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Un pequeño adelanto

Un joven trabajador se ve condicionado a solicitar al patrón que lo explota un pequeño adelanto del salario mensual. El patrón, en cambio, de buenas a primeras, se niega y lo humilla… hasta que el trabajador se rebela.

Ante el inminente nacimiento de su hijo, la última opción que se le ocurre a Walter para conseguir dinero es vender su moto. Se la ofrece a Samper, un compañero de trabajo, por la mitad del precio que había pagado en un interminable período de cuotas. Sin embargo, el compañero la rechaza. Acabada esa esperanza, se siente perdido, como alguien que deambula con una brújula rota en medio de la penumbra, sin encontrar una mano de la que agarrarse. Entonces, Samper le pregunta qué pasó de su pizzería.

Tuve que cerrar. No me fue bien y me quedé con muchas deudas —dijo Walter.

¡Qué mierda, tus pizzas eran purete, kapé! —se lamentó Samper.

Y sí, pero todo se fue del carajo.

El gusto por la pizza había empezado en la niñez, cuando miraba Las tortugas ninjas. Entonces desarrolló algo así como un talento nato, heredado de su madre, cocinera del mercado, de quien se volvió ayudante. Luego estudió cocina italiana en la escuela municipal, prestó dinero de una financiera, compró los equipos e inició el proyecto.

Quería que fuera la mejor pizzería de Encarnación, con la carta más variada, al estilo italiano. Pero el negocio quebró al poco tiempo de abrir, pues no sabía nada de administración: facturas, compra-venta, impuestos, habilitación sanitaria, beneficios sociales al personal, cobros con tarjeta, cheques sin fondo, publicidad física, virtual, etc. Él sólo quería cocinar pizzas italianas. Tuvo que cerrar, con una estela de cuentas y denuncias laborales.

Luego de la conversación con Samper, quiere recurrir a las financieras, pero estas le recuerdan que su nombre está en Informconf. Las opciones se le acaban. El tiempo se le agota. La angustia le acelera los intestinos y afloja el esfínter. En ese torbellino de confusión y desesperación, concluye que la única persona a la que puede recurrir es la peor opción: su patrón, al que todos llaman Abelardito, peor que su padre, Abelardo, un tipo calculador, hermético e insensible, con quien nadie querría sobrevivir en un naufragio.

Hay una nebulosa sobre el origen de la riqueza de esa familia. Algunos dicen que el padre encontró plata yvyguy; otros que se casó con una viuda, exjueza estronista, quien al poco tiempo de casados murió, dejando dinero, terrenos, negocios, flota de camiones y muchos contactos. Sea cual sea el origen, el señor se volvió un patrón rígido hasta que le detectaron cáncer de colon y recurrió a los mejores sanatorios de São Paulo, sin suerte. Entonces, Abelardito heredó todo.

En la recepción de la oficina del mismo, el heredero camina hacia la entrada con aire de superioridad, con agua tónica en vez de tereré. El trabajador lo saluda con un leve movimiento de cabeza y pregunta si puede hablarle.

Espérame un ratico, chico —contesta Abelardito, que años atrás había viajado a Cuba para estudiar medicina, cuando muchos optaron por estudiar en la isla donde se recibían los mejores médicos de América.

En ese instante, Walter recibe un mensaje de su mujer: «El bebé ya viene. Estoy sin batería. Ya entro en la sala de parto. Vení rápido. Traé la plata».

En la puerta se encuentra Manopla, el guardia de seguridad, un experimento fallido de Abelardito.

Cuando el entonces recién recibido médico llegó de Cuba, dijo a su padre que el futuro del deporte paraguayo era el boxeo. Le contó que había conocido a algunos campeones olímpicos cubanos, a quienes quería traer para que descubrieran y entrenaran a potenciales boxeadores, hasta convertirlos en atletas de élite. El padre lo apoyó. Compró los mejores equipos de gimnasio del país y lo instaló en el penthouse de su edificio. Manopla fue el prototipo de boxeador ideal, según las indicaciones de los cubanos. El próximo Mano de Piedra Durán por su potente jab de derecha, razón por la que lo apodaron Manopla de Plomo. Lo entrenaron durante algunos años. Tras varias peleas de entrenamiento, estuvo listo para el combate por el título paraguayo de peso ligero.

El lugar para la pelea fue el propio penthouse, acondicionado para albergar a mil personas. La publicidad llamó la atención del país. Todos los asientos ocupados. Durante el show previo, se sintieron vibraciones en el piso. Las cañerías de agua reventaron. La alarma de incendios sonó y el público entró en pánico. Hubo una estampida y algunas personas fueron aplastadas cerca de la única puerta de salida. Finalmente, el edificio fue evacuado. La pelea se suspendió. El gimnasio de Abelardito fue inhabilitado por la Federación Paraguaya de Boxeo. Luego se supo que los desperfectos fueron provocados por el exceso de personas, equipos y muebles. La Municipalidad multó y clausuró el edificio, pero mediante las gestiones y los contactos del patrón Abelardo, pronto volvió a habitarse, ya sin gimnasio.

En consecuencia, Manopla nunca tuvo una pelea oficial, y Abelardito terminó contratándolo como guardia.

Walter, tembloroso y sudado, saluda con un apretón de manos a Manopla y va al baño, pero como no quiere demorar sólo mea. El chorro de orina demora en salir; al hacerlo la ansiedad y el pánico le provocan la sensación de estar expulsando arena caliente. Sin sacudirse, guarda el miembro flácido y corre a la puerta de la gerencia.

Desde niño había tenido problemas de incontinencia. En la escuela le decían «Walter Uriel / el que caga y come miel», burla que le causó múltiples dificultades, cambios constantes de escuela y ausencia de clases durante semanas. Entonces su padre, camionero, lo llevó en sus viajes, donde a fuerza de golpes y escarmientos aprendió el oficio de chofer, algo que nunca le gustó a Walter. Detestaba el olor a gasolina, dormir en la cabina, asearse en los baños de las estaciones de servicios y sobre todo comer comida enlatada. Ese sabor rancio a metal oxidado le marcó la vida: por un lado, le causaba malestares estomacales; por otro, lo motivó a volverse un cocinero de buena comida.

Pero fueron la habilidad de manejar camiones de gran tamaño y la exigencia de su padre de obtener desde muy joven la licencia como conductor profesional, las que le permitieron obtener el trabajo como chofer repartidor en la empresa de Abelardito.

Por fin, el jefe lo atiende. Walter no puede ocultar su nerviosismo. Abelardito está sentado pesadamente en su sillón de cuero. Recoge un cigarro, lo enciende y expulsa el humo por la nariz. Tose. Sus ojos se humedecen y parece que llora mientras habla. El humo del tabaco inunda la oficina. Luego de explicarle la diferencia entre un habano y un puro, le dice:

Y bueno, ¿que tú quiere, chico? Cuénteme.

Walter, con la voz temblorosa y genuflexa, dice:

Señor, soy consciente de que todavía no cumplí el plazo de prueba y de que aún no tengo habilitado el seguro médico, pero mi esposa está por parir y necesito un pequeño adelanto de mi salario para poder pagar los gastos médicos.

Entiendo, pero ya tú sabe las reglas de la empresa. Déjame ver tu planilla de recorrido —le dijo, y llamó a Lorena, su secretaria, para pedirle el archivo de recorridos y entregas.

Si se basa en esos números, estoy frito, piensa Walter.

En el contrato provisorio de trabajo dice que su salario fijo es la mitad del sueldo mínimo, y que debe completar la otra mitad haciendo 100 kilómetros diarios de recorrido y reparto de bolsas de cemento y cal. Es el trabajo más sucio y pesado; los veteranos lo destinan a los nuevos. Justamente por ser novato y ganarse el derecho a piso, en el taller de la empresa no repararon su camión; por lo tanto, no pudo salir a repartir varios días.

Mientras Abelardito lee la planilla, Walter se da cuenta de que ya no soporta dos cosas: el olor a humo de cigarro y las ganas de cagar. El jefe menea la cabeza de arriba abajo y con un movimiento rápido recoge del cajón un fajo de billetes y dos fajos de igual volumen de cheques. Luego le dice:

Ok, Walter, este efectivo es para la donación a Un Techo para Mi País y la comilona de la diócesis con los que ya tengo compromisos. Y estos cheques cruzados son para depositar. No te van a servir porque seguro que no tienes cuenta corriente.

Cuando se agacha para buscar otra cosa en el cajón, el celular de Walter vibra. Cree que es su mujer llamando desde otro número. Pide permiso para contestar. Abelardito hace un gesto sin mirarlo mientras sigue buscando algo. Walter sale rápido antes de que suceda un accidente parecido a los de la escuela.

Sin darse cuenta, entra en el lujoso baño del jefe. Apaga el celular, se sienta y evacúa los restos de su incontinencia. En ese momento, una súbita epifanía le advierte que sus esfuerzos por obtener el dinero serán en vano si continúa con esa actitud. Siente de golpe una extraña valentía y una profunda ira. Sale del baño sin apretar el botón de la cisterna. Ya no le importa perder ese trabajo de mierda. Solo anhela el dinero que merece para cubrir los gastos del nacimiento de su hijo.

Tras solicitar permiso a Manopla, reingresa en la apestosa oficina. Su actitud, cambiada totalmente, le recuerda sus días como dueño de la pizzería, cuando los empleados, si no cobraban a tiempo el salario, lo desafiaban a golpes. Con decisión, dice al jefe que si no le entrega lo que solicita, lo denunciará en la prensa y revelará las injusticias que la empresa perpetra con respecto a los salarios y los descuentos a los trabajadores.

Abelardito se para, suelta el cigarro y grita a Manopla para que eche a patadas a Walter de la oficina. Cuando el guardia entra, en vez de obedecer, dice que apoya a su compañero y que también quiere que le pague por lo menos el salario mínimo con todos los beneficios, por estar cuidándole el culo grasoso, y rompe parte de la puerta con un potente jab. Abelardito busca temblando su celular para llamar a la policía, pero no lo encuentra porque nunca lo lleva consigo, pues para ese tipo de tareas cuenta con Lorena, su secretaria. Ella, atenta de todo lo que pasa, se posiciona rápidamente del lado de Walter y Manopla.

Walter, cegado por la ira, amenaza con una huelga. Aunque no está seguro de lo que dice, suena intimidante. Además de la prensa, lo denunciará al Ministerio del Trabajo y a cualquier instancia. La vehemencia y la determinación de Walter, Manopla y Lorena dejan a Abelardito acorralado y sin palabras. Nunca había enfrentado una situación como esa, ya que el negocio funciona por sí solo gracias a los trabajadores.

En un primer arrebato, Abelardito los califica de ingratos, recordándoles la oportunidad que les da para prosperar en la empresa. Los gritos se escuchan hasta la planta baja, atrayendo la atención de los demás trabajadores que suben las escaleras y bloquean la entrada a la oficina de gerencia, exigiendo en coro lo mismo.

De repente, Walter comprende que se ha convertido en la voz de todos los compañeros de trabajo, y vuelve a decir:

Queremos lo que nos corresponde. El dinero que guarda en su cajón no es para beneficencia ni para aparentar decencia. ¡ES NUESTRO, carajo!

El jefe, temeroso por la situación y las posibles consecuencias que mancharían su nombre y el de la empresa, cede y se sienta. Le cuesta respirar. Pide a Walter, Manopla y Lorena que se queden en la oficina, y a los demás que esperen afuera, aunque vean y escuchen todo debido la puerta rota. Entonces, entre los cuatro redactan un acuerdo escrito a mano, comprometiéndose a mejorar las condiciones laborales. Luego de firmarlo, Walter recibe el pequeño adelanto. Fuera de la oficina, los compañeros celebran como lo hacen cuando la selección nacional de fútbol gana un partido.

De camino al sanatorio, ya descreído de que la situación pueda mejorar en esa empresa, Walter llama a un medio de comunicación…

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