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Las medias de la Garbo

En una sala cine, una mujer visiona La dama de las camelias y vive la experiencia en carne propia, entremezclando el erotismo de la ficción con el erotismo de la realidad, en un cuento sugerente de Sara Karlik, ilustrado por David Bueno Villafañe.

 

Está oscuro. Sombras atrasadas, huidizas, se sientan después de marcar momentáneamente el contorno en la pantalla. La luz de una linterna busca, los lugares se llenan. Algunos pies tropiezan el descuido y el silencio los resalta mientras ojos se desvían impacientes, casi acusadores. Estoy sentada, sufriendo la trama en blanco y negro, alternando la angustia entre pedazos de piel que bordean las uñas y pastillas masticadas con furia que levantan la piel de los otros. Pero no me importa, porque no me doy cuenta. Espero que un beso corte la tensión de las palabras antes de que se suelten aparatosamente y alguna vocal, de esas más fuertes, llegue a alcanzarme; pero no sucede. Siempre he tenido miedo a las vocales. Una vez que se insertan en el lugar adecuado, el daño es irreparable.

El silencio está lleno de caras oscuras, o quizás es al revés.

De pronto se ilumina la pantalla con números que producen zapateos apresurados, hasta que se repone la continuidad.

Estoy sola, en medio de extraños que aumentan la soledad.

Hace frío. Sin embargo no llevo medias. No sé por qué no las llevo.

Una mano se me apoya en el muslo.

Estoy inmersa en los ojos de Armando que mendiga a Greta Garbo, todo porque es la dama de las camelias.

La mano, igual que la linterna, busca, investiga, adquiere un vaivén automático, como de mano mecánica.

No me muevo, y pienso qué acertada la mía no haberme puesto medias. De repente, mi habitual inseguridad se equilibra con estos actos impensados. Y recuerdo que estuve apunto de ponérmelas, y había elegido unas gruesas para tapar el vello que ya se estaba haciendo demasiado visible.

La mano sigue moviéndose y hasta adquiere un ritmo.

La última vez que me ocurrió algo parecido me saqué el zapato y el taco desató un «¡ay!» junto con el desaparecimiento de la mano.

Pero una oleada de aire tibio me recorre y me siento bien como para moverme. Más aún, no quiero moverme para no quebrar…

Pero Armando empieza a hablar con el rostro desencajado, porque esa mujer, con la camelia bien marchita, se le está desvaneciendo en los brazos y él le pide que le hable y ella solo dice «Armand», y será distinto porque lo dice en francés, y yo también puedo hacerlo, pienso, porque ya me dieron el título.

Y la mano sigue subiendo y subiendo y se detiene en el centro del vientre, y pienso, por qué no subirá más, porque me dijeron que se siente algo especial en esas partes que sobresalen y que las viejas acostumbran llamar «la parte de arriba» porque el decoro impide ponerles nombre, lo que siempre me hizo meditar sobre la composición física de las mujeres, porque también hablan de «la parte de abajo» y pienso, aunque no sé por qué pienso tanto, lo simple que es describir a una mujer, más sencillo indudablemente que cualquier mapa que tiene ríos y montañas y tantos nombres que retener.

Entonces ella mueve la cabeza hacia un lado, como una paloma cansada y él, con desesperación pintada de negro alrededor de los ojos, también negros, entierra la cabeza entre encajes y tules pero cuidando muy bien de hacerlo en la «parte de arriba», a pesar de la angustia.

Y siento la mano circular sin ningún miramiento, y pareciera darle igual cualquier zona, y creo que a mí también, a pesar de que no estoy muy segura. Sólo quiero que se apure y termine antes de que se prendan las luces para poder ponerme de nuevo las medias, pero si estaba sin medias, y tengo una confusión de cuerpo y alma, y Armando que no deja de mirarme, y ahora sus ojos se meten en los míos, y encuentro un poco lógico, porque después de todo la otra está dura como piedra, y empiezo a hablar en francés, «Armand, Armand», y me parece ver que Margarita abre los ojos y me tira la camelia justo cuando se prenden las luces y nadie hay a mi lado, y tengo las medias gruesas apretadas en la mano, y no quiero levantarme hasta que hayan salido los demás, porque algo ha sucedido, no sé exactamente qué, y pienso, porque eso no se ha detenido, que esperaré que comience la próxima función para que la oscuridad sólo marque mi contorno y me vuelva sombra.

Nota de edición: este cuento es parte del libro La oscuridad de afuera, publicado en 1986 por Ediciones ERGO SUM, en Santiago, Chile.

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