Ante una distopía

Ponencia de Sebastian Ocampos en la mesa 11: ¡Qué seríamos sin internet!, con Mónica Bustos y Eduardo Quintana, durante la tarde del sábado 8 de septiembre.

 

Retrocedamos al año 2002, cuando un joven barriojarense festejó su mayoría de edad tomando una decisión vital: sería escritor. En consecuencia, se volvió un lector ávido, voraz, de todos los libros que pudiera conseguir. Sin biblioteca en la casa, pidió prestado a las amigas y los amigos, quienes solo tenían manuales de castellano o esa cosa llamada lengua y literatura. Los leyó, los releyó y nunca devolvió los libros. Pensaba que necesitaría volver a leerlos y sabía que los amigos nunca los habían leído. De sus escasos ingresos, gracias a un par de trabajos, ahorró y fue a la revistería San Sebastián para comprar todos los libros en oferta que encontrase. Feliz, compró una colección de clásicos de la filosofía. Los leyó, casi no los entendió, los releyó y aprendió a querer a Nietzsche y a su maestro Schopenhauer. Y a Voltaire. Apenas se amigó con Hegel. Nunca con Heidegger. Los escasos ingresos eran tan escasos que no podía darse el lujo de ir a comprar libros cada vez que quisiera. Recordó que la biblioteca de su entonces excolegio era nutrida y que podría regresar para leer en su claustro. Sin embargo, ya no le gustaba la idea de que los libros no estuvieran siempre a su disposición. Ya no se trataba simplemente de leerlos y devolverlos, sino de leerlos, subrayarlos, marginarlos, a veces corregirlos, y sobre todo de tenerlos a mano cuando los necesitase. Porque los libros se habían vuelto eso: una necesidad. Recordó a un excompañero de colegio, uno de los pocos privilegiados que desde los noventa contaba con conexión a internet en su casa. El excompañero, además de canciones en mp3, solía descargar relatos cómicos para compartirlos en el colegio, en especial con él, pues sabía de su interés literario. Entonces, en vez de invertir los cinco mil guaraníes en un nuevo libro en oferta, decidió ir cada vez que pudiera a un cyber, a cinco cuadras de su casa, para conectarse y buscar obras literarias de los casi doscientos países del mundo. Quién sabe por qué, se le había ocurrido que para ser escritor debía conocer la literatura mundial, con su polifónica voz. Buscar sin orientación y encontrar por azar poemas, cuentos, ensayos, copiarlos y pegarlos en Word, guardarlos en un diskette y regresar a su casa para leerlos, se volvió una rutina cada vez que pudiera pagar el cyber, dos o tres veces a la semana. En poco tiempo, se hizo de una biblioteca digital importante, que le permitía leer, también subrayar, también marginar, también a veces corregir. Luego conoció a quienes serían sus maestros fundamentales: lectores, escritores, intelectuales austeros con bibliotecas de envidia que le obsequiaron libros, muchos libros. Tuvo mejores trabajos, sus ingresos aumentaron levemente y pudo comprar más libros en oferta. A la par de la biblioteca digital, empezó a formarse una biblioteca física. Leer textos en la pantalla y leer libros con tacto y aroma se volvieron su nueva rutina. Luego, aunque reacio al blog y a las redes sociales, aprendió a usarlas y pronto reconoció sus valores de interconexión inmediata con los mejores lectores posibles: los que no lo conocían  en persona, los que estaban en condiciones de opinar exclusivamente sobre su obra. De usar internet solo como lector, se había vuelto un autor que escribía minirrelatos en un blog y que enviaba sus cuentos a algunas revistas literarias digitales de otros países, en cuyas páginas terminaba publicado. Luego, gracias al blog, las publicaciones y las redes sociales, recibió una invitación: lo habían seleccionado para formar parte de una antología internacional de cuentos. Le solicitaron que escribiera sobre el fin de mundo y le explicaron que lo traducirían al portugués, que editarían cinco mil ejemplares en São Paulo, cinco ejemplares Río de Janeiro, y que le pagarían los derechos de autor. Tenía 28 años, era 2012 y, evidentemente, era el fin del mundo. ¿Conque se podía cobrar derechos de autor, aun sin ser escritor? Como él todavía no había publicado ningún libro (solo había ganado premios y menciones en concursos locales), las veces que debía presentarse lo hacía como escribidor (su admiración profunda por tantísimos escritores de toda la historia le impedía asumirse como escritor). Y no sabía que los escribidores cobraran derechos de autor. Las invitaciones inesperadas continuaron llegando, a veces al correo electrónico, a veces a una u otra red social. Nunca vía correo tradicional, ni teléfono tradicional. Una publicación aquí, otra allá, alguna que otra traducción más. Y también llegaron las invitaciones para dictar charlas en universidades y para viajar a mercados culturales, foros y ferias internacionales del libro. Y las más inesperadas: para ser jurado de concursos literarios, nacionales y regionales. Luego, decidió fundar una revista digital de narrativa de ficción y no ficción, de rigurosa selección y cuidada edición. También se puso a editar libros impresos y electrónicos. La lectura se le había multiplicado en pantallas: él ya leía en el celular, en el kindle y en la pc, día a día, noche a noche. Aunque continuase comprando cuanto libro impreso pudiera, en librerías del Paraguay y de otros países, la lectura digital era su único vínculo con las novedades y la crítica literarias del mundo. Seguía a todas las revistas literarias digitales que encontraba, sin importar su nacionalidad. Leía en castellano, intentaba leer en inglés. Seguía a las escritoras y los escritores, a los pensadores de la cultura en general, a través de las redes sociales. Se hizo amigo virtual de muchos, con quienes cada tanto intercambia alguna que otra felicidad y algún que otro desahogo sobre las iniciativas y los proyectos malogrados, frustrados, por falta de apoyo público y/o privado, o por compromisos incumplidos. Luego, le tocó coordinar un Foro del Libro y supo que debían hacer lo necesario para que todo quedase registrado en textos, fotos, audios y videos para que el tremendo esfuerzo no se limitara a los lectores participantes, una inmensa minoría. Un blog sería el vínculo con el mundo interesado en conocer qué piensan los paraguayos sobre el libro y la lectura. Para el Foro, le dijeron que hablara sobre la literatura, la juventud y el internet, y lo primero que pensó fue en una distopía: si internet existiese, ¿qué hubiera sido de él? Y no se le ocurrió más que una respuesta: Que no estaría viviendo en el Paraguay.

 

Sebastian Ocampos

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