Sobre la utilidad más elevada de los grandes maestros de la literatura es el tema sobre el que el escritor y filósofo Gilbert Keith Chesterton reflexionó en este ensayo breve publicado originalmente en 1950, incluido en el libro La utilidad de leer. Ensayos escogidos (2021).
La utilidad más elevada de los grandes maestros de la literatura no es de orden literario; de hecho, es algo que va más allá de su magnífico estilo e incluso de su inspiración emocional. El primer uso de la buena literatura es evitar que el hombre se limite a ser moderno. Así como invertir el último dinero que ganemos en vida en el sombrero de más rabiosa actualidad se castiga como algo que pronto pasará de moda, ser sólo moderno supone condenarse a la más extrema estrechez de miras. La senda de los siglos pasados está sembrada con modernos muertos. La literatura, la clásica y perdurable literatura, realiza su mejor cometido cuando nos recuerda cómo fluctúa la verdad, cuando nos fuerza a perpetuidad a contrastar otras ideas más antiguas con aquellas que ahora podemos sentir la tentación de abrazar. Sin embargo, la forma en que lo hace es lo bastante curiosa como para que merezca la pena invertir un instante en estudiarla bien.
En la historia de la humanidad, y en especial en épocas inquietas como la nuestra, aflora de cuando en cuando un cierto tipo de ideas. En el mundo antiguo se las denominaba herejías. En el mundo moderno se las llama modas pasajeras. A veces nos son útiles durante un tiempo y en otras ocasiones nos resultan de todo accesorias, pero siempre se fundamentan en un ensimismamiento indebido en torno a una verdad o a una media verdad. Así, cabe insistir en el conocimiento de Dios, pero resulta herético insistir en él, como hizo Calvino a expensas de Su Amor; así, cabe desear una vida sencilla, pero resulta herético hacerlo a expensas de los sentimientos piadosos y de los buenos modales. El hereje (en el fondo fanático) no es alguien que ame demasiado la verdad, porque de hecho ningún hombre puede amar la verdad demasiado. No, lo que sucede es que el hereje es aquel que ama su verdad más que la verdad misma. Prefiere esa verdad a medias, con la que se ha topado, a toda la verdad que la humanidad conoce. Le repugna ver cómo, en el compendio de la sabiduría del mundo, su pequeña y preciosa paradoja se confunde con veinte otras verdades.
En ocasiones estos innovadores esgrimen, como Tolstói, una lánguida franqueza; en otras ocasiones, una elocuencia sensible y femenina, como Nietzsche, y a veces, como el señor Bernard Shaw, hacen gala de una patente osadía, de un humor admirable y de un obvio espíritu público. En todos estos casos montan cierto alboroto e incluso llegan a crear escuela. Aunque en todos los casos se comete también el mismo y fundamental error. De forma invariable, se supone que el caballero en cuestión ha descubierto una idea nueva, aunque de hecho lo que es nuevo no es la idea en sí, sino la mera enunciación de dicha idea; porque, con toda probabilidad, en sí misma esa idea puede encontrarse diseminada con suficiente frecuencia por todos los grandes libros de un temperamento más clásico o imparcial, en Homero, en Virgilio, en Fielding o en Dickens. Todas las nuevas ideas se encuentran en los viejos libros: sólo allí las hallará uno equilibradas, ubicadas en el lugar adecuado, y en ocasiones también refutadas y superadas por otras ideas mejores. Los grandes escritores no desechaban una moda sin prestarle la menor atención. No, la desechaban tras meditarla y cavilar el alcance de cada una de sus posibles respuestas.
En el caso de que este aserto no haya quedado del todo claro pondré dos ejemplos, y ambos harán referencia a nociones que están de moda entre algunos de nuestros teóricos más jóvenes y fantasiosos. Así, como todo el mundo sabe, Nietzsche predicaba una doctrina que al parecer tanto él como sus seguidores consideran muy revolucionaria: sostenía que la moralidad altruista no era sino la invención de una raza de esclavos, creada con el objetivo de reprimir el surgimiento de tipos superiores que los combatieran y gobernaran. Ahora bien, esté o no de acuerdo, la mente moderna siempre habla de esto como si de una idea reciente e inaudita se tratase. Se cree a pies juntillas que los grandes escritores del pasado, como Shakespeare, por poner un ejemplo, no compartían este punto de vista, porque nunca lo habrían imaginado, porque nunca se les habría pasado por la cabeza pensar en algo así. Vayan al último acto de Ricardo III y, resumido en apenas dos líneas de Shakespeare, encontrarán todo lo que Nietzsche tenía que decir al respecto, y para colmo lo encontrarán enunciado con las mismas palabras de Nietzsche. El jorobado Ricardo III afirma ante los nobles:
la conciencia no es más que una palabra que usan los cobardes, ideada por primera vez para asustar a los fuertes
Como ya he afirmado, esto es de cajón. Shakespeare ya había anticipado a Nietzsche y su moral de amos y esclavos, pero sopesó el tema con calma y lo puso en su justo lugar. Y el lugar apropiado es la voz de un jorobado medio loco en vísperas de una derrota. Sólo cabe mostrar esta rabia contra los débiles en boca de un hombre morbosamente valiente, aunque en esencia enfermo; un hombre como Ricardo III, un hombre como Nietzsche. Por sí solo, este ejemplo debería echar por tierra la absurda fantasía de que estas filosofías modernas son modernas, en el sentido de que los grandes hombres del pasado no llegaron a pensar en ellas. Sí, pensaron en ellas, pero sin obsesionarse. No es que Shakespeare no viera la idea de Nietzsche: la vio y también vio a través de ella.
Pondré otro ejemplo. En su impactante y sincera obra La comandante Bárbara, el señor Bernard Shaw lanza una de las más violentas diatribas verbales contra la moralidad reinante. La gente afirma: «La pobreza no es ningún crimen». «Claro que sí», les rebate el señor Bernard Shaw, «el peor de los males y el peor de los crímenes es la pobreza. Ser pobre es un crimen cuando uno puede rebelarse o hacerse rico. Ser pobre significa ser pobre de espíritu, ser servil o tramposo».
Aquí el señor Shaw da señales de querer centrarse en esta doctrina y muchos de sus seguidores lo siguen de cerca. Ahora bien, lo único nuevo es su concentración, no la doctrina en sí. Thackeray hace afirmar a Becky Sharp que con mil libras al año es muy fácil ser una persona de bien, pero que si sólo se tienen cien la cosa se pone cuesta arriba. Aunque, como en el caso ya citado de Shakespeare, lo importante no es sólo que Thackeray dominara ya esta idea, sino que también sabía con exactitud su alcance, y no sólo eso, sino que también sabía dónde plasmarla. Y la incluyó en un parlamento de Becky Sharp, una mujer astuta y no carente de sinceridad, aunque sea profundamente ignorante de las emociones más hondas que hacen que la vida valga la pena. En la obra en cuestión, el cinismo de Becky, que alcanza cierto equilibro en el contrapunto de Lady Jane y Dobbin, tiene su punto de verdad. El cinismo del señor Shaw, que predica con la austeridad de un curita rural, queda muy lejos de dar en el blanco. Porque no es cierto en absoluto que los más pobres sean menos sinceros o más humildes que los potentados. Con el señor Shaw, la verdad a medias de Becky ha pasado de ser un pequeño sarcasmo a convertirse en un credo, y de ahí ha devenido en mentira.
En el caso de Thackeray, como en el de Shakespeare, la conclusión que nos concierne es la misma: por lo general, lo que denominamos nuevas ideas son apenas fragmentos rotos de viejas ideas. Así pues, no es que esa noción en concreto no le entrara a Shakespeare en la cabeza; es que se topó con muchas otras nociones con que rebatirla.
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The Common Man (1950).
Traducción: Íñigo García Ureta.
Fuente: La utilidad de leer. Ensayos escogidos. Trama Editorial. 2021.









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