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A partir de nada y a pesar de todo

El 28 de agosto de 2014, en la Facultad de Filosofía de Universidad Nacional de Asunción, se invitó al director de la Revista Y, Sebastian Ocampos, para que hablase de su trabajo editorial y otras revistas literarias, como parte del ciclo de conferencias.

 

Si vives en la maltratada madre de ciudades desagradecidas y nadie te facilitó ni financia la vida, lo primero que se te pasa por la cabeza al querer publicar una revista de literatura y periodismo narrativo es llegar al 0.1 % de la tirada de The New Yorker, es decir, a 1.500 ejemplares. Luego, con la primera edición impresa, te das cuenta de que ni siquiera puedes vender suficientes suscripciones y ejemplares para pagar 240 copias a la imprenta, cuyo propietario solo te tolera porque es tu amigo y sabe que aún eres joven, es decir, muy ingenuo, por no usar  otra palabra que podría quebrar tu susceptibilidad.

Pero antes de llegar a esa etapa, proyectas tu revista en el futuro como si fuera a convertirse en ese medio neoyorkino de un millón quinientos mil ejemplares de tirada semanal  y te ves dándote el lujo publicar a Woody Allen, Truman Capote, Raymond Carver, John Cheever, Salinger, Susan Sontag, entre otros. También te ves recibiendo una llamada de Hannah Arendt en pleno inicio del juicio contra Eichmann, diciéndote que está interesada en viajar a Israel para presenciar la dramatización del juicio con condena previa, escribir sobre ello y publicar su ensayo ―que revolucionará la filosofía― en tu revista.

En esa proyección, contigo como único espectador ―nadie más es capaz de tener semejante alucinación―, ves que la revista podría tener una sección especial de entrevistas a profundidad a escritores de renombre internacional, como lo hizo The Paris Review con, entre muchos otros, T. S. Eliot, Robert Frost, William Faulkner, Ernest Hemingway, Henry Miller, Vladimir Nabokov, Joyce Carol Oates, Ray Bradbury, Don DeLillo, Philip Roth y, por supuesto, Milan Kundera, a quien no dudarás en visitar un par de semanas para hablar de Cervantes, Rabelais, Kafka, Robert Musil, Janacek, Stravinsky y sus amigos Carlos Fuentes y Cortázar… Y entonces, cuando nombres al francoargentino, le preguntarás si por si acaso conoció a un par de sus amigos: Augusto Roa Bastos y Rubén Bareiro Saguier. Le dirás que el último compartió un departamento con Cortázar durante cierto tiempo, que fueron buenos amigos. El único problema que tendrás en esa ensoñación es el idioma, pues a duras penas manejas el castellano, y Kundera difícilmente podrá entenderte, por más amante de Cervantes que sea.

Un detalle de esa alucinación te devolverá a la sala de tu casa, a tu oficina editorial: ¡Bareiro Saguier es el gran ejemplo a seguir! Él y Julio César Troche editaron durante años la revista Alcor. En ella publicaron obras inéditas y editas de muchos paraguayos y de autores como Miguel Ángel Asturias, Mario Benedetti, García Márquez, Vargas Llosa y, claro, de su amigo Cortázar. ¡Alcor es el ejemplo, no esas revistas sofisticadas del Norte! Entonces ves con quiénes puedes contar y a quiénes podrías publicar. Invitas a unirse a tu labor patriótica a unos amigos y conocidos que respetas como lectores, escritores y críticos, y te pones a trabajar todos los días con la esperanza de que un día despertarás en un país distinto, mínimamente mejorado, con unos cientos de lectores, de buenos lectores de libros, aunque siempre despiertas en la misma pesadilla gobernada por un narcocontrabandista y ocupada por mafiosos latifundistas ganaderos y sojeros.

Como a estas alturas nadie inventa la rueda, te toca mirar qué hacen las revistas que consideras con calidad literaria y periodística. Las lees y sabes qué exactamente quieres de cada una: las buenas reseñas de libros de Letras Libres, las analíticas reseñas de películas y series televisivas de Jot Down, los ensayos narrados de El Malpensante, las crónicas de Etiqueta Negra, los reportajes de Gatopardo. También lees la revista Soho, pero todavía no estás de acuerdo con su línea editorial de primero tetas y culos y luego crónicas y reportajes merecedores de premios internacionales. Y dices todavía porque en el futuro pensarás seriamente en implementar esa estrategia editorial para ganar miles de lectores.

Inicias el trabajo. Debes decidir varias cosas. Una de ellas: cómo dividir las secciones de tu revista digital. Quieres seguir el ejemplo de la revista inglesa Granta —últimamente también publicada en castellano—, trabajando solo con artículos (cuando se trata de no ficción) y relatos (cuando se trata de ficción). Para qué complicarse la vida, dices. Sigamos ese ejemplo. Pero luego no estás satisfecho y vuelves a hablarte a ti mismo: ¿Por qué no complicarse la vida? ¡Como si fuéramos capaces de hacer otra cosa que no complicárnosla! Pero algo arrastras de la simpleza: las dos categorías principales, ficción y no ficción, en las que puedes agregar cuantas subcategorías quieras. Y deberás agregar otros espacios para que la revista sea mínimamente visitada e incluso sea útil. Una agenda cultural, por ejemplo.

Con las cuestiones formales solucionadas, solo te faltará contenido. ¿Qué publicar? En esta época de graves condenas por no respetar el copyright, te quedan las obras de dominio público, que justificarás con un poco de ayuda de Schopenhauer, afirmando: Los únicos libros que merecen leerse son los que tienen más de un siglo de vida. A la vez, incluirás una sección de colaboración para los escritores que quieran enviar sus obras literarias inéditas. Y como quieres mantener un mínimo nivel de publicación, formarás un consejo de lectura responsable de la criba, para que los colaborares no terminen echándote la culpa del rechazo. Por supuesto, algunos de los rechazados no aceptarán la decisión del consejo y te escribirán exigiéndote una explicación o directamente diciéndote qué te creés para no publicarme, no sos más que un pendejo de mierda arrogante que se pone en un pedestal para decir gua’u qué es bueno y malo. Si no tienes nada fuerte que beber, respirarás profundo y responderás las cuestiones y los insultos de la mejor manera que puedes, comunicándole que en la revista lo único importante es la literatura, no los amigos ni los favores ni nada de lo que en general destruye la reputación de un medio literario.

Con la revista digital funcionando a un ritmo acorde a la literatura, o sea, lento, querrás dar el gran salto editorial a la versión impresa. En este tiempo, con la gente conectada todo el día y todos los días a internet, es un absurdo publicar una revista similar a la digital. Recuerdas la revista Eñe y sigues su ejemplo: publicación monotemática y trimestral. Formas un consejo editorial para la edición impresa y decides cuál será el tema del primer número. No cuentas con nada más que tu trabajo arduo y la solidaridad de varios profesionales y artistas. Llegas al día de la presentación del primer número solo para saber que incluso la naturaleza está contra la literatura: la lluvia humedece toda la ciudad durante más de una semana y deja a oscuras la zona en la que te encuentras horas antes de la presentación, con todos tus ejemplares recién salidos de la imprenta. Pero se logra el milagro de una presentación con mucha gente expectante del trabajo. La respuesta de la mayoría de los lectores será buena, pero aún así te costará mucho vender los ejemplares.

Sin que nada te detenga, continuarás trabajando, ya con la cabeza en el siguiente número. Y mientras tanto te darás una palmadita en la espalda diciéndote que todo el esfuerzo vale la pena, que estás publicando a muy buenos autores de distintos países, de distintos continentes.  

Y así, cuando ya estés totalmente metido en el trabajo editorial, haciendo de todo (dirigir, coordinar, escribir, corregir, editar, publicar, manejar las redes sociales, suscribir, buscar apoyo financiero, deformar a potenciales colaboradores, distribuir), sabes que la revista publicada a partir de nada seguirá publicándose a pesar de todo, porque es una revista que quieres leer, que te gusta leer.

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