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La soledad, la sociedad y la palabra

La película colombiana Un poeta (2025) y la miniserie noruega Un hombre mejor (2025) pueden leerse como dos relatos sobre la soledad de los hombres y el ejercicio de la palabra en contextos profundamente distintos.

Dos hombres solos, dos sociedades distintas

En una escena de Un hombre mejor, uno de los personajes recuerda un experimento: una rata es encerrada en una jaula, con dos dispensadores, uno de agua potable y otro con heroína. El resultado: la rata elige la heroína y muere. Luego, esa misma prueba se repite en un entorno completamente distinto: un pequeño parque para ratas, con juguetes, comida abundante, espacio para correr, otras ratas con las que convivir. Y de nuevo los dos dispensadores: el de agua pura y el que contiene heroína. Pero con un resultado opuesto: casi ninguna rata elige la heroína. El personaje comparte su asombro: no sería la droga lo que mata, sino la jaula; no sería la sustancia, sino el aislamiento. La escena funciona porque condensa una intuición muy fuerte sobre la soledad contemporánea, aunque la evidencia científica real sea menos lineal y más cauta. Las investigaciones sobre salud mental distinguen entre el aislamiento objetivo y la soledad subjetiva, y muestra que esta última no equivale simplemente a estar solo: es una experiencia dolorosa de desconexión (Finley & Schaefer, 2022). También muestra que la soledad se asocia con malestar afectivo, depresión, ansiedad, idea suicida y mayor sensibilidad a la amenaza social, cambiante según la edad, el género y el contexto cultural (Beutel et al., 2017; Barreto et al., 2021; Finley & Schaefer, 2022).

La película colombiana Un poeta y la miniserie noruega Un hombre mejor pueden leerse como dos relatos sobre la soledad de los hombres en contextos profundamente distintos. En un caso, la soledad aparece en medio de la precariedad latinoamericana, la dependencia familiar, la humillación cotidiana y la desvalorización de la palabra poética. En el otro, emerge en una sociedad de bienestar, atravesada por instituciones de cuidado, pantallas, anonimato digital y nuevas formas de resentimiento. Son mundos diferentes, pero en ambos la soledad no es un retiro ni una experiencia noble de introspección; es una zona ambigua: fecunda o devastadora, capaz de producir poesía o incubar odio.

Un poeta cuenta la vida de Óscar: un poeta frustrado, hundido en el alcohol y arrastrado por una mezcla de humillación, deseo de reconocimiento y decadencia cotidiana. Un hombre mejor cuenta la vida de otro varón en crisis, Tom, también roto, en condiciones y circunstancias diferentes. Ya en los títulos, ambas tienen una primera afinidad: el artículo indefinido que parece prometer historias singulares, el recorte de una vida entre otras, el seguimiento más o menos íntimo de dos hombres particulares.

Sin embargo, ocurre lo contrario. Cuanto más avanzan estas dos obras en la singularidad de sus protagonistas, más obligan a leer algo que excede largamente a esos individuos. Más allá de la tentación inicial de mirar a esos personajes con distancia, incluso con incomodidad o desprecio, Un poeta y Un hombre mejor terminan enseñando más sobre el funcionamiento de la sociedad y sobre zonas menos confesables de nosotros mismos. No solo vemos a dos hombres de quienes querríamos separarnos; vemos arreglos sociales, formas de dependencia, modos de producir fracaso, resentimiento y daño.

Dos maneras históricas de fabricar subjetividades heridas. En un caso, bajo la precariedad estructural latinoamericana, donde el aprovechamiento, la dependencia y el rebusque forman parte de la reproducción misma de la vida. En el otro, en una sociedad de bienestar atravesada por instituciones de cuidado, pero no por eso a salvo del odio, la descomposición íntima ni la deriva autoritaria. Dos hombres, sí, pero sobre todo dos sociedades.

La soledad y la dependencia

Ambos protagonistas dependen de sus madres afectiva y materialmente. Son adultos cuyo sostén último sigue siendo la figura materna que provee, administra, contiene, limita y reprende. En los dos hay una adultez suspendida, una autonomía fallida, una masculinidad que no logra afirmarse como tal bajo los códigos que sus propias sociedades le imponen. Una dependencia contada como problema íntimo y síntoma social.

En Un poeta, esta condición es empujada casi hasta el ridículo. Óscar pide plata, es reprochado, queda reducido a una escena de humillación cotidiana que por momentos incomoda mirar. Al principio, la infantilización parece innecesaria; luego esa exageración se vuelve el punto porque no habla solo de Óscar, sino que funciona como espejo de una sociedad que posterga, sabotea o impide la construcción de autonomía.

Al amigo Gustavo Setrini, por su trayectoria de vida marcada por la migración, siempre le ha llamado la atención la infantilización extendida en la sociedad paraguaya. Tratando de ponerle nombre, él la ligaba a formas de subordinación adscriptiva: autoridades que no se construyen en relaciones dialógicas, en aprendizajes recíprocos o en procesos de autonomización progresiva, sino que se imponen por edad, clase, posición. Parece obvio, pero a veces es difícil reconocer. Uno adquiere autoridad por envejecer o por ocupar un lugar, no por haber construido una relación. Entonces no hay un verdadero proceso de independización. La dependencia arranca en la familia, pero se reproduce en la escuela, la iglesia, el trabajo… En el Paraguay, el sujeto aprende a recibir tutela, a esperar instrucciones, a cumplir, antes que a pensar y actuar por cuenta propia.

La soledad y el valor de la palabra

El problema de Óscar no es únicamente que no provee; es que no provee haciendo eso que organiza su deseo. La poesía no es para él una afición lateral; es el centro de su identidad, el lugar donde imagina su valor, el soporte de una promesa de reconocimiento. Pero ese centro no tiene valor social suficiente para sostener la vida. No todo a lo que una persona entrega su tiempo, cuerpo y deseo encuentra un equivalente material o reconocimiento social estable. Hay vocaciones condenadas a la humillación, trabajos que no cuentan como tales, mundos simbólicos que no alcanzan a sostener una existencia. Por eso, el fracaso del personaje no puede leerse como mera debilidad moral o irresponsabilidad. Hay un orden social que decide qué vale y qué no, qué merece paga y qué merece burla, qué forma de existencia puede llamarse adulta y cuál queda reducida al ridículo.

En ese marco, es potente la instrumentalización de la poesía en la película. La poesía no aparece como un refugio puro frente a un mundo degradado. Tampoco como un territorio sagrado. Aparece como espacio de pose, prestigio, manipulación, de pequeñas miserias, jerarquías minúsculas y vanidades muy reconocibles. Una forma de quitar solemnidad al arte sin despojarlo de importancia. La poesía no salva por sí sola; también circula en una sociedad atravesada por la competencia, la escasez de reconocimiento y la necesidad de convertir incluso la sensibilidad en recurso. No queda afuera del mundo social: lo condensa.

Cuando la soledad se vuelve odio

Un hombre mejor se mueve en otra dirección. En esta historia, el problema no es el del artista desvalorizado, sino el de una subjetividad masculina que reorganiza su dolor bajo la forma del odio. No es una miniserie de un hombre dañado, sino de uno que encuentra una gramática para su resentimiento con un blanco nítido: las mujeres. Si en Un poeta la herida central pasa por la impotencia, por el no poder sostenerse ni encarnar el mandato masculino del proveedor, en Un hombre mejor esa herida se vuelve acusación, rencor.

Dos escenas condensan esa diferencia. En Un hombre mejor, la mujer acosada por Tom, una humorista, queda atravesada por el miedo después de leer un mensaje anónimo (de Tom) y en pleno show se desvanece ante el público, atormentada por la posibilidad de que su acosador esté entre los presentes, a punto de convertir la amenaza virtual en violencia física. La escena siguiente es brutal: Tom dispara y derriba oponentes en un videojuego. Esa transición tiene una dureza extraordinaria porque une el daño subjetivo producido por el acoso y una gramática masculina de la agresión mediada por esta interfaz.

En Un poeta ocurre algo distinto, pero comparable en su potencia moral. También una mujer cae. El cuerpo de la adolescente alcoholizada irrumpe. Pero la reacción de Óscar abre otra secuencia: carga a la adolescente sobre su espalda, la lleva hasta la casa de ella, la deja en la puerta, duda, no consigue irse del todo, no se atreve a abandonarla por completo y finalmente regresa para llevarla al hospital.

Son dos escenas que explican el contraste anterior: en un caso, la herida masculina se organiza como hostilidad que daña a otro; en el otro, aun en medio de la miseria y la degradación, todavía sobrevive una vacilante capacidad de cuidado.

Las mujeres ante la soledad de estos hombres

En ambas historias, las mujeres son quienes realizan el gesto que abre una posibilidad de redención para estos varones. En Un hombre mejor, la humorista que ha sido víctima del acoso de Tom decide buscarlo, saber cómo está, averiguar incluso si se suicidó. Cuando se encuentran, hablan con una honestidad inesperada. En Un poeta ocurre algo análogo, aunque en otro registro. La adolescente, al darse cuenta que el vínculo entre Óscar y su hija había quedado amenazado por los rumores de un acoso que nunca existió, decide aproximarse a la hija para decirle que su padre no le había hecho nada. En los casos, muy a contracorriente de la lógica del daño que organiza buena parte de estas historias y de sus entornos sociales, son las mujeres quienes realizan un gesto de cuidado y protección.

La soledad, el espectáculo y el deseo de morir

Ambos personajes consideran, de maneras distintas, que el suicidio podría resolver su fracaso o volverse una salida. En un caso, como tentativa desesperada y fallida: un gesto torpe, extremo, doloroso, que no consigue consumarse. En el otro, reflexionado, casi como una hipótesis estética: la idea de que talvez la muerte otorgue finalmente valor a una obra que en vida no ha sido reconocida. Suicidio como una forma de cierre, una respuesta posible frente a una existencia devaluada. La muerte no solo como salida del dolor, sino como promesa de orden: la fantasía de que al final algo termine de significar. Esa coincidencia dice mucho del lugar al que han sido empujados por sus sociedades.

En ambas obras, antes del suicidio, la sociedad reaparece bajo una forma muy precisa: la televisión. No como simple telón de fondo, sino como dispositivo que devalúa, teatraliza y espectaculariza la degradación de las vidas. En esos programas se banaliza el machismo, se ridiculiza la poesía y se convierte la humillación en consumo público. Los medios se cuentan como espacios institucionalizados y legítimos de ejercicio de violencia simbólica: lugares desde donde se expone, desacredita y escracha sin quedar expuestos al descrédito, el estigma o el ridículo que imponen a los otros. Por eso, la idea del suicidio cobra todavía más fuerza. No porque los medios produzcan de manera mecánica ese desenlace, sino porque antes del intento o la fantasía de morir aparecen escenas, instituciones y lenguajes sociales que vuelven esa muerte pensable, justificable, casi razonable para quienes ya han sido empujados a sentir que su vida ha perdido valor ante los ojos de los demás.

La soledad y el tipo de sociedad

En Un poeta, la precariedad es una atmósfera estructural. No es una excepción ni una contingencia; es el modo ordinario en que se organiza la vida. El aprovechamiento, la manipulación, la dependencia, el rebusque, el moverse entre favores, humillaciones y urgencias, forman parte de la textura misma de la reproducción cotidiana. La precariedad no es solo la falta de ingresos; es una forma de vincularse, pedir, negociar, aguantar, posponer, vivir siempre un poco al borde. En ese mundo, la fragilidad masculina toma una forma específica: la del hombre que no logra volverse valioso, ni siquiera mínimamente, dentro del orden que mide la dignidad en términos de utilidad y sustento.

En Un hombre mejor, el paisaje social es otro. Allí hay instituciones. Hay tramas de cuidado. La madre vive en un asilo; el protagonista mismo encuentra refugio en una institución que lo acoge. El cuidado está socializado, al menos en parte. La sociedad no abandona del mismo modo. Pero eso no significa que el sufrimiento desaparezca. Lo que cambia es su forma. En vez de la intemperie brutal de la precariedad latinoamericana, hay otra amenaza: subjetividades que se pudren en silencio, que incuban odio en espacios íntimos, que encuentran en el malestar un combustible político. Es una de las intuiciones más inquietantes de la miniserie: las políticas de bienestar no cancelan por sí mismas la posibilidad de la violencia reaccionaria. A veces apenas la desplazan, la contienen un tiempo, la empujan hacia zonas más íntimas y clandestinas, hasta que finalmente revienta.

La interfaz de la soledad

En ese sentido, Un hombre mejor también dice algo muy agudo sobre la época a través de sus soportes de comunicación. Un poeta todavía pertenece a un mundo que va quedando atrás: la voz, la presencia, el libro impreso, los encuentros cara a cara, la palabra dicha en un espacio compartido. La miniserie noruega, en cambio, presenta otras mediaciones. Lo que le ocurre al protagonista no es solo una crisis subjetiva, sino un cambio de interfaz, en relación con lo digital y también con la performatividad. Cambia su manera de presentarse, acercarse, herir, ocultarse, ocupar el espacio.

La transición del desmayo de la humorista a la pantalla del videojuego de Tom tiene una potencia notable. Funciona como condensación de una verdad contemporánea: la interfaz no separa limpiamente el juego, la agresión, el espectáculo y la vida social. Al contrario, los articula. Organiza la relación de Tom con su propia imagen. Por ejemplo, tras haber sido estafado en línea, él no soporta verse en el espejo del baño y se escupe mientras se cepilla. Más tarde, ya refugiado en una residencia de cuidados y vestido de mujer, vuelve a experimentar rechazo ante su reflejo, esta vez en la pantalla apagada. Pero lo más interesante es que al final de la miniserie esa transformación no termina en rechazo.

La miniserie desarrolla que la mutación en la interfaz modifica las escalas de la experiencia. Lo lejano puede volverse íntimo. Lo íntimo puede adquirir una potencia pública devastadora. Al mismo tiempo, ese cambio de interfaz le permite al personaje descubrir el afuera: salir a la calle, estar cerca de la gente, moverse en el espacio bajo otra forma de presentación de sí.

La soledad y sus formas de precariedad

Explicar cómo funciona la precariedad es uno de los grandes desafíos de las ciencias sociales. La precariedad, tanto en su forma latinoamericana más reconocible (material, laboral, económica) como en sus versiones subjetivas, relacionales, tecnológicas y morales. Un poeta la muestra bajo la forma de la dependencia material, la humillación y la desvalorización del trabajo. Un hombre mejor, bajo la forma de un odio individualizado, una descomposición íntima, una subjetividad herida que encuentra nuevas mediaciones para dañarse y dañar.

Sociedades distintas: una latinoamericana, donde la precariedad aparece como condición del día a día; otra europea, con un Estado de bienestar y dispositivos desarrollados de cuidado. Pero las dos producen vidas frágiles y revelan que la crisis de ciertas masculinidades no puede pensarse fuera de las formas concretas de organización social, reconocimiento, dependencia y mediación comunicativa. En una, el hombre fracasa porque no logra sostenerse en un mundo que apenas sostiene a nadie. En la otra, el hombre odia en medio de un mundo que sí sostiene bastante, pero que no impide fantasías de revancha.

Escribir en soledad

La soledad no aparece en estas obras como una categoría sin zonas grises. Puede ser un espacio fecundo, capaz de abrir mundos a través de la palabra, la poesía; de una relación más intensa con lo que se siente y se piensa. También puede volverse aislamiento: el punto en que el mundo se distorsiona y la propia voz deja de ser búsqueda para convertirse en encierro. La soledad de estos dos protagonistas pertenece a esa zona ambigua a la que conviene acercarse con cuidado, respeto y honestidad, al menos ante uno mismo. No toda soledad es elegida, no toda soledad produce algo valioso.

En última instancia, la soledad no vale por sí misma, sino por su contenido, por lo que en ella se hace con la palabra y la mirada, un aspecto en el que ambos personajes vuelven a tocarse, pues los dos escriben. Uno desde un mundo con medios casi en desuso, aspirando a la publicación impresa de poemas; el otro desde el anonimato digital, mediante cuentas falsas y mensajes de acoso. Uno escribe desprecio hacia lo que observa; el otro termina recibiendo el desprecio de quienes lo observan. Pero ambos, al fin y al cabo, escriben.

Quizás estas sean las preguntas más inquietantes de estas dos obras: qué hace la sociedad con la soledad de los hombres y qué hacen esos hombres, en soledad, con las palabras que tienen a su alcance.

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Fuentes consultadas

Barreto, M., Victor, C., Hammond, C., Eccles, A., Richins, M. T., & Qualter, P. (2021). Loneliness around the world: Age, gender, and cultural differences in loneliness. Personality and Individual Differences, Celebrating 40th anniversary of the journal in 2020, 169, 110066.

Beutel, M. E., Klein, E. M., Brähler, E., Reiner, I., Jünger, C., Michal, M., Wiltink, J., Wild, P. S., Münzel, T., Lackner, K. J., & Tibubos, A. N. (2017). Loneliness in the general population: Prevalence, determinants and relations to mental health. BMC Psychiatry, 17(1), 97.

Finley, A. J., & Schaefer, S. M. (2022). Affective Neuroscience of Loneliness: Potential Mechanisms underlying the Association between Perceived Social Isolation, Health, and Well-Being. Journal of Psychiatry and Brain Science, 4(1).

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