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En estado larvario

La joven escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina presentó su libro de cuentos Larvas en 2025. En Libroclub Y, nuestro club de lectura, lo leíamos y charlamos con ella sobre el mismo. Para revivir el encuentro, publicamos la transcripción editada.

Tamara Silva Bernaschina y yo nos conocimos en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en 2024, específicamente en el Diálogo de Escritoras y Escritores de Latinoamérica, mesa V: «¿Irse o quedarse? La trampa del territorio. Cuando la propia tierra traza destinos.» Entonces nos escuchamos, conversamos e intercambiamos libros. Al año siguiente, luego de que presentara el cuentario Larvas con el sello de Páginas de Espuma, la invité para charlar en Libroclub Y. Poco después, estando ella en plena gira en España, tuvimos este ameno diálogo sobre sus cuentos larvarios ubicados en el territorio de sus afectos: el campo del Uruguay.

Un lector: ¿Por qué Larvas? Las larvas son mencionadas en un cuento y luego en otro, donde terminan siendo otra cosa. En cambio, una frase de un cuento: «El agua quieta se pudre, dijo su padre, y le nacen mosquitos y larvas», me parece que fundamenta el libro, en el sentido de que el agua quieta es como la cultura quieta de los lugares donde suceden las historias, cultura que se pudre y en la que se reproducen muchas fantasías, supersticiones, leyendas, mitos, etc., justificaciones para la desigualdad, la violencia y la muerte ¿Esta concepción es algo que conversaste con tus editores o lectores antes de la publicación del libro?

Tamara: Sí, está presente esto que decís de la quietud, de lo que se pudre y de lo que nace en la pudrición. También había como un pensamiento previo a la escritura del libro que tenía que ver con lo larvario y cómo vive lo larvario y por qué etapas pasa. Hay algo sobre la larva, cuando está debajo de la tierra, a veces en el agua, a veces por dentro de un cuerpo, que no solo me interpelaba mucho a mí, sino que interpelaba mucho al libro porque puede atravesarlo todo y puede vivir debajo de lo que sea hasta que nace en algún momento… El agua está muy presente en todos los cuentos. En el agua quieta aparece la larva. También eso de que se puede comer la pierna de un perro. Además, creo que muchos de los personajes del libro están como en un estado larvario, entendido como uno de deformidad, de un tránsito entre el nacimiento y alguna otra cosa. Por eso el título es Larvas.

Un lector: ¿Desde el inicio pensaste en ese título para el libro?

Tamara: Al principio tenía una idea muy caprichosa. Había pensado en larvaria, larvario. Era algo que tenía una imagen en la cabeza durante la génesis del libro aunque el libro en sí no arranque con una imagen: la de un niño con una isoca, una larva de cascarudo de escarabajo sobre la mano. Pensaba en esa imagen y pensaba y pensaba… Había algo de eso que se fue metiendo de a poquito en todo el proceso de escritura.

Mismo lector: Entonces, el proceso de escritura fue un proceso larvario.

Otro lector: A mí también me llamó la atención el título. Busqué el significado de la palabra «larva» en el diccionario y encontré dos definiciones: por un lado, es un animal en desarrollo; por otro, para algunas culturas la larva es un fantasma, espectro o duende. Cuando leí eso, pensé que tenía sentido porque los cuentos presentan escenarios familiares y campestres donde ciertos fenómenos desarrollan un mundo distinto, acorde a los significados del diccionario. ¿La idea del libro está planteada como un animal en desarrollo? ¿Y para llegar a ese desarrollo tenían que pasar las cosas que pasaron?

Tamara: Es interesante porque esa acepción de larva que está en desuso, la de fantasmas, duendes y espectros, me parece fantástica. No la había leído hasta hace dos días, cuando presenté el libro en un pueblo en el interior de España, donde hay un club de lectura en una biblioteca municipal. Una de las personas me dijo que había buscado el significado y que leyó esa acepción. Me hizo descubrir una parte, ponerle luz y agregar una capa de significado a esto que venía diciendo antes. Me parece que lo explicaste muy bien. También eso de pensar al libro como un animal en desarrollo, como algo que está entre cosas. Creo que muchos de los personajes de los cuentos se quedan entre tiempos o materias. Eso también me hace sentido.

Una lectora: En Larvas, el cuerpo aparece constantemente fragmentado, vulnerado, expuesto. ¿Qué te interesaba explorar al presentarlo de esa manera?

Tamara: Mucho antes de que este libro existiera, pensaba que estaría relacionado al asco, algo que para mí es una sensación muy corporal, que tiene que ver mucho con la víscera. También hubo una búsqueda muy particular de explorar hasta dónde el cuerpo se puede volver algo más difuso y pensar qué me pasaría a mí con ese límite. Sobre todo, al pensar en esos cuerpos que se juntan y de a poquito parecen volverse uno, como una disolución de fronteras, un intercambio de materia no solo entre cuerpos, sino entre cuerpo y paisaje, cuerpo y geografía. Es una pregunta que todavía me la hago. En este libro no resolví nada, pero sí hay una exploración y una prueba de hasta dónde se puede ir y cómo se puede explorar aquello que me interesa mucho: el cuerpo, lo que nos pasa en el cuerpo y con los otros cuerpos. No sólo con los cuerpos de animales humanos, sino con los cuerpos en general: insectos, animales, incluso cuerpos pensando en piedras, agua…

Un lector: Me gustaría saber si tenías intención de evidenciar que la infancia es la parte más vulnerada de la sociedad, como pareces hacerlo en algunos cuentos como «La gallinita ciega».

Tamara: Me gusta que uses la palabra intención porque a veces siento que no tengo intención de nada más que de narrar antes de empezar un cuento. Después aparece el narrador y las imágenes, y todo se disipa muy rápido hacia una dirección. Pero sí hay algo que es cierto: me encantan los narradores infantiles. La mirada infantil me parece muy caleidoscópica y muy rica para contar un mundo que puede llegar a ser aburrido. Cuando me planteo el primer cuento, pienso: ¿cómo sería narrar una situación con piojos y luces desde una perspectiva adulta? Creo que me hubiese entusiasmado muy poco, que no hubiese llegado lejos con la fantasía y la narración. La mirada infantil me da esa posibilidad. También hay algo de confiar mucho en esos narradores y personajes niños que, usualmente, son quienes entienden mejor y antes. Son todo potencia para mí. La intención está muy pensada desde la escritura: la de usar este tipo de narradores para deformar la realidad, en el buen sentido. Después, durante la lectura, hay muchas cosas que se pueden interpretar. Me parece que darles voz a los niños puede ser muy enriquecedor y sobre todo importante.

Un lector: Antes de la reunión hablamos brevemente sobre las posibles influencias en el libro. Quizá Quiroga, «La gallina degollada», sea una… ¿Qué autores o autoras paisanas de ti podrían estar presentes en tu literatura? ¿Felisberto Hernández? Me parece que Onetti y Benedetti no están presentes.

Tamara Silva: No sé si lo identifico mucho en mi escritura, pero sí en mi lectura, porque han formado parte de mi bagaje lector, de mi formación más sensible, talvez no de mi formación académica. Quiroga se da en la escuela en Uruguay y en el liceo. Es un pilar muy importante, sobre todo en los primeros años, cuando leemos «El almohadón de plumas». Creo que no hay una persona uruguaya que no recuerde con trauma la lectura de ese cuento. Felisberto Hernández también tiene un universo maravilloso. Armonía Somers es una gran cuentista. Tiene un cuento que se llama «Réquiem por Goyo Rivera» y otro que se llama «El derrumbamiento», maravillosos. Con un autor de mi ciudad, de Minas, en el interior de Uruguay, siempre me emparentan. Creo que por la geografía, temas y paisajes parecidos. Lo cierto es que lo leí solo en el liceo y se llama Juan José Morosoli. Es muy bueno. A veces me pregunto cómo una lectura se transforma en influencia y me parece algo complicado de pensar. Estos son grandes maestros del cuento en Uruguay.

Una lectora: Me emocioné hasta las lágrimas con algunos cuentos y me quedé con añoranza de los personajes después de la lectura. Como lectora, me ha parecido que en los espacios vacíos, donde no se explican todos los detalles, se construye cierto grado de complicidad ¿Cómo crees que esta técnica influye en la relación del lector con los personajes? ¿Podés contarnos sobre otros elementos u otras decisiones narrativas que has tomado para construir esa complicidad?

Tamara: Me cuesta un poco pensar en mi proceso creativo. Creo que es algo que he hecho forzosamente al responder una entrevista o charlar con alguien más sobre mis propios libros y es algo que me hace muy bien. En estos días estuve pensando en que no puedo fallar en esto que bien llamas vacíos, que hay que confiar mucho en quien está leyendo para que no solo haga un pacto con el libro y con el cuento, sino para que interprete y preste atención, y siga lo que propongo. Pero reconozco que eso no va para todos los lectores. Nada es para todos los lectores. Me pregunto si hay una lectura desde España de este libro y si hay una lectura distinta desde Paraguay. Si me preguntasen, creo que sí, que es distinta. Hay algo en esa confianza ciega que estoy aprendiendo recién ahora: que no siempre funciona y que está bien que sea así. Sobre los personajes, me gustaría pensar que esa misma emoción que siento cuando los escribo aflora cuando alguien más lee los cuentos. A veces me pasa que inicio un texto reemocionada y que de a poco me voy desinflando. Cuando escribir se me hace cuesta arriba, me doy cuenta de que ese texto no vale la pena y lo dejo. Todos los textos de este libro estuvieron muy vivos mientras los escribía. Sobre todo, algunos personajes… Algunos vuelven porque a mí me volvían todo el tiempo a la cabeza, como Milton y Jorge de «Arena, arena, arena». Me gusta pensar que funciona tener esta relación muy cercana con el texto. Cuando salía de casa, mientras trabajaba, pensaba en lo que estaba escribiendo. Después volvía y, aunque tuviese un poquito rato, agarraba la compu y seguía. Hay algo de esa emoción que me gusta creer que queda en el texto y que puede ser recuperada por quienes se acerquen a leerlo.

Una lectora: Me gustó mucho el primer cuento que habla sobre piojos. ¿Quién no los tuvo? ¿El libro habla también sobre las creencias del pueblo? En «Arena, arena, arena», por ejemplo, un personaje dice «lo que no está enterrado, sigue vivo», típica creencia que pasa de padre a hijo.

Tamara: Creo que hay algo de eso. A veces son cosas que yo y todo el mundo llevamos tan adentro que en la escritura cuesta identificar… Me acuerdo de que cuando era chica me sonaban los dedos y me decían «qué mentirosa que sos; porque tenés muchas mentiras». Muchas de estas expresiones en algún momento se vuelven dichos. No pienso demasiado cuando los estoy escribiendo, pero creo que completan esta suerte del universo que se va armando con estas piecitas muy chiquitas. No se trata solo de describir el campo y cuán verde o cuán seco está, o cómo corre el agua, sino de que el lenguaje acabe por armar ese paisaje junto con la forma de actuar de los personajes. Yo me crié en el campo en Uruguay. Entonces, hay algo ahí que no puedo sacar de mí y de mi escritura. Toda mi familia vive en el campo. A estos personajes me los imagino viviendo en Uruguay, en entornos rurales, y que no digan estas cosas, que no piensen estas cosas, que estas cosas no estén en ese paisaje, me resultaría muy artificial y muy contrario de lo que me gustaría transmitir. Están ahí por una razón, pero también porque no podría ser de otra manera.

Misma lectora: En el cuento que me gustó mucho, el de los piojos, la forma en que habla el narrador es muy de niño. Me remontó a mi niñez. Eso se siente muy impregnado. Aparte, creo que hay una cierta métrica, poesía, frases que se repiten, no estoy segura. ¿Podría ser una rima?

Tamara: Creo que hay musicalidad. Eso sí me importa mucho. Corrijo muy poco, pero porque demoro mucho en terminar y en decir «esto ya está». Recién entonces estoy segura de lo que hice. No es que no acepto comentarios y no edito. Lo que hago son cambios que no significan tanto, pero sí leo todo en voz alta. Hay algo ahí que me pasa: cambiar palabras, rearmar frases, cortar párrafos… Tiene que ver con una sonoridad del texto que creo que es muy de la poesía. Me encanta leer textos de otros en voz alta y darme cuenta de que esa musicalidad también está ahí. Creo que puede ser eso lo que identificaste: musicalidad.

Un lector: Todos los lugares en los que suceden los cuentos nos son muy comunes a nosotros, los paraguayos, que conocemos el interior del país. Podemos reconocer estos territorios. Aunque las supersticiones o las fantasías no sean las mismas, rápidamente pensamos: Si allá dicen tal cosa, acá dicen otra. Entonces, en Desastres naturales, en la novela Temporada de ballenas y en Larvas, parece que tu lugar de origen es muy importante en tu literatura.

Tamara Silva: Imagino que en Paraguay pasa lo mismo. Uruguay y Paraguay son el mismo país para muchos españoles. Saben que está en América del Sur, pero no muy bien dónde. Nací en Minas, en el interior, y viví la mitad de mi adolescencia en Aiguá, en el campo. Me mudé a Montevideo para estudiar y trabajar como mucha gente de mi edad que se lo puede permitir, porque vivir en Montevideo es caro. La pregunta que me suelen hacer es por qué escribo sobre el campo. Es mi paisaje afectivo. De mi familia, de mis mascotas, de los animales, es el lugar en el que viviría si no tuviese que estar en una universidad en Montevideo. No tengo deseo de escribir sobre otra parte. Esa es toda la justificación. Cuando me siento a escribir, el lugar que aparece es el campo, un territorio rural o un poco más agreste, a veces un barrio, pero nunca el centro de Montevideo. Me parece que hay una elección porque sale de esa manera. Pero sé que, si me propusiera escribir sobre Montevideo, podría hacerlo, talvez hasta me guste y me divierta. Pero lo que elijo a la hora de narrar es otra cosa y otro lugar, y también otras formas.

Una lectora: Me costó mucho leer Larvas porque es muy visceral, muy violento… Lo relacionó con algunos casos recientes de feminicidio en el Paraguay que fueron tremendamente violentos. Aun así leí el libro y me gustaría saber si tus cuentos son una denuncia indirecta, como una expresión de lo que el sistema patriarcal hace a la niñez, a las mujeres, a los animales, a la naturaleza, cuerpos marcados, quemados, podridos, deseos suprimidos, identidades devoradas.

Tamara: Mi respuesta va a tener dos partes. En primer lugar, algo en lo que pienso y creo es que mis cuentos son literatura y que hay poco de la denuncia indirecta. A mí me cuesta pensar temas o escribir sobre violencia de género como un tema, porque me parece que a la hora de narrar y a la hora de construir una ficción, el proceso creativo me pasa por otro lado. Los temas aparecen como le aparecen a la gente de nuestro mundo. Entonces hay algo un poco mimético del funcionamiento de los problemas del mundo en el mundo de la ficción, aunque después pasen otras cosas y haya otras lógicas… Pero sí, todo lo que vos enumerás son cosas que me interpelan muy profundamente como persona. Supongo que a ustedes también. Esto hace que a la hora de la escritura aparezcan, no como tema ni como una propuesta. Nunca la consigna es escribir un tema sobre el deseo suprimido, pero sí hay algo que está ahí por debajo, como en «Arena, arena, arena». Lo que lleva el cuento hacia adelante son los dos personajes y la yegua, pero este tema los atraviesa de alguna manera. En el proceso de escritura, pienso poco en los temas, pero fuera del proceso de escritura, en la vida, pienso mucho en ellos. Ahí hay algo que se mezcla y que se trenza, que me cuesta mucho. Esto pasa en los concursos literarios. En Uruguay, hubo hace poco uno que tenía que ver con empleadas domésticas. Para mí y mi proceso es rarísimo llegar a una ficción a partir de un tema.

Un lector: En los cuentos «Jauría» y «Arena, arena, arena», hay horror o terror con animales, pero entiendo que el mayor miedo de los protagonistas es el ser descubierto y excluido de la sociedad o de quedarse sin trabajo y sin sustento, que sería como una forma de exclusión. ¿Estás de acuerdo con que el terror o el horror sobrenatural sirve para narrar miedos más elementales o históricos, como el de quedarnos solos, que es lo que le temen estos personajes?

Tamara: Sí, sin duda. Creo que, en un plano de mundo más concreto, lo que les pasa a los personajes es lo que les pasa: una yegua se les revive y los echan, y no se sabe muy bien por qué, y después una mujer se enamora de una mujer piedra que eventualmente le aplasta, cosas muy concretas y reales en este contexto. Pero también me parece que narrar lo fantástico y narrar el horror pone luz en algunos aspectos que no son tan luminosos, por ejemplo, en el miedo a la soledad, el cual me parece que se encuentra en la mayoría de los cuentos.

Una lectora: Larvas transmite una sensación de mutación constante. Es fragmentaria, casi como si estuviera en proceso de transformación. ¿Qué te llevó a elegir esa forma?

Tamara: Creo que hay dos cosas allí. Una que puede sonar banal, la de no tener todo el tiempo del mundo para la escritura porque estudio, trabajo, cocino y limpio en mi casa. Entonces, la escritura de este libro estuvo muy condensada en tres o cuatro meses, cuando abría el documento, escribía una hora, después salía, volvía de noche, borraba algunas palabras y retomaba la escritura al día siguiente. Es el caos en mi orden durante el proceso creativo. Me funciona… porque suelo ser muy caótica. Lo que me pasaba después es que, a veces, sobre todo en cuentos específicos como «Jauría» y «La joven edad», acababan siendo especialmente fragmentarios. Hay otros en los que hay un salto y una dislocación de discurso, como en «No acampar ni abordar» Ahí hay una mezcla entre la crónica y el cuento. Creo que esto tiene que ver con el proceso de escritura y también con una búsqueda que imagino como poética: de lo móvil que puede volverse una historia, el tiempo y los personajes. Al pensarlos de esta forma ellos existen, sin importar si no narré qué comieron o si se levantaron y les pasó tal cosa, porque siguieron existiendo y están bien sin que yo lo haya narrado. Al menos así me lo planteé. Talvez después, en la lectura, se pase a otra cosa, pero que el texto no pierda estabilidad mientras lo vuelvo más flexible es algo que me gusta mucho.

Presentador: Tamara, un gusto nuevamente. Muchas gracias por dedicarnos tu tiempo. Algunos de los cuentos en Larvas me han impresionado mucho y supongo que esa impresión será perdurable. Seguiremos en comunicación. Te mandamos un abrazo.

Tamara: Yo les mando un abrazo a ustedes. Gracias por leerme, por invitarme y por aceptar que haga un Zoom sentada en la cama, con esta informalidad, moviendo la cámara todo el tiempo. ¡Gracias!

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