cerrar [x]

7 cajas y la criminalización de los niños de la calle

Eva Karene Romero, desde la Universidad de Arizona, EE.UU., analiza uno de los aspectos principales del fondo de 7 cajas, película «tan divertida que fácilmente escapa de la mirada crítica de quienes no ejercen regularmente el análisis visual.»

En la película, «todos los personajes masculinos que hacen negocios en el Mercado 4 tienen un comportamiento criminal, que va desde el hurto y el contrabando, hasta el secuestro y el homicidio.»

En la película, «todos los personajes masculinos que hacen negocios en el Mercado 4 tienen un comportamiento criminal, que va desde el hurto y el contrabando, hasta el secuestro y el homicidio.» Imagen: 7cajas.com.

7 cajas, dirigida por Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, ha sido ampliamente comentada, ya que es el primer largometraje paraguayo en convertirse en un blockbuster existoso. Venció a Titanic (1997) en la taquilla, convirtiéndose en la película más vista en cines de la historia de Paraguay. La película, planteada como un thriller hollywoodense, ganó varios premios en festivales internacionales de cine. Ahora, en 2014, se está distribuyendo en Estados Unidos a través de salas, VOD (video on demand), iTunes y Netflix.

Estos éxitos de 7 cajas han sido excelentes para levantar el nivel de visibilidad del cine nacional paraguayo. Sin embargo, tampoco se puede negar que 7 cajas también se trata de una desafortunada adición a la existente problemática de la representación de los chicos de la calle en el cine latinoamericano, presente desde 1950 con Los olvidados de Luis Buñuel, en el caso de que no haya otra película anterior. La mayoría del público ignora el daño que hace la representación negativa de la moral de los habitantes del Mercado 4 porque deliran al ver una representación nunca antes vista, «auténtica» de las subclases urbanas paraguayas, en particular en la figura del héroe y la heroína de esta película. Los estereotipos y las representaciones negativas de la pobreza urbana latinoamericana son dejadas de un lado por el público como también sucedió en el caso de Slumdog Millionaire (2008), dirigido por  Danny BoyleLoveleen Tandan. Ambas son películas tan divertidas que fácilmente escapan de la mirada crítica de quienes no ejercen regularmente el análisis visual.

Toda la película transcurre en el Mercado 4 de Asunción. Los planos de situación que lo dan a conocer, lo muestran como un mercado congestionado, transitado y sucio, pero colorido. 7 cajas pone el foco en un lugar particular de Asunción, separando su criminalidad rampante de la Asunción burguesa, haciéndola amenazante, pero a la vez exótica y distante.

La acción comienza con Víctor, el adolescente protagonista, viendo una película de acción hollywoodense en una cabina de DVD. Está totalmente absorto en un momento decisivo de la acción, en que un hombre es apuntado por otro hombre armado. La película está hablada en inglés, pero Víctor pronuncia el diálogo en la mezcla de guaraní y español que se habla comúnmente en Asunción (el registro lingüístico que predomina en 7 cajas). Víctor se gana la vida transportando la mercadería de la gente a través del Mercado con una carretilla. De repente, se da cuenta de que un posible cliente se está yendo con Nelson, otro transportador de mercaderías. Víctor protesta, pero no se gana al cliente. Los dos se insultan y Nelson llama a Víctor «patotero infeliz», insulto que remite a la actividad de las pandillas, al comportamiento antisocial y a la criminalidad violenta. De hecho, todos los personajes masculinos que hacen negocios en el Mercado 4 tienen un comportamiento criminal, que va desde el hurto y el contrabando, hasta el secuestro y el homicidio. (El único grupo de personajes masculinos que no tiene relación con el crimen es el de la policía, una ironía, dados los severos niveles de corrupción que hacen de la policía paraguaya algo infame, algo que no se le escapa a Marcelo Martinessi en su cortometraje Calle Última, por ejemplo).

En la segunda escena de la película, a Víctor lo visita su hermana, quien le trata de vender un celular de una amiga. Cuando Víctor ve que el celular puede filmar, se obsesiona, porque es «como estar en la tele». En diferentes momentos de la película, Víctor se hipnotiza con la fantasía de verse a sí mismo televisado, la fantasía que más lo mueve y que hace avanzar la trama, culminando en el final feliz, cuando aparece en el noticiero nacional. El «consumismo individualista y los seductores ritmos de la cultura joven transnacional» que señala Laura Podalsky en el cine mexicano, también son significantes en 7 cajas, debido a la posición privilegiada que tienen los celulares y a la obsesión de Víctor: ver su propia imagen grabada y transmitida. En la escena final, son las imágenes grabadas por un celular de una confrontación entre la policía y la banda de Nelson, las que permiten a Víctor cumplir su sueño. El sueño del héroe es notablemente problemático porque es totalmente egoísta: la fama a través de los medios.

La criminalidad rampante es caracterizada como algo fundamental en la economía informal del Mercado 4, y es amenazante en términos de exceso de «violencia joven como consecuencia de cuerpos incontrolables», para citar nuevamente el trabajo de Podalsky. Pero en algunas escenas también es una criminalidad minimizada en las que el espectador es invitado a reír ante una moral en la que se ha integrado perfectamente la criminalidad. Por ejemplo, en un momento, los secuestradores, para los que Víctor se ve involuntariamente obligado a trabajar, están sentados en un vehículo, esperando al dueño siriolibanés de un local, quien los ha contratado para secuestrar a su esposa. (El plan era conseguir una recompensa de su suegro, sin que nadie supiera de su involucramiento.) Mientras los secuestradores esperan en el vehículo con las ventanillas abiertas, estacionados en una de las calles del Mercado 4, de noche, dos adolescentes les ponen unos cuchillos al cuello y les piden los celulares. El espectador no siente demasiada compasión por las víctimas, dado que son peores criminales que quienes intentan robarles. La escena es graciosa porque los adolescentes están muy satisfechos con el robo y «chocan los cinco» mientras se van corriendo, sin saber que podrían haber robado mucho más, pues las víctimas tenían la recompensa encima: 250 mil dólares en efectivo. Poco después de eso, Víctor trata infructuosamente de contactar a los secuestradores, porque los adolescentes que les robaron atienden el celular y le dicen que los hombres no pueden ser localizados, dado que sus teléfonos han sido robados. Víctor les explica que es un asunto «de vida o muerte» y que debe comunicarse con sus dueños anteriores inmediatamente. Los adolescentes le dicen dónde estaba estacionado el vehículo cuando cometieron el robo, y Víctor les agradece. La conversación es amistosa e informal en todo momento. El ladrón adolescente entiende el apuro en que se encuentra Víctor y le responde con empatía, dándole la información que necesita. Al mismo tiempo que no tiene ningún escrúpulo a la hora de sostener un cuchillo contra la garganta de alguien, es capaz de ayudar a un extraño por teléfono, sin dudarlo. La doble moral yuxtapuesta en el espacio que Víctor habita prácticamente carece de lógica, fortaleciendo la idea de que los niños de la calle y los pobres son seres tan incomprensibles que su ideología no puede prestarse a un orden más organizado que la criminalidad.

También es sorprendente la moral que la película construye alrededor de Nelson, el malo principal. Nelson es introducido como el archienemigo de Víctor en el principio de la película, y a medida que ésta avanza, su amenaza crece incesantemente. El punto culminante en este sentido es el final, cuando Nelson tiene a Víctor a punta de pistola, en un enfrentamiento con la policía. Sin embargo Nelson probablemente tiene la motivación menos egoísta de todos, tal como lo demuestra una de las escenas iniciales en una farmacia. Nelson lleva a su joven mujer y a su bebé afiebrado a la farmacia para comprar insulina. No tiene el dinero suficiente para pagarla, y no logra convencer a la farmacéutica de que le fíe lo que le falta, aún ofreciendo dejarle su teléfono celular como garantía de pago. «No es para mí, es para mi hijo», protesta Nelson en vano. El hecho de que Nelson se vuelva más violento y junte a otros para formar una pandilla violenta hace que nos sea difícil simpatizar con su causa, aunque probablemente sea la más noble. Para el final de la película, cuando un policía le pega un tiro en la cabeza a Nelson, es probable que el espectador ya se haya olvidado de su mujer y su bebé, que no vuelven a aparecer después de la escena inicial.

En 7 cajas resuenan las palabras del informe de 2013 del UNICEF, «La inversión en la infancia: una condición indispensable para el desarrollo económico y social equitativo y sostenible», porque representan un mundo en que los adolescentes solamente parecen pertenecer a dos categorías: estudiantes (con suerte) en camino hacia la profesionalización, o chicos de la calle (desafortunadamente) en camino hacia una vida en la criminalidad:

«Existe un incremento paulatino del abandono escolar de los adolescentes urbanos debido a repitencias sucesivas, a la falta de atractivo para ellos de los contenidos escolares tradicionales, a la insuficiente oferta de una formación profesional y las expectativas o necesidad de ingresos monetarios personales de manera rápida. Estos jóvenes suelen estar en la calle y expuestos a entornos violentos, bandas callejeras, criminalidad, violencia armada y la drogadicción, que son factores que comprometen su futuro.»

Mientras que los factores que menciona el informe están indudablemente interrelacionados, en el acto de representación lo que se cuenta es la historia de niños y adolescentes en una encrucijada en la que eligen bien o eligen mal. El peligro yace en la línea conceptual que estos chicos son capaces de cruzar cuando se los encierra en territorio literal o figurativo de «chico de la calle».

En su estudio sobre la relación entre el pánico mediático, la política y las representaciones de los adolescentes, Henry Giroux postula que «los jóvenes no son vistos como síntoma de un dilema social más amplio; son el problema».  La defensa y la empatía hacia los niños dejan de aplicarse cuando se trata de un niño de la calle cuya identidad como niño ha sido eclipsada por su identidad como criminal. De eso debemos tener cuidado cuando hablamos de los niños de la calle y cuando los representamos en los medios, en particular en los medios masivos de comunicación, como el cine.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • NO 
  • MÁS O MENOS 
0
4 Comentarios
  • Sergio Britos
    septiembre 26, 2014

    La problemática social que relata 7 cajas podría desarrollarse en MexicoDF, Tijuana, Mumbai, Hong Kong, Shangai o Rio de Janeiro donde la situación de los niños de la calle como escuela de criminalidad es parecida. «Estos jóvenes que estan en la calle estan expuestos a entornos violentos, bandas callejeras, criminalidad, violencia armada y la drogadicción, son factores que comprometen su futuro». Esto también es asi en las gangs de New York, Miami o Los Angeles, o las maras en Honduras o Guatemala. Tenemos que decirle a esta señora Eva Romero que entendimos perfectamente la problemática social que plantea porque somos espectadores de la realidad de nuestro país todos los días, y lo han entendido también los espectadores de otros países porque como lo he mencionado es un fenómeno social transcultural que lastimosamente se repite alrededor del globo, y que 7 cajas lo «muestra» magníficamente en una historia que mezcla ficción y realidad para lograr atrapar al espectador.

  • Andrea Piccardo
    septiembre 25, 2014

    Esta crítica nos llevaría a una discusión entre esteticismo y moralismo. Yo soy de la opinión de que el arte no se basa en reglas determinadas, las va definiendo a medida que elabora la obra y al estar terminada las proyecta y las define. Analizar cualquier manifestación artística a partir de reglas morales puede ser una opción, pero ya no la estás analizando en su especificidad. Lo mismo sería analizarla desde el punto de vista religioso. Una obra de arte puede ser moralmente correcta o incorrecta para un espectador, pero la única ética del artista es ser fiel a sí mismo.

  • Ricardo Loup
    septiembre 25, 2014

    Esta crítica me gustó mucho más que la anterior, porque demuestra objetivamente los aspectos «no vistos» (admito que al menos, yo no había visto) de una película tan entretenida que hace invisibles ciertas cuestiones. Igual, considero que la película es excelente y tiene un valor artístico y cultural fundamental para nuestro cine y literatura, por qué no.

  • Vinilo
    septiembre 25, 2014

    De vuelta a lo mismo: angá el pobre espectador, corto de vista, cuya moralidad puede ser fácilmente manipulada. ¿Es necesario publicar otra crítica que enfatiza lo mismo que la critica anterior?, ¿se trata de juntar votos o algo así? ¿Dijo algo nuevo, aportó algo? Ah y no se trata de que 7 Cajas sea intocable y «arriba lo nacional», esas tonterías no van conmigo por lo menos, puedo limpiarme tranquilamente los mocos con la bandera. Se trata sobre lo infantil que es buscar mensajes morales en las películas (o libros) a menos que tengas 6 años.Y, ah (2), no se ataca al crítico/a sino lo escrito; raro aclararlo en una… revista literaria.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *