Soñar en el aislamiento

Ponencia de Hugo Centurión (San Ignacio) en la mesa 6: Paraguay, más allá de Calle Última, con Mario Castells (Argentina) y María Zaracho Robertti (Ka’aguasu), durante la tarde del viernes 7 de septiembre.

 

No sé si es pertinente hablar de un Paraguay, más allá de Calle Última, puesto que esta creación que pisamos es considerada ya como una aldea global, aunque a nuestro país un cerco de silencio lo sigue oprimiendo, producto del aislamiento cultural que se resiste en desaparecer.

A mi parecer, el título de este panel se refiere a la falta de conexión de los escritores del interior con los de la capital, y en general de todos con los círculos culturales extranjeros, debido a múltiples factores, entre las cuales la falta de infraestructura y los avances tecnológicos son fundamentales. Tal la importancia, que cuando los organizadores buscaron alguna información sobre este servidor, mi nombre era una incógnita dentro de la literatura paraguaya. La literatura paraguaya misma es una incógnita: vista desde el exterior es poco conocida, donde resalta la escasa participación de la cultura paraguaya incluso a nivel latinoamericano.

Existe gente que escribe muy bien en el interior, pero permanece aislada, apenas se difunden; ni hablar de los jóvenes que escriben por amor a las letras.

Los que vivimos más allá de Calle Última y los capitalinos, este corte que de alguna manera constituye una verdadera operación mágica, cuyo paradigma es la separación entre lo sagrado y lo profano tal como lo analiza Durkheim. Esto tiene mucha similitud con el fascismo social, el apartheid social, la segregación social a través de una cartografía urbana que diferencia entre zonas «salvajes» y «civilizadas», división que se está convirtiendo en un criterio general de sociabilidad, de nuevo tiempo-espacio hegemónico que atraviesa todas las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales, y es, por tanto, común a la acción estatal y no estatal.

En la cultura guaraní misma, con el monte y el llano, se inicia el preludio de lo que sería un bando-montaña y un bando-valle, a que hace mención Carpentier; todavía sigue y seguirá, siento y lo sentimos, el que vive en la capital-ciudad y el que vive en el interior-campaña-tierra adentro. Me hace recordar un dicho que aparece en un texto de un amigo: «liberal ho´u cerveza ha colorado ho´u queresa».

Es el sistema escolar que separa a los poseedores de capital cultural heredados de los que carecen de él, lo que hace el sistema es separar a los alumnos dotados de cantidades desiguales de capital cultural. Y lo que se escribe, de alguna manera es producto de las características de la sociedad en la que uno se desenvuelve; el hecho social llega a ser o es un factor determinante en la evolución de la narrativa de nuestro país. Pero ninguna obra existe por sí misma, es decir al margen de la relaciones de interdependencia que lo vinculan con otras obras; la red de relaciones entre los textos, que es la intertextualidad. Lo que Foucault llama «campo de posibilidades estratégicas», «sistema regulado de diferencias y de dispersiones», dentro del cual se define cada obra singular.

Se puede decir que los autores, las escuelas, las revistas, etc., existen en y por las diferencias que la separan. Por eso hay literatura que puede considerarse diferente en el interior; serie de circunstancias que permiten el desarrollo de la voluntad humana, y que constituyen sus causas legítimas. Suelo escuchar péa ore mundo, un círculo en el cual está inscripta la voluntad. Un círculo dinámico, viviente, movible, cambiante con los días, a cada minuto, a cada segundo, con su círculo y su centro (microcosmos literario). El microcosmos social en el que se producen las obras culturales, campo literario, campo artístico, campo científico, demás campos, como espacio de relaciones objetivas entre posiciones. Sólo se puede comprender lo que ocurre en un campo si se sitúa a cada agente o cada institución en sus relaciones objetivas con todos los demás. Se podrá comprender los cambios en las relaciones entre los escritores, los políticos, que acontecen, por ejemplo, cuando se produce un cambio de régimen político, de gobierno, económico. También se precisa de talento, pero ese talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Para escribir se necesita trabajo cotidiano pero también se necesita decididamente de la hermana inspiración. La inspiración actúa como el hambre, como la digestión, como el sueño.

Yo, particularmente, no soy partidario de las tachaduras, muchas correcciones: ellas empañan el espejo del pensamiento. Pero muchas veces es necesario compartir lo que uno escribe con alguien. En esto hay una gran falencia en el interior: no tenemos interlocutores válidos para ello. Son garabatos, nada de lo que he escrito, en esta lengua que trata de ser viva, ha sido razonado, premeditado, planeado, pensado, ha sido con alguna intención que no sea el mismo acto de escribir lo que sentía, no lo que veía y recordaba.

La literatura debe buscar verdades, enseñar verdades a quienes interesa saberlas, mostrar al hombre como es, para conocerle; literatura en fin, expresión de nuestra época, arte. Porque las pasiones del hombre son y serán verdades, la imaginación misma ¿acaso no es la verdad más hermosa?

Hay que ser revolucionario, romper con lo que está mal, en ese espacio social donde nos cupe actuar, sea un espacio de diferencias, en donde las clases existan en un estado virtual. La llave para la libertad está en la cultura, en el estudio, en la educación, la investigación, y el libro es un instrumento imprescindible para ello. Rousseau escribió: «Hay lenguas favorables a la libertad; son lenguas sonoras, prosódicas, armoniosas, cuyos discursos se entienden desde lejos». Y aquí debo hacer mención al idioma guaraní. El mundo anímico con el que se comunica el bagaje cultural en el interior es en guaraní, nuestra cultura es el resultado del contacto entre el castellano y el guaraní. Si el paraguayo de hoy no puede expresar lo que piensa es porque es un hombre limitado, abreviado en su capacidad de expresión; tenemos un empobrecimiento cada vez mayor del lenguaje, las palabras también sufren atropellos, se expolian, se violan, se maltratan, se manipulan, desaparecen y hay que cuidarlas. Necesitamos pensar en nuestra lengua.

Para Baudelaire, el arte es un proceso metafórico que va desde lo que está presente a lo que está ausente, en el ámbito de este mundo o en su relación mística con el otro. ¿Qué tiene de malo soñar? Acaso el sueño no es el primer paso para que eso sea real.

Bien, no quiero explayarme mucho, seguro soy aburrido, así como soy desordenado, seguro en muchas partes soy difuso. Lo único que sé es que esta mano escribe, junto a las demás manos, la historia de un Paraguay de adentro, por así llamarlo, como expresión de progreso de nuestro pueblo, y la palabra hablada o escrita, es vida, representación de ideas, es decir, de ese mismo progreso.

Mediante el arandu ka´aty que todavía es posible encontrar en el interior del país, seguiremos balbuceando ese remedo sombra de la palabra verdadera, porque la última palabra todavía no está dicha. Con todos los embates este país resiste. Tener una chacra diversificada en el interior es un símbolo de resistencia. Creo que por la palabra-alma el hombre es inmortal y por eso prevalecerá. Esa inmortalidad no es por la voz inextinguible, sino por el alma, un espíritu capaz de una infinidad de cosas (compasión, sacrificio, perseverancia, amor); es nuestro deber escribir sobre estos atributos.

La historia del hombre no debe ser relatada solamente en la voz nuestra, debe servir de apoyo, ser el pilar que lo sostiene para perseverar y prevalecer. Esperaré como el guaraní ese primer canto, esas palabras verdaderas, y soñaré con pronunciarlas, pero sé muy bien que ya no estaré; seguiré escribiendo, porque al pasar Calle Última, ese portal de sueños, respiraré el perfume de la tierra roja, y el canto de los pájaros sonarán en mis oídos. Es como si uno necesitara pasar esa emblemática calle para poder pensar y reconciliarse con el presente.

El saber escribir como oficio lo seguirán profesando sólo algunos, lo que esperamos es que se constituya en una pequeñísima parte por lo menos de la educación general que se imparte. Ese es el reto.

 

Hugo Centurión

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