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No nos borrarán

El 28 de noviembre de 2024, la Oxford Union debatió la resolución «Esta cámara cree que Israel es un estado de apartheid responsable de genocidio». El cierre del alegato a favor correspondió a la escritora palestino-estadounidense Susan Abulhawa. Su intervención rápidamente superó el millón de visitas en YouTube y se volvió viral antes de ser eliminada sin explicaciones de la cuenta de la Oxford Union, y sustituida por una versión abreviada. A continuación, reproducimos en castellano la transcripción íntegra de su discurso.

Antes de empezar: no aceptaré preguntas hasta que haya terminado de hablar, así que, por favor, absténganse de interrumpirme.

Ante el reto de qué hacer con los habitantes autóctonos de aquella tierra, Chaim Weizman, un judío ruso, dijo en el Congreso Sionista Mundial de 1921 que los palestinos eran como «las rocas de Judea, obstáculos que habría que despejar en un camino difícil».

David Gruen, judío polaco, que cambió su nombre por el de David Ben Gurion, para sonar relevante en la región, dijo: «Debemos expulsar a los árabes y ocupar su lugar».

Hay miles de conversaciones de este tipo entre los primeros sionistas que tramaron y llevaron a cabo la colonización violenta de Palestina y la aniquilación de sus nativos.

Pero sólo tuvieron un éxito parcial, asesinando o limpiando étnicamente al 80 % de los palestinos. Eso significaba que quedaba un 20 % de nosotros, un obstáculo duradero a sus fantasías coloniales, que se convirtió en objeto de sus obsesiones en las décadas siguientes, especialmente tras conquistar lo que quedaba de Palestina en 1967.

Los sionistas lamentaban nuestra presencia y debatían públicamente en todos los círculos respecto a qué hacer con nosotros; qué hacer con la natalidad palestina, con nuestros bebés, a los que califican de «amenaza demográfica».

Benny Morris, que originalmente debía estar aquí, lamentó públicamente en una ocasión que David Ben Gurion «no terminase el trabajo» de deshacerse de todos nosotros, lo que habría evitado lo que ellos denominan el «problema árabe».

Benjamin Netanyahu, un judío polaco cuyo verdadero nombre es Benjamin Mileikowsky, se lamentó por la oportunidad perdida de expulsar a grandes franjas de la población palestina durante el levantamiento de la plaza de Tiananmen de 1989, afirmando que lo hubiesen hecho «mientras la atención del mundo estaba en China».

Algunas de sus soluciones articuladas a la molestia de nuestra existencia incluyen una política de «romperles los huesos» en los años 80 y 90, la cual fue ordenada por Yitzhak Rubitzov, un judío ucraniano que cambió su nombre por el de Yitzhak Rabin (por las mismas razones).

Esa horrible política que lisió a generaciones de palestinos no consiguió que nos marcháramos. Y frustrada por la resistencia palestina surgió un nuevo discurso, especialmente tras el descubrimiento de un enorme yacimiento de gas natural frente a las costas del norte de Gaza, valorado en milmillones de dólares.

De este nuevo discurso se hacen eco las palabras del coronel Efraim Eitan, quien en 2004 dijo: «tenemos que matarlos a todos».

Aaron Sofer, un seudo intelectual y asesor político israelí, insistió en 2018 en que «tenemos que matar y matar y matar. Todo el día, todos los días».

Cuando estuve en Gaza, este año, vi a un niño de no más de nueve años al que le habían volado las manos y parte de la cara con una lata de comida trampa que los soldados habían dejado para los niños hambrientos de Gaza. Más tarde supe que también habían dejado comida envenenada para los habitantes de Shujaiya.

El daño que hacen es diabólico y sin embargo esperan que crean que ellos son las víctimas. Invocando el Holocausto europeo y gritando antisemitismo, esperan que suspendas la razón humana fundamental para creer que el tiroteo diario de niños es por los llamados «disparos asesinos» y el bombardeo de barrios enteros en que entierran a familias vivas y aniquilan linajes enteros es en defensa propia.

Quieren que crean que un hombre que no había comido nada en más de 72 horas, que siguió luchando incluso cuando lo único que tenía era un brazo que le funcionaba, que este hombre estaba motivado por algún salvajismo innato y un odio o celos irracionales hacia los judíos, en lugar del indomable anhelo de ver a su pueblo libre en su propia patria.

Para mí, está claro que no estamos aquí para debatir si Israel es un Estado de apartheid o genocida. Este debate trata, en última instancia, sobre el valor de las vidas palestinas; sobre el valor de nuestras escuelas, centros de investigación, libros, arte; sobre el valor de los hogares que hemos construido trabajando toda nuestra vida y que contienen los recuerdos de generaciones; sobre el valor de nuestra humanidad y nuestra capacidad de acción; sobre el valor de nuestros cuerpos y ambiciones.

Porque, si los papeles se invirtieran, si los palestinos hubieran pasado las últimas ocho décadas robando hogares judíos, expulsando, oprimiendo, encarcelando, envenenando, torturando, matando y violando judíos; si los palestinos hubieran matado a lo que se estima unos 300.000 judíos en un año, apuntando contra sus periodistas, sus pensadores, sus trabajadores sanitarios, sus atletas, sus artistas, bombardeado todos los hospitales, las universidades, las bibliotecas, los museos, los centros culturales y las sinagogas, y al mismo tiempo instalado una plataforma de observación donde la gente acudiera a contemplar su matanza, como si fuera una atracción turística; si los palestinos hubieran acorralado a cientos de miles de judíos en tiendas de campaña endebles, los hubieran bombardeado en las llamadas zonas seguras, los hubieran quemado vivos, les hubieran cortado la comida, el agua y las medicinas; si los palestinos hicieran que los niños judíos vagaran descalzos con ollas vacías; les hicieran recoger la carne de sus padres en bolsas de plástico; les hicieran enterrar a sus hermanos, primos y amigos; les hicieran salir a hurtadillas de sus tiendas en mitad de la noche para dormir sobre las tumbas de sus padres; les hicieran rezar por su muerte, sólo para reunirse con sus familias y no estar solos nunca más en este terrible mundo, y les aterrorizaran de tal manera que sus hijos perdieran el pelo, la memoria, la razón, e hicieran que los de tan sólo cuatro y cinco años murieran de ataques al corazón; si obligáramos sin piedad a sus bebés en la UCIN a morir, solos en camas de hospital, llorando hasta que no pudieran llorar más, muertos y descompuestos en el mismo sitio; si los palestinos utilizaran camiones de ayuda con harina de trigo para atraer a judíos hambrientos, y luego abrieran fuego contra ellos cuando se reunieran para recoger el pan diario; si los palestinos finalmente permitieran una entrega de alimentos en un refugio con judíos hambrientos, y luego prendieran fuego a todo el refugio y al camión de ayuda antes de que nadie pudiera probar la comida; si un francotirador palestino se jactara de haber reventado 42 rótulas judías en un día, como hizo un soldado israelí en 2019; si un palestino admitiera a la CNN que arroyó a cientos de judíos con su tanque, quedando su carne aplastada en las orugas del tanque; si las mujeres judías se vieran obligadas a dar a luz en la inmundicia, a someterse a cesáreas o a amputaciones de piernas sin anestesia; si destruyéramos a sus niños y luego decorásemos nuestros tanques con sus juguetes; si matáramos o desplazáramos a sus mujeres y luego posáramos con su lencería…; si el mundo estuviera viendo la aniquilación sistemática de judíos en tiempo real, no habría debate sobre si eso se constituye terrorismo o genocidio.

Y, sin embargo, dos palestinos (yo misma y Mohammad El-Kurd) nos presentamos aquí para hacer precisamente eso, soportando la indignidad de debatir con quienes piensan que nuestras únicas opciones vitales deben ser abandonar nuestra patria y someternos a su supremacía o morir cortés y silenciosamente.

Pero se equivocarían si pensaran que he venido a convencerles de algo. La resolución de la casa, aunque bienintencionada y apreciada, tiene poca importancia en medio de este: el holocausto de nuestro tiempo.

Vine con el espíritu de Malcolm X y Jimmy Baldwin, quienes estuvieron aquí y en Cambridge antes de que yo naciera, enfrentándose a monstruos finamente vestidos y bien hablados que albergaban las mismas ideologías supremacistas que el sionismo.

Estoy aquí por el bien de la historia. Para hablar a las generaciones que aún no han nacido y para las crónicas de esta época extraordinaria, en la que se legitima el bombardeo de sociedades indígenas indefensas.

Y también he venido a hablar directamente a los sionistas de aquí y de todas partes.

Los dejamos entrar en nuestras casas cuando sus propios países intentaron asesinarlos y todos los demás los rechazaron. Los alimentamos y vestimos, les dimos cobijo y compartimos con ustedes la generosidad de nuestra tierra, y cuando llegó el momento, nos echaron de nuestros propios hogares y de nuestra patria, y entonces mataron y robaron y quemaron y saquearon nuestras vidas.

Pero el mundo por fin está vislumbrando el terror que hemos soportado en sus manos durante tanto tiempo. Observan con absoluto asombro el sadismo, el regocijo, la alegría y el placer con los que conducen, observan y vitorean los detalles diarios de cómo rompen nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestro futuro y nuestro pasado.

Pero no importa lo que pase desde aquí, no importa los cuentos de hadas que se cuenten a sí mismos y les cuenten al mundo, nunca pertenecerán verdaderamente a esta tierra. Nunca entenderán el carácter sagrado de los olivos, que llevan décadas talando y quemando, sólo para fastidiarnos y rompernos un poco más el corazón. Ningún nativo de esa tierra se atrevería a hacer algo así a los olivos. Nadie que pertenezca a esa región bombardearía o destruiría un patrimonio tan antiguo como Baalbak o Bittir, o destruiría cementerios antiguos como ustedes destruyen los nuestros, como el cementerio anglicano de Jerusalén o el lugar de descanso de antiguos eruditos y guerreros musulmanes en Maamanillah. Los que procedemos de esa tierra no profanamos a los muertos; por eso mi familia fue durante siglos la cuidadora del cementerio judío del Monte de los Olivos, como trabajadores de la fe y el cuidado, porque sabemos que forma parte de nuestra ascendencia e historia.

Sus antepasados siempre estarán enterrados en sus verdaderas tierras natales de Polonia, Ucrania y otros lugares del mundo de donde vinieron. Los mitos y el folklore de esta tierra siempre les serán ajenos.

Nunca conocerán el lenguaje sartorial de las túnicas que vestimos, que surgieron de la tierra a través de nuestras antepasadas durante siglos: cada motivo, diseño y estampado habla de los secretos de la tradición local, la flora, las aves, los ríos y la vida salvaje.

Lo que sus agentes inmobiliarios llaman en sus listas de alto precio «antigua casa árabe», siempre guardará en sus piedras las historias y los recuerdos de nuestros antepasados que las construyeron. Las fotos y las pinturas antiguas de la tierra nunca los contendrán.

Nunca sabrán lo que se siente al ser amado y apoyado por quienes no tienen nada que ganar y, de hecho, todo que perder. Nunca sabrán lo que se siente cuando masas de todo el mundo salen a las calles y a los estadios para corear y cantar por su libertad; y no es porque sean judíos, como intentan hacer creer, sino porque son unos colonizadores violentos que piensan que su judaísmo les da derecho al hogar que mi abuelo y sus hermanos construyeron con sus propias manos en tierras que habían pertenecido a nuestra familia durante siglos. Es porque el sionismo es una plaga para el judaísmo y, de hecho, para la humanidad.

Pueden cambiar sus nombres para que suenen más relevantes en la región y pueden fingir que el falafel y el hummus y el zaatar son sus cocinas ancestrales, pero en lo más recóndito de su ser, siempre sentirán el aguijón de esta falsificación. Por eso, hasta los dibujos de nuestros niños, colgados en las paredes de la ONU o en una sala de hospital, provocan un ataque de histeria entre sus dirigentes y abogados.

No nos borrarán, no importa a cuántos de nosotros maten y maten y maten, todo el día todos los días. No somos las rocas que Chaim Weizmann pensó que podrían eliminar de la tierra. Somos su propio suelo. Somos sus ríos, sus árboles y sus historias, porque todo ello se nutrió de nuestros cuerpos y nuestras vidas durante milenios de ocupación continua e ininterrumpida de ese trozo de tierra entre las aguas del Jordán y el Mediterráneo. Desde nuestros ancestros cananeos, hebreos, filisteos y fenicios, hasta cada conquistador o peregrino que fue y vino, que se casó o violó, amó, esclavizó, se convirtió a otras religiones, o se asentó o rezó en nuestra tierra, dejando trozos de sí mismos en nuestros cuerpos y herencia. Las historias legendarias y tumultuosas de esa tierra están literalmente en nuestro ADN. No pueden matar o propagandizar eso, no importa qué tecnología utilicen o qué arsenales mediáticos corporativos y de Hollywood ustedes desplieguen.

Algún día acabarán su impunidad y su arrogancia. Palestina será libre; recuperará su gloria pluralista multirreligiosa y multiétnica; restableceremos y ampliaremos los trenes que van de El Cairo a Gaza, a Jerusalén, Haifa, Trípoli, Beirut, Damasco, Ammán, Kuwait, Sanaa. Pondremos fin a la maquinaria bélica sionista estadounidense de dominación, expansión, extracción, contaminación y saqueo.

Y ustedes… Ustedes se irán, o por fin aprenderán a convivir con los demás como iguales.

 

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