Escribir más allá de Calle Última

Ponencia de Mario Castells (Argentina), en la mesa 6: Paraguay, más allá de Calle Última, con María Zaracho Robertti (Ka’aguasu) y Hugo Centurión (San Ignacio), durante la tarde del viernes 7 de septiembre. 

 

«¡Paraguay no es un país, es una obsesión!», dijo Herken Krauer. Esa frase tiene, además de la fuerza de un apotegma, la capacidad de hacernos repensar todas las categorías anquilosadas que forjaron las clases dominantes con el fin de mantener ceñido el velo ideológico, la falsa conciencia de la relación entre las clases sociales en el país. Cuando digo esto me refiero, por igual, al nacionalismo y al legionarismo (ese particular cipayismo paraguayo), las dos caras de una misma moneda conservadora y neocolonialista. Obviamente la frase es solo un exhorto, no una llave dialéctica. Acaso esta frase, aplicada a la literatura paraguaya, vale decir, entender la literatura paraguaya como una obsesión antes que como sistema, pueda hacernos repensar sus problemas y no tratar de ubicar las obras en un anaquel imaginario en el que se acumulan libros destinados al olvido. La obsesión no implica, necesariamente, concreción pero abre una posibilidad. La comodidad del statu quo es algo que le place a funcionarios y escritores burros, sosegados y solemnes pero que no favorece al campo cultural de este país.

Desde Viaje nocturno de Gualberto de Juan Crisóstomo Centurión, editada en Nueva York en 1877, hasta Serenos en la noche de Ever Román, nouvelle editada por mi pequeña editorial Cachorro de Luna, en Rosario y Buenos Aires y que será presentada a fines de este mes, la literatura paraguaya no ha tenido como epicentro de su literatura su ciudad capital ni otra ciudad del territorio. Pensemos en las más grandes obras de la literatura paraguaya: La babosa, Yo el Supremo, Ñorairo ñemombe’u gérra guasúro guare, de Martínez Gamba, Ceniza redimida de Herib Campos Cervera, la Obra completa de Elvio Romero, lo mejor de la crítica y la poesía de Bareiro Saguier, todas han sido escritas en el extranjero. Pensemos también en que tantos libros importantísimos que se editaron en Paraguay, como el Canto Secular de Fariña Núñez, Mancuello y la perdiz de Villagra o mucho más acá Manual de esgrima para elefantes de Javier Viveros, se escribieron fuera del país, en Argentina, Chile, y diversos países del África subsahariana. A su vez, muchos textos que se pergeñaron en el país fueron editados en el exterior primero, como es el caso de El dolor paraguayo de Barrett o Caballero de Rodríguez-Alcalá. Y más aún, el extranjero, fundamentalmente Buenos Aires, generó un público para obras que en el Paraguay estaban condenadas al silencio, la mordaza, el anonimato. [No me olvido de una anécdota que me ocurrió una vez, allá por el año 93, cuando hablé del Ayvu Rapyta en una tertulia particular de militantes colorados (en la que había varios intelectuales colorados, un Prieto Yegros, un Romero Pereira, un Méndez Vall, ¡perdonen el oxímoron!) y me refutaron acaloradamente mis glosas cadoguianas contraponiéndome argumentativamente ante las sandeces de Natalicio González!!!].
Eso cambió, desde ya, con la transición democrática en el Paraguay, pero aún podemos hablar de las pervivencias de esa situación. La más marcada, quizás, el ramonfleitismo, ese ahogo que sienten los escritores a la hora de producir textos en Paraguay. Cuidado, con esta aseveración no niego esa parte de la literatura paraguaya que se produjo en el país a pesar de todo. Sería negar a Emiliano R. Fernández, Manuel Ortiz Guerrero, Narciso Ramón Colmán, Julio Correa, Josefina Plá, los poetas de Taller Manuel Ortiz Guerrero, a grandes poetas y escritores de la actualidad. Pero creemos que el problema que se establece en esta mesa me impele a avivar esa complejidad que es la literatura de este país. Con mi amigo Oscar Fariña, escritor nacido en esta ciudad en 1980, autor de libros como Pintó el arrebato o El guacho Martín Fierro, una vez hablábamos de este tema y de los escritores argentinos de origen o familia paraguaya, muchos más que lo que se supone. Mencionemos a Leo Oyola, Marcelo Luján, el mismo Cucurto… y me decía: «Vos sos el más paraguayo de los escritores argentinos y yo el más argentino de los escritores paraguayos». Tanto es así que su obra mayor es la reescritura en clave posmovillera del Martín Fierro, el mayor poema gauchesco argentino.

Entonces, ¿qué es lo que define a la literatura paraguaya como tal? Sin dudas, lo que la define es la obsesión política de problematizar al país a través de la ficción, en sus variables de representación, en su complejidad lingüística. Un país que forjó durante toda su historia un contrapaís, el de la migración, el del exilio, no puede verse por completo si no ve a ese otro país, el de la diáspora. Y si no encara su principal problema estratégico, el de la diglosia.

Es en esta complejidad, creo yo, donde la literatura paraguaya alcanza su principal espesor y a la vez que se amotina contra los sostenes ideológicos del statu quo, se hace universal, controversial, se curte rebelde y se desboca.

Parafraseando ese otro apotegma famoso, el de Guyraverá, que dijo: «Ajeheko’óvo che yvypóra rehe ahávo», o como lo tradujeron los Jesuitas: «Voy perdiendo mi ser mientras me voy humanando», la literatura paraguaya pierde su connotación territorial y se convierte en posibilidad. Como dice mi amigo Humberto Bas, escritor neuquino nacido en Yaguaracamygta (San Ignacio de las Misiones), los escritores que se despojan de sus amarras ideológicas (en sus dos versiones ya estipuladas) ipso facto bordean amenazantes esa querencia construida desde un sentido del poder o del espíritu conservador; la silueta de una territorialidad paraguaya bien delimitada; la mueca de una identidad endiosada, la hipostasia de un ser (El Hombre Paraguayo en su cultura es título de un libro de la conferencia episcopal paraguaya) edulcorado por el cultivo de la idolatría patriotera: esa entidad abstracta propicia a la extorsión sensiblera. (…)

La silueta territorial se disuelve en la porosidad de otras fronteras y extiende sus minúsculas soberanías en los andurriales de Buenos Aires, Rosario o donde quiera que esa paraguayidad se manifieste con sus dotes y dones. Y estos pequeños enclaves de culturas babilónicas, son la olla de mbaipy en el que se cocina un nuevo lenguaje; y es de ahí que locro endiosado por la tradición kurepa formatea su receta y ya nada es ni será como querían que fuera; y las salpicaduras de esa cocina regresa como matula en los avíos de los expatriados o de sus simientes a integrarse y desintegrar la infatuada «pureza de la raza» amasada por la tradición colo’o… («contra la prédica política subversiva, que busca la desunión de la familia paraguaya», se desgañitaba Cáceres Almada, en la voz del coloradismo). Y entonces volvemos a preguntarnos, qué es la frontera, dónde empieza y termina una cultura, una tradición… Y la captación de esa permeabilidad, de esa difusa imbricación telúrica… de esas medusas que con sus tentáculos perforan y secretan sus ponzoñas una en otras, prevarican contra las formas sagradas de la mentira e infieren, desean (otro ethos).

Soy fanático de la literatura guaraní; no necesariamente de esa que está subsumida en experimentos lingüísticos varios: arcaízando y neologisando el guaraní paraguayo. De allí que mi referente más querido fue Carlos Martínez Gamba, a quien no conocí personalmente, pero a quien leo con la misma pasión con que leo a Roa, a Casaccia, a Cadogan, a Julio Correa, a Ramiro Domínguez, a Miguelangel Meza, a Susy Delgado, mis escritores preferidos. Creo que esta literatura ha sido más enemiga del folclorismo que la escrita en castellano. Y que el guaraní en su expresión cotidiana, no jopara, aunque sea mezclada, porque el jopara viene de la mano de la ideología del bilingüismo, sino sagua’a, es el que más me interesa. No podré nunca, sin embargo, escribir en guaraní.

Como hijo del exilio de mis padres, yo me inventé un Paraguay con los fragmentos más preciosos que me aportó la colectividad de la migración. Conocí a militantes, músicos, dramaturgos y poetas excelentes, populares y vanguardistas, casi desconocidos en el Paraguay stronista. Abrevé en sus historias, en el imaginario cultural que les ardía en las sienes. Ellos llevaban, algunos, no todos, hay que decirlo, un nuevo mundo en sus corazones. Tuve la suerte de conocerlos. Canté sus canciones, vi sus lágrimas. En ese ámbito se forjó mi propio imaginario, ese Paraguay inventado que reformulé cuando en la década de los 90 pasé casi 7 años en la campaña ñeembuqueña, viviendo con mi abuela. El Ñeembucú era entonces una región aislada y olvidada del estado paraguayo, una como pocas otras, sin caminos de todo tiempo, sin energía eléctrica, sin muchos esparcimientos, una zona que criaba jóvenes para que migraran a la Argentina apenas cumplían la mayoría de edad. Allí aprendí el guaraní coloquial, el que habla el campesinado de la región. Y allí también, en 1993, escribí mi primera novela, hasta hoy inédita, que lleva como título, y no podía ser de otra manera, Los kurepas.

La novela trata de un average man, un antihéroe, en trance de separación y sin trabajo, paraguayo de nacimiento pero culturalmente argentino, con muchos años de radicación en la ciudad de Rosario, que vuelve a la casa de su madre en la campaña. Toda su estadía en el lugar está lleno de confrontaciones pero a la vez del exhibicionismo de una doble moral progresista juzgona, incomprensiva, jejapo, cínica ante el atraso y el oscurantismo secular que domina las costumbres. El título, de resultas, de mi primera nouvelle ha sido, para mí, el paradigma de mi identidad; no porque yo fuera simplemente ese kurepi que sobran muestras que es un alter ego, empezando porque se llama Darío Castelví, sino porque kurepi es en la novela, y es lo que trato de develar, el mote con el que los lugareños definen a este arribeño que es originario del valle. Vale decir, kurepa no es ni correntino ni argentino en general sino que es el mismo paraguayo que fue expulsado de su querencia y vuelve sin saber mucho por qué razón lo hace.

Mario Castells

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