornos naturales e industriales de España (y algunos países de América Latina también) se encontrarían considerablemente en peor estado y hasta totalmente «desvanecidos» sin su visión, y que la posibilidad de supervivencia de muchos de ellos sería todavía más precaria hoy en día. Así, su voluntad y participación en la formación de fundaciones imaginativas y grandemente eficaces, inigualadas en otros países, para la conservación y restauración de patrimonios universales y la formación de futuros conservadores profesionales, tiene que ser reconocida.

Y aunque pueda resultar interesante especular sobre la naturaleza de estas fotografías o verlas simplemente como productos o recuerdos de las andanzas de un hombre privilegiado, podríamos en su lugar considerar positivamente lo que Okaimal, el fotógrafo, parece estar diciendo por medio de sus imágenes, y que es lo que yo creo que Eduardo Aznar ha argumentado siempre: que al observar las maravillas de este extraordinario mundo, al mismo tiempo tenemos que reconocer nuestra responsabilidad por lo que ya perdimos y continuar considerando lo que estamos en gran peligro de perder.

En suma, las fotografías de Okaimal, ilustran perfectamente los objetivos de esta muestra.

Marzo de 2015.



[1] Esta frase significa: mostrar abiertamente nuestros sentimientos a través de nuestras acciones.

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