En el mercado municipal de Itá, los trabajadores se declaran en huelga tras el anuncio de la Municipalidad de aumentar el alquiler de los locales comerciales. Un cuento de Linda Mazacotte, incluido en el libro Claroscuro. Cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia.
Diciembre siempre había sido el mes agotador para los trabajadores del mercado municipal de Itá, un laberinto de casillas de ladrillo cocido y techos de zinc en casi cuatro manzanas. Corazón de la ciudad que hacía palpitar la economía y muchísimo más cada fin del año. En diciembre de 2008, la situación empeoró. La Municipalidad impuso un aumento en el alquiler de los locales comerciales.
En una las esquinas, Cecilia alquilaba una casilla, donde vendía frutas y verduras. Era una mujer conocida no solo por la habilidad para negociar con los clientes, sino también por haberse opuesto a su primer patrón, un militar colorado, exescolta del dictador Stroessner, que la había obligado a realizar tareas por las que no le pagaba lo suficiente, además de maltratarla porque era campesina. De niña, había vendido miel y dulce de maní en la calle, cargando canastas bajo el sol. Ya adulta, luego del primer patrón y de otros similares, logró alquilar una casilla en el mercado y ganarse el respeto de los mercaderes. El círculo de patrones, sin embargo, la quería fuera; ella había denunciado la venta ilegal de una parte del mercado a un holding extranjero que quería construir un edificio de departamentos. Los trabajadores lograron anular esa venta. Esta vez, luego de la noticia del aumento del alquiler de las casillas, escuchó un rumor extraño y se dirigió a Pedro, el vecino.
—¿Sabés qué está pasando?
—Ya empezaron a despedir gente y a bajar los sueldos para cubrir el aumento del alquiler —le respondió.
Esa misma tarde, mientras se extendía el rumor, otro murmullo comenzó a circular: el dinero recaudado por el alza no estaba destinado a mejorar el mercado, sino a cubrir un desfalco. Según algunos vendedores, un arquitecto pariente del intendente había estado desviando fondos municipales destinados a la reparación de calles y espacios públicos hacia un proyecto privado: la construcción de una lujosa residencia en las afueras de la ciudad. El costo había sido encubierto como «mejoras estructurales» para el mercado, pero las únicas modificaciones visibles eran un par de carteles nuevos en la entrada y la pintura de algunas paredes.
La indignación creció rápidamente entre los mercaderes.
—¿Así que suben los alquileres para tapar el robo de un familiar del intendente? —dijo Cecilia con un tono cargado de molestia.
—Y nosotros pagamos el precio mientras ellos disfrutan de su mansión —agregó Pedro—. ¡Es una burla!
Cecilia observó a sus compañeros, muchos con el rostro sombrío mientras esperaban el bus al final de la jornada, y pensó en sus propias experiencias. Ella bien sabía lo que era trabajar por un sueldo miserable que no cubría lo mínimo: deudas, alquiler, alimentos, hijos, padres, salud, educación…
Al día siguiente, habló con Pedro.
—Estuve pensando… Estos patrones no pueden ser tan injustos…
—Y no —contestó él—, pero así son. Es como hacen las cosas acá.
La jornada terminó más agotadora que de costumbre para los compañeros de los que habían sido despedidos. Con menos mano de obra, el trabajo se volvía extenuante.
De tardecita, al estar todas las casillas cerradas y los patrones ausentes, los empleados y los despedidos se reunieron en la terminal de carga.
Cecilia les habló:
—¡Si esto es un ajuste, que se ajuste a todos! Ellos no son más que nadie y ustedes no son menos que ellos, compañeros.
Los presentes lanzaron vítores y gritos de «¡Cierto!», pero ella levantó una mano en señal de calma y continuó:
—¡No vamos a gritar ni violentar! Vamos a pensar entre todos qué podemos hacer…
Los rostros entre sonrientes e intrigados no supieron cómo reaccionar.
—A partir de mañana, después de que se cierren todos los locales, vamos a reunirnos para hablar y ver qué posturas tomamos para que los patrones paguen lo que pagaban a los compañeros y para que reintegren a los que despidieron.
Esta vez sí supieron cómo reaccionar, con chiflidos y aplausos, como si fuera una ola de sonidos espontáneos que crecía. Esa muestra de apoyo, de aliento colectivo, hizo nacer en ellos un fuego cálido, un sentimiento de fuerza compartida que pocos habían experimentado antes: la certeza de que no estaban solos.
Cecilia, con el rostro encendido y el pecho hinchado de orgullo, levantó un puño y el gesto se propagó entre los demás como una chispa de fuego sobre un campo seco.
—¡Fuerza, compañeros!
Los aplausos resonaron como una lluvia en un techo metálico y, por primera vez en mucho tiempo, el lugar se llenó de gritos vibrantes, cargado de promesas no dichas, de voces que ya no temían callar.
Luego de algunos días, un español que caminaba por la ciudad, como una parada para retomar el viaje a la capital, se detuvo en el mercado municipal por la tensión palpable que se sentía. La curiosidad le hizo preguntar qué ocurría. Los mercaderes hicieron llamar a la líder para que hablase con él.
Después de escuchar lo que acontecía, el hombre se le quedó mirando:
—¿Y qué hace el sindicato?
—¿Sindicato?
Esa palabra era nueva para todos, incluso para Cecilia que no tenía más que su voz y cuerpo para la lucha, sin ningún conocimiento adicional. Pero con la llegada del español comenzaron a surgir nuevas ideas.
Lo invitaron a las reuniones nocturnas. Él, ya reconocido como el compañero Rafael, les habló de derechos, unión, cooperación. Les contó cómo en ciertos lugares el ayudarse entre todos había culminado en la independencia de esos patrones a quienes ellos mismos a estas alturas evitaban.
—Cada progreso de la clase trabajadora tiene su origen en una huelga —les dijo Rafael—. Esto que están haciendo es una oportunidad de hacer respetar los derechos que nunca antes habían reclamado.
Cecilia lo escuchó con atención. Un hombre tan inteligente como él, hablando de cuestiones que ellos apenas conocían, merecía toda la atención que pudiera prestársele. Pero también pensaba en cuál sería el final de esa lucha. Ella conocía muy bien ese lugar y las necesidades de todos; si decidían profundizar la lucha, no estaba segura de cómo podrían acabar las cosas.
Pero comenzaron así, con la voz ronca y llena de euforia de Cecilia gritando que el trabajo se respeta o se hace respetar, seguido de la sonrisa entusiasta de Rafael, que para entonces ya había pospuesto su viaje a la capital hasta que se resolviera ese conflicto con sus nuevos compañeros. Decidieron no trabajar. No se alzarían en ninguna protesta violenta. Simplemente, se presentarían y no trabajarían.
Así, el mercado, habitualmente lleno de movimiento y ruido, quedó en silencio el 23 de diciembre. Los patrones intentaron reponer el caos, pero el agotamiento de cargar sacos y atender clientes sin ayuda, pronto hizo mella. Miraban cómo la rutina se desmoronaba: bolsas de maíz sin cargar, clientes sin atender, tareas sin cumplir. La desobediencia se propagó en todos los locales como un incendio que no pedía permiso. Los patrones observaban, incrédulos, cómo sus empleados se acomodaban en círculo, compartiendo tereré con una calma que les insultaba. Cecilia, desde su esquina, les sonreía mientras machacaba yuyos que repartía entre sus compas.
Para el mediodía, el silencio sepulcral de los empleados se había vuelto insoportable. No decían siquiera el precio de los productos a quienes preguntaban. Solo estaban ahí sentados, encogiéndose de hombros ante cada consulta o mandato. Un jefe, en un último intento por imponer orden, alzó la voz. El trabajador lo miró con una sonrisa fugaz, una burla apenas esbozada, y volvió a sorber la bombilla.
De tarde, exhaustos, los patrones cerraron sus locales y se convocaron a una reunión. Se quejaron de la situación, dijeron que la navidad no sería productiva si ellos seguían en esa postura. Discutieron entre todos y algunos decidieron, muy a su pesar, devolver el puesto a los despedidos, pero el gesto era insuficiente. O todos o ninguno, les habían dicho los huelguistas. Algunos trataron de contratar a nuevos empleados, pero estos fueron rápidamente convencidos de unirse a la huelga.
—Nosotros solo buscamos una solución para el problema que la Municipalidad creó —dijo uno de los jefes a Cecilia—. ¡Deberían reclamarle a ellos!
Ella, con el rostro sereno, dijo:
—Hacemos lo que nosotros decidimos en asamblea. Vamos a ir a la Municipalidad cuando nosotros digamos, no cuando ustedes quieran.
—No entiendo por qué te metés, doña, si ni siquiera sos empleada como para estar molesta —le dijo de pronto Carmen, una de las pocas patronas.
—No necesito ser empleada para ponerme en el lugar de los compañeros. La huelga se levanta cuando nosotros digamos. ¡Vayan ustedes a reclamar a la Municipalidad si tanta solución quieren!
Lo hicieron. Carmen y otros quisieron sobornar al director del mercado, pero él rehuyó de ellos para evitar una situación vidriosa con los trabajadores.
—El miedo es notorio —opinó Rafael—. Habéis conseguido que os respeten. Eso ya es un avance.
—También me comentó la secretaria que el intendente mismo le dijo al director que solucione ya esto. Pero vamos a ver qué pasa —dijo Pedro.
Luego de días de tira y afloje, de buscar formas legales e ilegales de no depender de sus empleados, los patrones cedieron. Casi al mismo tiempo, la Municipalidad revocó la ordenanza del aumento de alquileres, noticia que agradó a los patrones que pretendían que las cosas volvieran a estar exactamente como habían estado antes.
El 30 de diciembre, bajo amenazas de que habría otra huelga inmediatamente si el pacto se rompía, firmaron un acuerdo que restablecía los puestos y los salarios.
Cecilia se alegró, pero no lo festejó. Creyó que estaban ante algo mucho más grande; sin embargo, lo comprendió. Rafael le dedicó una mirada cabizbaja cuando se marchó.
—En algún momento comprenderán que pueden hacer más que esto. Cuando eso pase, no os parará nadie —le dijo.
Para ella y los demás, el mercado no había sido nada más que un presente al que habían llegado porque tenían que trabajar para pagar deudas y cuentas. Ahora, les parecía una gran posibilidad, un largo camino por recorrer.









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